CARLOS FUENTES: UN HOMBRE CON TODAS LAS LETRAS

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Perdió dos hijos en muy poco tiempo, pero resurgió de su dolor, más lúcido y creativo que nunca. Cumplió 78 años y lo celebró lanzando un nuevo libro: “Todas las familias felices”. Vive con pasión la literatura y la política, preocupado por la crisis mexicana y por los conflictos contemporáneos. Miembro de aquel boom latinoamericano, Carlos Fuentes tuvo una juventud itinerante por varios países del continente, que aquí recuerda con su visión aguda y –por qué no– seductora. En esta charla se muestra tal cual es: un escritor superior y un hombre cabal, testigo de la cultura de su tiempo.

Texto: Juan Cruz / Fotos: AP y AFP

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Junto a Gabriel García Márquez. Una amistad que ya lleva 40 años.

A veces, en público, Carlos Fuentes levanta el dedo índice de la mano derecha y declama sus textos, recita una conferencia o simplemente subraya una opinión, y entonces se distingue perfectamente en el aire que ese dedo está totalmente curvo, como el pico de un pájaro. Algunos de sus amigos le oyeron decir que le quedó así cuando escribió Cristóbal Nonato; puede que con ese libro –que tiene más de quinientas páginas– hubiera vencido ya por completo la resistencia del dedo, pero lo cierto es que durante toda su vida, Fuentes se ha fiado sólo de ese útil de escribir, y su escritura ha sido incesante, innovadora, pensativa, amorosa, guerrera, fantasmal, erudita, narrativa y, muy pocas veces, autobiográfica. La energía es lo que sobresale de él, como una pasión de vivir y de estar en forma para hacerlo. Le hemos visto en playas y piscinas. Esa energía, con la que responde y firma, le acompaña siempre, y cuando imaginas que le verás disminuido o falto de fuerzas, sometido a la natural melancolía de las pérdidas –en pocos años murieron sus dos hijos, Carlos y Natasha–, resurge de nuevo como si esa energía se cultivara en el huerto de escribir, con su dedo curvo de tanto hacerlo. Acaba de publicar un nuevo libro, Todas las familias felices. Y con 78 años recién cumplidos, Fuentes volvió a lucir pletórico. Sus respuestas fueron rápidas, casi urgentes, por encima incluso de las preguntas, como si tuviera un motorcito que le fuera ayudando a imaginar lo que le iba a preguntar el periodista. Esa velocidad con la que responde es en cierto modo la de su escritura y de sus conferencias. En su conversación, Fuentes es más inquisitivo, escucha más, pregunta más; su pasión en esas reuniones es la política, y su secreto es la literatura. Una relación de sus obras puede resultar abrumadora, pero su perfil quedaría muy incompleto si no se dijera que es el autor de La muerte de Artemio Cruz; Cambio de piel; Terra Nostra; o Los años con Laura Díaz… un fresco del siglo en México, y en el mundo, casi como si Fuentes hubiera escrito una saga familiar, en la que también puede rastrearse su propia autobiografía. Nació en Panamá, y siguió a su padre –diplomático, como él después– a Chile, a Estados Unidos, a la Argentina, a Brasil y a México. En todas partes descubrió vetas de lo que luego sería su literatura, pero cuando de verdad se sintió un hombre ya presto a ser Carlos Fuentes Macías, él solo, fue en el Río de la Plata, Argentina. Le preguntamos a su mujer, Silvia Lemus, periodista, si ella singularizaría alguna imagen de ese tiempo en que Fuentes empezó a hacerse como es ahora, y nos señaló precisamente una foto en la que a él se le ve rodeado de su familia, a los 15 años. “Sonriente, muy guapo, ya él sabe que es un hombre”. Por ahí le empezamos a preguntar, y él respondió rápidamente.

“Le dije: ‘Perdone que la moleste, pero no sé qué papel interpreta usted en la radio, ¿Eva Duarte, Madame Dugarry, Juana de Arco?’. Me respondió: ‘Madame Dugarry, que es menos santa pero más entretenida, pase’. Y ahí se inició mi vida sexual”.

ALMA MAGAZINE: ¿Cómo era ese hombre, Carlos Fuentes Macías?

CARLOS FUENTES: En Buenos Aires más que un adolescente me hice un hombre; llegó mi padre a encargarse de la Embajada de México después de un golpe de estado típico de los militares argentinos. Era todavía la Argentina que había sido pronazi durante la guerra, y me empezaron a dar una educación que contrastaba mucho con la educación democrática que yo había recibido en los Estados Unidos en tiempos de Roosevelt, o en México en tiempos de Lázaro Cárdenas, o en Chile en los del Frente Popular. De repente resultaba que Esparta tenía razón sobre Atenas, y allí se daba una educación militarista, se insinuaba una gran simpatía hacia el Eje. Una educación racista. Así que le dije a mi papá: “Yo no resisto esto, ¡por tu culpa voy a ser educado por estos racistas militares!”. Me concedió un año de libertad, me dejó ser un chico libre.

AM: Y en Buenos Aires, casi nada.

C.F.: Empecé a caminar por las calles, descubrí a Jorge Luis Borges, aprendí a bailar tango en el Tango’s Bar. ¡Todavía me luzco en las pistas de baile! Y me enamoré de una señora guapísima que me doblaba la edad y que vivía en los mismos apartamentos que yo. Cuando se iba todo el mundo a trabajar y en el edificio sólo quedábamos los dos, me dije: “Esta es mi oportunidad”. Y toqué el timbre. Llevaba en la mano la revista Sintonía, que era una publicación de radio. Le dije: “Perdone que la moleste, pero no sé qué papel interpreta usted en la radio, ¿Eva Duarte, Madame Dugarry, Juana de Arco?”. Me respondió: “Madame Dugarry, que es menos santa pero más entretenida, pase”. Y ahí se inició mi vida sexual. Y ahí también empezó mi vida de ser humano latinoamericano. Le debo mucho a Buenos Aires, me inició en muchas cosas.

AM: ¿Y cómo había sido la niñez?

C.F.: Fue muy bonita, porque tuve unos padres muy cariñosos. Nací en Panamá, donde mi padre era el encargado de la Legación de México. En Río de Janeiro recibí una educación subliminal, allí el embajador era el escritor Alfonso Reyes, y mi padre, su secretario. Yo siempre digo que aprendí literatura sentado en las rodillas de Alfonso Reyes. Luego fuimos a Washington, que es donde pasé toda mi niñez, de los cuatro a los doce años. Entonces la educación propiamente dicha se inició en una escuela pública y tuve una maestra maravillosa, miss Florence Painter. Había allí, en aquel Estados Unidos de Roosevelt y del Nuevo Trato (New Deal), un gran entusiasmo por hacer cosas. Un gran dinamismo, una energía democrática que se me quedó en el ánimo para siempre. Lo que vino después fue un contraste, y Washington se convirtió en la ciudad terriblemente fría del invierno e insoportablemente cálida del verano, así que rogaba que me mandaran con mis abuelas a México. De esa manera mantenía la lengua española y sobre todo mantenía la memoria de mi familia, de mi pasado, de mí mismo, de mi país.

“Empecé a caminar por las calles (de Buenos Aires), descubrí a Jorge Luis Borges, aprendí a bailar tango en el Tango’s Bar. ¡Todavía me luzco en las pistas de baile! Y me enamoré de una señora guapísima que me doblaba la edad…”.

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Hijo de un diplomático, Carlos Fuentes se comprometió con la política desde muy niño.

AM: Y fue en busca de sus abuelas.

C.F.: Tenía unas abuelas maravillosas y las dos se llamaban Emilia. Me protegieron y me mantuvieron viva la lengua, aunque yo viviera en un mundo que hablaba en inglés. Porque, claro, yo seguía estudiando en inglés en la escuela pública, donde era muy popular. Hasta un día aciago, el 18 de marzo de 1938.

AM: ¿Qué pasó ese día?

C.F.: Ese día, el presidente Cárdenas expropió las compañías extranjeras en México y desde ese momento aparecieron en los periódicos norteamericanos encabezados que decían: “Comunistas mexicanos se roban nuestro petróleo”; “Que se beban su petróleo los rojos mexicanos”. Me convertí en un niño comunista en la escuela y de repente dejé de ser popular, y me di cuenta de que pertenecía a México, que pese a mi vida de niño internacional tenía una raíz mexicana. Un día fui al cine con mi padre a ver una película sobre la independencia de Tejas. Y en medio de la batalla del Alamo, al lado de mi padre diplomático, me levanté y grité: “¡Viva México! ¡Mueran los gringos!”. Y mi papá me sacó del cine corriendo: “¿No te das cuenta de que soy diplomático, y tú pegando esos gritos en el cine?”. Pero yo tenía 10 años y una emoción muy mexicana.

AM: Eso fue premonitorio: un niño muy político.

C.F.: Sí. Yo viví la política desde muy temprano. Cárdenas fue el detonante. El mejor presidente que hemos tenido, un auténtico revolucionario que transformó las estructuras de México y abrió los brazos a la emigración republicana española. Así que todo mi pensamiento político tenía que ver con Cárdenas, con Roosevelt… Los problemas se resuelven con democracia, apelando a la capacidad creativa del pueblo. Es una lección que nunca olvidé.

AM: Ha mencionado a los republicanos españoles exiliados en su país. Usted ha dicho que México ganó la guerra de España.

C.F.: Había una gran hispanofobia en México, por las guerras de la independencia. Pero, de repente, llegó la emigración republicana a México y renovó nuestra cultura, la modernizó de golpe. Gente como José Gaos, Luis Buñuel, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, León Felipe. Hubo un traslado de tanta inteligencia desde España. Y mi generación fue la que primero se benefició.

AM: En Argentina descubrió a las chicas, y en Chile, la política.

C.F.: La política y la poesía, al tiempo. Me sorprendió vivir en un país de habla española en el momento en que tenía un frente popular de socialistas y comunistas radicales. Chile demostró que se puede gobernar un país de América latina con una democracia de izquierdas. ¡No hay que volverse loco, como el payaso de Chávez! Yo iba a los mitines, me obsesionaba encontrar de pronto mi lengua como vehículo de un movimiento de izquierdas. Y descubrí la poesía de Neruda, con quien nos hicimos grandes amigos.

“Un día fui al cine con mi padre a ver una película sobre la independencia de Tejas. Y en medio de la batalla del Alamo, me levanté y grité: ‘¡Viva México! ¡Mueran los gringos!’. Y mi papá me sacó del cine corriendo… Yo tenía 10 años y una emoción muy mexicana”.

AM: ¿Cómo era Pablo Neruda?

C.F.: Un gran poeta, quizás el mejor poeta latinoamericano, con César Vallejo y Rubén Darío, del siglo XX. Un hombre de grandes convicciones políticas y de profunda sensualidad humana. El creía en sus ideas, era sincero, pero al mismo tiempo adoraba la comida, la bebida, la naturaleza, las mujeres, los amigos. Recuerdo haber recorrido el río Biobío con él, Alejo Carpentier y Mario Benedetti. Neruda iba recogiendo cochayuyos (un tipo de alga que crece en Chile), y nos los daba a comer, eran muy sabrosos, en medio de una gran alegría.

AM: Usted ha dicho que un novelista es como un profeta. Ha escrito dos libros que tienen que ver con la historia, o con la actualidad, de México: La silla del águila y éste, más reciente, Todas las familias felices. ¿Hay profecía en esos libros?

CARLOS FUENTES

Junto a su esposa Silvia Lemus. Juntos superaron la trágica muerte de sus dos hijos.

C.F.: Lo que yo he tratado de hacer es exorcizar los problemas de México. Lo malo de eso es que cuando lo que uno escribe se hace profecía se cumple lo bueno y lo malo. La silla del águila es un libro de exorcismo fallido, pero es profético, porque las intrigas políticas de las que trata terminaron cumpliéndose. México es un país con una larga tradición autoritaria; el imperio azteca era profundamente autoritario, y el virreinato español ni se diga. La independencia fue un caos entre la anarquía y la dictadura, hasta que Benito Juárez estableció un orden republicano y luego Porfirio Díaz impuso el progreso sin libertad, sin democracia. La revolución provocó que todos los revolucionarios, Zapata, la gente de Pancho Villa, la gente de Obregón, se juntaran en la ciudad de México, y de repente el país se conoció a sí mismo, y eso fue muy importante para que hubiera una gran explosión cultural, que se pone en evidencia en el muralismo, en la campaña educadora de José de Vasconcelos, en la novela de la Revolución. Ese nacionalismo sano luego derivó en un nacionalismo ramplón, barato, patriotero, ese nacionalismo de ¡Como México no hay dos! y esas sandeces. Fue entonces cuando aparecí en la literatura con un libro de cuentos fantásticos titulado Los días enmascarados. Fue rápidamente lapidado por los nacionalistas porque no se ocupaba de los problemas del país, de la revolución y del proletariado. Un intelectual de entonces dijo que “el que lee a Proust se proustituye”. Era un ambiente asfixiante que traté de combatir a través de novelas más críticas en cuanto a la situación del país y más renovadoras en cuanto a la forma de narrar.

AM: Y en un momento determinado el PRI convirtió a México en una dictadura perfecta, como dijo Mario Vargas Llosa. Y Octavio Paz casi pidió la expulsión de Vargas, de México, por haberlo dicho.

C.F.: No se puede simplificar la revolución mexicana; fue un gran momento histórico, una revolución contradictoria. Dio una fisonomía cultural, un nuevo aire a un país legendario. México se convirtió en un país medianamente próspero, nació una burguesía que no existía y se crearon los sindicatos. Lo que le faltaba a la revolución era la democracia. Se produjo una alianza de clases que se quebró el 2 de octubre de 1968, cuando el gobierno acabó a balazos con una manifestación de estudiantes en la plaza de Tlatelolco. A partir de ese momento ya nadie creyó en la revolución mexicana, y a tropezones se inició un proceso que lleva al que ahora mismo está inmerso el país.

“ASI NO SE JUEGA”

-¿Lo que ocurrió tras el triunfo de Felipe Calderón, y las protestas organizadas por su oponente, López Obrador, es una metáfora de México o un incidente? -¿Se acuerda de cuando María Zambrano hablaba de la República española y la denominaba la República niña? Tenemos una democracia niña también. En México hemos tenido tres pruebas democráticas, en el siglo XX y ahora, relacionadas todas con elecciones: la de Francisco Madero en 1910, la de Fox en 2000, y ésta. Es una tercera prueba democrática, la de aceptar la primacía de las instituciones. Hace 12 años, el sucesor del presidente era designado por el dedazo. Eso ha cambiado sólo en una década; se han creado instituciones electorales para definir la validez de los comicios. Se produjo un proceso que tuvo un resultado muy cerrado. Como el de Prodi, como el de Merkel, como el de Bush. Ya no es la aplanadora del PRI la que gana por el 80% de los votos. El tribunal dijo que Calderón ganó por un 0,5%, y porque no simpatice con Calderón yo no le puedo negar legitimidad. Es una frase lamentable esa de López Obrador: “Al diablo con las instituciones”. ¡Si las instituciones las creó la izquierda! Y en función de ese sistema él ha ganado muchos escaños. ¿Al diablo también con lo que él ha ganado? Así no se juega.

AM: ¿Cómo reaccionó usted ante esa matanza?

C.F.: Con furia. Estaba en París; hice declaraciones feroces en Le Monde para denunciar esa atrocidad; Octavio Paz dejó la embajada en la India en protesta contra la matanza.

AM: Pero luego usted fue embajador en París. ¿Por qué lo aceptó?

C.F.: Porque creí que se estaba creando un clima nuevo después de Tlatelolco y de Díaz Ordaz (presidente en 1968). Sentí que había una posibilidad de renovación del país, y muchos escritores de aquella época tratamos de apoyar esa renovación aceptando puestos públicos con esa esperanza. Y no hubo una renovación inmediata; lo que hubo fue un largo proceso que culminó en las elecciones de 2000 (ganadas por Vicente Fox) y por fin se produjo la alternancia democrática.

“Me sorprendió vivir en un país que tenía un frente popular de socialistas y comunistas. Chile demostró que se puede gobernar un país de América latina con una democracia de izquierdas. ¡No hay que volverse loco, como el payaso de Chávez!”.

AM: A los 47 años ya era una celebridad, estaba en París. Una vida rutilante. Y estaba en marcha el boom de la literatura latinoamericana.

C.F.: Del boom, se empieza a hablar en Barcelona, donde están Vargas Llosa, José Donoso, Gabriel García Márquez y al que después se anexa Julio Cortázar. El boom estaba en deuda con la generación que le precedía: Onetti, Rulfo, Carpentier, Lezama… Y una enorme deuda verbal con la poesía, con la de César Vallejo, por ejemplo. Y con los cronistas de Indias, por ir al origen. El boom no inventó nada, tenía profundas raíces en una tradición extraordinariamente rica. Y coincidió con un interés espectacular por América latina.

AM: Y sobre todo por Cuba.

C.F.: Cuba se convirtió en un fenómeno internacional de enorme repercusión en todo el mundo; tuvo que ver con esa iluminación que hubo sobre América latina, claro que sí.

AM: Y se desbarató la cohesión intelectual sobre la isla a partir del “caso Padilla”.

C.F.: Mucho antes. Cuando fuimos al Pen Club, de Nueva York, con Pablo Neruda, en 1966. Hablamos del deshielo, y eso fue recibido con un repudio total por las autoridades culturales cubanas; nos denunciaron a Neruda y a mí, nos pusieron como al perico, sobre todo Roberto Fernández Retamar. En ese momento dije: “No vuelvo a ir a un lugar donde se trata a los escritores de esta manera”. Había ya signos de un creciente dogmatismo e intolerancia en la isla.

“No puedo tener como modelo una dictadura totalitaria como ha sido la cubana. Las cosas van a cambiar con la muerte de Castro. Pero siempre me opuse a la agresión norteamericana. Deseo una Cuba democrática, independiente de los EE. UU.”.

AM: ¿Y qué piensa hoy de Cuba?

C.F.: Yo no estoy de acuerdo con el autoritarismo de Fidel Castro: no puedo querer para mi país lo que no me gusta de otro país. Quiero tener una democracia mexicana con unas libertades fundamentales. No puedo tener como modelo una dictadura totalitaria como ha sido la dictadura cubana. Las cosas van a cambiar con la muerte de Castro. Por otra parte, siempre me opuse a la agresión norteamericana contra Cuba. Deseo una Cuba democrática, independiente de los Estados Unidos. Que conserve las grandes conquistas, que las ha habido: educación, salud, dignidad nacional.

AM: ¿No tuvo efecto esa crisis con Cuba en el trato entre los escritores de su generación?

C.F.: Sí, más por el caso Padilla. Pero mucha gente que luego se ha alejado del régimen de Castro siguió yendo a Cuba después de que nosotros nos apartamos. No se puede juzgar por ello a nadie; eran decisiones personales, efectos de la historia que estaba sucediendo.

AM: Usted ha mantenido una buena relación con García Márquez.

C.F.: Sí, y con Vargas, y con Pepe Donoso, y con Cortázar. Pero he tenido mayor intimidad con Gabo. Somos amigos desde hace 40 años.

AM: Alguna vez dijo que cuando él ganó el Nobel lo habían ganado todos ustedes. ¿Un escritor puede renunciar en virtud del triunfo de otro?

C.F: Yo no tengo ninguna ambición por el Nobel. Y me sentí premiado cuando se lo dieron a Gabo.

AM: ¿Su obra podría darnos su autobiografía?

C.F: Soy muy poco autobiográfico. No me interesa tanto introducir a mi persona. Alguna vez lo hice, en Diana o la cazadora solitaria, por ejemplo, que es una novela muy autobiográfica.

AM: ¿Le costó hacerla?

C.F.: Sí, me costó. Pero exorcicé ese problema. Me humillé. Y lo quise escribir así, sin pelos en la lengua; salgo perdiendo en la novela, no había otra manera. Contar un amor fracasado por esos detalles nimios de la vida que te llevan a conquistar y a perder lo conquistado.

AM: Y al final, la protagonista, la actriz Jean Seberg, perdió también.

C.F.: Era melancólica y muy frágil. Y quería parecer fuerte, se aliaba con luchas terribles, como las de los Panteras Negras. Pasó de ser una chica de 16 años en un pequeño pueblo del Estado de Iowa a hacer de Juana de Arco en París. No estaba preparada para ese tránsito.

AM: ¿Es tan fuerte la literatura que permite que un escritor exorcice una experiencia?

C.F.: Tú te olvidas de los nombres de los primeros ministros, pero jamás te olvidas de los grandes escritores: los libros son los grandes indicadores de la historia. Porque ayudan a comprender el alma humana.

“Tú te olvidas de los nombres de los primeros ministros, pero jamás te olvidas de los grandes escritores: los libros son los grandes indicadores de la historia. Porque ayudan a comprender el alma humana”.

AM: Cumplió 78 años. ¿Qué le ha hecho el tiempo a su edad?

C.F.: Me ha permitido ganarme la juventud; he hecho un gran esfuerzo por ganármela, por asociar a mi creación todo lo que quiero: a mi esposa Silvia, a los hijos que perdí, Carlos y Natasha. Me gano la vida y la juventud incorporándolos a mi vida, a mi creación, a mis sueños.

AM: Uno de sus rasgos ha sido siempre el entusiasmo. ¿Hay algún momento en que ese entusiasmo disminuya?

C.F.: Cuando se ve lo que pasa en el mundo. La peor situación que he visto en mi vida. Un tiempo definido por los extremismos maniqueos.

AM: Me pidió alguien que le preguntara qué estaba pensando en aquella foto, en la playa, cuando tenía 15 años, rodeado de su familia.

C.F.: Quería volver a Buenos Aires, acabar las vacaciones, bailar tangos, ver a Borges, y en el amor de una mujer.

AM: ¿Lo ha logrado?

C.F.: Bueno, no sé si logré lo de bailar. Lo demás creo que lo he conseguido todo.

AM: Aquella pregunta era de su mujer, Silvia.

C.F.: Me encanta esa pregunta.


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