CARLOS EDUARDO ROBLEDO PUCH: EL ANGEL DE LA MUERTE

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No ahorró pólvora ni sangre para conseguir automóviles veloces, dinero fácil y emociones fuertes. Disparó por igual contra guardias, mujeres indefensas y hasta contra un bebé. Procedente de una buena familia, cuando fue apresado en 1972, nadie podía creer en Argentina que tras el rostro aniñado de ese veinteañero había un cínico y cruel criminal. A los 55 años, Robledo Puch lleva más tiempo en prisión que en libertad, pero se niega a abandonar el pabellón de homosexuales de la cárcel. “Le prometí a mi mamá que no escaparía”, sostiene. Los enigmas que envuelven a uno de los mayores asesinos seriales de América latina.

Texto: Felipe Real / Fotos: Archivo Diario La Prensa / Archivo Diario Clarín

Asesino argentino Robledo Puch

Tristemente célebre. Los curiosos asistían a las reconstrucciones de los hechos y rodeaban el lugar complicando el trabajo de los fotógrafos. Él se mostraba indiferente.

Mas de una abuela habría considerado a ese adolescente de rizos levemente rojizos como un buen candidato para sus nietas. Pero hoy nada queda de aquel rostro que evocaba al Leonardo DiCaprio de sus primeras películas y le valió un poético apodo: “El Angel de la Muerte”. Ya nadie tiembla ni se estremece al oír su apellido. Aquel apasionado por la mecánica y los autos veloces, que calculaba sus golpes con una simpleza y frialdad escalofriantes, pasó más años en las sombras de una prisión que en libertad. En 1972, cuando fue apresado y conmovió a la sociedad argentina, Carlos Eduardo Robledo Puch era un niño malcriado que en apenas un año había cometido 11 asesinatos y había participado en 17 robos y 2 violaciones. Sólo quería conseguir dinero fácil para irse de juerga y mejorar los motores de sus autos para la competición callejera. A finales de la década del 60, la desocupación y la pobreza eran infrecuentes en los hogares argentinos, que podían pasar las noches con las ventanas abiertas sin miedo a los atracos. Al norte de Buenos Aires florecían barrios residenciales de clase media y alta de una sociedad que mantenía su standard económico y polemizaba en torno de las ideas políticas propias de la época, ya que una dictadura militar manejaba sus destinos. Entre esas familias de buen linaje se encontraban los Robledo Puch, vinculados con sectores tradicionales y con un antiguo guerrero de la Independencia argentina. En su coqueto chalet de tejas rojas y prolija fachada podía oírse un piano interpretado por Carlos Eduardo –el único hijo–, mientras su padre, técnico de la General Motors, sonreía orgulloso a su bella mujer, descendiente de laboriosos inmigrantes alemanes. Nadie podía sospechar qué se escondía tras esa postal familiar.

Tomó el volante y condujo a gran velocidad por la Ruta Panamericana, mientras en el asiento trasero el “Queque” desnudaba a la muchacha, que peleaba por no ser violada. De pronto, el conductor detuvo la máquina y se dio vuelta para fisgonear. Ibáñez lo echó del auto para continuar su faena. Minutos después se abrió la puerta del Ford y la muchacha salió llorando. “Andate”, gritó su rudo cortejante. Nadie sabe qué pasó por la cabeza de Robledo Puch, quien sin el menor indicio desenfundó: cinco balazos.

Robledo Puch preso

Una mirada críptica en un rostro infantil. Puch tras ser detenido y antes de confesar su saga de homicidios ante la policía. Tenía 20 años y pasaría el resto de su vida en la cárcel.

Juventud, divino tesoro

El muchacho, algo tímido y muy buen lector, vivió sin pena ni gloria sus primeros años escolares, hasta que un día fue amonestado por reaccionar violentamente ante las bromas que sus compañeros solían realizarle. “Leche Hervida” lo bautizaron reforzando esa tendencia volcánica. Los problemas disciplinarios podrían interpretarse como rebeldías adolescentes, pero con el tiempo se fueron reiterando y le costaron la expulsión de algunos de los colegios más exigentes. Sin embargo, nada grave había ocurrido. Pero un día robó una moto. Lo atraparon y fue a parar a un correccional de menores. Allí conoció a Jorge Ibáñez, que delinquía desde los diez años y compartía su pasión por los motores. Sería el inicio de una gran amistad. Y de una carrera delictiva. “Yo hablo alemán e inglés. Estudié piano siete años, pensaba dedicarme al jazz”, se jactó Carlos Eduardo cuando los peritos judiciales le pidieron que describa aquellos años de crianza. “Fui formado a la espartana, como un guerrero”, dijo y explicó que sólo lamentaba no haber tenido un hermano. “Yo me llevaba bien con mis padres. La primera vez que mi papá se enteró de que había robado me habló mucho, se enojó, pero no me levantó la mano”. Sobre política, deslizó una insólita preferencia que –según su lógica– habría evitado su final: “Me gusta la dictadura. Hace falta mano de hierro para encauzar un país”. La que parecía bien encauzada era la relación entre Carlos e Ibáñez. Eran inseparables y los unían los mismos placeres. Robledo Puch ponía toda su atención en su Fiat 600 con el cual corría picadas, peligrosas carreras ilegales, en las principales avenidas de la ciudad. Los ataques de ira de “Leche Hervida” estallaban cuando perdía y se daba cuenta de que su auto no era tan poderoso. Haría cualquier cosa para mejorarlo. Y lo hizo. En septiembre de 1970, la pareja tuvo su bautismo criminal: se llevaron de una joyería 100 mil pesos, suma interesante para jóvenes sin oficio ni futuro. Luego robaron un taller mecánico. Meses más tarde ingresaron en un local de venta de motocicletas: robaron una Guzzi y una Gilera 150, negra y roja. Pero otra máquina encandilaría a Robledo Puch: una pistola Ruby calibre 32.

Nacidos para matar

Desempolvar el largo y amarillento expediente judicial de Robledo Puch es escalofriante. Los testimonios, descripciones y fotografías parecen revivir a quienes hace mucho tiempo yacen en el reino del olvido. Todas sus vidas se esfuman cuando se cruzan con el “Angel de la Muerte”. El 15 de marzo de 1971, el dueño del bar Enamor y su sereno dormían despreocupados en una bodega, en malolientes catres. Antes de huir con 350 mil pesos, Robledo Puch estrenó su “juguete”. Nunca volvieron a levantarse. Cuando lo interrogaron por el crimen, respondió: “Qué quería? ¿Que los despertara?”. En la madrugada del 9 de mayo de 1971 se descolgaron por una claraboya a un local de venta de autos y repuestos de Mercedes-Benz. Allí reposaban dos cuerpos semidesnudos tras una noche de pasión. El Angel reiteró su ráfaga de plomo: el hombre murió, y la mujer se salvó. Ensangrentada y malherida, Ibáñez la violó en medio de un escenario dantesco mientras Robledo Puch recolectaba 400 mil pesos. Antes de huir, escuchó un ruido, un deshilachado sollozo que, en la oscuridad, surgía de una cuna. Sin vacilar, aprovechó para practicar puntería: el bebé fue rozado por el plomo, pero no falleció. La noche del 24 de mayo, la dupla se filtró en un supermercado por una alta ventana, intentando en vano no tirar botellas y latas. Esta vez el sereno oyó los ruidos e intentó detenerlos. Con dos disparos, Robledo Puch lo tumbó. Fue su mejor botín: 5 millones de pesos. Abrieron una botella de whisky antes de escapar montados en una motocicleta. El “Angel de la Muerte” estaba exultante y su timidez era cosa del pasado. La suma fue devastada en noches de juerga corrida en las mejores discotecas y en mejoras para su carro. Ahora paseaba por su barrio y aceleraba en los semáforos invitando a los conductores a batirse a duelo por las calles. Se deleitaba con el bramido del motor y con la admiración de sus adversarios. Pero sus sueños se desmoronaron, porque siempre encontraría un auto más potente que el suyo. Por entonces pensaba: “A los veinte años no se puede andar sin auto y sin dinero”. Nada le faltaría.

Al día siguiente un patrullero estacionó frente a su casa mientras reparaba su moto. “Nene, quédate ahí”, dijeron sin saber que ese “nene” era el mayor asesino serial de la historia argentina. En pocas horas, sin demostrar el menor arrepentimiento, confesaría todos sus crímenes e, incluso, agregaría otros no registrados por la policía. Su historia despertaría el apetito voraz de la prensa.

A sangre fría

Robledo Puch en la carcel

Demacrado, Robledo Puch vive tras los muros del pabellón de homosexuales.

A diferencia de su amigo, que sólo tenía ojos para los bólidos metálicos, Ibáñez tenía un antojo: desflorar a una adolescente. El 13 de junio de 1971, el “Queque”, como lo apodaban, se coló en un garaje e imitó a su colega. Sin mediar una palabra, disparó a la cabeza del cuidador. Sin apuros recorrió con la vista todos los autos del parking y eligió un Ford Fairlane, en boga por aquellos años debido su tamaño y su potente motor. Orgulloso, pasó a buscar a su “socio” y a su deseada Virginia Rodríguez, de 16 años. Robledo tomó el volante y condujo a gran velocidad por la Ruta Panamericana, mientras en el asiento trasero el “Queque” desnudaba a la muchacha, que peleaba por no ser violada. De pronto, el conductor detuvo la máquina y se dio vuelta para fisgonear. Ibáñez lo echó del auto para continuar su faena. Minutos después se abrió la puerta del Ford y la muchacha salió llorando. “Andate”, gritó su rudo cortejante. Nadie sabe qué pasó por la cabeza de Robledo Puch, quien sin el menor indicio desenfundó: cinco balazos certeros directo al cuerpo de Virginia. Rapiñaron los pocos objetos de valor y huyeron a gran velocidad para terminar, a los pocos kilómetros, incrustados en un cartel indicador. Sin retrasarse un minuto, abandonaron el auto y escaparon montados en el transporte público. El 24 de junio conocieron en una exclusiva discoteca a Ana María Dinardo, postulante a modelo, dueña de un generoso y fibroso cuerpo. “Sólo bastó mostrarle mi billetera para que suba al auto”, diría luego Robledo Puch, pretendiendo inculpar a la joven de 23 años. Eran hombres rutinarios. Se dirigieron al mismo sitio visitado once días atrás, Robledo se adueñó del volante y el “Queque” del asiento trasero, y de todo lo que había en él. Entre abrazos y forcejeos, la mujer dijo preferir que se vieran otra noche en un motel. Ella, además de bella era fuerte, y acompañó su preferencia con varios golpes de karate. Desanimado, el “Queque” la dejó vestir, y abrió la puerta del auto para que se fuera. La modelo salió, dio unos pasos pensando que el hostigamiento había culminado. Se equivocaba: esta vez fueron siete balas. No sólo robaron sus pertenencias, sino que también Robledo Puch le destrozó las manos con el arma. Por primera y última vez Ibáñez tendría miedo de su indescifrable compañero. El 5 de agosto, Robledo Puch conducía el auto de su padre a gran velocidad mientras su amigo reía recordando viejas aventuras. Otro auto se cruzó y ninguno atinó a frenar. Ibáñez murió de forma tan accidental como sospechosa. Acostumbrado a la sangre, el Angel repitió el protocolo. Robó los documentos y pertenencias del “Queque” y se escapó caminando. La policía seguía sin encontrar pistas. Pero pronto los crímenes de Robledo Puch dejarían de ser perfectos. Sin Ibáñez, volvió a los estudios, buscó empleo y ayudó a sus padres en los quehaceres domésticos y laborales. Para consentirlo, su madre le compró un Dodge GTX con el dinero que él solía regalarle. “Fue el día más feliz de mi vida”, confesaría tiempo después. Podría haber rearmado su vida y continuar con los mundanales placeres de la pequeña burguesía urbana. Pero no pudo librarse de la tentación de algo aún más adictivo que las peores drogas: el dinero fácil. Una tarde de noviembre se encontró con Héctor Somoza, hijo de un humilde panadero, antiguo compañero del reformatorio y conversaron de negocios. Bueno como Carlitos Para el debut eligieron una armería, donde obtuvieron nuevos “juguetes”. Y luego asaltaron un supermercado con la ya clásica metodología: ingresar por una ventana y acribillar al cuidador con su flamante Astra Cádiz calibre 32. Rompieron las cajas registradoras, abrieron la bóveda de seguridad, revisaron todos los escondrijos sin encontrar dinero. Al partir, Robledo eligió un teléfono, miró a su compadre y dijo: “Se lo regalo a tu vieja”. La anciana, alegre y sorprendida con el presente, instó a su hijo a ser “tan bueno como Carlitos”. Ni ella ni Somoza sospechaban que ese adorable niño creía que su nuevo aliado era yeta, mala suerte. Dos días después, ambos entraron a un elegante local de automóviles. Un sereno dormía y por obra y gracia del Angel Rubio, continuó sin despertar. Sólo 90 mil pesos encontraron en las arcas y Robledo confirmó así su creencia. Somoza era peor que un gato negro. Por eso, había que planear un robo mayor, un botín significativo. Con su mente retornaba una y otra vez al local donde había comprado el Dodge GTX junto a su madre. Tuvo la fortuna de cumplir su sueño. El 25 de noviembre, Robledo Puch regresó a ese comercio. A Somoza le tocó golpear al sereno y a Robledo matarlo. Pasaron tensas cinco horas, soplete en mano, para abrir la caja de seguridad de acero y obtener un trofeo considerable: un millón de pesos. También Somoza calmó su ansiedad y creyó tocar el cielo con las manos. Estaba equivocado. Por un tiempo se dedicaron a disfrutar del dinero. Es posible que hayan realizado importantes regalos en Navidad, que hayan recargado sus mesas familiares para la fiesta de Año Nuevo con bebidas y obsequios suntuosos. Tal vez hayan recorrido la provincia en sus autos y visitado hermosas playas durante esos soleados meses. Podrían haber pasado mucho tiempo “sin trabajar”, pero el 3 de febrero reincidieron. La ambición desmesurada de Robledo Puch y Somoza contrastaba con el empeño de Manuel Acevedo, quien trabajaba desde niño y pese a tener un buen pasar económico continuaba realizando horas extras y sólo pensaba en retirarse para comenzar a disfrutar la vida. Causas opuestas los cruzarían en la ferretería Masseiro Hnos. y ninguno de los tres sortearía las funestas consecuencias. Acevedo sólo tuvo tiempo de oír el bramido del plomo y saberse herido. “La rutina, ante todo la rutina”, habrá pensado Robledo y ordenó repetir el modus operandi del anterior atraco. Se turnaron entre ambos para romper la caja fuerte con el soplete incandescente, protegiendo sus ojos del fuego con gruesas antiparras. Habían pasado varias horas de nerviosismo y calor asfixiante en la oscuridad cuando a Somoza se le antojó una broma. Tomó el cuello de su colega con sus manos y simuló levemente ahorcarlo. Famoso por su mal humor, “Leche Hervida” jamás había leído a Freud, pero sabía muy bien que todo chiste –por inocente que parezca– contiene una dosis de verdad. Sin dudarlo, disparó. Apurado, recogió la cosecha y antes de huir, Robledo Puch desfiguró la cara y las manos de su ex aliado con el soplete para impedir su identificación. Por primera vez quebró su rutina y ese detalle sería fatal: no robó el contenido de los bolsillos de Somoza y de ese modo, quedó su documento de identidad. La policía, por fin, lograría una pista firme y no desaprovecharía la oportunidad. Al día siguiente un patrullero estacionó frente a su casa mientras reparaba su moto. “Nene, quédate ahí”, dijeron sin saber que ese nene era el mayor asesino serial de la historia argentina. En pocas horas, sin demostrar el menor arrepentimiento, confesaría todos sus crímenes e, incluso, agregaría otros no registrados por la policía. Triste, solitario y final Tal vez pretenda que su imagen de púber malhumorado quede en la memoria colectiva.

Hace siete años que se encuentra habilitado para lograr la libertad condicional. Por el momento, no hizo un pedido formal para abandonar la mohosa cárcel porque “es terrible la violencia que hay afuera”. Según cuenta, está preocupado por la degradación urbana: “Hoy caminas por la calle y cualquiera te mete una bala. Vas con tu novia, te matan y te la violan”.

Por eso, nunca acepta fotografiarse y pocas veces da entrevistas a la prensa. Cuando lo hace, aprovecha –enfermo y contradictorio– para protestar contra los periodistas porque “construyeron un monstruo para vender más diarios”. Si de niño sufría con los apodos, mucho más lo haría tras su encarcelación. La prensa fue con Robledo Puch tan inclemente como él lo había sido con sus víctimas. Lo llamaron “muñeco maldito”, “chacal”, “el verdugo de serenos”, “gato rojo”, “bestia humana” y por último “el unisex”. Un tabloide popular sugirió que sentiría atracción por los hombres, por lo que “sumaría a sus tareas criminales otra no menos deleznable”. Los jueces lo condenaron a prisión perpetua, pero nunca llegaron a determinar cómo llegó a convertirse en un asesino serial. Según especialistas que visitaron su celda, es un psicópata que sufre una “perturbación esquizoide” y se cree “libre de todo mal y toda culpa”. Su caso alimentaría infinidad de teorías seudo-científicas que nutrieron a los periódicos sensacionalistas, y de sesudos análisis psiquiátricos que se publicarían en congresos médicos de todo el mundo. “Esto fue un circo romano. Algún día voy a salir y los voy a matar a todos”, dijo Robledo Puch tras oír su condena a prisión perpetua. Nada de eso ocurrió. El tiempo pasó y hoy arrastra 34 años en prisión. Vive en un pabellón para homosexuales pasivos en el penal de máxima seguridad de Sierra Chica, un cubo de cemento, helado en invierno, ardiente en verano. “Yo nunca me fugué de acá porque se lo prometí a mi mamá”, argumentó. Hace siete años que se encuentra habilitado para lograr la libertad condicional. Por el momento, no hizo un pedido formal para abandonar la mohosa cárcel porque “es terrible la violencia que hay afuera”. Según cuenta, está preocupado por la degradación urbana: “Hoy caminas por la calle y cualquiera te mete una bala. Vas con tu novia, te matan y te la violan”. Algunos guardias sostienen que, en realidad, está en pareja con otro preso, y muy enamorado. Lejos de cumplir sus promesas de venganza, desde hace un tiempo, calmó sus ánimos y pasó a ser un preso de comportamiento ejemplar. Sigue sin trabajar y con la misma pasión que destinaba a sus autos ahora, tras convertirse al evangelismo, lee la Biblia. La fe le permite mitigar el encierro y le brinda argumentos para proclamarse inocente. “Conmigo no hubo una prueba, una huella”, dice. Cuando se le explica que los jueces sí encontraron evidencias para condenarlo, responde con una magna comparación: “¿Cristo fue culpable de algo? ¡Si no pecó nunca! Ahora, si lo dice Robledo Puch, es un cínico que no está arrepentido”. El único acto de peligro contra el bienestar colectivo lo protagonizó, hace unos años, cuando sufrió un brote psicótico y como si un rayo incompresible hubiera golpeado su cabeza, se puso un gorro de lana en el rostro, un mantel en lugar de capa y salió corriendo por el patio de la cárcel e incendió a los gritos un taller del penal. Creía ser Batman y haber llegado al mundo para limpiar sus miserias. “Fuego, mucho fuego”, gritaba. Según testigos, su delirio arrancó al encontrar unas viejas antiparras, utilizadas para manipular los sopletes, y se acordó de su último día de perfidia y libertad. Encerrado en su propio laberinto, lejos de la velocidad de sus autos y las discotecas otrora visitadas, suele alzar sus ojos azules hacia el cielo y susurrar: “Sólo Dios sabe si ya pagué. Mis amigos me dicen que sí”.


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