CARA AL SOL: CON 2.300 AÑOS, EL OBSERVATORIO SOLAR MÁS ANTIGUO DE AMÉRICA

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En Chanquillo, Perú, un desierto a 400 kilómetros de Lima, se confirmó que las misteriosas trece torres de adobe que se creía formaban parte de un antiquísimo castillo, eran en realidad un exacto observatorio solar de aproximadamente 2.300 años de antigüedad, es decir, 1.500 años antes de que los incas impusieran el culto al Inti, el dios sol. Tierra costeña, llena de restos enigmáticos, el norte peruano sorprende al mundo, como años atrás lo hizo el sur, desde Nazca a Cusco.

Texto: Roberto Ochoa Berreteaga. / Fotos: AFP y gentileza del autor de la nota.

Chanquillo

Chanquillo atrae a nuevos descubridores: arqueólogos, aventureros y turistas.

La noticia dio la vuelta al mundo: “Descubren en el norte peruano el observatorio solar más antiguo de América”. En el Perú siempre hay lugar para nuevos descubrimientos, así el monumento sea conocido por los lugareños. Sucedió con Machu Picchu. Ahora es el turno de Chanquillo y sus misteriosas torres de adobe. El paisaje de Chanquillo alimenta esa sensación de exploración y descubrimiento. Las enigmáticas ruinas circulares construidas sobre una loma de basalto negro semejan un castillo con sus tres filas de gruesas murallas y sus torreones simétricos. Y las vecinas torres de adobe instaladas sobre un médano parecen la columna vertebral de un inmenso dinosaurio. Se insinúan las siluetas de las enormes plazas aún sin desenterrar; los restos de un antiquísimo camino de piedra (capac ñan o camino real, en quechua) que llega hasta los restos arqueológicos de las Aldas, justo a la orilla del mar. Y todo esto en medio de esa inmensa soledad que transmiten los desiertos del norte peruano. Ubicado a casi 400 kilómetros al norte de Lima, siempre cerca del mar, y a sólo diez minutos en camioneta rural de la ciudad de Casma, Chanquillo siempre tuvo un merecido lugar en el imaginario popular como castillo, pese a que desde hace más de cien años los científicos se preocupan por demostrar que se trata de algo más que una simple construcción defensiva. Esta vez las investigaciones del equipo dirigido por el arqueólogo Iván Ghezzi fueron confirmadas por una autoridad mundial en esa nueva especialidad conocida como la arqueastronomía. El especialista británico Clives Ruggles visitó la zona, constató las investigaciones del equipo peruano, realizó sus propias mediciones y confirmó la hipótesis de que esas trece misteriosas torres perdidas en el desierto son el observatorio solar más antiguo de América, con aproximadamente 2.300 años, es decir, 1.500 años antes de que los incas difundieran a las buenas y a las malas por todo su territorio imperial el culto al Inti, o sol, en idioma quechua. Las trece torres de Chanquillo forman una fila perfecta en dirección norte-sur sobre un médano. Cada una de las torres no supera los tres metros de altura y fueron construidas como pequeñas pirámides truncas con escaleras de acceso en ambos lados. Lo curioso es que en conjunto forman una curva que, desde lejos, da esa sensación de ser las vértebras de un dinosaurio enterrado boca abajo. A sólo doscientos metros de las torres, pero en dirección este-oeste, se pueden ver las cuadrículas de plazas que aún yacen enterradas bajo toneladas de arena. Y es precisamente en estas construcciones y no en el propio castillo de Chanquillo donde Ruggles centró sus investigaciones. Allí comprobó que las torres no sólo coincidían con el paso del sol a lo largo del año, sino también perfectamente con los solsticios, es decir, cuando el sol se encuentra más lejos de la línea ecuatorial, y con los equinoccios, cuando la luz solar alumbra por igual a los dos hemisferios. O, mejor dicho, cuando los dos polos de la Tierra se encuentran a la misma distancia del sol. En el mundo andino ambas mediciones fueron de vital importancia para calcular el inicio de la siembra y para las temporadas de lluvias. Este conocimiento sin duda dio poder político a los antiguos astrónomos de esta civilización perdida, de ahí que su medición y cálculo exacto sirvieron para organizar complicadas ceremonias rituales. Según Ghezzi, miles de personas podían haberse reunido para impresionantes momentos solares en el amplio espacio que rodea las torres, con el fin de participar en rituales públicos y fiestas directamente relacionadas con la observación e interpretación del paso de las estaciones. “Por contraste, entrar en los puntos de observación parece haber estado altamente restringido. Individuos con rango para acceder a ellos y dirigir ceremonias habrían tenido el poder de regular el tiempo, la ideología y los rituales que unían a esa sociedad”. Las excavaciones arqueológicas han revelado que en la construcción había ofrendas de figurines de guerreros de cerámica con diferentes armas y adornos que parecen ser diferentes signos de distinción, lo que sugiere prácticas rituales y la existencia de clases sociales. “La adoración al sol y las costumbres cosmológicas de Chanquillo tal vez hubieran ayudado a legitimar la autoridad de una clase de élite, como ocurrió con el imperio Inca dos milenios después. Y esto implica, a su vez, que las torres no eran meros instrumentos de observación solar, sino la monumental expresión de la existencia de un conocimiento más antiguo”, añade el arqueólogo peruano.

Cada una de las torres no supera los tres metros de altura y fueron construidas como pequeñas pirámides truncas con escaleras de acceso en ambos lados. Lo curioso es que en conjunto forman una curva que, desde lejos, da esa sensación de ser las vértebras de un dinosaurio enterrado boca abajo.

Primeras noticias

Excavaciones arqueologicas

Adoración al sol: las excavaciones arqueológicas muestran la existencia de rituales y ofrendas.

Las primeras noticias del observatorio solar de Chanquillo se dieron en 1877, cuando el periodista, explorador y arqueólogo (en ese orden) George Squier visitó la zona, realizó un relevamiento topográfico impecable y publicó el libro Peru: Incidents of Travel and Exploration in the Land of the Incas, que fue todo un suceso en los Estados Unidos. Squier fue el Indiana Jones de su época, un viajero e investigador que descuidó su labor como agregado comercial de la Casa Blanca en Perú, sólo para repetir esa ceremonia que tanto seduce a los viajeros que visitan la tierra de los incas: descubrir algo, lo que fuere, pero descubrirlo a los ojos de Occidente. Chanquillo también mereció las visitas y observaciones de exploradores de la talla de Antonio Raimondi, un sabio italiano que recorrió todo el Perú catalogando su flora, su fauna y sus ingentes recursos naturales. El alemán Ernest Middendorf también recorrió sus misteriosas construcciones. También estudió Chanquillo Julio C. Tello, considerado el padre de la arqueología peruana. Pero fue en 1965 cuando la arqueóloga peruana Rosa Fung dirigió la primera investigación científica de la zona. En todos estos casos siempre se habló del castillo de Chanquillo, pero lo cierto es que faltaba resolver el enigma de las trece torres como observatorio astronómico. Más recientemente, la zona mereció el interés del equipo dirigido por Javier Ramírez, presidente de la Asociación Astronómica del Perú, quien insistió en la hipótesis del observatorio astronómico, pero vinculado directamente con la luna. No sólo porque las trece torres coinciden con el número de meses lunares, sino también porque las antiguas civilizaciones que prosperaron en el norte peruano, varios siglos antes que los incas, tenían a nuestro satélite como la principal deidad local, sobre todo por su relación con las mareas y el mar, la mamacocha del mundo andino prehispánico. Pero esto sigue siendo una hipótesis, mientras que la observación de Ruggles y del equipo de arqueólogos de Ghezzi ya cuentan con una investigación científica para sustentar el culto al sol en las torres de Chanquillo.

“La adoración al sol y las costumbres cosmológicas de Chanquillo tal vez hubieran ayudado a legitimar la autoridad de una clase de élite, como ocurrió con el imperio Inca dos milenios después. Y esto implica, a su vez, que las torres no eran meros instrumentos de observación solar, sino la monumental expresión de la existencia de un conocimiento más antiguo”.

Ahora el Norte

Misterios por descifrar en Chanquillo

Todavía quedan muchos misterios por descifrar en Chanquillo. La edad del observatorio se conoció al analizar el carbono 14 de la madera que conforma la puerta.

El descubrimiento del antiquísimo observatorio solar de Chanquillo se suma a la larga lista de hallazgos arqueológicos que se siguen sucediendo en el norte peruano desde 1987, cuando se develó la tumba real del Señor de Sipán, en Lambayeque. Desde entonces, los estudiosos y los inversionistas en turismo volvieron la mirada hacia esa región, sin descuidar los ingentes recursos turísticos del circuito sur (Nazca, Arequipa, Puno y Cusco). Al descubrimiento de la tumba del Señor de Sipán –que fue comparado por la National Geographic Magazine con el hallazgo de la tumba de Tutankamón– se sumaron los nuevos sitios funerarios en el vecino Sicán, también en Lambayeque, y en la sorprendente Huaca El Brujo, y la espectacular Huaca de la Luna, ambas en Trujillo. Es así que en las últimas dos décadas se fueron construyendo museos, como el de las Tumbas Reales del Señor de Sipán, continuaron las investigaciones y se descubrieron nuevos lugares de interés histórico, como la enigmática ciudad de Caral (cercana a Chanquillo), considerada la ciudad más antigua de América, desvirtuando aquello de que el origen de la civilización andina estaba en las sierras de Chavín. Pese a que sólo han pasado diez años de las primeras investigaciones, Caral recibe cada fin de semana la visita de turistas peruanos y extranjeros que soportan el ardiente sol del desierto para recorrer sus imponentes templos, avenidas, fortificaciones y zona de viviendas. El turismo en el Perú está íntimamente ligado a la arqueología y la historia.

Las tres grandes construcciones y las murallas defensivas

Las tres grandes construcciones y las murallas defensivas.

Sin embargo, el enorme interés del sur peruano radica, sobre todo, en que sus magníficas construcciones fueron edificadas con piedra, mientras que en la costa gobernaron el adobe y los muros de barro, susceptibles a derrumbes y a la erosión que traen las periódicas lluvias provocadas por el fenómeno del Niño. Sin embargo, tanto Caral como Chanquillo –ambas con una antigüedad que supera los dos milenios– fueron construidos con piedra sin tallar, cuando el adobe aún no se difundía por la costa. También es bueno saber que si los incas ganaron fama mundial por su orfebrería, hoy se sabe que los artesanos fueron norteños (de origen Moche y Chimú), y poco a poco se va demostrando que esa milenaria civilización que pobló el actual territorio del Perú tuvo sus orígenes en la costa y, sobre todo, en esos valles que surgen como oasis en medio del arduo desierto costeño. Es prematuro pronosticar qué pasará con Chanquillo y sus torres de observación solar. El paso del tiempo, las lluvias propias del fenómeno del Niño y terremotos –como el de 1970 que afectó todo el norte peruano–, casi destruyeron los antiquísimos muros de piedra de las construcciones y de las trece torres. Falta saber si la confirmación de su función como observatorio solar servirá para que las autoridades culturales del Perú y las autoridades municipales de Casma se preocupen por recuperar y resguardar un legado histórico que sigue siendo noticia en el todo el mundo.


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