BARCELONA: AMOR A PRIMERA VISTA

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Los catalanes, inteligentes y exuberantes, aseguran que esta ciudad española produce un fatal enamoramiento. Admirarla desde lo alto del Tibidabo, pequeña e inalcanzable, recorrerla desde el mar en alguna de las golondrinas que hacen el paseo y la muestran majestuosa, o perderse por las Ramblas esenciales, para salir de tapas y mariscos, produce encanto y adicción. El misterioso genio de Antonio Gaudí y las huellas que dejaron Joan Miró y Pablo Picasso terminan por hacer de Barcelona un destino ineludible.

Texto: Abel González / Fotos: AFP / Gentileza Oficina de Turismo de la Embajada de España.

La Sagrada Familia

La Sagrada Familia, el impresionante templo que el catalán Gaudí dejó sin terminar cuando un accidente casi trivial le quitó la vida. Calculan terminarla hacia el 2020 y tendrá 18 torres.

Hay que tener mucho cuidado cuando uno llega a Barcelona. La belleza, los misterios y los atractivos de esta vieja ciudad española son tan grandes y seductores que el viajero está expuesto a un insólito peligro, que muchos lugareños –con ironía, por supuesto– llaman “fatal enamoramiento”. El supuesto riesgo que se corre en Barcelona es el de perder la noción del tiempo, un síndrome –dicen socarronamente– que hace postergar la estadía más allá de la fecha planeada, olvidar los vuelos de regreso y dejar que los trenes partan sin que uno esté abordo de ellos. Curioso trance este “fatal enamoramiento”, un éxtasis inexplicable que no alcanza a suspender los sentidos, como se pretende, pero que de algún modo alegra la vida. Esa divertida metáfora que usan los catalanes para definir el encanto que tiene Barcelona se entiende mejor cuando se mira la ciudad por primera vez aprovechando el mirador del Tibidabo, el monte que la ciñe por uno de los lados. Desde ahí, a 512 metros de altura, se disfruta de una vista incomparable de toda la ciudad, recostada en el mar y sumergida en el aire caliginoso que le llega del Mediterráneo. Parte de ella es un conglomerado de calles trazadas sin concierto, herederas de la urbe romana fundada en tiempos de Julio César; la otra parte muestra un prolijo damero que hace recordar al plano imaginado por Hipodamo para la ciudad de Mileto, en el año 480 antes de Cristo. Sólo una inesperada diagonal rompe la simetría de las calles que se cortan en ángulo recto. En la cima de ese nido de águilas que es el Tibidabo se encuentran algunas construcciones que sorprenden. Mirada de cerca, la Iglesia del Sagrat Cor (Sagrado Corazón) es un grato descubrimiento. Esta iglesia, debido a su diseño y a su ubicación en lo alto de la montaña, y por supuesto también por su nombre, recuerda a la Iglesia del Sacré Coeur del barrio parisiense de Montmartre. No es lo único que asombra. El Parque de Atracciones del Tibidabo parece un imaginario Shangrila, con su laberíntica montaña rusa y su cueva de los misterios.

Un tramo de La Rambla

Uno de los cinco tramos de La Rambla que seduce a los turistas.

La audaz Torre de Collserola es una moderna antena de telecomunicaciones diseñada por Norman Foster y construida con motivo de los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. En su tramo más alto hay un mirador que produce vértigo. Desde la cumbre del Tibidabo, a pesar de la altura, se oye el vago rumor de la gente, de ese millón y medio de personas que viven y sueñan en esa ciudad que parece inmóvil, casi congelada. Es una sensación rara la que se siente. Verla desde ahí –pequeña, inalcanzable– produce el primer enamoramiento, un indefinible, romántico amor a primera vista. Después, cuando el viajero descienda, la recorra palmo a palmo y pueda tocarla vendrán otros amores. Más carnales por cierto.

Colorido mercado del casco antiguo

El colorido mercado del casco antiguo.

Desde su comienzo en la parte más alta, junto a la plaza de Cataluña (que tiene las dimensiones de la plaza del Vaticano), hasta su final al pie del monumento a Colón, esta vía singular toma cinco nombres que la caracterizan: Rambla de Canaletes, Rambla de los Estudios, Rambla de las Flores, Rambla de los Capuchinos y Rambla de Santa Mónica. Gran parte de la vida barcelonesa se desarrolla en este paseo, festoneado de bares de tapas, de restaurantes marineros en los cuales es posible saborear los mejores mariscos del mundo.

Las golondrinas

La Fuente del Dragon

La Fuente del Dragón, en la entrada del Parque Guell. Antonio Gaudí utilizó cerámicas de colores que le dan un efecto mágico y deslumbrante.

Una vez que se vio Barcelona desde el Tibidabo hay que mirarla enseguida desde el mar, cuando el sol le da de pleno y la convierte en una suerte de gigantesca escenografía de cemento, vidrio y acero. Resulta curioso que los catalanes, buenos comerciantes, hábiles para manejar el idioma universal y globalizado del dinero, dieran tan acabada muestra de inocencia al bautizar con el poético nombre de golondrinas a las embarcaciones que permiten ver la ciudad desde el mar. Es fascinante navegar abordo de estas golondrinas para contemplar la impresionante silueta de Barcelona. La idea de construir unas lanchas para que los viajeros vieran la ciudad desde el agua fue de Feliciana Goñi, quien inició su línea de golondrinas en 1888. En un principio el servicio dispuso de tres embarcaciones, denominadas Omnibus Primero, Omnibus Segundo y Omnibus Tercero. Estaban propulsadas por una máquina de vapor y tenían capacidad para veinte pasajeros, sentados en un mismo nivel y bajo una cubierta de madera que los protegía de la intemperie. Las modernas golondrinas no han perdido el encanto inicial; tienen como entonces su punto de embarque en la plaza Portal de la Paz, al final de la Rambla, y frente al bello monumento a Colón. Hay dos itinerarios: el tradicional, que dura 35 minutos, es un recorrido por todo el puerto hasta el rompeolas, pasando cerca de las variadas instalaciones de los muelles. El itinerario Puerto y Litoral dura una hora y media y transcurre a lo largo del frente marítimo de Barcelona hasta la zona del Forum 2004. Las embarcaciones son modernos trimaranes de 150 y 196 plazas, con casco transparente que permite ver el fondo marino y la sala de máquinas. Ese alarde de modernismo, más la visión de una Barcelona gigante, con sus nuevas playas doradas y sus rascacielos de vanguardia configuran una experiencia notable, un prólogo indispensable para disfrutar mejor de una ciudad que muestra sus tesoros a la vuelta de cada esquina.

El misterio de Gaudí

El monumento a Colon

El monumento a Colón en el último tramo de La Rambla.

Barcelona es sinónimo de modernismo. El modernismo es el nombre que recibió ese rico movimiento artístico que rechazó el estilo poco atractivo de la arquitectura industrial de la primera mitad del siglo XIX, tan en boga, y desarrolló –entre 1880 y 1930– nuevos conceptos arquitectónicos basados en la naturaleza, que se reflejó en los materiales de construcción que emplearon sus artistas, en las formas caprichosas de los edificios que erigieron y en las figuras que tachonaron sus fachadas. Los arquitectos y los escultores modernistas colocaron en el exterior de los edificios una fauna y una flora enteras de pájaros, mariposas, hojas y flores a modo de elementos decorativos, ya sea como figuras adosadas o como adorno de la piedra o cerámica. También usaron figuras de tamaño mayor, animales fabulosos o personas, y en las cornisas elementos de cerámica de color. Las ventanas y los balcones se adornaron con rejas de hierro forjado, labradas artísticamente con motivos inspirados en la naturaleza. El catalán Antonio Gaudí fue el más talentoso de los arquitectos cultores del modernismo. Su imaginación no tenía límites y aún hoy su enorme creatividad es un auténtico misterio. En Barcelona están sus obras más importantes y millones de personas de todo el mundo llegan cada año para verlas, para estudiarlas y para disfrutarlas. Aún hoy, a pesar de que han sido reproducidas profusamente, a punto tal que es difícil que alguien no haya visto nunca al menos una de las obras de Gaudí, sus creaciones sorprenden. Basta subirse a uno de los tres ómnibus turísticos que recorren Barcelona –el de la línea roja–, para sumergirse en el increíble mundo de este artista impar, que no se parece a ningún otro que haya transitado por la rica historia de la arquitectura.

Vista Barcelona

La privilegiada vista de la ciudad y las marinas desde el alto mirador del Tibidabo.

Hay que bajarse del bus cuando el guía anuncie que el vehículo llegó a la Sagrada Familia. Este templo, que quedó sin terminar debido a la repentina muerte de Gaudí (lo atropelló un tranvía al cruzar distraído una calle), es su obra más representativa. Como las grandes catedrales de la Edad Media, la Sagrada Familia se sigue construyendo gracias a los aportes y donaciones particulares. Si todo sigue al ritmo actual, se calcula que el templo quedará terminado hacia el año 2020, cuando se levante la última de las 18 torres proyectadas. Ver esta obra de Gaudí es como bucear en una insondable aventura del pensamiento. Hay que mirarla despacio, tratando de ver cada detalle ideado por Gaudí, sobre todo la fachada que dejó concluida antes de morir. Se tiene la sensación de estar frente a una obra amasada genial y caprichosamente a mano. Los planos que trazó permiten a los escultores actuales seguir la ornamentación indicada. Cada piedra que ponen, cada golpe de martillo es un homenaje a la imaginación del maestro. Otras de las obras de Gaudí que no pueden dejar de verse en Barcelona son el Parque Güell (Parc Güell), la Casa Milà, también denominada La Pedrera, y la Casa Batlló. Claro que el modernismo de Barcelona no se agota en las obras de Gaudí. La ciudad cuenta con otras joyas de este arte tan catalán, como el Hospital de San Pablo y el Palacio de la Música Catalana de Lluís Domènech i Montaner, o el Palacio Macaya y muchas otras obras de Josep Puig i Cadafalch. Conmueve contemplar estas obras desbordantes de ingenio, testigos de un tiempo en que la curva superaba a la línea recta, y la piedra y el hierro forjado al vidrio y al acero.

El catalán Antonio Gaudí fue el más talentoso de los arquitectos cultores del modernismo. Su imaginación no tenía límites y aún hoy su enorme creatividad es un auténtico misterio. En Barcelona están sus obras más importantes, y millones de personas de todo el mundo llegan cada año para verlas, para estudiarlas y para disfrutarlas. La Sagrada Familia, que quedó sin concluir debido a su repentina muerte, es su obra más representativa.

Las Ramblas

Terrazas de Barcelona

Una de las tantas terrazas que ofrecen los restaurantes de las viejas callejuelas.

Una vida no alcanza para conocer Barcelona, dicen los catalanes. Es verdad… pero tampoco alcanza una vida para conocer cualquier otra gran ciudad, como París, Estambul, Nueva York o El Cairo. Lo que quieren decir, en realidad, es que el viajero siempre tiene el sentimiento de que al irse de un lugar lleva con él un enorme vacío, hecho de las cosas que no alcanzó a conocer. Eso es algo inevitable, por eso todos se empeñan en recorrer las cosas que son esenciales, imprescindibles para definir la idiosincrasia de un sitio. Las Ramblas, en Barcelona, son la esencia de la ciudad. Hasta 1860, año en que Barcelona rompió el cerco de sus murallas, la ciudad era tan solo el hexágono del recinto del siglo XV, actual Casco Antiguo. La Rambla, por entonces única vía ancha en el corazón de la ciudad, era un antiguo torrente que debe su nombre actual a la voz árabe “ramla” que significa “arenal”. Hasta comienzos del siglo XVIII la Rambla fue un camino y un torrente bordeado por conventos y murallas. En 1704 comenzaron a levantarse casas en el espacio ocupado por las murallas (alrededores de la Boquería, donde está el famoso mercado) y se plantaron árboles. En 1775 fue derribada la parte de las murallas próxima a las Drassanes (Atarazanas) y, hacia finales del siglo XVIII, se urbanizó la calle y la Rambla quedó convertida en paseo.

La Catedral

La Catedral, con su actual estilo neogótico. Como los grandes templos medievales, se comenzó a construir en 1298 y se finalizó en 1909.

Desde su comienzo en la parte más alta, junto a la plaza de Cataluña (que tiene las dimensiones de la plaza del Vaticano), hasta su final al pie del monumento a Colón, esta vía singular toma cinco nombres que la caracterizan: Rambla de Canaletes, Rambla dels Estudis (de los Estudios), Rambla de les Flors (de las Flores), Rambla dels Caputxins (de los Capuchinos) y Rambla de Santa Mónica, a dos pasos del mar. Gran parte de la vida barcelonesa se desarrolla en este paseo, festoneado de bares de tapas, de restaurantes marineros en los cuales es posible saborear los mejores mariscos del mundo. Caminando por ahí, el viajero –que no resiste su influjo– sabe que atrás deja sin visitar el templo de Montserrat (con su bella Virgen Morena), el Jardín Botánico con su inigualable colección de cactos, el Acuario (en donde es posible bucear en un estanque poblado de tiburones), el fabuloso Museo Picasso, la Fundación Joan Miró (con más de 11 mil piezas originales del artista catalán, de las cuales 240 son pinturas y 175 esculturas), las óperas del Teatro Liceo y también, por qué no, el Camp Nou (el enorme estadio del Barça –el Barcelona FC–, donde teje sus filigranas futbolísticas Ronaldhino), la casa natal de Joan Manuel Serrat, en Pueblo Seco, o un almuerzo demorado en el mítico restaurante Els Quatre Gats, en la calle Montsió, 3 Bis, donde el joven Pablo Picasso expuso sus cuadros por primera vez en su vida. Que de estas cosas un poco melancólicas también está compuesto el “fatal enamoramiento” que produce Barcelona.


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