BUENAVENTURA: PUERTO DE POLIZONES

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Se llama Buenaventura, pero a menudo ese augurio no se cumple. Es el puerto colombiano elegido por aquellos que quieren llegar a la costa de Estados Unidos como sea, aun a riesgo de su propia vida. Trepan a enormes barcos y viven días a la sombra de ordenados contenedores hasta que divisan la costa. Zambullirse y nadar es el último acto. Los protagonistas de esta historia planearon su aventura, sin saber si el próximo puerto sería realmente el paraíso buscado.

Texto y Fotos: José Alejandro Castaño

pueblocolombiano

Buenaventura es un pueblo de cuatrocientas mil personas. Allí la guerrilla y los paramilitares libran guerras cotidianas.

N y sus amigos decidieron que estaban dispuestos a morir. Llevaban veinte litros de agua empacada en diez botellas plásticas de Coca-Cola, ocho barras de milkyway, cuatro latas de atún, un tarro de vitaminas y veinte limones, cinco por cada uno. Habían decidido que sería un ayuno controlado, con apenas dos vasos de agua y una barra de chocolate al día para los cuatro, justo una mordida. Los limones serían para una emergencia, por si alguno enfermaba. Las pastillas de vitaminas las tomarían en las noches, con un último sorbo de líquido. En una semana, si el mar y el viento lo permitían, arribarían a los Estados Unidos y, frente a la costa, se lanzarían al océano y nadarían. Estuvieron planeando el viaje por casi cuatro meses, esperando un buque en el que pudieran viajar seguros de que iría hacia el norte. No podían equivocarse: muchos polizones murieron al extraviar su ruta. Veinte días antes de zarpar, tres ecuatorianos murieron de cansancio porque el barco que escogieron, en vez de salir hacia Houston, como creían, siguió hasta Tokio. Los cuatro amigos vieron la noticia por televisión y se persignaron en silencio. Un vigilante, a cambio de quinientos mil pesos, unos ciento cincuenta dólares, les consiguió credenciales a dos de ellos para que ingresaran al muelle, vigilado con cámaras de video, mallas eléctricas y perros rastreadores. Adentro se harían pasar por empleados de aseo y seguirían el itinerario de los buques que arribaban a diario. Desde que Buenaventura se convirtió en el puerto más famoso de los polizones del Pacífico, el gobierno colombiano invirtió tres millones de dólares en un sistema de vigilancia para impedirles el paso. La orden, desde hace cuatro años, consiste en cazarlos antes de que se escondan en esas ciudades flotantes que son los trasatlánticos, donde ya es casi imposible detectarlos. En efecto, los polizones suelen ser descubiertos sólo porque emergen de los escondites en los que viajan, a veces porque piensan que ya arribaron a puerto y se apresuran a salir. Más que los sensores o las cámaras de seguridad de los buques, su verdadero enemigo es la sed y por eso, en vez de grandes provisiones de comida, llevan agua suficiente. Los vigilantes del puerto saben que una vez que logran subir a un barco, los jóvenes adquieren la misma habilidad de las ratas para esconderse y sobrevivir. N. y sus tres compañeros escogieron un buque de bandera filipina que se detuvo en el puerto para reparar un problema en su timón. Escucharon que iba para Estados Unidos a cargar maíz y partes para carros. Antes, como augurio de buena suerte, se bañaron con efusiones de palo de ají, ruda y flores de siempreviva. No le dijeron nada a nadie ni se despidieron de sus familias. Si todo salía bien, decidieron, mandarían fotos de Estados Unidos y dólares del primer trabajo que consiguieran. El llanto de una madre preocupada, lo saben los polizones, es un mal augurio, y por eso casi todos prefieren partir en silencio.

El mar de Buenaventura no es de foto turística.

Casi nadie tiene trabajo en Buenaventura, y los pocos que tienen la suerte de conseguirlo ni siquiera llegan a reunir cien dólares mensuales.

Casi nadie tiene trabajo en Buenaventura,
y los pocos que tienen la suerte de conseguirlo
ni siquiera llegan a reunir cien dólares mensuales.

Este, el que se abre en el litoral occidental de Colombia, desconcierta por insólito. Las playas no son las de color de azúcar que se ofrecen en otros lados. Su arena es negra y sus olas revueltas, apenas turbias. El cielo tampoco es de postal. Es, lejos del azul de otros mares, de una tonalidad casi siempre gris, incluso en los pocos días en que el sol logra vencer la muralla de nubes y asoma todos sus dedos a la vez. Buenaventura, rodeado de una selva densa y virgen, es un pueblo de cuatrocientas mil personas, la mayoría sobrevivientes en casas de madera y techos de zinc al borde de playas donde se vierten la basura y las aguas de las alcantarillas. En sus calles, la guerrilla y los paramilitares, el ejército de extrema derecha al que el gobierno ofreció un indulto general a pesar de los crímenes cometidos, libran una guerra por el control de las zonas litorales próximas a la selva, por donde cada semana salen cargamentos de cocaína y heroína hacia Estados Unidos en lanchas voladoras, esas embarcaciones de fibra de vidrio con motores fuera de borda que, a más de cien kilómetros por hora, apenas rozan el agua. Por culpa de la guerra fueron asesinadas trescientas personas en el 2005. Nadie está a salvo y el gobierno, incapaz de frenar la barbarie, sólo parece interesado en asegurar el control del muelle, por donde entran y salen diez millones de toneladas de mercancía al año, la mitad de todo el comercio del país. Buenaventura, sin embargo, se ahoga en la pobreza. Las tres cuartas partes de los habitantes del barrio Lleras, el suburbio más grande de la ciudad, no tienen trabajo y, los que lo tienen, ganan menos de cien dólares al mes. Matilde Mosquera se las arregla para sobrevivir. Trabaja como prostituta en uno de los bares próximos al muelle. A su esposo, que era pescador de cangrejos, los paramilitares lo acusaron de trabajar para la guerrilla y le cortaron la cabeza. A su hijo mayor alguien le disparó desde un carro. Nadie supo decirle por qué. –Quizá lo confundieron– cuenta Matilde sin ira, con una simpleza demoledora. Es alta, robusta y negra. Tiene el cabello alisado y lleva gafas de sol. Parece un maniquí de exposición. Huele a perfume, uno dulzón, como ambientador de carro. Tiene una hija y tres nietos. Si no se rebusca la vida, advierte, nadie le va a llevar la comida hasta la puerta de su casa. Su voz es ronca, de cantante de jazz. Matilde cumplirá cuarenta años el mes que viene. El sudor se le acumula sobre los labios y en la frente. Sus zapatos son rojos, de tacón alto. No lleva medias. Entra a trabajar a las siete de la noche. En su cartera lleva una foto de su hijo asesinado y una navaja. Ella dice que es para pulirse las uñas. Las casas del barrio Lleras que dan a la playa están construidas sobre troncos de madera. Las llaman palafitos y se mecen como balsas. Cuando la marea sube, las olas irrumpen por debajo del suelo de tablas y algunos niños, sentados en sus camas, dejan caer cordeles con anzuelos para pescar por entre las aberturas del piso. A veces, la gente encuentra culebras marinas enredadas en las patas de mesas y de sillas. Las gaviotas y los pelícanos, atraídos por la basura y los excrementos de las casas, se posan sobre los techos. Una vez, hace años, una marejada derribó treinta casas, pero ya nadie se acuerda de eso. Los perros del Lleras son flacos, igual que los niños.

Se metieron entre una hilera de esas cajas gigantes, pintadas de colores. Eran casi las cinco de la mañana y el chillido de un grupo de gaviotas que pasó cerca los asustó. Debían decidir dónde esconderse antes de que terminara de amanecer.

Danilo Perea no se queja.

El gobierno colombiano invirtió tres millones de dólares en un sistema de vigilancia para evitar la fuga de polizones desde el puerto de Buenaventura.

El gobierno colombiano invirtió tres millones
de dólares en un sistema de vigilancia para evitar la fuga de polizones desde el puerto de Buenaventura.

A su edad, dice, ya aprendió que quejarse es una idiotez. El es un pescador de tiburones y, a pesar de la estrechez y el hambre, celebra que la vida fluya como una buena canción. El hombre tararea currulaos, una música que mezcla melodías traídas a América por esclavos africanos. Tiene 75 años y los músculos aún firmes. Cuando al fin se haga viejo, confiesa, se echará a descansar en una hamaca. Pero para eso falta, augura, como veinte años. –Los que se cansaron de luchar son los jóvenes, que viven pensando cómo meterse en un barco para largarse a los Estados Unidos– lamenta el viejo mientras se chupa una tenaza de cangrejo. Está descalzo, sin camisa. Dos sobrinos suyos murieron de hambre en un barco maltés. Querían llegar a Nueva York pero, cuenta Danilo, siguieron de largo hasta el mismísimo cielo, un lugar del que nunca se reciben cartas, ni dinero. Al menos en Buenaventura, donde más de la mitad de la gente no tiene trabajo y los niños mueren de desnutrición, siempre habrá jóvenes dispuestos a subirse a uno de los 1.300 transatlánticos que arriban al puerto cada año. Nadie sabe cuántos se han ido, pero en los barrios se oyen historias de los que llegaron al Norte, ese punto cardinal donde la mayoría cree que queda el paraíso. En algunas casas, colgadas en las paredes de tablas, se ven fotos de polizones que lo lograron. Son retratos que se exhiben como trofeos, de jóvenes vestidos con ropa de invierno en parques cubiertos de nieve. En Buenaventura, rodeada de selva, con una humedad del noventa por ciento y una temperatura de cuarenta grados centígrados, la nieve se tiende como algo sobrenatural, como una especie de señal que demuestra la existencia de una tierra mítica. No todos han logrado tocarla. Muchos polizones fueron atrapados en alta mar y algunos fueron lanzados al agua.

La mayoría del tiempo lo pasaban durmiendo, guardando energías para el desembarco. Habían dispuesto una rutina: el primer vaso de agua lo tomaban en la mañana y el segundo en la tarde. Como a P. no le estaban dando su ración de milkyway, podían dividir la chocolatina en trozos más grandes. A cambio, cada uno le cedió uno de sus limones y lo obligaban a que los comiera.

El último dinero que tenían lo usaron para pagarle a un conductor que accedió entrarlos al muelle, ocultos en la bodega de su camión. Ya en el puerto se escondieron debajo de un lote de carros recién importados de Corea, allí pasaron la noche, justo hasta las tres de la mañana. Entonces caminaron hasta el barco atracado y subieron por una de sus cuerdas de amarre. Cada jugada estaba prevista, como en una partida de damas chinas. El primero en subir fue N., el mayor y más fuerte. Acaba de cumplir veintiocho años. Había estado en el Ejército y cojeaba por culpa de un tiro de fusil que le perforó la tibia. Se casó y tuvo un hijo, pero una tarde, cansada de aguantar hambre, su mujer tomó al niño y se fue con un vendedor de relojes. El segundo en subir hasta cubierta fue L., de veinte años, hijo de un vendedor de lotería ciego al que apodaban Malasuerte porque nunca vendió un billete premiado. Los paramilitares estuvieron buscándolo para obligarlo a trabajar para ellos, por eso había decidido hacerse polizón. El chico creía que cualquier cosa era mejor que terminar empuñando un fusil para acribillar a sus propios amigos de barrio. Tenía un ancla tatuada en la tetilla derecha y un corazón en el antebrazo izquierdo. El tercero en la cubierta del barco fue C., de veintitrés años, hijo de una profesora de escuela. Tenía cinco hermanos y la promesa incumplida de comprarle una casa a su mamá. Era flaco, tartamudeaba y leía la Biblia. El último, el más gordo de los cuatro, fue P., de veintidós años. Era futbolista, uno bueno, según recuerdan, y alcanzó a entrenar con un equipo profesional de Bogotá hasta que una patada en la rodilla derecha lo regresó a casa. Era zurdo y casi no hablaba. Sus amigos le decían El Mudo. Los cuatro polizones corrieron hasta una formación de contenedores y se metieron entre una hilera de esas cajas gigantes, pintadas de colores. Eran casi las cinco de la mañana y el chillido de un grupo de gaviotas que pasó cerca los asustó. Debían decidir dónde esconderse antes de que terminara de amanecer. El mejor lugar en los buques suele ser los extremos, lejos de la cabina de mando. En las bodegas, abajo, en las entrañas del barco, se corre el riesgo de morir asfixiado y, además, es el primer sitio en el que las tripulaciones buscan polizones. Los jóvenes decidieron quedarse en la popa, entre la hilera de contenedores. Irían acostados y podrían eliminar los excrementos por debajo de los armazones. Además, el lugar les aseguraba sombra y corrientes de aire. Oraron, chocaron sus manos sin hacer ruido y cada uno se deseó suerte. Dos horas después, el pito del barco tronó y el trasatlántico comenzó a moverse como un gigante que se despereza. En una semana estarían en Estados Unidos.

Nadie sabe a ciencia cierta cuántos polizones han escapado hacia el norte en algunos de los 1.300 transatlánticos que tocan el puerto cada año.

Nadie sabe a ciencia cierta cuántos polizones
han escapado hacia el norte en algunos de los 1.300 transatlánticos que tocan
el puerto cada año.

La mamá de C. recuerda que su hijo le dijo que iba para Cali, a visitar unos amigos. Esa ciudad del sur del país queda a dos horas del puerto y es sitio de visita frecuente para los habitantes de Buenaventura, por eso la mujer no se extrañó con la noticia. Sin embargo, algo la intranquilizó: C. salió de la casa con un paquete de limones y sin maleta, apenas con una bolsa. Dijo que volvería en unos días. La siguiente vez que lo vio fue en las noticias. Uno de los hermanos de P. cuenta que su hermano alcanzó a contarle algo del viaje pero que le hizo prometer que no diría nada. A cambió le mandaría un par de zapatos Nike y una camisa de los Gigantes de Nueva York. Era cuestión de pocas semanas, le dijo. En esos días visitaron la casa de un primo polizón que entonces vivía en Los Angeles. Su familia, gracias a los dólares que mandaba cada mes, tenía dos taxis y una casa lejos de la playa, con muros de adobe y techo de concreto.

Día primero: P. comenzó a sentirse enfermo. Había comido en exceso, confesó, para resistir el ayuno del viaje. El era el que más temor tenía. Sabía nadar bien, pero el mar lo atemorizaba. “¿Y si nos lanzamos mucho antes de que sea el momento?; ¿y si estamos débiles cómo vamos a nadar?; ¿hay tiburones blancos en los Estados Unidos?”, preguntó una y otra vez, y empacó un aceite de algas que un tío preparaba y que, según dijo, servía para espantar bichos marinos, incluidos tiburones, rayas, barracudas y pulpos venenosos. P. se había intoxicado con un pollo que se comió a último momento y que le regalaron a una tía suya en un restaurante del puerto.

La multa por llevar un indocumentado, en los Estados Unidos, es de 300.000 dólares. Aún así, muchos intentan escapar de su destino a través del mar.

La multa por llevar un indocumentado, en los Estados Unidos, es de 300.000 dólares. Aún así, muchos intentan escapar de
su destino a través del mar.

Día segundo: P. tenía diarrea. Rogó que lo dejaran salir del escondite para pedir ayuda entre los tripulantes. Sus compañeros no aceptaron: N. sabía que su entrega provocaría una cacería en el barco y que, aunque él jurara que viajaba solo, nadie le creería. El riesgo no era sólo que los descubrieran sino que, una vez atrapados, los lanzaran por la borda en mitad de la nada. Se sabe que la multa en Estados Unidos por llevar un indocumentado es de trescientos mil dólares. Por eso, cuando descubren alguno, los capitanes suelen lanzarlos al mar. Entre los marineros se dice que los polizones son buenos como fertilizante marino. –Si nos toca amarrarlo lo amarramos, pero usted no se mueve de aquí. En siete días estamos comiendo hamburguesas en Estados Unidos y nos vamos a cagar de la risa… no pierda la fe– le dijo N. al muchacho, que comenzaba a delirar por culpa de la fiebre. Los excrementos, contrario a lo que habían pensado, no corrían y empezaron a acumularse a su alrededor. En el día, el calor subía y los desechos se secaban. El cielo era una línea azul, arriba, entre las azoteas de los contenedores dispuestos unos sobre otros. Pronto se acostumbraron al hedor y decidieron utilizar su propia orina para limpiar el piso.

Día tercero: N. notó que la temperatura había descendido. Era una buena señal: viajan hacia el Norte, eso los animó a todos, aunque casi no hablaban, apenas murmuraban. La mayoría del tiempo lo pasaban durmiendo, guardando energías para el desembarco. Habían dispuesto una rutina: el primer vaso de agua lo tomaban en la mañana y el segundo en la tarde. Como a P. no le estaban dando su ración de milkyway, podían dividir la chocolatina en trozos más grandes. A cambio, cada uno le cedió uno de sus limones y lo obligaban a que los comiera. En realidad, eso lo salvó y pronto estuvo mejor, sin fiebre ni diarrea. El buque comenzaba a adentrarse en el Canal de Panamá, lo supieron por el ruido de otros barcos que pasaban cerca.

Día cuarto: Habían escuchado que mientras los buques esperaban su turno para adentrarse al sistema de compuertas, los capitanes solían ordenar revisiones de las naves. Además, y esto era lo que más preocupaba a N., desde las garitas de control del canal, algunas tan próximas que parecían parte de los buques, alguien podía llegar a verlos. Nada pasó. Doce horas después habían dejado las costas de Panamá y el barco seguía su curso. Faltaban cuatro días, quizá menos. Debían comenzar a preparar el desembarco. –Vamos a llegar más rápido… ¿cómo se sienten para saltar? –preguntó P. Todos dijeron que bien, aunque ninguno había saltado desde tan alto. La popa de un trasatlántico está a veinte metros del agua y el choque con el mar, a esa altura, puede ser muy doloroso, lo suficiente para perder el conocimiento y morir ahogado.

Día quinto: No pasó nada extraordinario, salvo que, justo al atardecer, llovió un poco, apenas una ducha de gotas flacas. Entonces aprovecharon para bañarse y limpiar el suelo. La temperatura subió en la noche. Eso no tenía mucho sentido, pero, como se sabe, el clima del mundo está loco.

Día sexto: Definitivamente cada vez hacía más calor. Hasta los días parecían más ardientes. Por suerte habían escogido el espacio entre los contenedores. El aire circulaba y el armazón de bloques les daba sombra. Se acabaron las milkyway. C., que era el que mejor nadaba, recordó la forma en que debían saltar del barco. –Los brazos a los lados… primero entran las piernas y el cuerpo. La cabeza es la última en tocar el agua– les explicó. Estuvieron diez días seguidos practicando en Buenaventura, lanzándose de una roca. Todos lo hicieron bien, incluso P., que se había animado a hacer piruetas. Lo llamaban Flipper, como el delfín de una serie de televisión.

Día séptimo: En la noche, al fin, vieron luces. Era una ciudad. Tenía que ser Miami: había edificios muy altos y un reguero de luces que iban y venían. Eran carros. El buque se detuvo. –¿Qué vamos a hacer con el primer sueldo?–, les preguntó C. a sus compañeros. –Yo voy a comprarme una casa– dijo L. –Y yo un carro– dijo P. –Yo –se respondió C.– voy a conseguirme una novia y una cadena de oro–. De nuevo comenzó a llover y todos aprovecharon para bañarse. La lluvia, aunque más fuerte que el otro día, sólo duró diez minutos. –No sean bobos, compadres: con el primer sueldo vamos a tener que comprar ropa, y buscar dónde dormir. Después vemos para qué nos alcanza los dólares– dijo N., mientras se escurría la ropa. Habían llegado. Al día siguiente, justo al amanecer, se lanzarían al mar.

Día octavo: Los despertó un buque repleto de contenedores. Ya había amanecido. Se pusieron de pie. Decidieron que saldrían de a uno. No podían descubrirlos. Si alguien llegaba a verlos darían aviso a los guardacostas y los cazarían en el agua, entonces todo habría sido en vano. Debían llegar hasta la orilla. Trazaron una ruta, justo al occidente, lanzándose desde estribor. Rezaron y se desearon suerte. En el afán de la huida, P. olvidó frotarse el aceite de algas de su tío. El primero en lanzarse fue N., lo siguió C. y luego L. y P., en ese orden. Al parecer nadie los vio, y el ruido de sus cuerpos chocando contra el agua pasó inadvertido. Ninguna autoridad, ni policía ni guardacostas los apresó después. Nadaron casi una hora sin descanso y fueron llegando a la playa. N., recuerda, estaba eufórico pero no pudo levantarse por culpa del cansancio. Sus tres compañeros llegaron después hasta donde él permanecía derrumbado. C. cuenta que lloraron y que se abrazaron. Arriba, en el cielo, se oían gaviotas y un avión que pasó cerca. El aire del nuevo mundo era cálido y húmedo. Ya casi era agosto: ¿habían llegado en esa época que los americanos llamaban verano?

Las casas del barrio Lleras, que dan a la playa, están construidas sobre troncos de madera que se mecen continuamente con el vaivén de las aguas.

Las casas del barrio Lleras, que dan a la playa, están construidas sobre troncos de madera que se mecen continuamente con el vaivén de las aguas.

Planearon caminar separados para no llamar la atención, uno detrás del otro, en fila india. Irían a una casa a pedir ayuda, quizás a un negocio de comidas. P. sabía algunas palabras en inglés, y L. también. No sabían escribirlas, pero recordaban cómo pronunciarlas: “ay jav jongri”, “ay from Colombia”, “ay nid jelp”, “plis no don worry”. “ay am a god man”. El calor del pavimento les ardía en los pies descalzos, entonces decidieron que caminarían por la playa, que era blanca, como los polizones contaban en sus cartas. El mar también era diferente al de Buenaventura: era más claro, con tonalidades azules. El cielo casi no tenía nubes. Decidieron caminar en dirección norte, hacia lo que parecía el centro de la ciudad. Pronto se sintieron desconcertados. Las calles del país que tanto soñaron no eran del todo como las habían visto en las fotos colgadas en las casas del barrio Lleras. En realidad el paisaje de gente y de carros, aunque distinto de lo que conocían, se parecía mucho al de Buenaventura. Un vendedor de pescado que pasó a su lado los sacó de dudas, de una manera tan categórica y definitiva, que todos guardaron silencio: –“Bueno día, señore”– les dijo, con acento costeño, esa jerga contrahecha, de palabras cortadas que se habla en el norte de Colombia. Esa fue su tragedia: Después de recorrer la costa pacífica colombiana, de cruzar el Canal de Panamá y de bordear el litoral caribe, habían llegado a Cartagena, de regreso a Colombia, apenas a mil kilómetros de distancia de donde zarparon ocho días antes. Una patrulla de la policía, una hora más tarde, los reconoció. Sus familias habían denunciado su desaparición y los estaban buscando. La mamá de C. lo vio en las noticias. Estaba flaco, con los ojos hundidos y el semblante humillado, como si quisiera llorar. N. permanece en el puerto, contemplando los barcos que pasan. Todavía sueña con irse. En Buenaventura algunos le dicen “vaiviene”. A él no le importa. L. C. y P. viven por ahí, pero él cuenta que ya no habla con ellos. No tiene amigos, advierte. –Cuando al fin me vaya nadie me va extrañar– dice. Su voz es áspera. Arriba, en el cielo, un grupo de gaviotas se pelea por una bolsa plástica sucia de excrementos. En el mar flotan botellas vacías y trozos de madera. Se oye el silbato de un trasatlántico. Ya casi es de noche, pero el calor todavía arde en la espalda y el cuello.


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