BRUJAS: ERASE UNA VEZ

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Erase una vez una ciudad suspendida en el tiempo, en la que en sus canales y callejuelas se respira el esplendor de la Edad Media. Erase una vez una ciudad fortificada, casi salida de un cuento de hadas, en la que sus míticas puertas abren paso a asombrosas leyendas. Erase una vez una ciudad, en Bélgica, con rincones y recorridos inolvidables, que no es fábula para los amantes del arte románico, gótico o flamenco. Erase una vez Brujas, que bordada entre chocolates y tejidos añejos, es un destino con final feliz.

Texto: Maricel Del Sol / Fotos: Gentileza Oficina Turismo de Brujas

En Belgica

Ciudad del comercio y del arte. Subsisten muchas huellas que atestiguan la jerarquía mercantil que tuvo desde la Edad Media.

Puede que su nombre evoque terror y maleficios, aunque esta ciudad se ha ganado un mote superlativo: “La Venecia del norte”. Sin embargo, no son sólo sus innumerables canales los que convierten a Brujas en una de las ciudades más románticas y atractivas de Europa, sino también sus magníficas residencias aristocráticas, sus iglesias imponentes de arquitectura medieval y sus obras de arte, herencia de un rico pasado. Es la identidad conservada por sus habitantes tan intacta hasta nuestros días, tan ilusoria y mágica, lo que la convirtió en la capital europea de la cultura.

Puertas medievales. Entrar a Brujas por alguna de las puertas medievales que la custodian es caminar despierto en una especie de ensueño, hasta introducirnos sin apenas notarlo en la Edad Media. Se abre un telón imaginario, y aparece ante los ojos casi el decorado de una obra de William Shakespeare. El escenario se llama Brugge, o como se le conoce internacionalmente: Brujas.
Es esta pequeña urbe de 117 mil pobladores, fundada en el siglo IX por los vikingos y situada al noroeste de Bélgica, entre Gante y Ostende, capital de Flandes Occidental, que cuenta con la peculiaridad de recrear, como ninguna otra ciudad de los países bajos, un escenario que nos transporta varios siglos atrás. En mérito a esa virtud que la transforma en un “museo viviente”, en el año 2000 la Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad.
Con su vocación por el buen vivir ha sabido preservar muy apropiadamente la identidad que la hiciera célebre en la Edad Media. Fue en ese período que consiguió su mayor relevancia internacional como centro del comercio europeo. Monedas antiguas que datan del siglo IX relatan en su inscripción el logro normando de haber transformado a Brujas en un recinto fortificado. Es por esa misma época en que la actividad de la región comienza a girar en torno del castillo de Balduino I, conde de Flandes, conocido como Brazo de Hierro. Cuenta la historia que Balduino I raptó y se casó con Judit, hija primogénita de Carlos el Calvo, rey de Francia. Tras varias mediaciones que los reconciliaron, el monarca le encomendó a su yerno defender la provincia de Flandes de las incursiones normandas.
Es que bravos y osados, los normandos habían instalado ya al fondo del estuario del río Zwin un desembarcadero o bryggia para sus naves. Ese antiguo término escandinavo dio origen al nombre de la ciudad. La comunicación con el mar ha sido siempre para esta región una cuestión vital, y cuando el puerto no pudo sobrevivir a la retirada de las aguas, Brujas se sumió en una grave crisis económica. De allí que la gran marea de 1134 fuera tan importante para el lugar, pues volvió a unir la villa con el Mar del Norte y le devolvió su estatura comercial. Auge que aprovecharon los comerciantes de lana inglesa para edificar un monopolio económico.
Así, Brujas fue adquiriendo trascendencia por los productos que en ella se comerciaban, como los populares paños flamencos. El siglo XIII perpetuó la prosperidad comercial y muchos extranjeros y artistas se radicaron en Brujas. La verdadera Edad de Oro de la ciudad llegaría un siglo después, cuando la industria de los paños floreció hasta su máximo apogeo, colocándola como el centro comercial y mercado monetario más importante de Europa.
Pero el ciclo de buena fortuna llegaría a su fin y la ciudad se sumiría en una triste decadencia, cuyo recuerdo ha pasado de generación en generación, y cada residente sabe que la popularidad actual tuvo su precio. Existieron varios factores que contribuyeron a esa suerte. Uno de ellos fue la sequía que provocó que bajaran los niveles del río Zwin, anulándolo para el transporte fluvial y comercial, y la batalla de precios que impuso la férrea competencia desde el exterior para arrebatarle a la ciudad la hegemonía en el mercado de la lana. Los competidores lograron su cometido y Brujas perdió su posición, lo que provocó que industrias y comerciantes la abandonaran.
Como golpe de gracia, la revolución industrial puso punto final a la elaboración manual de los tejidos, sacando del mercado los telares y a los finos artesanos flamencos. Lo que había sido una de las ciudades con mejor nivel de vida en el Viejo Mundo, entró en una de las peores crisis económicas de su historia. El siglo XVIII fue de paulatina decadencia y la ciudad vio convivir la indigencia y la miseria. Tal como la describió el novelista George Rodenbach en Bruges-la-Morte, Brujas se sumió en el olvido por varias décadas.
Sin embargo, su gente supo aferrarse a sus costumbres, resistir y aprovechar todas las oportunidades para levantarse comercialmente. El turismo y su rica tradición artesanal le devolvieron la gloria en el último siglo. Y lo que hoy van a visitar viajeros de todas partes del mundo, si bien parece un “parque temático” preparado para deslumbrar al visitante, es en realidad una ciudad fortificada medieval, mantenida intacta en su gloria pasada.

Erase una vez

Las fachadas de terracota, las agujas de sus iglesias, pero sobre todo los canales confieren a Brujas un aire inusitado.

Camino a la atalaya. En la quietud, a la sombra del ala izquierda de la iglesia de Nuestra Señora, descansa plácidamente La virgen con el niño, la escultura de Miguel Angel. Y es en esta ciudad, cuna de la pintura flamenca, por cuyas escuelas desfilaron artistas de la talla de Van Eyck, Van der Goes y Memling, donde se pueden admirar sus obras en las tantas iglesias de la ciudad y en el museo Groeninge. Hoy el 70% de la población de Brujas vive del turismo. Difícil olvidar el mar, al cual le debe su origen y su antigua prosperidad. Bajo el auspicio del rey Leopoldo II, se construyó en 1907 el gran puerto de Zeebrugge en el Mar del Norte, que se convirtió en uno de los factores más importantes de su recobrada economía y popularidad como destino.
Aunque se promueve la idea de que a Brujas hay que visitarla a través de sus tantos canales, como a Venecia, en la ciudad belga son sólo una de las curiosidades. Es en sus callejuelas adoquinadas donde se percibe el ritmo de su gente, la historia grabada en los muros. No importa qué calle se tome, el entramado es una especie de encrucijada bien tejida, que al final lo conducirán al mismo lugar: la plaza Markt o plaza del Mercado. Una vez allí, la parada de rigor será frente a uno de los edificios más emblemáticos de la metrópoli, el campanario o la atalaya, que con sus más de ochenta metros de altura fue reconstruido en 1482 en forma octogonal. Rodeado por otros edificios, que con su mercado cubierto forman un conjunto muy atractivo de tiendas y restaurantes, que tanto de día como de noche le devuelven a Brujas su antiguo señorío.
En tiempos pasados, muchos estatutos se proclamaban desde el balcón de la atalaya. Desde esa torre todavía se convoca a sus ciudadanos a reunirse en asamblea en la plaza del Mercado. Para los más intrépidos, la atalaya representa todo un reto de resistencia: hasta su cima hay que subir 366 peldaños. La recompensa es una estupenda vista panorámica, majestuosa, de toda la ciudad. Durante el ascenso se puede observar el mecanismo del campanario, compuesto por 47 carillones de bronce, culpables de las campanadas que en cada atardecer envuelven a Brujas en una especie de halo encantado.
En la plaza Mayor también se alza el monumento a la batalla de las Espuelas de Oro. Cada año miles de turistas retratan allí la figura inmortalizada en bronce de este virtual monumento a la libertad de Bélgica, con sus dos héroes nacionales, Jan Breydel y Pieter de Coninck, cabecillas de los enfrentamientos ocurridos el 11 de julio de 1302, que liberaron a Brujas de la ocupación francesa. No obstante, todavía la influencia del vecino país se hace sentir con fuerza: uno de los tres idiomas oficiales continúa siendo el francés, junto al flamenco y el alemán.
Aunque es asimismo la cercanía con esos vecinos lo que le confiere a la ciudad esa mezcla interesante, que se hace notar en su gastronomía, la moda y las tendencias artísticas. Contigua a la plaza Mayor se encuentra la plaza Burg, un verdadero oasis para los aficionados a la arquitectura medieval. Allí se pueden apreciar varios estilos, que van desde el romanticismo en la cripta de la basílica de la Santa Sangre, con sus dos capillas superpuestas, la inferior románica y la superior neogótica, hasta el ayuntamiento, de final del siglo XIV, en estilo gótico florido que se realza mediante tres torrecillas. Es notable su sala gótica, en la cual guarda una magnífica bóveda. En la plaza se destacan también la escribanía de estilo renacentista, un museo provincial, y el antiguo palacio Brugse Vrije, de impronta barroca, actualmente centro administrativo municipal.

De leyendas y atracciones turísticas. Un espectáculo aparte son los habitantes originales de los canales: los cisnes. Sobre estas elegantes criaturas se han montado algunas curiosas leyendas. Una de ellas cuenta que en el siglo XV hubo una revuelta local contra Maximiliano de Austria, a causa de un incremento en los impuestos. En lo más feroz de la insurrección, los alzados decapitaron a un alto dignatario, cuyo escudo de armas llevaba un cisne. Cuando por fin se apaciguaron las aguas, Maximiliano ordenó a los hombres de la urbe que a partir de entonces, y como castigo por el crimen cometido, alimentaran a los cisnes de los canales de por vida. Fábula o verdad, los cisnes siguen nadando a sus anchas por los canales de Brujas, ajenos a las leyendas y sobre todo agradecidos de todo aquel que se detiene a alimentarlos.
El Rozenhoedkaai o muelle del Rosario es otra de las atracciones, desde donde se puede tomar una excursión en bote dirigido por un guía que hará muy interesante el trayecto por el río Dijver. Y por supuesto, El Lago del Amor, uno de los rincones de la ciudad que merecen atención y que los enamorados no dejan de visitar. Las puertas de Brujas no pasan inadvertidas, pues cada una representa una porción de esa historia viva y latente. Puertas que un día protegieron de las invasiones normandas y en cuyos muros permanece el eco de gritos de batalla de valerosos guerreros.
Se recomienda comenzar desde la Kruispoort o puerta de la Santa Cruz. Se llega a ésta desde la plaza Mayor siguiendo a pie por las calles Breidel, Hoog y Langestraat; en caso de que los pies se resistan a la caminata, hay un servicio frecuente de autobuses. Existen tres puertas más que guardan sus peculiaridades y cuentan su historia de una manera especial: la puerta de Gante, la de Ostende y la Mariscal. De hecho, en una de las paredes de esta última hay una calavera de bronce, que le recuerda al visitante la traición de un habitante que en 1691 intentó abrir las entradas de la ciudad a los invasores.
Como en cualquier ciudad turística, en Brujas está lo que algunos consideran secundario y para otros es la máxima atracción del lugar: las compras. Se pueden recorrer la Steenstraat y su paralela, la llamada Noordzandstraat, donde se localiza una variedad increíble de tiendas, desde finas boutiques hasta económicos supermercados.
El arte del encaje, que sigue presente en la metrópoli, cautiva a los visitantes, que pueden observar en la calle y frente a las tiendas el minucioso y delicado trabajo de las tejedoras. Y si de sabores hablamos, las chocolaterías de Brujas son prestigiosas y es probable toparse con más locales del ramo que tiendas de regalos. Son verdaderas boutiques de confección del chocolate, una fiesta y una tentación difícil de resistir.

Los museos. Si de museos hablamos, Brujas se destaca por sus recintos que dan testimonio de la época de gloria de la ciudad, íntimamente vinculada con la obra de los pintores flamencos como Memling, Petrus Christus, Gérard David, Isenbrandt Ambrosius Benson o Jan Provost. El Groeninge ofrece una nutrida colección. Por su parte el antiguo Hospital de San Juan, ahora museo Hans Memling, cuenta con seis magníficas obras del pintor, el relicario de Santa Ursula, además de una curiosa farmacia del siglo XVII. El Gruuthuse se halla en un viejo palacio y exhibe una magnífica colección de arte decorativo. La catedral de San Salvador, hoy en día restaurada, es la iglesia más antigua de Brujas, corresponde a los siglos XI a XV. En su interior se puede visitar un museo con una generosa colección de cuadros flamencos de artistas como Dirk Bouts y Hugo van der Goes. Se destaca, asimismo, su robusta torre de cien metros de altura, con torrecillas angulares que no son suficientes para hacer airosa la mole. El templo tiene una interesante sillería y tumbas medievales. Del mismo modo, se pueden recorrer los museos del Diamante, del Campanario, el Arqueológico, el del Encaje y el Guido Gezelle.


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