AVA GARDNER: EL ANIMAL MAS HERMOSO DEL MUNDO

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A los 19 años un cazatalentos se la llevó como trofeo de la humilde granja de Grabtown, en Carolina del Norte. En Hollywood quedaron boquiabiertos con su belleza y la hicieron filmar hasta seis películas por año. Tuvo dos casamientos breves, con Mickey Rooney y el músico Artie Shaw, y otro más duradero y escandaloso con Frank Sinatra. Sus romances le hicieron fama de comehombres, pero lo cierto es que era una mujer tórrida, a la que ninguna fiesta o trago le caían mal. Mogambo, la película por la cual fue candidata al Oscar, marcó un antes y un después en las historias del corazón. Tenía un rostro muy bello, y era indomable, extravagante y desfachatada, como la recuerdan aún hoy –murió en 1990- los sitios de Internet de sus fans hispanos.

Texto: Raúl García Luna / Fotos: AFP y AP

Ava GardnerEl padre de Ava Lavinia Gardner era un humilde granjero de Grabtown, Carolina del Norte, con demasiadas bocas que alimentar. Cultivar tabaco en 1922 ya no le rendía lo suficiente, y sus deudas crecían a la par de los embarazos de su esposa. Por eso, esa Navidad no habría dulces ni regalos para nadie. Y justo ese 24 de diciembre nació ella, la menos esperada, la más deseada. Luego, algo inédito la diferenció de sus numerosos y rústicos hermanos: no había quién pudiera dejar de admirar la exótica belleza de esa criatura. No parecía hija del mismo padre, y en el futuro un biógrafo en copas escribiría que la engendró un forastero de paso por la modesta granja. Un mito más, de los muchos que competirían con la verdadera fama de la actriz que un mundano bisnieto de Charles Darwin, platónicamente enamorado de ella, describiría como “el más evolucionado ejemplar de la especie femenina”. Un comentario que, en la chismosa Hollywood de los años ‘40, derivaría en “el animal más hermoso del mundo”, en referencia a su escaso talento inicial y a su irresistible carisma. Defecto y virtud que uno de sus cuñados, fotógrafo él, plasmó en un retrato que, por bello, fue exhibido en la vitrina del laboratorio de revelado de Grabtown y, se sostiene, en un fino escaparate de la Quinta Avenida de Nueva York. Como sea, este fue el equivalente del zapatito de la Cenicienta: por pura casualidad, lo vio el Príncipe Azul del caso que, prendado de ella, la buscó y la rescató de la sombría granja, llevándosela a California. Él era el cazatalentos de cine Barry Duhan, ella tenía 19 años y no hay evidencia de que sus padres, católicos, se hayan negado a que Ava se alimentara mejor en mesas mesas más opulentas. En ese solar momento, Ava había egresado del Atlantic City Christian College y estudiaba para ser secretaria de oficina. Conclusión: en 1941, Duhan la presentó en la Metro Goldwyn Mayer como si se tratara de un trofeo de caza, y los dueños de la compañía quedaron boquiabiertos. Fue contratada al instante y enviada a tomar lecciones de dicción y arte dramático, y en menos de un trimestre debutó en el film Sucedió bailando. Para dar una idea de lo que Ava provocó en aquellos directores de cine, consignemos que en 1942 actuó en cinco películas y en 1943 en seis, todas ellas rodadas en un solo ciclo anual. Sin duda alguna, un récord digno de figurar en el Libro Guinness, al igual que su magro salario: 50 dólares por semana. Rozó el gran éxito con Forajidos, y de inmediato se convirtió en un crocante pastelillo apto para las fauces de los galancitos de moda.

Ava Gardner y el actor Mickey Rooney

Su extraña unión con el actor Mickey Rooney.

Lo que nadie entendió fue qué le vio ella a Mickey Rooney para casarse con ese petiso medio deforme, lúbrico y fanfarrón que llegaría a declarar que su luna de miel con Ava “fue toda una sinfonía sexual”, jactándose además de ser “su primer colonizador”. El desparejo matrimonio duró apenas un año y en 1942,

En 1941 Duhan la presentó en la Metro Goldwyn Mayer como si se tratara de un trofeo de caza, y los dueños de la compañía quedaron boquiabiertos. Fue contratada al instante y enviada a tomar lecciones de dicción y arte dramático, y en menos de un trimestre debutó en el film Sucedió bailando. Para dar una idea de lo que Ava provocó en aquellos directores de cine, consignemos que en 1942 actuó en cinco películas y en 1943 en seis, todas ellas rodadas en un solo ciclo anual. Sin duda alguna, un record digno de figurar en el Libro Guinness, al igual que su magro salario: 50 dólares por semana.

Estrella Ava Gardner

Desafiante, Ava Gardner sentenció: “el amor no es nada si no hay dolor”.

La Condesa Descalza, Ava Gardner

En 1954 filmó La Condesa Descalza, donde interpretaba a una bailarina española. La actriz sentía pasión por ese país.

para poder separarse legalmente de él, ella tuvo que denunciarlo por “crueldad mental”. En 1945, Ava volvería a contraer enlace con el muy famoso y muy mujeriego músico Artie Shaw, divorciándose también de éste en idéntico lapso anual. Se dice que entretanto sollozó en brazos del aviador y cineasta Howard Hughes, ante lo cual un cronista amarillo de la época escribió que Ava “hizo del Enano de Oro un mocoso al que recién acaban de pagarle el reparto de diarios, y del prepotente multimillonario un manso corderito”. Fue el origen de su fama de “comehombres”. Curiosamente, el primer rol de importancia de Ava ocurrió en 1946, encarnando a Kitty Collins en una versión libre de una novela de Ernest Hemingway, Los asesinos, producida por el sello Universal. La escoltaba allí otra joven promesa del Séptimo Arte: Burt Lancaster, con el que no se la quiso, o no se la pudo, vincular sentimentalmente. En 1951, tras un largo asedio de rosas y espinas, Ava aceptó casarse con el flaco, bebedor y ambicioso Frank Sinatra. Sería su tercero y último matrimonio, y el más duradero: casi seis años, hasta 1957. Por ella, “el animal más hermoso del mundo”, a los 37 años Frankie había abandonado a su esposa Nancy y a sus hijos, y a él lo estaban abandonando la CBS, la Columbia y hasta su propio agente artístico. Corría 1953 y La Voz caía en la afonía, y entonces aconteció eso que, a su manera, Francis Ford Coppola transformó en una muy “inspirada” escena de El Padrino: un cantante en prematura decadencia pidiéndole una “ayudita” a Don Corleone para obligar al hosco director de un film a aceptarlo como actor. Ficción aparte, usando como imparable ariete su ya popular capacidad de seducción y su alto poder de influencia, fue Ava la que convenció a los productores de De aquí a la eternidad de darle a su marido “una amistosa oportunidad” haciendo del soldado Ángelo Maggio, pequeño rol por el cual Frankie tan sólo cobraría 8.000 dólares y que a la postre le haría ganar un Oscar como mejor actor de reparto, nuevos contratos discográficas y televisivos, y el por fin irrestricto ingreso en el “círculo áulico” hollywoodense. La separación entre ambos tuvo una raíz en común: las pavorosas borracheras que solían terminar en golpizas del uno a la otra, y viceversa, poniendo en jaque su salud e incluso las de sus escandalizados vecinos. Según el Viejo Ojos Azules, “con Ava nunca nos peleamos en la cama. Las peleas empezaban rumbo al baño”. Con inédita unanimidad, los que conocieron a Ava respaldaron esa versión. “Era una chica tórrida“, recuerda George Sidney, que la filmó para una prueba de pantalla de la MGM en 1941. “Era todo un show erótico”, admitió el músico Miles Davis años después. Otros la describieron como “una vestal”, “una diosa”, “una esfinge”, “un enigma” y “una hembra más que independiente, capaz de romper las reglas del juego todo el tiempo”. Así las cosas, fue muy publicitada la “enorme resistencia parrandera” de una mujer que nunca habría encontrado un trago o una fiesta que no le agradara, y que “podía amanecer bebiendo, como una gata en celo que adoraba soltarse el cabello, arrojar los zapatos bien lejos y pasarse la noche en vela”. Son frases que recopiló uno de sus últimos biógrafos, Lee Server, que en la introducción de su mejor libro la llama “un peligroso ángel carnal en el onírico paisaje claroscuro del cine negro”. ¿Qué habrá querido decir? Por otro lado, en Ava Gardner: el amor no es nada, una biografía apócrifa redactada por plumíferos anónimos y publicada póstumamente, se atizó la legendaria fogosidad de Ava mediante varias hazañas non sanctas, como la de “la madrugada en que se ocupó de toda la banda cuando el club de jazz cerró”. Se la trataba, en fin, de mera prostituta, sin tener en consideración que la frase completa con que Ava le dio involuntario título a ese libro fue: “El amor no es nada, si no hay dolor”. También una muy oportunista saga de titulares periodísticos se encargó de acrecentar los bajos instintos detrás de los méritos de la Gardner. “Ava, fuera de sí, es echada de un hotel” o “Sinatra se marcha, Ava lanza besos a torero”, entre otros. Esto último, debido a su sonado romance con el caballeresco “matador” español Luis Miguel Dominguín, que la querría por siempre. Ava trabajó para la MGM hasta 1958, destacándose en Venus era mujer en 1948, en Pandora y el holandés errante en 1951 y cuyo rodaje aprovechó para quedarse un tiempo en España, y en La condesa descalza en 1954, interpretando a una despampanante bailarina española. Y en 1953 hizo nada menos que Mogambo, film por el que fue firme candidata al Oscar como mejor actriz, aunque luego la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood decidiera otorgarle la ansiada estatuilla a Audrey Hepburn por la sosa Vacaciones en Roma. “Ava, destronada”, aplaudió una revista familiar. Y no obstante, Mogambo marcó un antes y un después en las historias del corazón, ofreciendo un audaz triángulo amoroso coprotagonizado por Clark Gable y Grace Kelly. “A la medida de Ava”, ironizó un periódico serio, y ella sintió que el mundo empezaba a volverse frívolo e impiadoso con la intimidad de los artistas. Tampoco su colega Esther Williams, la superestrella de natación, se privaría de juzgarla con repentina dureza:“Ava pasó de famosa a escandalosa, y ahora se la considera una amenaza para la sociedad civil”.

La describieron como “una vestal”, “una diosa”, “una esfinge”, “un enigma” y “una hembra más que independiente, capaz de romper las reglas del juego todo el tiempo”. Así las cosas, fue muy publicitada la “enorme resistencia parrandera” de una mujer que nunca habría encontrado un trago o una fiesta que no le agradara, y que “podía amanecer bebiendo, como una gata en celo que adoraba soltarse el cabello, arrojar los zapatos bien lejos y pasarse la noche en vela”.

Ava y el musico Artie Shaw, su segundo esposo

Ava y el músico Artie Shaw, su segundo esposo.

Frank Sinatra y Ava Gardner

Frank Sinatra abandonó a su familia por Ava. El matrimonio terminó turbulentamente.

Ava Gardner tenía 43 años y, de pronto, se sentía exhausta de ser la “malvada” de su propio culebrón, en el que además nunca era capaz de alcanzar el verdadero amor. Y decidió abandonar los sets de filmación. Pero no pudo hacerlo y, gracias a eso, deslumbró en La maja desnuda en 1959, en 55 días en Pekín en 1963 y en La noche de la iguana en 1964, sellando así tres de sus mejores papeles. Luego hizo televisión y superproducciones de clásicos como La Biblia y aventuras tipo El secuestro del Presidente, hasta rodar su último film, Regina, en 1982. Vale decir: desde 1942, cuatro décadas de permanencia en la pantalla grande, a través de 59 películas y siempre bien acompañada por James Mason, Robert Taylor, Charlton Heston, Gregory Peck, Richard Burton y otras figuras de singular talento. ¿Y ella, no lo tenía? ¿O seguía siendo sólo una cara bonita? Años atrás, Louis B. Mayer, el dueño de la MGM, había dicho acerca de Ava: “No sabe hablar ni actuar, ¡pero es fantástica!”, agregando después: “Lo primero puede aprenderse. Lo segundo, no”. De sí misma, ya retirada, ella diría: “Fui una chica guapa que se atrevió a hacer cine por hambre, y no mucho más que eso. Yo carecía de una auténtica vocación interpretativa, pero con el paso de los años llegué a sentir un sincero cariño por mi trabajo”. Eso sí: jamás quiso responder qué sentía cuando, de jovencita, la llamaban “el animal más hermoso del mundo”. Y tampoco urdió vanas explicaciones de por qué ocasionalmente el fervor del público o los productores por ella había declinado con el mismo ímpetu que la había encumbrado, ni cómo fue que durante esos períodos huecos se dejó caer en el alcoholismo y el desenfreno, antes que en la depresión o el típico suicidio de las divas olvidadas. Lejos de esos clichés, Ava tan sólo quería vivir, a pesar de su dieta cotidiana de goma de mascar, barras Hershey, palomitas de maíz y scotch sin hielo, y de que durante el rodaje de La noche de la iguana ya nadie confiara en ella después del almuerzo. Un oculto síndrome autodestructivo que, neumonía mediante, apagaría su intransferible fuego un 25 de enero de 1990, a los 68 años, en una Londres que había elegido como refugio para huir, se dijo, de las pesquisas impositivas del fisco norteamericano, y para divertirse sin escollos moralistas. Lo mismo que había hecho en su amada España entre 1954 y 1968, “un país amable y barato en el que bebió y rió y amó cuanto se le antojó”, según cita el escritor ibérico Marcos Ordóñez, “en un mundillo subterráneo de juergas interminables llenas de aristócratas y chulos de la farándula franquista” a los que Ava habría llegado a “orinarles la mesa en un tablado madrileño” donde bailaba hasta el alba, acompañada por sus nerviosos amantes taurinos: primero Miguel Cabré, más tarde Dominguín. Extravagante, indomable y desfachatada: con estos adjetivos se la recuerda aún en los sitios de Internet de sus fans hispanos. Pero hay otros retratos de Ava, con los que coincidiría aquel cuñado suyo que le sacó su primera fotografía, convirtiéndola, sin pretenderlo, en Cenicienta y en reina del celuloide luego. En síntesis: fue inigualable. No sólo tenía los ojos y los párpados más raros que pudiera concebir un pintor, sino también unas facciones expresivas y refinadas, como nacidas para un camafeo. Además, era muy vital e impulsiva, y desplegaba un excepcional sentido del humor negro, no carente de autocrítica entre amigos. Sincera, quizá no consigo misma, pero sí con los demás, nunca habló mal de sus tres ex maridos, a pesar de sus etílicas riñas con Sinatra, el desprecio intelectual de Shaw y la inmadurez emocional de Rooney. Y ni una sola palabra adversa acerca de Marlon Brando, que alardeaba de haberla enamorado tanto como a Marilyn Monroe o a Edith Piaf, ni en contra de Porfirio Rubirosa, un rico y fatuo “latin lover” dominicano que juraba haberse acostado “con miles de mujeres… y con Ava”. Debido a su carácter jovial y libre de rencores, ella se sintió muy cómoda en Gran Bretaña, y sobre todo en “su” España, “donde podía vivir sin hacer nada, durmiendo y bailando flamenco hasta morir de placer”, supo confesar en unas postreras declaraciones que, como más tarde dirían no pocos de sus millones de fans, “de tan sólo leerlas se produjo en nosotros una sensación de inminente e irreparable pérdida”. Y por qué no de “sencilla y elegante alegría”, cabe agregar aquí y ahora, como alguna vez, lúcida y sonriente, pidió ser recordada Ava, “el animal más hermoso del mundo”.

Pasados los 60 años, Gardner seguía luciendo una belleza misteriosa y elegante.

Sincera, quizá no consigo misma, pero sí con los demás, nunca habló mal de sus tres ex maridos, a pesar de sus etílicas riñas con Sinatra, el desprecio intelectual de Shaw y la inmadurez emocional de Rooney. Y ni una sola palabra adversa acerca de Marlon Brando, que alardeaba de haberla enamorado tanto como a Marilyn Monroe o a Edith Piaf, ni en contra de Porfirio Rubirosa, un rico y fatuo “latin lover” dominicano que juraba haberse acostado “con miles de mujeres… y con Ava”.


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