ANTONIO SKARMETA: TRAS LOS PASOS DEL CARTERO

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Querido y respetado en su Chile natal, Antonio Skármeta es uno de los escritores más leídos en Hispanoamérica. Desde su juventud se volcó con pasión hacia la literatura y eso lo llevó a conocer a Pablo Neruda. De allí concibió la historia que describe la amistad del Nobel chileno con un humilde cartero, aprendiz de poeta. Esa novela, que luego fue llevada al cine, le regaló premios, respeto y popularidad. Pero también ocultó parte de su amplia obra literaria. Sin embargo, Skármeta no se acomplejó y se volcó a la escritura y a impulsar proyectos audaces, como un show televisivo sobre libros en el Chile posdictatorial. Sin tibiezas ni solemnidades, Skármeta conversó con ALMA MAGAZINE sobre su infancia, los viajes, la inmigración, y –obviamente– sobre Neruda y el fiel cartero.

Texto: Felipe Real / Fotos: AFP / AP

Las apariencias suelen ser engañosas. Cualquiera podría confundir a Antonio Skármeta con un profesor entusiasta y empeñoso, o con un antiguo médico, formal, cortés y bonachón. Pero tras los frugales bigotes, la sonrisa amable y los modales diplomáticos se esconde un hombre con una desbordante pasión por la literatura. Desde joven supo avalar ese amor encarando largos viajes, cuyo resultado sería –eso esperaba– el crecimiento de su sensibilidad para componer relatos. En 1959 partió de su hogar en el norte de Chile en busca de aventuras y luego, atraído por los misterios del jazz, se embarcó rumbo a Estados Unidos con el objetivo de poder volcar ese ritmo sensual en su literatura. Siguiendo esa pasión, pudo disfrutar de una afectuosa relación con el poeta Pablo Neruda, y su obra se caldeó al son de los movimientos políticos entonces en boga. Esa intensa vocación lo llevó a escribir algunos de los libros más leídos en Hispanoamérica en las últimas décadas. Tal vez, su novela Ardiente paciencia –El cartero de Neruda que luego inspiró el aplaudido film Il postino, ganador de cinco premios Oscar en 1995– haya ensombrecido a otras obras dignas de destacarse como La boda del poeta y La chica del trombón, donde reflexiona sobre la inmigración, y El baile de la victoria, novela que resultó ganadora en 2003 del concurso organizado en España por Editorial Planeta. Sin embargo, recuerda con cariño esa película y no se fastidia cuando le preguntan por su querido Don Pablo.

ALMA MAGAZINE: ¿Cuáles son los primeros recuerdos en los que se descubre como aprendiz de escritor?

ANTONIO SKARMETA: Verdaderamente, los dos episodios están en mi infancia. Hacia los ochos años, acompañaba a mi abuela cuando oía radiogramas –que eran muy patéticos– en Antofagasta, y cuando se interrumpía la electricidad, yo completaba esos relatos, jugando, conversando con ella. Con esa práctica me di cuenta de que podía hacerme cargo de una fantasía y desarrollarla.

AM: ¿Y el otro episodio?

LITERATUR CHILE SKARMETA

Antonio Skarmeta.

A.S.: Fue cuando viví en Buenos Aires entre los 9 y 11 años. Al comienzo, siendo extranjero me sentía un poco solitario y encontré en la literatura y en la música popular un refugio. Mi afición por la literatura fue estimulada por los profesores argentinos de la escuela pública y comencé a aprender muchos versos de memoria, poesías de todo tipo, pero especialmente el Martín Fierro. Entonces siempre me pedían que recitara ante público, ya fuera en el aula o en los actos escolares. Pero también la fama de que recitaba poemas se trasladó al barrio y entonces los chicos –con los cuales ya estaba empezando a jugar al fútbol y a las figuritas– quedaron asombrados. Y cada vez que había una fiesta, las madres me pedían siempre que recitara. Para mí, tempranamente, ejercer la literatura era comunicarme con un público. Tuvo siempre este carácter como dramático, como de una puesta en escena. La literatura no terminaba en mí como autor, sino en mí diciéndola. De decir versos, pasé a escribir mis propias cosas y desde los doce años ya no paré.

AM: ¿Qué versos recitaba en aquellos tiempos y qué música popular lo inspiraba?

A.S.: La música popular venía de diferentes fuentes. La música norteamericana que oía más era la de Tony Bennett, especialmente Because of you, y otras baladas románticas. Después, en el barrio que yo vivía, había muchos jóvenes de las provincias argentinas, especialmente de Santiago del Estero, que se juntaban a la noche a guitarrear. Así que aprendí muchas vidalitas, chacareras, zambas y me gustaba cantar tangos. También aprendí textos un poco raros para mi edad, como un poema filosófico, Lo fatal, de Rubén Darío, que lo había oído en un disco con recitadores.

AM: ¿Cómo es su rutina de trabajo como escritor? ¿Qué necesita para escribir?

A.S.: La rutina de trabajo incluye sentirse escritor todo el tiempo aun cuando no se escriba. Ser escritor es una manera de relacionarse con el mundo, de percibirlo con atención, de divertirse con algunas emociones. Merodear esas emociones, preguntarse por qué algunas resultan significativas; tomar nota y dejar que las historias vayan creciendo en uno. A esa inspiración y esas emociones, que pueden tardar mucho tiempo, se agrega cierta práctica: el oficio, sentarse todos los días frente al computador y comenzar a escribir. He notado que después de la segunda o tercera página, uno se encuentra con lo que quiere escribir. Y desde ahí es una práctica relativamente fácil.

AM: ¿Qué hora prefiere para escribir?

A.S.: Bueno, soy bastante dormilón y no me levanto de madrugada. En algunos países hacen las entrevistas a las 7 de la mañana, por ejemplo en México, donde estuve hace poco y les dije a los periodistas que había sido una experiencia muy interesante descubrir el sol. Una experiencia metafísica (risas). Pero hacia las 10 de la mañana ya estoy trabajando por dos o tres horas. Después paro y me dedico a escribir correspondencia, artículos, y otras actividades donde la creatividad no está bajo presión.

AM: En 1959 se lanzó a recorrer América latina con un grupo de titiriteros. ¿Cómo recuerda esa experiencia?

A.S.: Lo recuerdo muy bien, porque el impulso que me animaba era mi teoría –siendo ya un escritor joven– de que había que avalar la literatura jugándose la vida. Arrancar de la universidad, arrancar de la casa, estar desprotegido del universo era una manera de familiarizarse con otros ambientes, de ampliar la sensibilidad. Esas giras que hacía con compañías de títeres o como actor de teatro por pueblos de Bolivia, Perú, y Brasil fueron muy decisivas en mi vida, porque me enseñaron la supervivencia y la práctica del arte, otra vez, vinculadas con un público.

AM: ¿Es cierto que trabajó a bordo de un barco para llegar a Estados Unidos?

A.S.: Efectivamente, en una de esas aventuras, con un amigo nos subimos a un barco de carga y nos empleamos en los únicos puestos disponibles que había, que era arreglando los sillones de la sala de oficiales bajo las órdenes de un sueco. Después de desembarcar en Tampa Bay, viajamos al estilo de Jack Kerouac atravesando Estados Unidos y México en un viejo auto, subiendo chicas que íbamos conquistando por el camino, yendo a conciertos de jazz. Y todas esas cochinadas que hacían Kerouac y sus amigos, también las hacíamos nosotros.

AM: Bueno, el clima de viajes y los personajes que parten están siempre en su obra…

A.S.: Es muy curioso. Siempre tengo una oscilación entre dos tendencias: una a partir y otra a quedarme. Ese juego dramático yo lo he tematizado en El entusiasmo, mi primer libro de cuentos, y en Desnudo en el tejado, el segundo. Por ese entonces yo salí a buscar la vida afuera. Mi gran afuera fue Estados Unidos. Mis primeros cuentos transcurren en Nueva York, California, San Francisco, el viaje, la aventura y el jazz. Eso nutrió toda mi literatura y me conformó como escritor. Quería escribir como Jeff Baker tocaba la trompeta, y me interesaba el fraseo de algunos cantantes. Quería conseguir en la literatura los acentos musicales propios del jazz.

AM: Otra forma de viajar es migrar. En su libro La boda del poeta (1999) aborda ese tema ilustrado por el drama de aquellos que partieron de la Dalmacia y se radicaron en Chile…

A.S.: Esos inmigrantes que aparecen en el libro son gente muy simple de una isla del mar Adriático, que a comienzos del siglo pasado parten –entre ellos mis abuelos– por dos motivos. En primer lugar, la creciente pobreza, debido a una peste que hubo en las viñas; y en segundo lugar, porque esas islas –que hoy pertenecen a Croacia– estaban en manos del Imperio Austrohúngaro, que estaba reclutando jóvenes para meterlos en el ejército imperial y mandarlos a una guerra. Y el temperamento de esa gente de la Dalmacia es muy relajado, son amantes de la libertad, de la naturaleza. Entonces decidieron salirse de ahí e ir lo más lejos posible y buscar un sitio donde hubiera un futuro promisorio –en un doble sentido–: que no llegaran nunca los militares y que se pudieran iniciar actividades para superar la pobreza. Que no llegaran los militares fue una vana ilusión. Cuando intervinieron los militares, ya sabe el desastre que dejaron en Chile. Frente al ansia de hacer fortuna, la suerte fue muy distinta. Hubo casos de gente que se mantuvo pobre, aunque ganaron lo suficiente para darles buena educación a sus descendientes. Hubo otros casos de familias que hicieron fortuna, especialmente con la minería, como los Luscik, que son de origen croata y provienen de la misma isla que mis abuelos.

Odas elementales

AM: ¿Por qué Chile es una tierra fértil para la poesía?

A.S.: Yo diría que Chile se ha destacado también por el espíritu empresarial de la gente. Ahora tiene empresarios muy exitosos y tratados de libre comercio, y la atención que se le dedica a la poesía es mínima, muy escasa. Es una sociedad, básicamente, de comerciantes que llegaron al lugar más remoto del mundo. El hecho de que la poesía sea tan marginal, hace que la gente que se dedica a ella lo haga con intensidad casi suicida, y eso le permite desarrollar una pasión que a la larga resulta muy comunicativa. Pero casi todos los poetas o grandes escritores chilenos triunfan afuera. Triunfan lo digo entre comillas (risas). Y desde afuera se derraman hacia Chile, que les dedica siempre unos homenajes muy formales. La creación chilena ha sido de una gran intensidad, pero brotada de la pobreza y de la desesperanza. De allí nacieron Pablo Neruda y Gabriela Mistral y ambos desarrollaron su vida fuera de Chile.

AM: Ya que lo menciona, ¿cómo era la relación de Don Pablo con el mundillo literario de la época?

A.S.: Mi relación con él era la de un joven que conocía bien su poesía y la enseñaba en la universidad, que se acercó hacia él por afecto a su obra y que mantuvo una relación muy informal, muy poco habitual a las que tenía Neruda en esa época. Era una figura muy consagrada, estaba rodeado de un halo de intangibilidad, tenía una especie de guardia pretoriana de dirigentes comunistas que permanentemente estaban en su casa o de poetas internacionales que lo venían a ver, o estrellas de primer nivel que iban a su casa. Mi relación fue la de un joven escritor marginal que amaba su literatura y que hablaba con espontaneidad, sin quemar incienso, sin rendir tributo, y esto terminó en una relación esporádica, afectuosa y llena de humor.

AM: ¿Cómo recuerda a ese Neruda que se lanza a la política?

A.S.: Vale aclarar que Neruda aceptó ser precandidato, nada más porque todos los distintos partidos de la izquierda –donde había socialistas, cristianos, centristas– querían a su propio candidato. Había una disputa por la nominación. Entonces el Partido Comunista tuvo la idea audaz de lanzar como precandidato a un hombre de gran prestigio, un poeta como Neruda, que le parecía una carta triunfal. Pero la idea era simplemente darles la advertencia a los otros partidos, de que si no se ponían de acuerdo, ellos seguían con Neruda hasta el final. Eso realmente aceleró las negociaciones entre las distintas fuerzas que, finalmente, designaron a Allende, y Neruda renunció y dejó abierto el camino. Eso está recogido además en un dialogo de El cartero de Neruda, que me gusta mucho: cuando el cartero le entrega un telegrama y Neruda dice: “¡Dios mío! Me ofrecen ser candidato a presidente de la República”. Y el cartero responde: “Eso es formidable, Don Pablo”. “Sí, formidable que te nombren candidato. ¿Pero qué pasa si resulto elegido?”(risas).

“Yo diría que Chile se ha destacado también por el espíritu empresarial de la gente. Ahora tiene empresarios muy exitosos y tratados de libre comercio, y la atención que se le dedica a la poseía es mínima, muy escasa (…). El hecho de que la poesía sea tan marginal, hace que la gente que se dedica a ella lo haga con intensidad casi suicida”.

AM: ¿Como era Santiago de Chile a comienzos de la década del ’70?

A.S.: Es un momento muy interesante, porque ahí se produce el triunfo de Salvador Allende y su intento de lograr un socialismo revolucionario de manera pacífica dentro de los marcos de la Constitución chilena. Fue una experiencia muy entusiasta, que concitó el apoyo de mucha gente. Era una época muy creativa, independientemente de los factores reales que indican el fracaso de este intento. Era un momento de ebullición, era un clima en el que todo parecía posible: la justicia, la mayor dignidad para la gente pobre, la creatividad, la mayor importancia que tenía el arte en esa época, fue excepcional y relevante.

SPAIN-LITERATURA PLANETA AWARD-SKARMETA

Tras ganar el premio Planeta, Skármeta festeja junto a la escritora española Susana Flores, y Jordi Pujol, antiguo líder catalán.

AM: Una vez que el presidente Salvador Allende es derrocado por el general Pinochet, usted tiene que partir. ¿Cómo fue ese exilio voluntario?

A.S: Me voy a Berlín Occidental. Allí desarrollé una vida como escritor. Escribí guiones y publiqué libros que, rápidamente, fueron traducidos a distintos idiomas. Al cabo de 4 o 5 años de vivir en Europa empiezo a sentirme escritor profesional y a vivir de mi literatura, de mis charlas, de mis conferencias.

AM: Estando en el exilio escribió la novela La insurrección (1982). ¿Cómo se gestó esa idea de escribir sobre Nicaragua?

A.S.: Surgió a propósito de un director de cine alemán, Peter Lilienthal, muy inspirado por el coraje de las fuerzas sandinistas que luchaban contra Somoza, que quiso hacer una película sobre Nicaragua. Entonces, en la víspera del triunfo sandinista viajamos allá, y para escribir el guión tuve muchas entrevistas, especialmente en la ciudad de León, en el barrio de Sutiaba. Con eso fui escribiendo el guión y cuando volví a Europa con todas esas entrevistas, desarrollé esa novela que es de ficción pero que posee una fuerte base documental.

“Neruda era una figura muy consagrada, estaba rodeado de un halo de intangibilidad, tenía una especie de guardia pretoriana de dirigentes comunistas que permanentemente estaban en su casa o de poetas internacionales que lo venían a ver, o estrellas de primer nivel que iban a visitarlo”.

AM. Su programa El show de los libros fue un hito en la TV chilena y luego fue transmitido por el canal People&Arts para toda América. ¿Cómo surgió la idea?

A.S.: La idea nace cuando vuelvo al país, con la democracia chilena. Y hacia 1992 comienzo con el programa. Fue porque detecté la nula visibilidad que tenía la creación en Chile después de la dictadura. Encontré al país muy bobo y estupidizado, la gente estaba muy golpeada culturalmente. Sus ambiciones y valores estaban vinculados con un consumismo de cosas que no tenían y, además, estaban sin posibilidades de acceder a ellas. Entonces pensé que lo mejor que podía hacer era un programa que pusiera la energía y la imaginación de la literatura para matizar al resto de la televisión, que seguía siendo un instrumento con el mismo espíritu de la dictadura. Lo curioso es que, siendo un programa con una fantasía alternativa y con bastante originalidad, apartado de los modelos habituales de la TV banal, resultó tener una gran audiencia. Y ese es el milagro y por eso se lo cita como modelo en muchas partes.

AM: Muchos políticos les prestan atención a sus opiniones. ¿Qué encuentra de positivo en el Chile actual y qué temas le preocupan?

A.S.: Encuentro positiva su enorme modernidad. En Chile ha habido un despoblamiento de muchas trabas burocráticas; la sociedad y los empresarios son muy activos. Sus políticas de pacificación y concordia después de la dictadura fueron logradas. Sus políticas económicas son extremadamente sólidas. Y eso es agradable de percibir. Pero como artista e intelectual, creo que durante todos los gobiernos, pese a que se dieron más recursos para beneficiar a la cultura, hubo un desentendimiento muy grande sobre qué es la creación cultural y cómo contactarla con la gente; cómo sacarla de los márgenes y ponerla como uno de los grandes temas de la vida de un país. Veo que eso no está resuelto, y a mí me pesa y les pesa a mis colegas.


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