CAMPECHE: REFUGIO PARADISIACO

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Tras los muros de piedra, Campeche guarda su gracia y beldad. Reliquia histórica a orillas del mar Caribe, la Unesco la declaró patrimonio de la humanidad. No es la única: junto con las cercanas ruinas Calakmul y la antigua ciudadela Edzná –la Venecia americana– son los principales testimonios de la civilización maya, desaparecida en la sombra de los tiempos. Conquistadores españoles, bucaneros ingleses y aventureros dejaron su impronta en una de las ciudades más novelescas de la Península de Yucatán.

Texto: Felipe Real / Fotos: Sectur Campeche

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Bellas artes. Música y danzas junto a las esculturas del museo de la isla de Jaina.

El espíritu de un pasado remoto se hace presente en San Francisco de Campeche. La capital del estado homónimo del sudeste mexicano irrumpe en la soleada península de Yucatán –que separa el Golfo de México del Mar Caribe– con el porte de aquellas mujeres que, pese al paso del tiempo, mantienen su encanto intacto. Todavía resisten en pie innumerables testimonios del pueblo maya, civilización ya extinta que continúa inquietando a los contemporáneos con sus misterios eternos. Aún perduran la belleza y gallardía de edificios, fortalezas y puertos concebidos por los conquistadores españoles, quienes tuvieron que rodear la ciudad con una serie de fortificaciones y murallas para protegerse del acoso de los piratas –que surcaban estos mares atraídos por el oro americano que cargaban los lentos galeones de su majestad–. Sabiendo valorar ambas herencias, la Unesco brindó a este estado un reconocimiento doble: declaró como patrimonio de la humanidad la capital –mayor exponente de la arquitectura militar colonial– y las ruinas de Calakmul, faraónica ciudadela perdida en la selva.

TESORO ARQUITECTONICO

Centro Campeche

Inalterable. Los barrios de la ciudadela se conservan como hace casi 400 años. Sus calles y esquinas guardan historias y leyendas.

Fundada en 1540 por Francisco de Montejo, Campeche vista desde el mar luce como una dama recostada entre la costa y los cerros. Las aguas de color turquesa contrastan con el verde paisaje y el gris de las pétreas construcciones que la hicieron famosa. Las calles fueron pensadas originalmente con el trazado urbanístico del clásico damero español, pero debieron adaptarse a la ondulación del terreno y al relieve de la orilla y, luego, al diseño de las murallas. Las casas del casco antiguo tienen dos plantas y sorprenden por su altura y sus elegantes balcones. Entre ellas se distinguen la del Teniente del Rey, que ostenta lujosos barandales de hierro forjado, y la Mansión Carvajal, única con arcadas de influencia árabe. Por aquellos tiempos, la ciudad se beneficiaba con el ascenso del comercio de minerales, tejidos y palo de tinte. La parte central de la urbe estaba reservada sólo para europeos; los nativos habitaban extramuros. Todavía el 35% de sus 250 mil habitantes comprenden algunas lenguas locales. Como todas las ciudades caribeñas, la mayor parte de su vida social transcurre en la plaza principal, frente a la imponente catedral y al atractivo malecón, ideal para disfrutar de la brisa fresca del mar.

GRANDES BALUARTES

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Muchos hoteles se ubican en las playas de las afueras de la ciudad. Playa Bonita y Sabancuy son ideales para disfrutar del sol.

Hacia 1600, los campechanos idearon un férreo sistema defensivo cuya construcción culminó en 1704, cuando se rodeó la ciudadela con una muralla hexagonal que contaba con dos fuertes y ocho baluartes que sumaban un total de 91 cañones. Si bien las obras –financiadas con el auge comercial– lucían gigantescas, no lograron repeler a los ambiciosos corsarios. Sólo por cuatro puertas (dos por tierra, dos por agua) se lograba atravesar los muros para ingresar a la ciudad-puerto. Ahora sólo quedan dos puertas, en donde al atardecer se aprecia un asombroso espectáculo de luces y sombras. Para recordar aquellas épocas, nada mejor que caminar por el baluarte San Carlos, que en su superficie de 840 metros alberga actualmente al Museo de la Ciudad, y por el Santa Rosa, donde se luce la pinacoteca campechana, orgullo de los artistas locales. Asimismo, el baluarte San Francisco y el San Pedro alojan, respectivamente, una biblioteca y una oficina de información turística.

CIUDAD PERDIDA

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El patio del Centro Cultural Casa.

Después de brillar durante siglos, Calakmul fue abandonada misteriosamente y se mantuvo oculta en la espesa vegetación hasta 1931, cuando, casi por accidente, se encontraron las ruinas de lo que había sido el centro del “Reino de la Cabeza de Serpiente”. Allí se regía gran parte del subcontinente. Su esplendor se desarrolló entre el año 250 y el 1000 de nuestra era. Su silencioso final es uno de los interrogantes más grandes que deben enfrentar los arqueólogos. El asentamiento, en su totalidad, abarca 35km², e incluye más de mil estructuras arquitectónicas. Sólo en el epicentro urbano, en un área de un kilómetro cuadrado, se encuentran trescientas obras. Pero únicamente veinte han sido estudiadas, mientras que el resto continúa bajo tierra y permanece cubierta por la vegetación. Entre ellas se hallan dos acrópolis, un juego de pelota y la gran pirámide, impresionante templo cuyos blancos escalones parecen emerger de un mar verde. Todo ese gran complejo se ubica dentro de la Reserva de la Biosfera de Calakmul –el mayor santuario tropical de México y segundo reservorio selvático del continente después del Amazonas– y viven en él más de 280 especies de aves, 400 clases de mariposas y 1.600 variedades de plantas. También habitan allí felinos como el jaguar, el puma y el ocelote junto a simios como el mono aullador y el mono araña. Al realizar excursiones por esta selva es posible experimentar las sensaciones y aventuras que vivieron los primeros exploradores de Yucatán.

INVENCIBLE

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Camarones al coco, una delicia local.

Dentro del sistema defensivo ibérico, los dos fuertes desarrollaban un rol central para el cuidado de este puerto estratégico en el Mar Caribe. Sobre el cerro Bellavista, frente al mar, se eleva ese poderoso y viejo guerrero, el Fuerte San José el Alto. Construido en el siglo XVIII, este gran rectángulo de piedra es complementado por un foso y un terraplén que permiten como única entrada una puerta con puente levadizo y un sinuoso pasadizo, que estaba destinado a evitar un ataque frontal del enemigo. Tres de las cuatro esquinas tienen garitas de vigilancia a las que los visitantes ascienden para disfrutar de las vistas panorámicas del mar, la ciudad y los vestigios de la vieja batería de San Matías. Nada es comparable con un atardecer en esta novelesca edificación. Sin embargo, el más vistoso es el Fuerte San Miguel cuya edificación comenzó en 1771 para culminar en 1801. En la azotea, yacen –amenazantes e imperturbables– veinte viejos cañones apuntando hacia el mar. Es fácil imaginar a los invasores sorteando el foso, el terraplén, e ingresando al angosto pasillo curvilíneo para llegar, sin aliento, al puente y, finalmente, localizar un inmenso patio, atestado de arcabuceros y espadachines. Mil batallas han librado las huestes de su majestad, conociendo la gloria y la derrota: todavía puede sentirse el olor a pólvora y el bramido del acero. Aunque, actualmente, la única pugna que este viejo fortín enfrenta es contra el embate del tiempo y la erosión.

LA VENECIA MAYA

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Escondida tras la selva, la ciudad maya de Calakmun fue redescubierta en 1931. La mayor parte de su patrimonio sigue oculto.

En la arcaica ciudadela de Edzná, ubicada a 50kms de Campeche, los mayas desarrollaron un sistema hidráulico admirable. Por medio de una red de canales, juntaban el agua del valle y la depositaban en una laguna, delimitada por muros, mientras otros canales se desplegaban para regar los campos, permitiendo que la tierra fuera apta para el cultivo. De ese modo compartían el agua potable, bien escasa en la región. A su vez, los canales servían como vía de comunicación o como medio de defensa. El valle fue poblado desde el año 400 a.C. y el período de esplendor de la ciudad transcurrió cerca del siglo XI para, finalmente, ser abandonada a partir del 1500 en circunstancias aún inexplicables. Otra característica notable es el eco que se produce dentro del yacimiento arqueológico. Su nombre, Edzná, hace referencia a ese fenómeno acústico que replica las voces y los pasos aumentando las mágicas sensaciones entre quienes caminan por sus edifi cios, erguidos con fi nes tanto religiosos como administrativos y habitacionales. La construcción más importante de la plaza es la Gran Acrópolis, un templo-palacio formado por un basamento piramidal escalonado con cinco cuerpos que alcanza los 40 metros. Antiguamente, cada peldaño poseía grabados que narraban la historia de la ciudad. En la parte superior de la pirámide se eleva una iglesia desde donde se controlaban las adyacencias de la vistosa urbe que poseía lujosas instalaciones y avanzados conocimientos científicos –desconocidos, por entonces, en las mayores metrópolis europeas–.

SOL Y PLAYAS

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Atardecer en el malecon.

A 8 kms de la ciudad, se encuentra Playa Bonita, lugar elegido –tanto por turistas como por residentes– para disfrutar del sol y practicar deportes náuticos. Al atardecer, el clima invita a beber cerveza o un buen Tequila Sun Rise. En cambio, Sabancuy es una playa desierta, alejada de la ciudad, ideal para pasar románticas jornadas. Su suave oleaje y su bonito entorno es un ambiente más que sugestivo. Es recomendable degustar los platos con “frutos del mar” que se sirven en este pueblito pesquero, famoso por sus pintorescas casas con tejas francesas. Otra posibilidad es viajar hasta la isla Jaina, separada del continente por un estrecho canal de 60 metros. Como esas aguas son muy tranquilas, el recorrido en lancha se convierte en un agradable paseo. Además de disfrutar de la playa, se pueden visitar los yacimientos arqueológicos, los museos y recorrer los exuberantes manglares.

ESPIRITU PIRATA

Escultura del museo de la isla de Jaina

Escultura del museo de la isla de Jaina.

Según historiadores, los corsarios elegían esta zona no sólo por la riqueza de las ciudades, sino por la gran cantidad de islas deshabitadas y los desconocidos recovecos que les servían de refugio. Hoy, muchos de estos parajes cobijan a los viajeros que buscan relajarse junto al mar y las palmeras. Cada historia de bucaneros transporta al oyente a un mundo fascinante. El más odiado fue Francis Drake: tras su muerte las campanas de toda España replicaron mientras Cervantes y Quevedo le dedicaban poéticas maldiciones. El más dañino: el holandés Mansvelt que saqueó y desmanteló los principales edificios. El más temible: Henry Morgan, nombrado caballero por el rey inglés Carlos II. El más famoso: Pata de Palo, protagonista de fabulosas aventuras. Sin embargo, quizá la historia más comentada sea la del acaudalado comerciante que celaba a su única hija, siempre dispuesta a ofrecer su embriagadora simpatía. En cierta ocasión, la joven cayó bajo el influjo de un misterioso caballero que, según decía, poseía un distinguido linaje y una ampulosa fortuna. En circunstancias no muy claras, los amantes fueron sorprendidos por el padre, quien inmediatamente reconoció al joven: era el temible filibustero Barbillas. Enfurecidos, ambos, se trenzaron en una pelea que finalizó con la muerte del progenitor. Cuentan los campechanos que, en consecuencia, la mujer perdió la razón y pasó el resto de sus días en un convento de las adyacencias.

BUEN GUSTO

San Miguel, Campeche

San Miguel, Campeche.

Personalidad es la principal característica de la cocina de Campeche. Los platos con mayor autenticidad son el caimán o el armadillo en sik (ensalada). A la variada cocina maya se suman los aportes de la tradición española y los alimentos introducidos por los piratas, como el cerdo y la cabra. Un prototipo son los tamales rellenos con picadillo de cerdo. De esas mezclas culturales surgieron interesantes recetas como la gallina en salsa de achiote y cocida bajo tierra (en pib). Sin embargo, los platos más festejados –que tienen al mar como protagonista– son los camarones al coco y el chile x´catic relleno de cazón. Frutas tropicales como el tamarindo y la guanábana dan sabor a postres y bebidas.

CAMPECHANOS

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Campeche.

Un siglo después de consumar la construcción del sistema de murallas, el peligro de los corsarios sobre el Caribe llegaba a su fi n. El imperio español estaba en clara decadencia e Inglaterra podía fomentar el comercio sin hostigar a las poblaciones. Al concluir los tiempos bélicos, la tranquilidad no tardó en llegar. Y, curiosamente, el gentilicio campechano pasó a utilizarse para designar a aquellas personas francas, sencillas, cordiales, que no ponen barreras en el trato. Un motivo más para visitar la ciudad más novelesca de Yucatán.


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