AZTECAS DE COLECCION: MUSEO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA DE MEXICO

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Dantesco, como acostumbra a la vista el Distrito Federal, se levanta en medio del Bosque Chapultepec el Museo Nacional de Antropología. Un inmenso espacio, con más de 8 kilómetros de recorrido y 44.000 metros cuadrados de salas, donde conviven los mundos azteca y maya, sus objetos y obras artísticas milenarias, con las expresiones indígenas contemporáneas. Rescate arqueológico y, a la vez, una de las colecciones precolombinas más importantes del mundo.

Texto: Fernando Amdan Fotos: Cortesía del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México.

El monolito Coatlicue

el monolito Coatlicue recibe a los visitantes en la sala de los mexicas.

Solitaria pero imponente, tras superar la puerta de acceso, protagonista del patio central, anfitriona de lujo, se levanta una enorme columna. Pero si los molinos quijotescos acechaban al héroe, este gigante sin aspas, cargado de acero y concreto ejerce una mezcla de vértigo y atracción. Sostiene, en forma de paraguas, una estructura de 82 por 54 metros, y en su base de bronce puede descifrarse en los relieves el diálogo entre opuestos que tanto habla de la cultura e historia mexicanas. El día y la noche, el águila y el jaguar, guerras y sangre de dos culturas, América y Europa, que siglo a siglo esculpieron la identidad de México. La obra de los hermanos José y Tomás Chávez Morado es sólo la protagonista de la entrada al Museo Nacional de Antropología. Incrustado en el Bosque Chapultepec, uno de los pocos lugares de fácil circulación al que renuncia el tránsito del Distrito Federal, el museo lleva ya 42 años de vida sobre la avenida Paseo de la Reforma, desde que finalizó la construcción a cargo del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez en 1964. Como la mayoría de los edificios y espacios públicos importantes de la ciudad, no escatima en imponencia. Luego de las últimas reformas arquitectónicas, que finalizaron en 2004 para el 40º aniversario, el museo pasó a contar con 23 salas de exhibición permanente distribuidas en un recorrido de unos 8 kilómetros y algo más de 44.000 metros cuadrados de espacio. “El edificio es una revalorización de la cultura indígena precolombina de México, con el propósito de nutrir, a la vez, el arte contemporáneo”, señala a ALMA MAGAZINE Felipe Solís Olguín, director del museo. “Recupera el volumen de las paredes, colores, figuras de animales y elementos que le dan un encuadre visual diferente. No se trata de un neo arte indígena precolombino, sino de una expresión contemporánea con inspiraciones en aquellas culturas”. “El pueblo mexicano levanta este monumento en honor de las admirables culturas que florecieron durante la Epoca Precolombina en regiones que son ahora territorio de la República”, puede leerse grabado sobre un mármol, en el vestíbulo, apenas ingresados al museo. Son las primeras palabras del entonces presidente de México, Adolfo López Mateos, al inaugurarlo en septiembre de 1964: “Frente a los testimonios de aquellas culturas, el México de hoy rinde homenaje al México indígena, en cuyo ejemplo reconoce características de su originalidad nacional”.

Los nombres del pasado

La estatua del Brujo Viejo

La estatua del Brujo Viejo.

Nombres extraños, ancestrales, se reparten los pasillos del museo. Oaxaca, Puréecherio, Totonacapan, pueden leerse por todos lados casi con dedicación de filatelista. Pero con cada paso, cada lectura, cada aprendizaje, esos nombres de orígenes tan lejanos en el tiempo, se hacen inteligibles, cercanos. Los objetos arqueológicos, que por su carga histórica y cultural han devenido en obras de arte, llenas de color y contenido, remiten a la cosmovisión de artistas que no se concebían como tales y que, en su mayoría, rendían sus obras a la devoción religiosa.

En la planta baja, las salas de Introducción a la Antropología, Poblamiento de América, Teotihuacana, Los toltecas y su época, Mexica, Culturas de Oaxaca, Culturas de la costa, Maya, entre otras, pueden visitarse siguiendo un circuito continuo, en clave temporal, o bien de manera aislada. Lo mismo en la planta superior. Las salas como las dedicadas a los Pueblos indígenas, Gran Nayar, Puréecherio, Otopame, Sierra de Puebla, Costa del Golfo: Huasteca y Totonacapan, fueron recorridas por más de 2,3 millones de visitantes el año pasado.

Hoy, el museo ostenta una colección de más de 17.000 objetos en exposición. Pero definir cada uno, si objeto de estudio científico u obra de arte, exige definir previamente el punto de vista con que se apreciarán las muestras de cada sala, la fe con que se visitará el museo. El Museo Antropológico remite, a fin de cuentas, a una doble propuesta donde se cruzan la del universo indígena del pasado y del presente, así como el perfil de la diversidad cultural mexicana.

La mascara de Mazal

La máscara de Mazal.

“Es un museo con muchas lecturas –explica Solís Olguín–. La primera es que aquí está la más rica conjunción de objetos símbolos del arte mexicano precolombino, como la Piedra del Sol”. En segundo lugar, continúa, está la lectura antropológica, “puesto que el museo versa sobre las expresiones arqueológicas mexicanas. El museo rescató y rescata todo lo que son las visiones de un país pluriétnico, como México, donde aún se conservan las identidades”. Pero la importancia del museo no se agota en las fronteras mexicanas. El diseño arquitectónico de Ramírez Vázquez ha sido recreado en el museo etnográfico de Berlín y del Louvre en París, por mencionar algunos de los interesados en exhibir parte de las colecciones precolombinas del Museo Nacional de Antropología. En México, el edificio es considerado una de las construcciones emblemáticas del siglo XX y fue propuesto a la UNESCO para ser declarado como Patrimonio Mundial de la Humanidad. La sala dedicada a la cultura mexicana o azteca, fundadora de la ciudad de Tenochtitlán en 1325, es tal vez la más importante en todo el museo. De tradiciones guerreras, que le permitieron dominar gran parte de los territorios de Mesoamérica hacia el siglo XV, los aztecas adoraban a deidades que patrocinaban sus conquistas y los ritos más importantes remitían a la captura de prisioneros. Tal vez por ello el sacrificio humano se transformó en el eje que moldeó los objetos aztecas. Su ejemplo más acabado y escalofriante es el Ocelot-Cuahxicalli, una enorme vasija de piedra en forma de jaguar que servía como depósito de los corazones de las víctimas humanas sacrificadas a Huitzilopochtli y Tezcatlipoca. Extraído también del templo de Tenochtitlán, en esta sala también se exhibe el Tzompantli o altar de cráneos, una estructura con cráneos de piedra recubiertos de estuco en la base, en cuya parte superior había unas estacas donde se ensartaban los cráneos de los sacrificados. Pero sin duda es la Piedra del Sol el monumento mexica más conocido en el mundo y una de las atracciones principales en el museo. Más conocida como el Calendario Azteca, se trata de una obra dedicada al sol en forma circular tallada en una pieza de basalto, de 3,57 metros de diámetro y que pesa 24,5 toneladas. Pese a su nombre, entre los especialistas no hay consenso respecto de que los círculos concéntricos de la piedra formen un calendario. Desde que fue descubierta en 1790 se ha hablado de su significado religioso, o jeroglíficos con conocimientos astronómicos, pero su verdadero significado continúa siendo un misterio.

Mundial precolombino

El dios Dos Conejos

El dios Dos Conejos, de Veracruz, estos son algunos de los 17.000 objetos exhibidos en el museo.

Entre sus más recientes exhibiciones, el Museo Nacional de Antropología inauguró una réplica de la cancha utilizada para el Juego de Pelota de Xochicalco. En este deporte precolombino, inventado hace más de 400 años, los mesoamericanos se transformaban en seres oscuros o luminosos, como el Sol, la Luna y las estrellas, como parte de un rito imprescindible en la relación entre los hombres y dioses. Con una escala a mitad de la cancha original (de 27 metros de largo por otros 13 de ancho), la réplica se construyó siguiendo los mismos patrones espaciales que se utilizaron en Xochicalco. Según Felipe Solís Olguín, el patio central no tenía ningún techo que lo cubriera, por lo que el juego se realizaba al aire libre y a la luz del sol. Por ello el pasillo central, donde se enfrentaban los jugadores, se pensaba que era el camino que seguían los dioses del firmamento protegiendo el movimiento del sol o impidiéndolo. El Juego de Pelota original componía una especie de oráculo. Al practicarse, la suerte quedaba echada y todo se reducía al movimiento de la pelota, que era golpeada de un lado al otro de la cancha hasta que uno de los jugadores realizaba un movimiento inesperado. En ese momento “se suspendía el juego –cuenta Solís Olguín– y delante de todos los espectadores el jugador era decapitado y con su sacrificio se buscaba el conjuro del fin del Sol y de la destrucción del universo”. Ya en los tiempos de la conquista española el juego continuó, e incluso se apostaban esclavos, textiles de gran valor e importantes tesoros de oro y jade. Para el director del museo, el Juego de Pelota es una expresión ancestral de la identidad mexicana que merece ser difundida a nivel internacional. Y la oportunidad no tardó en llegar. El Juego de Pelota de Xochicalco fue trasladado a uno de los espacio de exhibición que tendrá el Mundial de Fútbol, que se desarrollará entre junio y julio de este año en Alemania.

Escombros ancestrales

La mascara mortuoria de la civilizacion teotihuacana

La máscara mortuoria de la civilización teotihuacana.

Museo antropologia Mexico

El Gran Jaguar.

La historia de este centro cultural no comienza en 1964, sino tres siglos atrás. Los primeros antecedentes remontan a 1775, cuando por orden del virrey Bucareli los documentos que formaban parte de la colección de Lorenzo Bouturini fueron depositados en la Real y Pontificia Universidad de México. Allí mismo luego se albergó la escultura de la Coatlicue y el Calendario Azteca, dos de las piezas más conocidas internacionalmente, descubiertas en 1790 durante los trabajos de emparejamiento en la Plaza Mayor de la Ciudad de México. Las obras dejaron al descubierto una piedra labrada con una calavera en la parte posterior que, recién años más tarde, los antropólogos las identificarían como piezas de la cultura azteca. Tras decretarse la creación del Museo Nacional, en 1823, las colecciones continuaron de gira por el Distrito Federal para recalar cuatro décadas después a la calle de Moneda 13, actualmente Museo Nacional de las Culturas. A medida que la cantidad de piezas se iban incrementando, los espacios en la Casa de Moneda fueron escasos. Por eso en febrero de 1963 comenzó a cargo de Ramírez Vázquez la construcción del actual Museo Nacional de Antropología, en el Bosque Chapultepec. Las obras, supervisadas por 42 ingenieros y 52 arquitectos, se extendieron por 19 meses, hasta la inauguración en septiembre de 1964. Solís Olguín se enorgullece: “Tuvieron la visión de diseñar un recinto en el que se pudieran presentar las piezas prehispánicas de manera digna, y de crear un espacio cuyas salas se adaptaran al paso del tiempo”.


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