BUSCADORES DE ORO EN BRASIL: LA FIEBRE DEL DORADO

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En un rincón de la inmensa jungla amazónica brasileña se ha descubierto una veta de oro al ras del suelo. El preciado metal ha convocado a una multitud anhelante de fortunas rápidas. Aunque unos pocos lo logran, otros cosechan las migajas de un negocio que mueve 20 mil dólares diarios en el medio de la nada. Muchos sólo consiguen aprender qué es realmente “la ley de la selva”. Así se vive en El dorado do Juma.

Texto: Alex Gasquet / Fotos: AP

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Ironía del destino. Así luce el mítico Dorado: una gran fosa rodeada por un precario campamento sin electricidad ni servicios sanitarios.

El mágico resplandor de El Dorado sigue encandilando a los mortales como, en la noche, el fuego a los insectos. Cuando llegaron los primeros conquistadores españoles, las tribus de la actual Colombia, Venezuela y Ecuador contaban que dentro de la selva del Amazonas se escondía una ciudad forjada en oro: los más ávidos siguieron el camino señalado y la jungla los tragó. Lo curioso es que los nativos del norte de México y sur de Estados Unidos decían que en el centro del desierto brillaba otra ciudadela, la exuberante Cíbola. Algunos lo creyeron y su suerte fue la misma. En la Patagonia, los aborígenes situaban la plateada Ciudad de los Césares entre unas áridas sierras, mientras los de Perú, Bolivia y Paraguay confesaban que la opulenta Paititi yacía en las entrañas del continente. Muchos nombres, una misma debilidad humana: la ambición. Tras esas fabulas auríferas, sólo se encontraba la perdición. El Amazonas parece ser tierra fértil para sueños tan febriles. Cada tanto el mito se repite bajo nuevas formas. Y los hombres corren tras un Dorado no necesariamente de oro. A mediados del siglo XIX, miles de brazos E invadieron la selva para extraer látex, la sangre del árbol del caucho. Hasta el mismo Henry Ford cayó bajo tal influjo en 1930. Las quimeras de vertiginosas fortunas se repiten: alguna vez se basaron en la dulzura del azúcar, en el precio del café, en el tráfico de maderas u otros vegetales de dudosa legalidad. Siempre las acompañaron incontables sinrazones e injusticias. En la actualidad, el oro vuelve a ser el protagonista: en el estado brasileño de Amazonas, a 400 kilómetros del sur de Manaus, surgió un nuevo Dorado. Los sueños siempre son pésimamente traducidos a la realidad: en vez de ser una ciudad imponente, Eldorado do Juma, ubicado en el medio de la foresta, es una serie de tolderías donde habitan 4 mil garimpeiros –así se llama a los mineros– cuya vida gira en torno a cinco hoyos en los cuales, entre el barro, afl ora el vil metal. El último vestigio de “civilización” es Aupi, localidad cercana a la cual arriba diariamente una hueste desangelada unificada por una misma avidez: peones de campo y comerciantes, albañiles y profesores, ex presidiarios y pastores, médicos y prostitutas. Peregrinan hasta su “meca” atravesando la selva en camioneta, carreta o surcando los ríos en balsas. Al igual que todos aquellos colonos que viajaron en 1848 hacia el oeste, hasta California, saben qué quieren pero no cómo conseguirlo.

EL HOMBRE CON SED

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Felices los niños. Según la Organización Internacional del Trabajo, 7 millones de infantes trabajan en todo Brasil. Juma no es la excepción.

Mendoça bebe. A esta hora del día –y hasta el momento– ingiere agua. Ya le tocará apagar la angustia con Cachaça, alcohol de azúcar, y lo hará con más apetito que un motor a etanol. Mendoça bebe y trabaja: lava el oro en un plato de metal negro. A veces, el codiciado brillo aparece fugaz como una sonrisa. Y Mendoça festeja. Bebiendo. No se puede negar que es simpático y de buen corazón. Llegó al campamento de Juma por amor. Sí, por una mujer. Cuenta que vivía en un pueblo agrícola –ubicado a 200 kilómetros río abajo, junto a un afl uente del Juma– y que se enamoró de la hija de un pequeño comerciante, Maris, radiante joven que tuvo un hijo con un acomodado hacendado. Después de invitarla a pasear varias veces, la besó. La relación avanzó: él ya tenía ganas de vivir juntos, aunque no tenía la casa; y ella aceptaría su propuesta si dejaba de visitar el bar con tanta frecuencia. Al principio se enojó, pero luego lo consideró adecuado. “Maris se quiere casar. Y precisa vivir en una casa tan cómoda como la de su padre. Y yo necesito ahorrar.”, se dijo. Así dejó de ralear su escueto sueldo en la cervecería. Sin embargo, no juntaba lo sufi ciente para adquirir una casa amplia. Fue entonces cuando escuchó que otros muchachos del pueblo, hartos de malgastar su tiempo y esfuerzo, remontarían el río hasta Eldorado para “hacerse ricos”. Lo pensó dos veces y concluyó: “No puedo seguir toda la vida así, necesito apurarme antes de que Maris se enamore de otro con mejor empleo; iré y volveré rápido con los bolsillos llenos”. Una noche partió prometiendo regresar en tres meses: su estadía ya se ha duplicado. Mendoça sostiene que no le ha ido mal, dice que necesita más dinero, que se quedará más tiempo. En su interior sabe, seguramente, que todavía no tiene nada comparado al antiguo amor de su novia. Pese a permanecer horas en cuclillas, en medio de un riacho, disfruta su ofi cio: buscar, buscar y buscar. “Es como una apuesta permanente –asegura– pues cada vez que sumerjo el plato, vibro porque puede aparecer una pepita”. Lo único malo del asunto es –cree él– que su ansiedad sólo se calma bebiendo. No parece saber que el mercurio utilizado para amalgamar el oro envenena el río que corre hacia su pueblo. Tampoco parece saber que ni toda el agua del Amazonas podrá saciar su sed (de oro).

El dorado do Juma, ubicado en el medio de la foresta, es una serie de tolderías donde habitan 4 mil garimpeiros –así se llama a los mineros– cuya vida gira en torno a cinco hoyos en los cuales, entre el barro, aflora el vil metal. Al igual que todos aquellos colonos que viajaron en 1848 hacia el oeste, hasta California, saben qué quieren pero no cómo conseguirlo.

EL NIÑO DE ORO

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Una verdad incómoda. El minero está orgulloso con su cosecha y no quiere pensar que pasó el día sumergido en aguas envenenadas.

Belarmino tiene 12 años y nunca tuvo un pantalón largo. Es su principal pena. Siempre quiso tener uno. A decir verdad, jamás lo necesitó, salvo para destacarse ante sus vecinos durante la misa de Pentecostés o en Navidad. El clima de su pueblo natal es tan caluroso que usarlos es descabellado. Su deseo evoca a los tropicales personajes de García Márquez que querían conocer el hielo. No es sólo coquetería. Belarmino, tal vez, quiera un pantalón largo por alguna especie de rito de iniciación adolescente, que en el resto del mundo ya no cuenta, pero sí en el Amazonas. Si la otrora ruta Transamazónica fue tragada por la jungla, si existen delfines rosados o animales y plantas que no han sido bautizadas por los científicos, ¿por qué el rito de los pantalones largos no iba a mantenerse vivo aquí? Si vamos a ponernos quisquillosos, Belarmino ya los merece. Ha sido lo suficientemente maduro para afrontar el abandono de su padre a los 8 años. Lo ha sido para trabajar en el campo a los 10. Y para llegar a Juma hace unos meses junto a sus tíos. Hace años que Belarmino es adulto. Anoche, tuvo un sueño. Su madre llegaba al río Juma. El campamento estaba extrañamente ordenado y con un –insual– olor a pan casero. Belarmino la recibía cabalgando, como un héroe, una bicicleta completamente amarilla. Todo era bello, agradable, tierno. Aunque no hacía falta revelarlo, al fi nal, musitó: “Fue un lindo sueño. Yo tenía mis pantalones largos”.

Cada día se extraen entre 400 y mil gramos de oro con una pureza del 98%. La empresa instalada a la vera del campamento paga 20 dólares por gramo y en una jornada generosa pueden vertir hasta 20 mil dólares. Los mineros, exagerados e ilusos, argumentan que –en realidad– en los últimos meses se han generado más de 4 millones de dólares.

ILUSION Y ESPERANZA

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Un muchacho espera con ansia el resultado de la balanza. Cobrará una fortuna que deberá defender con sus propios puños.

Suele decirse que la primera víctima de las guerras es la verdad. Que cuando estalla un confl icto no hay que confi ar en nadie. Lo mismo pasa cuando ataca la fiebre del oro. No se pueden creer las cifras confesadas, ni las historias de gloria, ni las supuestas “malas rachas” porque todos tienen algo que esconder: su buena o mala suerte. Motivos no faltan. Las amistades desinteresadas, sí. Por más que el Ministerio de Minería se empeñe, no puede controlar la actividad de los garimpeiros que amplían constantemente el área explotada, fl agelando la forestación. Nadie puede asegurarlo a ciencia cierta, pero, según estimaciones, cada día se extraen entre 400 y mil gramos de oro con una pureza del 98%. La empresa instalada a la vera del campamento paga 20 dólares por gramo y en una jornada generosa pueden vertir hasta 20 mil dólares. Los mineros, exagerados e ilusos, argumentan que en los últimos meses se han generado más de 4 millones de dólares. A simple vista se nota que los que realmente amasan una descomunal fortuna son los que se vuelcan a los servicios. Están los que venden a un precio ruín agua potable, combustible, papel higiénico. Otros comercializan insumos más cuestionables (drogas y alcohol). Y no faltan los que instalan cabarets en la jungla: hay una amazona cada diez hombres. Toda fi ebre del oro comienza y termina en un bar. El responsable es algún borracho que no pudo esconder el motivo de su alegría y el origen de su fortuna. Dicen que eso ocurrió en California hace casi 160 años y que lo mismo pasó en Aupi, varios meses atrás. Según cuentan, unos vecinos brindaron en un bar hasta que las palabras no pudieron ser contenidas por su boca. Al principio, nadie lo creyó. Pero la confi rmación no tardó en llegar. Tampoco la hueste de garimpeiros. Más de 10 mil hombres y mujeres han sentido ese llamado y desembarcaron en este rincón verde con la ilusión de hacerse ricos de la noche a la mañana. Sólo unos pocos lo harán. Como en el wild west, escasos policías –que distan de ser románticos sheriff– controlan sus bienes y su suerte. Las armas abundan y las riñas también. Es el riesgo al que se someten aquellos que se dejan seducir por las ilusiones febriles de las más americana de las metáforas: El Dorado. Así viven y mueren los herederos del conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada, el primer Quijote que se internó en el Amazonas sin otra utopía más que el tintineo del vil metal.


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