BRASIL: LA HORA DE LOS ELEFANTES BLANCOS

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En sus orígenes, Itaboraí era un municipio que se formó a lo largo de una carretera. Sin embargo, unos años atrás esta urbe del sudeste de Brasil se atiborró de grandes y modernos edificios, ahora todos vacíos o casi. El pueblo de Itaboraí fue el boceto de un megaemprendimiento petrolero en las cercanías de Río de Janeiro. Actualmente, la población local sufre las consecuencias del escándalo de corrupción más grande de la historia del país sudamericano y satura sus tierras de elefantes blancos.

Texto: Mario Osava / Fotos: Arnaldo Freyre / Paulo Gonzaga / Isabel Sortica / Wanda Mangabeira / Casimiro Cheuiche

En 2006, el hallazgo de las mayores reservas petroleras llevó a los habitantes de Itaboraí a vislumbrar un futuro radiante.

En 2006, el hallazgo de las mayores reservas petroleras llevó a los habitantes de Itaboraí a vislumbrar un futuro radiante.

Itaboraí aún recuerda sus orígenes. Nació como un municipio al sudeste de Brasil que serpenteaba a lo largo de una carretera, alargándose hacia ambos lados de su ancha avenida central con algunos locales comerciales y edificios de arquitectura colonial. Pero hace algunos años esta urbe se vio invadida por grandes y modernas construcciones. Hoteles, centros comerciales y complejos multifuncionales. El objetivo: acunar un polo petroquímico en estas tierras agrestes y húmedas. Ahora, todos esos edificios se encuentran vacíos. O casi. Como si fueran enormes elefantes blancos se erigen en un pueblo que recuerda, con resignación y dolor, cómo la corrupción destruyó su futuro.

La cantidad de elefantes blancos en esta ciudad de 230 mil habitantes, a 45 kilómetros de Río de Janeiro, es el resultado de “los dos choques violentos” que provocó el Complejo Petroquímico del Estado de Río de Janeiro (Comperj), asegura el secretario municipal de Desarrollo Económico, Luiz Fernando Guimarães. Se está refiriendo a cómo su ciudad, Itaboraí, ha devenido del petroboom en un cascarón vacío. Sus ojos se muestran cansados y su cabello cano está revuelto. Pero aún así ofrece una sonrisa en su oficina que, en más de una hora de conversación, vio pasar unas siete personas con distintos mensajes o anuncios. La jornada promete ser larga y atareada para aquellos que aún siguen trabajando aquí.

Como si fueran enormes elefantes blancos se erigen en un pueblo que recuerda cómo la corrupción destruyó su futuro.

La ciudad carioca –como se conoce a las personas pertenecientes al estado de Río de Janeiro– se ubica en un cruce de varias rodovias, el equivalente brasileño a las carreteras, aún fuera de la congestión de la región metropolitana, y en el centro de un área que comprende actividades petroleras ajenas al Comperj, puertos, astilleros y pequeños emprendimientos variados. Hoy, los pastizales que intentan abordar las instalaciones semivacías del megaproyecto se secan bajo el clima ardiente de un Brasil sacudido por la recesión y los graves conflictos políticos.

Dos choques violentos

Como abriéndose paso en la ciudad, hay una construcción que llama notoriamente la atención en Itaboraí. Sobre un sol rojizo anaranjado se ven los vidrios azules espejados y múltiples pisos del Hellix Business Center. Sobresale rodeado de construcciones modestas. La amplia entrada de este coloso de concreto abre sus puertas a un edificio con sus oficinas casi vacías. Como tantas otras empresas que abandonaron el megaemprendimiento del Comperj y dejaron vacíos inmuebles monumentales, el Hellix testimonia este desolador presente. Aquí se instaló la Secretaría de Desarrollo Económico.

“El primer impacto fue el anuncio del proyecto hecho en 2006 por el entonces presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Esta medida contemplaría dos refinerías y dos unidades petroquímicas que generarían 221 mil empleos”, destaca el secretario de Desarrollo Económico basándose en los datos que brinda la fundación Getulio Vargas al respecto. Sin embargo, esta cifra superaba el total de habitantes del municipio, que era de 218 mil en 2010. Según el censo de ese año, toda la población de esta urbanización lindante con el estado de Minas Gerais no alcanzaría para trabajar en el Comperj. Luiz Fernando atiende el teléfono que suena impaciente desde su escritorio y hace una pausa para proseguir la conversación.

Una década más tarde, la ciudad languidece. La corrupción de Petrobras y el coste medioambiental han dinamitado su sueño.

Una década más tarde, la ciudad languidece. La corrupción de Petrobras y el coste medioambiental han dinamitado su sueño.

Al rato retoma. El segundo choque fue la decisión de reducir el proyecto a una sola refinería, que sólo se divulgó en 2014. “Pero el cambio ocurrió en 2010 y la población no fue informada. Yo lo sabía porque dejaron el consorcio varias subsidiarias de Petrobras y de Braskem, la mayor petroquímica brasileña”, indica. En el territorio adquirido para instalar el Comperj, Petrobras en cambio sí avanzó en la construcción de la Unidad de Procesamiento de Gas Natural (UPGN), que emplea a unos 3 mil trabajadores. “Tras construirla, quedarán sólo 80 operarios”, observa Guimarães.

En 2006, el mismo Lula da Silva se encargó, como rememora Luiz Fernando, de colocar la piedra angular del Comperj, un complejo de refinerías de casi cincuenta kilómetros cuadrados pensado como el más grande de Latinoamérica. Petrobras, la compañía petrolera estatal de Brasil y propietaria del Comperj, tenía una envidiable reputación en cuestiones de mercadeo y progreso tecnológico, aunque carecía de capacidades de refinamiento. “Comperj fue diseñado para llenar ese vacío”, comenta Luiz.

El segundo choque fue la decisión de reducir el proyecto a una sola refinería, que sólo se divulgó en 2014.

Mientras la cafetera humea un café local tostado que, según él, “es especial, el mejor de Río”, el secretario gira su monitor y señala con el dedo algunas cifras: acorde al sitio web oficial de la petrolera, el complejo abriría sus puertas en agosto de este 2016 y procesaría unos 165 mil barriles de petróleo por día. Una cantidad superior a cualquier otro emprendimiento ligado a la extracción de crudo.

Así, seducidos por el trabajo y en busca de nuevos horizontes, decenas de miles de brasileños se movilizaron hacía este modesto pueblo en las inmediaciones de Río de Janeiro. En 2006, el magnífico sueño petrolero, con planta para más de un cuarto de millón empleados, estaba en funcionamiento. Petrobras era la encargada de subarrendar a docenas de empresas de construcción, infraestructura e ingeniería para trabajar allí.

El inicio de las obras del Comperj, en 2008, “convirtieron Itaboraí en El Dorado, atrayendo brasileños de todas partes y muchos extranjeros. Los alquileres se dispararon, los precios de alimentos y servicios subieron inusitadamente, y los terrenos para viviendas duplicaron su valor”, recuerda Guimarães. El crecimiento en las afueras de Río de Janeiro fue sostenido por un tiempo. Ahora, la administradora estatal del complejo pasó a denominarse Secretaría de Desarrollo Económico e Integración. Hoy hay poco trabajo pero mucha agitación y Luiz Fernando, antiguo empresario petrolero, cuida la relación de la alcaldía con el esqueleto de este emprendimiento manchado de corrupción. “El empleo de una gran cantidad de obreros y la expectativa de una amplia industrialización en torno a la petroquímica atrajeron muchas inversiones”, afirma. Se planificaron también cuatro grandes hoteles, de los que se construyeron dos y los otros dos quedaron abandonados, perdidos en la memoria de un proyecto sin vida.

Efectivamente, la ciudad sintió el golpe. Los grandes edificios comerciales quedaron vacíos y al recorrer sus calles aparecen continuos avisos de “Se alquila”, mientras la mayoría de los locales comerciales están cerrados. La gente hoy prefiere salir a la calle a ofrecer sus productos antes que atarse a la incertidumbre de llevar adelante un negocio en una tienda. Comida, bebida y manufacturas predominan en distintos puestos y los vendedores con carros y canastos buscan la prosperidad con el esfuerzo del día a día.

“Plagado de corrupción en todos los estratos. Esa es una evaluación común en la población, no sólo de Itaboraí, ante la información cotidiana sobre el escándalo de los sobornos multimillonarios en los proyectos de Petrobras”, señala el secretario municipal. La afluencia de familias seducidas por la expectativa de muchos empleos y prosperidad general del municipio aumentó la demanda de salud, de escuelas y de otros servicios públicos.

Elefantes blancos perdidos en tierras de naranjas

Inicialmente se quería generar un polo petroquímico, y ahora todo quedará en una refinería para proveer 165 mil barriles diarios.

Inicialmente se quería generar un polo petroquímico, y ahora todo quedará en una refinería para proveer 165 mil barriles diarios.

Diez años antes, Itaboraí era un pueblo humilde en los márgenes de Brasil. De vida tranquila y lejos de la ostentación de varias grandes ciudades del país. Las personas que no podían sostener una vida costosa en Río de Janeiro se dirigían unos pocos kilómetros al este para vivir aquí. La actividad agrícola en las afueras era la principal manera de subsistencia de los locales: naranjas de gran calidad dieron algo de fama a Itaboraí en el mercado carioca.

“La tierra de las naranjas se transformó en tierra de los elefantes blancos”, bromea Bruno Soares, encargado de una tienda de electrodomésticos y útiles para el hogar. Bazarzão, en la avenida 22 de Mayo, la principal de Itaboraí, abre sus puertas a las 9 de la mañana y termina su jornada cerca de las 19 horas. Detrás del mostrador, Bruno se encuentra atendiendo una de las pocas tiendas que funciona con cotidianidad a pesar del estancamiento económico general. Un cliente compra adminículos para arreglar el baño; otro está interesado en una plancha. Todos lo saludan por su nombre y parecen conocerse entre sí.

Se planificaron también cuatro grandes hoteles, de los que se construyeron dos y los otros dos quedaron abandonados.

En la conversación, Bruno advierte que la información sobre el estancamiento de las obras es de público conocimiento. Además, recurre a la estadística cotidiana de las tiendas locales: “El negocio subió y bajó en cinco años, demasiado rápido. Otras tiendas cerraron y los municipios vecinos también se perjudicaron”, informa mientras ofrece una limonada helada al resguardo del sol carioca. Su bazar no se registró como proveedor del emprendimiento petroquímico, pero aún así ha sufrido el maremoto que provocó. “Nuestras ventas cayeron un 50% desde fines de 2014”, estima, aunque reconoce que en realidad volvieron al nivel anterior al abortado auge que trajo el Comperj.

“Itaboraí sería una potencia en América Latina si marchara bien el complejo petroquímico, pero se cayó debido a la corrupción”, sentencia Soares. La vista desde el local de Bruno muestra los andamios de las construcciones suspendidas que pueblan el paisaje de Itaboraí. Desde allí se ve como las churrasquerías abren sus puertas y encienden sus brasas. “Feijoada”, recomienda Bruno cuando es consultado sobre la gastronomía local y sus placeres. Antes de la despedida señala el lugar adecuado para ir a comer. El comerciante no falla, la abundante y esperada feijoada acompañada de una generosa porción de camarones fritos, es servida en uno de los restaurantes de la calle principal. El plato compuesto por frijoles negros, carne y harina de yuca frita es un clásico en las mesas de Brasil. Una cerveza fría complementa la variedad de sabores que se encuentran en la sabrosa cocina carioca.

La alegría brasileña, a pesar de todo, se ve reflejada a toda hora: murales y graffitis coloridos aparecen en las paredes. Aquí, el street art y la música son parte de la cultura. Niños juegan en las aceras de las zonas residenciales y algunos adolescentes practican hip hop a base de rimas en portugués y un beat box a capela. Cuando advierten que son observados, entregan una sonrisa tímida y dedican algunas estrofas rapeadas a los visitantes.

Las ruinas de una idea

Superando los 30 grados centígrados, el clima es monótono en Itaboraí, más en esta época del año: peatones y vendedores caminan por las calles. Un camión de mudanzas carga muebles de un local comercial. Las frentes perladas por el sudor de los dos hombres que suben los pesados muebles al camión son un indicio de que la gente aquí busca trabajar sin importar las condiciones.

En Itaboraí se encuentra el patrimonio paleontológico más antiguo y más importante de Brasil. A las orillas del lago San José fueron hallados en 1986 los fósiles de un perezoso prehistórico gigante. Estos restos hacen de la región un centro neurálgico de los estudios paleontológicos. Aquí también se pueden visitar, entre otros, los cementerios nativos de Itambi y Visconde, y los sambaquíes de Sambaetiba. Además, Itaboraí es rico en patrimonio histórico e identidad arquitectónica. Las ruinas del convento de São Boa Ventura datan de 1660. Sus edificios son considerados como algunos de los más bellos conjuntos arquitectónicos religiosos del período colonial. Este monasterio fue la quinta construcción de la orden franciscana en Brasil.

“Intentaré concursos de la marina, del ejército e incluso de la policía militar, pero sólo para ser músico, no un policía”, masculla Jackson Coutinho, joven de 21 años. Jackson era ayudante de las máquinas que formaron el terraplén donde se implantó la UPGN. En plena calle, en su guitarra ensaya una canción hermosa y alegre. Perdió el empleo al comenzar 2015, cuando se intensificaron los despidos masivos, producto de la crisis de Petrobras. El Bazarzão se ubica algunos metros a la izquierda del lugar que elige Jackson para su presentación. La intensidad del calor ha disminuido para estas horas en Itaboraí, aunque aún se siente el abrazo del sol; el joven improvisa unos acordes bajo el toldo de un local en alquiler y tiene buena recepción de los peatones: le entregan sonrisas y saludos.

Resisten y sueñan con su pueblo levantándose entre las ruinas de un proyecto derrumbado por la corrupción.

“Lo mío es el contrabajo”, explica Jackson. En sus palabras y en su música se encuentra el entusiasmo del que habla: “Hoy necesito trabajar”, concluye guardando su instrumento en el estuche. En total, tocó seis horas pero asegura que podría tocar todo el tiempo. Coutinho logró comprarse un auto como trabajador gracias a su puesto de trabajo en el Comperj durante 18 meses. Afirma que desde niño persiguió sus sueños y enciende el vehículo orgulloso. Mientras habla, en la radio suena un clásico de la identidad carioca: Corcovado de Antonio Carlos Jobim se desliza desde los parlantes hacía el interior del automóvil con mucha suavidad a pesar del calor. Desempleado, el deseo de este residente local es ingresar como músico en una banda militar y estudiar contabilidad, un horizonte incierto para el joven. Mañana ensayará con su banda de amigos para una presentación venidera y también buscará trabajo en los avisos clasificados de los periódicos. Una historia de esperanza que brinda más color a este pueblo.

Heridas silenciosas

El ambiente de decepción y pesimismo impregna las conversaciones en la ciudad, donde el paro sigue creciendo con fuerza.

El ambiente de decepción y pesimismo impregna las conversaciones en la ciudad, donde el paro sigue creciendo con fuerza.

Llegando al final de la jornada laboral, Luiz Fernando se toma un descanso para beber otro café. Allí intercambia opiniones con otros funcionarios que, como es su caso, ocupan oficinas en lo que queda del Hellix. En una conversación que jamás pierde la verborragia típica del idioma, se quejan de que no hubo compensación del Comperj por los impactos provocados en el municipio, tampoco inversiones para mitigar los efectos dañinos del abortado megaproyecto. Ante las heridas silenciosas que provoca la corrupción en Brasil, la alcaldía de Itaboraí trata de buscar alternativas de desarrollo. Guimarães está convencido de que la logística será la principal actividad de su tierra en un futuro cercano.

“El pueblo de los elefantes blancos también apuesta a la pequeña empresa”, comenta un hombre de unos 50 años de camisa abotonada y corbata pese al calor imperante. Se refiere al trabajo de la Secretaría de Desarrollo Económico e Integración. Este organismo público comandado por Luiz Fernando creó un centro del emprendedor, destinado a acelerar la formación de microempresas y oficializar las que ahora operan en el sector informal. Acompañada por el ruido incesante de un gran ventilador parecido a una turbina, la conversación prosigue con algo de futbol y risas.

Unas horas después Itaboraí parece comenzar a descansar, cae la noche y las estrellas brindan un respiro a tanto calor. El sol se pone entre las 22 y 23 horas, y muchos hombres y mujeres salen a la calle en sandalias y prendas veraniegas a pasear, otros comentan desde las ventanas de sus casas las noticias y los cotilleos del día. Varios de sus vecinos –Luiz Fernando, Jackson y Bruno– se enorgullecen de su historia, de sus patrimonios culturales y artísticos. Ellos aún creen en el futuro de Itaboraí. Resisten y sueñan con su pueblo levantándose entre las ruinas de un proyecto derrumbado por la corrupción.


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