Björk: Una experiencia de sonido y lava

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El MoMA de Nueva York presenta una retrospectiva de la obra de la multifacética compositora, música y cantante islandesa Björk. La exposición se centra en las más de dos décadas de proyectos arriesgados e innovadores de la artista y sus ocho álbumes de estudio. Se propone una crónica de su extensa carrera a través del sonido, las películas, las imágenes, los instrumentos y sus preciados objetos como también sus muy singulares vestidos y trajes. Un volcán de sensaciones.

Texto: Belén Iannuzzi / Fotos: Gentileza MoMA

Bajita, con los ojos un poco rasgados, la voz honda, como salida de un volcán o de un barco vikingo. Rara o única. “¿Quién es esa mujer que canta en un inglés con fonética de Marte?”, se preguntaban los críticos musicales luego del estallido de su segundo disco, Debut (Björk grabó su primer álbum a los 11 años), con el que alcanzó fama internacional. Comenzaba la década de 1990. Los más vanguardistas, estadounidenses y británicos, ya la seguían con atención desde The Sugarcubes, banda de rock alternativo islandés en la que Björk Guðmundsdóttir (Reikiavik, 1965) comenzó a destacarse dentro de la escena musical.

Con discos conceptuales y novedosos ya como solista, Björk atravesó géneros múltiples, desde el jazz hasta la electrónica, transitando con peculiaridad y de manera personal la música experimental. De la mano de la música, la islandesa comenzó a trabajar con diseñadores de moda, productores y fotógrafos de primera línea. También realizadores de la talla de Michel Gondry dirigieron sus videos. Björk es más que una mujer que hace música, es un universo.

Ahora, en el vestíbulo del MoMA, están los instrumentos que utilizó junto a sus músicos en Biophilia (2011), que es un disco pero que también fue un concierto que giró alrededor de todo el mundo. Más que un show, fue ante todo una experiencia. Björk había perdido la voz después de Volta (2007). Visitó médicos, fonoaudiólogos, homeópatas, tarotistas. Hasta que descubrieron que su afonía se debía a una infección con cándida en la garganta. El cabello empezó a cambiarle de color y estaba muy deprimida. Lentamente, con ayuda de un profesor de canto, fue recuperando la voz y comenzó a componer Biophilia.

Björk, vestida de azul metalizado, zapatos altísimos y una peluca que hiperboliza el proceso de decoloración de su pelo, cantaba con un coro de diecisiete islandesas, las Graduale Nobili; un varón tocaba iPods y iPads, otro hacía lo propio con una batería, junto a otros instrumentos extrañísimos inventados ad hoc para emular los sonidos de la naturaleza en los procesos de génesis y muerte. De esta manera, Björk inauguró un género, algo así como una ópera folk con aplicaciones para dispositivos móviles. Un eco de un paisaje lejano, Islandia o microbios, un sonido del futuro, de musgo, natural.

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Entonces, decíamos, ahora estamos en el MoMA: un órgano y un arpa dan la bienvenida; de fondo se escuchan sus canciones. En el segundo piso se han construido especialmente para la muestra dos espacios: uno está dedicado a una nueva instalación de sonido y video, encargado por el MoMA, de Black Lake, una canción del flamante álbum de Björk, Vulnicura, que se escucha en loop. La sala donde se proyecta es un cubo rectangular, totalmente oscuro, con dos pantallas simétricas. Las paredes y el techo están forradas con algo que parecen ser miles de mangas de jersey negro.

Pequeños cráteres flácidos que imitan las entrañas de un volcán aíslan a los concurrentes del sonido exterior. Björk aparece en una cueva de paredes coloradas, lleva un traje negro, como de petróleo, y canta sus males del amor mientas serpentea por la geografía de un volcán. Y golpea con fuerza su pecho entre fragmentos de cráteres que estallan, muere metafóricamente y amanece feliz bajo un cielo azulado, en un paisaje musgoso.

El otro espacio es una sala de cine que proyecta una retrospectiva de sus videos musicales más destacados, desde Debut hasta Biophilia. En total son treinta creaciones firmadas por directores como Michel Gondry o Spike Jonze en las cuales la cantante islandesa, por ejemplo, hace bailar a su antojo las placas tectónicas que suben y bajan de las arenas movedizas, flotan y se dan besos con las entrañas, para terminar formando, por supuesto, un volcán. Una realidad pop rugosa, texturada, de colores, intensa como la propia Islandia: territorio nacido justamente en donde se tocan las placas tectónicas de Europa y América. Una isla con treinta volcanes activos, trece de los cuales se han manifestado en actividad desde que los vikingos colonizaron la isla en el siglo IX. Björk canta la naturaleza, es naturaleza.

En el tercer piso se presenta una experiencia interactiva sonora basada en sus álbumes, junto a una narrativa biográfica que es, a la vez, personal y poética, escrita por el destacado poeta islandés Sigurjón Birgir Sigurðsson, al lado de numerosos efectos visuales, objetos y trajes, incluyendo los robots diseñados por Chris Cunningham para el video de la canción All Is Full Of Love; el icónico vestido de cisne que llevó puesto en la premiación de los Oscar del año 2000 (ceremonia en la que la dadaísta Björk ¡puso un huevo!) del macedonio Marjan Pejoski; el vestido de campanitas diseñado por Alexander McQueen y también el que usó en la gira Biophilia, diseñado por Iris van Herpen. Además, pueden verse algunos cuadernos donde Björk escribió varias de sus canciones.

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Desde 1992, la artista islandesa ha producido y grabado ochos discos, todos ellos alineados en una pared del MoMA como una colección de retratos surrealistas. “Björk es una de las artistas más innovadoras de su generación”, dijo el curador de la muestra, Klaus Biesenbach, durante la presentación a la prensa. “Ella es música, pero cuando colabora, siempre fuerza los límites de los artistas. Está acostumbrada a explorar territorios a los que el resto acabamos de llegar, no sólo artística sino tecnológicamente”, subrayó.

La fuerza visual de Björk se afianzó cuando en el año 2000 se unió al director Matthew Barney y dejó Londres para instalarse en Brooklyn. Si bien la pareja se separó en 2013, quedó su trabajo conjunto. Ese mismo año, la Morgan Library de Nueva York presentó Subliming Vessel, los dibujos de Barney, la primera retrospectiva dedicada a la grafía del artista, que después viajó a la Bibliothèque Nationale de Francia, en París. Por esa época comenzó a tomar forma el álbum de la cantante que recogía el dolor por la ruptura, Vulnicura.

Según cuenta la propia Björk, cuando el curador del MoMA Klaus Biesenbach la invitó a exponer, ella rechazó el proyecto. Pero su amigo Antony Hegarty, cantante y curador del Southbank Centre de Londres, intercedió. “Hazlo por las mujeres y por la música”, le dijo. El argumento era que la música es lineal, transcurre en el tiempo, mientras que la experiencia visual se instala. Algo tiene que ver con el origen de su vida de artista, cuando formaba parte del grupo de poetas y pintores llamado Medusa, que exponían y declamaban en garages de su Reikiavik natal. En el MoMA puede percibirse ese espíritu iniciático, además de sus mejores videos. Una experiencia de sonido y lava.

Björk se exhibe hasta el 6 de julio. MoMA, 11 W. 53 St., Nueva York.

www.moma.org/


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