BERLIN: SIN MUROS

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La reunificada capital alemana aplica su influencia sobre Europa. Una urbe cuyo poder industrial y comercial no le impiden preservar su pasión por la conservación arquitectónica ni su impulso cultural. Vanguardista y tradicionalista, amante de la tecnología y las artes, Berlín se hace sentir en un mundo globalizado.

Texto: Felipe Real / Fotos: AP

Berlin: Brandenburg Gate, evening

Desde la Puerta de Brandenburgo se puede caminar hasta el bello puente del río Spree.

Atrás quedaron los tiempos de recelos y Berlín se muestra floreciente e imponente. La capital germana avanza más rápido que ninguna, como diría su antiguo poblador Friedrich Hegel, impulsada por sus propias contradicciones dialécticas. Conservadora y progresista, tecnológica y ecológica, antigua y futurista, tradicional e innovadora, Berlín es un laboratorio de tendencias que hace culto a sus experiencias vanguardistas sin olvidar su pasado, donde conoció la gloria y la infamia. Ahora, sin muros ni cortinas de hierro, Berlín marca su influencia en el ámbito académico, político, empresarial, artístico y de la moda. Un paraíso urbano para mentes desprejuiciadas.

Ciudad paradojal. Con 4 millones de habitantes, se rompe el estereotipo del prusiano serio, acartonado y frío. Tal vez ese prejuicio se deba a confundir seriedad con respeto, acatamiento de las normas con aburrimiento y tolerancia con indiferencia. Esa es la primera sorpresa que se llevan aquellos que se animan a recorrerla con ánimo de saltar todo tipo de muros. Su gente es divertida, amable y bohemia.

Puerta de Brandenburgo. Nada mejor que comenzar por el pórtico del parque Tiergarten. Construido en 1791, imitaba las columnas de Atenas como un símbolo de paz; más tarde se le sumó un carro impulsado por fuertes caballos, emblema del poder prusiano en sintonía con las transformaciones políticas. Los sitios turísticos fundamentales se encuentran a pocos pasos.

Tiergarten. Un pulmón verde de 210 hectáreas. Allí donde confluyen cinco avenidas, yace una gran columna de 69 metros en cuya punta brilla la estatua de la Diosa Victoria, una clásica postal berlinesa. Los principales edificios gubernamentales y los barrios más elegantes están a su alrededor, al igual que el auditorio de la filarmónica de Berlín y el zoológico (ahí nació el primer oso polar en cautiverio, Knut, adorado por muchos). El parque recibió en los últimos años a una multitud en el Love Parade.

Berlin/Spree: Palace bridge, cathedral (1893-1905) and TV tower (1965-1969)

Puente del río Spree.

El Reichstag. Casi 3 millones de personas lo visitan cada año. Su nombre remite a películas bélicas y su imagen a ciencia ficción. Como en una clara alegoría, una majestuosa cúpula de cristal cubre el centro del parlamento, levantado entre 1884 y 1894 con estilo neorrenacentista. El incendio provocado en 1933 –según la teoría más citada– por un activista comunista holandés le dio una excusa a Adolf Hitler para declarar el estado de emergencia; suprimir derechos, gobernar con mano dura y presentar una lista de enemigos a destruir. Ese incidente sería el comienzo del fin. Seis décadas después, se lo recicló y se inauguró un mirador en la cúpula que permite observar el interior de la cámara y la ciudad.

Potsdamer Platz. Ejemplo del avance tecnológico y comercial. En las adyacencias de esta antigua plaza se instaló el primer semáforo de Europa. Convertida en ruinas en la Segunda Guerra Mundial, quedó olvidada en las cercanías del Muro. Tras su caída, se celebraron grandes conciertos de rock protagonizados por Roger Waters, el bajista de Pink Floyd, y Scorpions, artistas asociados al sentir de un pueblo dividido en dos. Hoy, Potsdamer Platz, está rodeada de lujosos edificios, entre ellos el impresionante Sony Center, donde se localizan dos salas de cine, una IMAX y el museo del cine, que guarda viejas joyas del séptimo arte. Como no podía ser de otra forma, en ese escenario se celebra el festival de cine Berlinale, donde se entregan los famosos Osos de Oro.

El Muro. Hilter cayó en 1945. Estados Unidos, Inglaterra y Francia ocuparon las regiones occidentales de Alemania y Rusia, la porción más oriental. Lo mismo ocurrió en la capital: las tres potencias tomaron tres cuartas partes de Berlín y Rusia, el área oriental. Las diferencias políticas provocaron la creación de la República Federal Alemana (RFA), con influencia aliada, y Moscú impulsó a la República Democrática Alemana (RDA). Una división similar ocurrió en Berlín: los barrios de los aliados se unieron a la RFA, armando un enclave dentro del territorio comunista. En 1961, la RDA ordenó edifi car “el Muro de contención antifascista” que sus vecinos y rivales llamarían “el Muro de la vergüenza”. La pared tuvo 45 kilómetros y otros 115 kilómetros rodearon a los sectores occidentales, constituyendo una frontera caliente que separaba dos estilos de vida distintos. Con 190 torres, 31 puestos de control y miles de guardias con perros se intentó impedir la migración hacia el enclave de la RDA. Muchos lograron pasar, 200 personas fallecieron. En noviembre de 1989, la situación era insostenible: la pared cedió. Meses después ambos países se unieron. Las últimas fracciones de ese murallón pintarrajeado siguen inquietando a los visitantes.

Recuerdo. El templo evangélico luterano erguido en recuerdo del Kaiser Guillermo está ubicado en Charlottenburgo, un barrio con delicadas tiendas. Supo tener cinco altas torres y mosaicos que describían la vida del emperador. Al ser dañado por los bombardeos, sólo quedó una torre y es atesorado como memorial. Sobre esta avenida, Kurfürstendamm, se realizó el primer Love Parade.

Punto de control. Uno de los pasos de la zona soviética a la occidental se llamaba Checkpoint Charlie. Por allí transitaban diplomáticos y trabajadores autorizados. Con su fisonomía intacta, se tiene la sensación de estar viviendo una película de espías. En su museo se describen los dramáticos episodios ocurridos y las numerosas manifestaciones por la paz.

Berlin/Spree: View of West Berlin from the Europa Center, with Kurfürstendamm, Kaiser Wilhelm Memorial Church (1891-1895) and Zoologischer Garten railway station, evening

Las mejores vistas panorámicas de Berlín.

Alexanderplatz. Al adentrarse en el sector oriental, las calles llevan nombres como Karl Marx o Rosa Luxemburgo. Los modernos proyectos edilicios no logran ocultar las grandes construcciones soviéticas, los carteles con letras cuadradas y ornamentos austeros. Alexanderplatz es el centro de la ciudad comunista; allí se eleva la Torre Fernsehturm, destinada a emitir ondas de TV. En la cima, a 368 metros, sobre una plataforma giratoria funciona un bar, dueño de las mejores vistas panorámicas.

Bauhaus. Con el impulso de Walter Gropius nació el movimiento que aunó las bellas artes con las artes aplicadas, cuya influencia marcó desde la arquitectura y el diseño industrial hasta la tipografía y la música. En los años 20, los pintores Kandinsky y Paul Klee frecuentaron sus aulas acercándose a los intelectuales del efervescente y enigmático Berlín de entreguerras. Aún se mantiene su mítico edificio como archivo y museo. Muy cerca, se halla la Nueva Galería Nacional, creada por Mies van der Rohe, quien también pertenecía al movimiento Bauhaus. El ascenso nazi determinó el final de la escuela.

Sabores. Pese a las influencias de toda Europa, la cocina berlinesa se distingue por los aportes de la cultura calvinista; ésta favoreció el uso de vegetales (coliflor, espárragos, guisantes, nabos). A su vez, Federico el Grande introdujo desde América los tubérculos, habituales en todas las recetas. Por lo tanto, el principal plato típico es el Eisbein: costillas de cerdo con Sauerkraut, un aderezo a base de coliflor (chucrut). Además, hay que degustar el Rinderbrust, carne de ternera con rábano y las irresistibles Kartoffelpuffer, tortillas fritas de papa. Otras opciones: hígado asado con manzana o ganso con col verde. Las Pfannkuchen, rellenas con confitura, ciruelas o fresas, muestran la generosidad de la pastelería germana. Los chocolates son superlativos.

Isla de los museos. Los reyes prusianos dedicaron una isla sobre el río Spree al arte, la arqueología y otras ramas del saber. Debido a sus grandes reliquias, la Unesco la declaró patrimonio de la Humanidad. No obstante, tullidos por el embate bélico, el Altes Museum y el Nuevo Museo siguen siendo motivo de orgullo. La Alte Nationalgalerie, edificada en 1876, alberga una colección de arte del siglo XIX, considerada una de las más amplias de Europa y el Bode expone esculturas de la antigüedad y de la era bizantina.

Berlin/Spree: domed roof of the Sony Center, evening, Potsdamer Platz

Tanto en las alturas como en la Potsdamer Platz, la ciudad se muestra moderna e imponente.

Love Parade. Unos meses antes del fin del Muro, Matthias Roeingh –alias Dr. Motte– organizó una manifestación política a favor del amor y el entendimiento por medio del arte. Con el tiempo, se transformó en una de las mayores fiestas de música electrónica del mundo. Más de un millón de jóvenes se citan para rendirse al ritmo de la música bailable. ¿Qué suena? House, techno y trance. Desde 2008, se irá replicando en otras ciudades alemanas.

Bajo tierra. Con la guía de la asociación Berliner Unterwelten se accede a un mundo subterráneo. A través de pasadizos oscuros y húmedos se llega a los diferentes refugios antiaéreos de la época de la Guerra Fría. Además, es imperdible la Gesundbrunnen, una vieja estación soviética, preparada para brindar albergue a 1.318 refugiados en caso de peligro. Este tour se armó con el testimonio de personas que contaron sus experiencias.

Pinacoteca. La Gemäldegalerie de Berlín, lindante del Tiergarten, fue creada por un grupo de marchands interesados en reunir y conservar las obras desperdigadas en medio de la destrucción. Aunque algunas pinturas no pudieron salvarse, esta colección se destaca por sus obras del siglo XIII al XVIII, fi rmadas por van Eyck, Rafael, Tiziano, Canaletto, Rubens, Gainsborough, Caravaggio y Rembrandt.

Moda. En el 1900, mientras París era la meca de la moda, Berlín era la de la confección y poseía el mayor conglomerado de producción textil. Ahora, los berlineses quieren recuperar esa tradición de la mano de la street couture. Grandes ferias y las más glamorosas tiendas enriquecen a una capital que apuesta a revitalizarse. “Cultura urbana aquí y ahora. Base e inspiración para la high-fashion y la couture”, es el lema de sus creadores.

MEMORIAL

Horror y pasado. El laberinto de piedra es un homenaje a las víctimas del Holocausto.

Memorial. A metros de la Puerta de Brandenburgo, como homenaje a las víctimas del Holocausto, se erigió un laberinto formado por piedras rectangulares de diversa altura. El visitante debe recorrerlo, subiendo y bajando hasta llegar al centro: allí siente que no hay salida. Luego, al alejarse se percibe que es posible acceder a la luz y a la libertad. La idea fue representar mínimamente el sentir del pueblo judío que habitó esa tierra durante siglos y fue perseguido con crueldad.

Cerveza. Con una variedad de 5 mil tipos, Alemania es el país con mayor consumo per capita de cerveza (131 litros anuales). Muchas comidas deben ser acompañadas por un estilo en particular, como las Cebollas a la Bamberg, que se toman con cerveza Rauchbier o ahumada. Muchas localidades, clubes y hasta restaurantes tienen su propia fórmula con la cual marcan sus tradiciones e imponen su impronta. Salir a degustarlas es un rito obligado.

Bunker. Tras el memorial, se sitúan unas residencias soviéticas y un ala del barrio gay. Rodeado de unas calles humildes, bajo una plazoleta desteñida y a 8 metros de profundidad, yace el Fürherbunker, refugio final de Hitler. Como una ironía del destino, la ciudad parece indicar que su legado fue vencido por sus propios perseguidos. Ni las emociones fuertes ni el recuerdo de un pasado sombrío arruinan el recorrido por una metrópoli que resurgió de las cenizas dispuesta a ser mejor de lo que fue.


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