BUSH EN CRAWFORD: ALLA EN EL RANCHO GRANDE

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Aquí se suele hablar de inmigración, Irak, gasolina, plantas nucleares iraníes, la “amenaza” China y hasta las implicaciones éticas de la clonación. Pero no es la Casa Blanca. Es Crawford, Texas, donde el presidente de Estados Unidos comparte el vecindario con activistas que lo odian y simpatizantes que darían la vida por él. Cómo vive allí, en la intimidad, el vaquero más importante del mundo.

Texto: Jorge Gómez / Fotos: Reuter, AP y AFP

La llegada de los Bush a Crawford

La llegada de los Bush a Crawford sacudió al vecindario, que convive con operativos de seguridad y constantes protestas.

Allá hay un cañón grande– dice George W. Bush–, si quieren ver la boca del cañón, yo los llevo. Y tengo otro cañón justo al lado. Como ven, esto se pone mejor”. El presidente no habla de las armas de su ejército en Bagdad. Sólo trata de enseñar los secretos de la geografía de su rancho a un grupo de periodistas que tuvo acceso a Prairie Chapel Ranch, o la Casa Blanca del Oeste, donde el mandatario no sólo ha pasado más de 370 días de su presidencia y ha invitado a sus aliados más entrañables, sino donde discute y toma decisiones sobre el presente y el futuro de Estados Unidos y el mundo. La casa de descanso de Bush y su esposa está a las afueras de Crawford, un pequeño pueblo de 705 habitantes fundado por inmigrantes alemanes hace más de 150 años en pleno corazón de Texas y donde también habitaron los indios tonkawa. La desolación de la zona es resumida por un habitante del pueblo: “Crawford es un pueblo en el que se nace para morir en el mismo lugar”, dice David Nutter, desempleado y vecino del presidente. Pero ni en la época de los indios hubo tanta tensión en Crawford. La presencia de Bush en el vecindario no sólo trajo agentes de seguridad y restricciones a la movilidad de residentes y visitantes; con él también llegaron las protestas y las manifestaciones.

Pueblo chico.

La pasion ranchera de Bush

Hay quienes ponen en duda la “pasión ranchera” de Bush. El mandatario intenta demostrar lo contrario.

Protesta grande La más reciente fue a comienzos de mayo, cuando alrededor de 500 personas opuestas a la inmigración de indocumentados se reunieron en el campo de fútbol americano de la escuela del pueblo para hacer “Ruido en el Rancho”, como llamaron a su encuentro. “La amnistía es la muerte del sueño americano”, declaró en esa ocasión Raymond Herrera, integrante de Minuteman Project, un grupo que lleva más de un año vigilando las fronteras de Estados Unidos, especialmente la compartida con México, para evitar el ingreso de indocumentados. No se sabe si las protestas llegaron a oídos de María Galván, la empleada doméstica mexicana y nacionalizada estadounidense de los Bush, que trabaja desde 1995 con la familia, cuando el presidente era gobernador de Texas. Galván suele encargarse de la comida y la ropa sucia en el rancho. La Casa Blanca reportó que ni ella ni la familia presidencial se encontraban en Crawford ese día. Quienes sí coincidieron en la tarde con los manifestantes fueron los integrantes de otro grupo que gritó consignas a favor de la inmigración a un par de millas de la escuela, en un recinto conocido como Crawford Peace House, el mismo lugar donde se hizo célebre hace un año Cindy Sheehan. Sheehan, una mujer de 49 años que perdió a su hijo en Irak, se ha convertido en una de las más fuertes activistas contra la guerra en Oriente Medio. Permaneció durante varias semanas en Crawford Peace House, junto a centenares de simpatizantes, exigiendo a Bush una justificación sobre el sacrificio de su hijo. El presidente declinó la oferta y Sheehan aún hoy lidera su incisiva campaña contra la guerra. “Desde que Bush llegó, todo el asunto sobre a qué partido perteneces se volvió importante. Antes no era así, vivíamos tranquilos”, se queja Robert Campbell, ex alcalde de Crawford y pastor de dos iglesias. No sólo es un asunto de partidos. Las escasas calles de Crawford han visto reacciones de miembros del Falun Gong por la visita del presidente de China; clamores por la separación de Chechenia con la llegada del mandatario ruso Vladimir Putin; manifestaciones de apoyo a Palestina y de rechazo a Israel; manifestaciones de apoyo a Israel y de rechazo a Palestina; voces en contra del libre comercio y de la inmigración; contra la guerra y a favor de ella. Hasta la clonación y el debate por la energía nuclear han tocado a Crawford. “¿Por qué no dona Bush una parte de su rancho para el próximo depósito de desperdicios nucleares?”, preguntó una estudiante de Filadelfia que protestaba por los planes de enfrentar el alza de gasolina con nuevas plantas nucleares. Podría ser demasiado para un pueblo del tamaño de Crawford. Con un sólo semáforo, una barbería y peluquería en la que se cobra cinco dólares por trabajo, una estación de gasolina que también sirve de cafetería y lugar de interacción social, un restaurante y por lo menos ocho tiendas de recuerdos con camisetas de Bush, el pueblo nunca estuvo preparado para convertirse, varias veces al año, en el epicentro de las polémicas más candentes del mundo. Cuando se acabe el mandato de Bush todo cambiará. Pero algunos temen que nada vuelva a ser como antes. “Creo que lo difícil va a ser cuando deje de ser presidente”, dice Barbara Yardley, vendedora de The Red Bull, una de las tiendas de recuerdos a lo largo de las dos cuadras con actividad de Main Street, la calle más importante de Crawford: “Probablemente no va a venir tanta gente como ahora y no habrá lugar para las tiendas”.

Un lago y 19 mecedoras

Rancho de los Bush en Crawford

Por el terreno, antiguamente en manos de indios tonkawa, los Bush pagaron 1,3 millones de dólares. La casa tiene ocho cuartos y 390 metros cuadrados.

George y Laura Bush se mudaron a Crawford cuando el presidente aún era gobernador de Texas. Se calcula que cerraron un negocio de 1,3 millones de dólares por el terreno que perteneció a los indios tonkawa y después a Bennie Engelbrecht y su esposa, Earlene, una pareja de ancianos que tenían una modesta casa y algunas vacas en la propiedad. Los Bush decidieron conservar las vacas y añadir algunas, incluida Ofelia, un regalo de sus empleados. Algunos ponen en duda la pasión ranchera del presidente y su cercanía a los animales de granja. Su affaire con el ganado podría deberse, según sus críticos, a los generosos descuentos fiscales que ofrece el estado de Texas a quienes tengan ese tipo de animales en sus terrenos. Tras tomar posesión de la propiedad, los nuevos inquilinos decidieron remodelar. Contrataron a David Heynmann, un arquitecto de Austin que reveló los requisitos del presidente para la nueva casa: una cama king size y una buena ducha. Según Heynmann, Bush esperaba tener un lugar al cual pudiera invitar gente para comer hamburguesas y frijoles en un sofá y sin zapatos. El resultado fue un poco más complejo. Una casa de una planta en 390 metros cuadrados. Ocho cuartos y tres baños. Ventanas enormes y una terraza a la entrada de la vivienda donde Bush puede acomodar hasta 19 mecedoras para sentarse a observar los atardeceres texanos. La ducha y la cama king size también fueron incluidas. Y la “piscina de los berrinches”. El presidente la llamó así porque sus hijas gemelas, Jenna y Barbara, armaron tal berrinche para que se construyera una piscina en el rancho, que al mandatario no le quedó otra opción que obedecer. El lago artifical, en cambio, fue idea suya. Lo hizo construir en un área de 40.000 metros cuadrados y después lo llenó con cinco mil róbalos. A Bush le agrada llevar a sus invitados a borde de su bote para una tarde de pesca. Quizás en ese lago ha llegado a acuerdos que pueden definir el rumbo de todo un país o incluso del mundo, con personalidades como Tony Blair, José María Aznar, Ariel Sharon, Vicente Fox, Alvaro Uribe y el presidente chino Jiang Ze-min. La casa presidencial texana ha sido visitada por 13 presidentes o primeros ministros, un monarca y un príncipe árabes, los reyes de España y recientemente por Lance Armstrong, la estrella del ciclismo, con quien el presidente emprendió el Tour de Crawford a través de 17 millas de cañones custodiados por cedros.

Bush recorre sus campos a la par del ciclista Lance Armstrong

Arriba, el Presidente recorre sus campos a la par del ciclista Lance Armstrong.

¿ECOLÓGICO? El agua de los tres inodoros del rancho de Bush no se desperdicia. Va a parar, junto con la que sale de los lavamanos, las duchas y el lavaplatos de la cocina, a unos tanques purificadores subterráneos. De ahí pasa a un enorme depósito, también subterráneo, con capacidad para 25.000 galones de agua, al que además llega la lluvia acumulada en las canales que rodean el techo de la casa. Con esa agua se riegan los jardines. Ese método ecológico se une al sistema silencioso de calefacción geotérmica para mantener la casa fresca en verano y cálida en invierno sin contaminar una sola partícula de aire. El refugio de Bush es un verdadero modelo de ecología. Lo curioso es que se trata del mismo hombre que rechaza con firmeza el protocolo de Kyoto, apoya con naturalidad la exploración petrolífera en Alaska, se mostró gustoso de eliminar la legislación sobre los niveles de arsénico en el agua potable, alguna vez propuso combatir los incendios forestales por medio de la tala agresiva de árboles y está dispuesto a incentivar la explotación de los bosques de ciertas reservas naturales.

La vida de un cowboy

Bush disfruta de una caida de agua,

Bush disfruta de una caÌda de agua, después de un tour por el Prairie Chapel Ranch.

Las personas más cercanas al presidente de Estados Unidos coinciden en que es en su rancho donde mejor se le puede conocer. Es ahí donde lo escuchan llamar a Laura, la primera dama, “Bushie”. Y donde se le puede ver haciendo un sandwich de mantequilla de maní y miel antes de salir a recorrer en su camioneta pickup los 1.583 acres de territorio privado y fuertemente resguardado. Su rutina empieza a las 5.45 a. m. Prepara el desayuno y suele llevárselo a su esposa a la cama, lee los periódicos y sale a correr o a montar en bicicleta a las 7 a. m. Regresa 45 minutos después para sus reuniones informativas con la CIA y el Departamento de Estado. A las 10 a. m. vuelve a dejar la casa para cortar leña y deshacerse de la maleza y los trozos de árbol que no sirven. En su rancho se llama a sí mismo “hombre árbol”, especialmente cuando recorre los caminos que se entrelazan en el bosque entre cedros, sicomoros y nogales. Le gusta cazar palomas, pero prefiere dejar los ciervos a cazadores como el vicepresidente Dick Cheney, que debe conformarse con ellos, pues en esa zona no hay codornices. En ese reducto de su vida privada, donde tiene parqueados dos helicópteros Black Hawk para salir del lugar si llegara a ser atacado, es donde los agentes de seguridad no logran disuadirlo para que vaya más despacio mientras hace ciclomontañismo y donde no le importa decir groserías cuando hace bromas, como la que le hizo en una ocasión a uno de sus invitados. “¿Se puede beber esta agua?”, preguntó uno de sus acompañantes mientras Bush guiaba a un grupo por los senderos del rancho. “Claro”, contestó el presidente y lo miró mientras el hombre se llevaba el agua a la boca. “Pero cuidado con la mierda de vaca”, le advirtió sonriendo.


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