BETTE DAVIS: LA FEA MAS HERMOSA

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No fue una beldad, pero tenía carácter. No era mala, pero compuso a las mejores malvadas del cine. Filmó más de 90 películas en 47 años. Cosechó dos Oscar y 9 nominaciones. Luchó contra la discriminación de la mujer y presidió la Academia de Hollywood. Otra gran actriz quiso acostarse con ella. Padeció el abandono de su padre y el alejamiento de sus tres hijos. Vivió 81 años. Trabajó hasta los 80. Le decían Betty, y estaba todo dicho. Pero aquí se dice mucho más.

Texto: Raúl García Luna / Fotos: AFP/AP

Jezebel

Junto a Henry Fonda en Jezebel (1938), por la que ganó un Oscar.

Ruth Favor, la madre de Ruth Elizabeth (1908-1989), se casó demasiado joven con el inmaduro Harlow Morrel Davis, a quien conocía desde los 7 años. Corría 1907, y un año después Ruth quedaba embarazada. El matrimonio era pobre, y a Harlow no le gustó ser padre. Denostó a la bebé, apodada Betty para diferenciarla de su madre, y puso el grito en el cielo en 1909, cuando nació su segunda hija, Bobby. Y ocho años más tarde, más hostil y violento que nunca, se divorció de Ruth y se esfumó llevándose hasta el último dólar del hogar de Lowell, Massachusetts. Si el divorcio era escandaloso en los años de la primera posguerra, lo peor para Ruth y las niñas fue afrontar el hambre. Así que, mientras Ruth estudiaba fotografía para intentar conseguir trabajo en Nueva York, Betty y Bobby terminaron en un internado rural. Y en los locos ’20, cuando Ruth perdió su empleo, las tres peregrinaron de un hotelucho al otro, a cual más barato y lúgubre. Betty se había quemado la cara, Bobby daba muestras de desorden mental y su madre lloraba todas las noches. Hasta que la tía Mildred las acogió en su casa de Newton, Ruth empezó a ejercer la fotografía y las niñas fueron aceptadas en la pequeña academia Cushing de Ashburnham.

A los 24 años, y habiendo compuesto ya personajes de alta carga erótica, Betty era virgen. Como respuesta, ella aceptó casarse con el insistente Harmon, a condición de que éste no le prohibiera beber y le permitiera ir a las fiestas del ambiente artístico, donde se divertía asustando a las actrices bellas con sus chistes groseros y su conducta casi viril.

Allí, para pagarse los estudios, la teenager Betty debió servirles la comida a sus propios compañeros. Lo hizo con tal dignidad que pronto dejaron de llamarla “fea”. Además, los hacía reír poniéndose bizca o fingiendo una renguera, y allí aprendió Betty cómo ganarse la atención de sus primeros espectadores. Chicas lindas había muchas. Inteligentes, pocas. Y así llegó ella a ser la mejor alumna, y a presidir el consejo de estudiantes. Enérgica y resuelta, estudió danza y teatro en la escuela Mariarden de New Hampshire, y fue ovacionada por sus compañeros y profesores en su debut actoral de 1925, nada menos que en Sueño de una noche de verano, de Shakespeare. Tenía 17 años, y el ancho mundo por delante.

Joan Crawford le enviaba flores y cartas eróticas a su camerino, como si fuese un hombre, y Betty se ponía furiosa. Mucho se habló de encuentros etílicos y peleas lésbicas, de arrumacos sin vergüenza y riñas en cámaras, o de que así habría rebajado Joan la alta presencia actoral de Betty para brillar más ella. Si no es cierto, está bien contado.

CINEMA-BETTE DAVIS

Ruth Elizabeth Davis, su verdadero nombre, logró su primer éxito con The Man who played God.

Por aquel entonces frecuentó a un muchacho alto y desgarbado del que años después, sin pelos en la lengua, Betty diría: “Henry es tan íntegro que te da asco”. Su apellido era Fonda y, según ella, él se había negado a besarla. De momento, también conoció a quien luego sería su primer marido: Harmon O’Nelson, un novel director de orquesta universitaria que tampoco la besó, pero le sugirió cambiar las tablas por las cámaras. Y una mañana, su madre la sacó de la cama al grito de: “¡Bueno, basta de lágrimas, Ruth Elizabeth! ¡Nos vamos a Nueva York!”. Y allí Betty estudió artes dramáticas en la escuela de Hugh Anderson y trabó amistad con sus colegas César Romero y Lucille Ball, gracias a quienes pronto estuvo ante George Cukor, un director teatral que sería una gloria de Hollywood y que, tras una prueba escénica, le ofreció libretos que había rechazado una gran diva: Marlene Dietrich. Empezaban los ’30 y sus muchos roles teatrales no valían ni un centavo en la Meca del Cine, pero, tras debutar en Bad sister junto al aún ignoto Humphrey Bogart y de rodar La oculta providencia, sólo en 1932 hizo cinco películas. Detalle recurrente: ese año volvió a quemarse, cuando su automóvil se incendió a las puertas de su casa. “Es que el fuego te consume”, bromeó su reciente y platinada amiga Jean Harlow, refiriéndose a algo que nadie más que ellas dos sabían: a los 24 años, y habiendo compuesto ya personajes de alta carga erótica, Betty era virgen. Como respuesta, ella aceptó casarse con el insistente Harmon, a condición de que éste no le prohibiera beber y le permitiera ir a las fiestas del ambiente artístico, donde se divertía asustando a las actrices bellas con sus chistes groseros y su conducta casi viril. Problemas: su marido ganaba diez veces menos que ella y Bobby, loca de celos ante sus éxitos, intentó ser actriz, fracasó y acabó internada en un centro psiquiátrico al grito de: “¡Mi hermana me robó mi oportunidad! ¡Yo soy mejor que Bette Davis!”. Betty no dejó de pagar su tratamiento hasta el último de sus días. Cautivos del deseo no fue un boom de taquilla, pero a fines de 1935 Betty ya era una estrella internacional, Oscar en mano por Dangerous y peligrosamente enfrentada con la compañía Warner, a la que le exigía más dinero y más poder de elección de sus papeles, al tiempo que se iba a filmar a Inglaterra con un director polaco. Y a su regreso, la Warner la presionó legalmente para actuar en Jezabel, una intrascendente historia de gangsters con su querido Bogart, en la que ella era una bailarina de mala reputación. “Una zorra sureña a la altura de la Davis”, deslizó un productor. La venganza fue terrible: abofeteó al chismoso y conquistó al director del film, William Wyler, quien se convirtió en su primer amante furtivo. El segundo fue Howard Hughes, el archimillonario novio de Katharine Hepburn y enigmático cineasta empecinado en rodar batallas aéreas, al que Betty ayudó a superar su impotencia sexual. Momento en que entró en escena el relegado Harmon, quien había contratado a un detective y llenado de micrófonos la mansión de Hughes, y lo chantajeó con que le diera 70.000 dólares o publicaría las cintas y todos sabrían que no era “un verdadero hombre”. Como réplica, Howard llamó a un mafioso para matar al esposo traicionado, pero Betty lo convenció de no hacerlo y de pagar ese soborno, que ella misma le devolvería poco a poco. Cosa que hizo, a pesar de ser Howard rico. Luego, Betty se divorció de Harmon y Jezabel le arrimó su segundo Oscar. Su segundo marido sería Arthur Farnsworth en 1940, del que enviudaría sólo tres años después; el tercero, William Grant Sherry; y el cuarto, el actor Gary Merrill, de 1950 a 1960. Entretanto, sus triunfos artísticos serían contundentes: desde Amarga victoria, en 1939, hasta La estrella, en 1953, pasando por La loba, en 1941, La egoísta, en 1951, Eva al desnudo, en 1952 y, en fin, sus nueve nominaciones a mejor actriz entre 1934 y 1962. Y todo por atreverse a encarar papeles en los que había que parecer mala y verse espantosa. Como ella misma lo dijo, sin falsa modestia: “Yo nunca fui una belleza explosiva ni una muñequita dulce, pero les enseñé qué hacer para ser inolvidable”. Por supuesto que hizo películas en las que lució atractiva, con esos “ojos brujos” que tanto le elogiaron, con ese cigarrillo siempre humeante que no abandonaba en la vida cotidiana, con su máscara trágica o mordaz lista para ganar fans en todas las plateas del mundo. Pero verla haciendo de decrépita reina británica, de loca asesina o de arpía fatal, eso es entender de qué se habla cuando de talento se trata.

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Un retrato de noviembre de 1988, un año antes de su muerte.

Tratándose, además, de una mujer que a los 40 años, con su tercer esposo, tuvo una hija única, llamada B. D. Hyman, que nunca la amó, le sacó dinero y, más aún, le hizo daño publicando Esta es mi madre (1985), una malintencionada contrabiografía de La única vida, las memorias que Betty había colocado en librerías muy poco antes. Tratándose, sin duda alguna, de una hija generosa al financiar los despilfarros y las deudas de la ya vieja Ruth, que adquiría vestidos, heladeras y automóviles a la voz de: “Soy la madre de Bette Davis”. Tratándose, concluyamos, de una “rebelde con causa” capaz de ser la actriz mejor pagada de Estados Unidos y la primera presidente mujer de la Academia de Artes y Ciencias en 1942, de organizar las cantinas para soldados durante la Segunda Guerra y recibir una medalla nacional por esto, y de resistir los asedios amorosos ya no tan sólo de los “cazafortunas” de ocasión, sino también de su eterna rival y presunta enamorada: Joan Crawford, con la que en 1962, en ¿Qué fue de Baby Jane?, se sacaron chispas dentro y fuera de los sets. Joan le enviaba flores y cartas eróticas a su camerino, como si fuese un hombre, y Betty se ponía furiosa. Mucho se habló de encuentros etílicos y peleas lésbicas, de arrumacos sin vergüenza y riñas en cámaras, o de que así habría rebajado Joan la alta presencia actoral de Betty para brillar más ella. Si no es cierto, está bien contado. Lo que no está contado es que de similar manera la molestaba el nada galante Errol Flynn, bostezándole en las orejas o pellizcándole el trasero en las secuencias compartidas. Y cuando Betty reventaba de ira, él se reía como el “pirata romántico” que decían que era y se iba a beber bourbon o ron al bar de los estudios. También odiaba a Glenn Ford por no querer tener nada con ella, y a King Vidor, uno de los más reputados cineastas de la época, porque no le aceptaba sus caprichos de diva. Tanto que en 1949, en plena filmación de Más allá del bosque, Betty entró sin anunciarse en el despacho de Jack Warner y le dijo: “O pones a otro director más tolerante, o me voy. Elige, Jack: o él, o yo”. El dueño de la compañía suspiró y le respondió con franca abulia: “Bueno, Ruth Elizabeth, pues vete tú”. Ya estaba harto de sus desplantes, y Betty entendió el mensaje. Así que volvió al trabajo sin chistar, terminó el film, brindó con colegas y extras, cobró su salario y cerró dos décadas con la Warner. Sus siguientes películas las haría en la RKO, propiedad de su ex amante Howard Hughes, quien jamás dejaría de enviarle flores en una fecha exacta: la del día en que ella terminó de pagarle aquella maldita deuda de Harmon, de quien se decía que años atrás había obligado a Betty a hacerse un aborto, por ser entonces ambos demasiado jóvenes para hipotecar sus carreras.

Era, claro, la sufrida protagonista de un asombroso aviso que publicó en la revista Variety, tras haber rodado el drama de Baby Jane: “Actriz busca empleo. Madre de tres hijos de 10, 11 y 15 años. Divorciada. Americana. Más de 30 años de cine, capaz de moverse y mucho más amable que lo que afirman los rumores. Bette Davis”.

REAGAN DAVIS

El joven Ronald Reagan y Bette Davis comparten cartel en Dark Victory, de 1939.

Lo cierto es que con su cuarto marido, “el que más amé”, según la misma Betty dijo, y mientras su tercer esposo la amenazaba con secuestrarla, adoptó a dos niños: Margot y Michael, que le proporcionarían más penas que alegrías. Para ser ilustrativos, una anécdota: la niña no paraba de llorar, era violenta y atacaba a su hermano menor. Un día, después de estrangular un gatito, Margot tajeó al pobre Michael con un pedazo de vidrio roto y lo dejó sangrando en el suelo, mientras ella aullaba, gruñía y reía bestialmente. Los médicos le diagnosticaron un mal cerebral incurable y progresivo, y la niña terminó el resto de su vida confinada en un lujoso y costoso hospital psiquiátrico, a cuyo fondo de fideicomiso Betty contribuyó larga y tristemente. En el futuro, Michael se alejaría cuanto pudiese de su madre adoptiva, sin querer verla siquiera. Entre tanto, su hermana esquizofrénica había fallecido en 1979 y a su madre ya no la toleraba más, así que le cortó las remesas de dinero y dejó de recibirla en su casa. Entonces Betty se dio a la bebida como nunca antes, perdió a su último compañero de ruta, y sepultó la idea de tener una familia para dar y recibir el amor que todos sus seres queridos le habían negado. “¡Soy mala, soy mala!”, se dijo que gritaba a solas, bebiendo bourbon o ron como el “pirata” Flynn o la patética monarca inglesa de El favorito de la reina, de 1955. Pero aún en su ocaso dio lucha. En 1956 filmó para la Universal Storm center, una crítica feroz contra la xenófoba “cacería de brujas” del senador McCarthy y el Comité de Actividades Antiamericanas, y la juzgaron “una izquierdista pro Moscú”.

DAVIS

En su personaje de Whatever Happened to Baby Jane (1963).

No se inmutó, y aceptó hacer programas de televisión. Trabajó en Francia y en Gran Bretaña, junto al talentoso Alec Guinness, quien contaría acerca de ella: “Era una gran profesional, pero también una experiencia frustrante. Yo estaba feliz de trabajar a su lado, y ella parecía un témpano de hielo, distante, amarga”. Era, claro, la sufrida protagonista de un asombroso aviso que publicó en la revista Variety, tras haber rodado el drama de Baby Jane: “Actriz busca empleo. Madre de tres hijos de 10, 11 y 15 años. Divorciada. Americana. Más de 30 años de cine, capaz de moverse y mucho más amable que lo que afirman los rumores. Bette Davis”. ¿Qué más pedirle? Desde La carta o Canción de cuna para un cadáver hasta Derecho a elegir, a los 75 años, junto a un entrañable actor de su misma edad: James Stewart. Además de la serie Hotel y otra media docena de películas, hasta la preciosa Las ballenas de agosto y otro de sus admirados enigmas de Agatha Christie en 1984. Y otro libro autobiográfico en 1987, y un postrero film inconcluso en 1988, y los múltiples premios con que de pronto Europa la honraba. Entre ellos, el vascuence Donostia, del Festival de Cine de San Sebastián, que la impulsó a viajar a España a pesar de que ya estaba medicada por una apoplejía y un avanzado cáncer de mama o de pulmón, o ambos a la vez, no hay versión definitiva. Y allí la emoción agobió su frágil salud y se despidió de sus fans, y voló al Hospital Americano de París, donde expiró mansamente. Según las enfermeras, hasta el último suspiro tuvo fuerzas para aconsejarles luchar por sus derechos como ella lo había hecho, y de firmarles autógrafos. Algunos decían: “Sólo sé buena. Betty”.


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