CARMEN BOULLOSA: DEBEMOS REFORMULAR LOS NACIONALISMOS Y LAS PERTENENCIAS

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Radicada en Nueva York desde que cumplió los 50 años, la escritora Carmen Boullosa teje desde esa ciudad compleja y cosmopolita las redes de su literatura. Es autora de una enorme obra en la que conviven teatro, ensayo, novelas y poesía, fue laureada con premios y becas de prestigio internacional y es también profesora en la Universidad Pública de Nueva York. Desde su hogar en Brooklyn, la escritora conversó con ALMA MAGAZINE sobre la función de la literatura, la convivencia de comunidades en su ciudad y las razones que la llevaron al boicot latino del pasado 1º de mayo.

Texto: Luciana de Luca / Fotos: AFP / Mónica Aspe / Erna Pfeiffer

Es en Nueva York donde hoy Carmen Boullosa encuentra el lugar perfecto para escribir. Es caminando por las calles, o en los vagones del subterráneo políglota; entre los vendedores árabes y las mujeres musulmanas con sus cuerpos cubiertos; en esa Babel americana, donde todos hablan su propia lengua y conviven en armonía, es donde Carmen imagina sus historias. Antes fueron Berlín, París y su propio México. Hoy es Brooklyn, su esposo historiador y una urbe cosmopolita. Nació en México el 4 de septiembre de 1954. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Iberoamericana y en la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue redactora del Diccionario del Español de México y fundó el Taller Editorial Tres Sirenas en 1983. Los temas sobre los que ha escrito son tan amplios y difíciles de enumerar como su obra: desde la recuperación de temas históricos, autobiográficos, de infancia, sobre las mujeres, aventuras y hasta sobre el amor. Ha publicado una enormidad de libros entre los que figuran las novelas Mejor desaparece (1987), Antes (1989, Premio Xavier Villaurrutia), Son vacas, somos puercos (1991), Duerme (1994), Cielos de la tierra (1997), Prosa rota (2000), De un salto descabalga la reina (2002) y La otra mano de Lepanto (2005). Además casi una decena de poemarios y cinco obras de teatro. Poco tiempo atrás, Carmen Boullosa presentó su última novela, publicada por editorial Alfaguara: La novela perfecta. Allí desarrolla la historia de un escritor que, buscando escribir la obra soñada, utiliza un extraño software. El dispositivo, aplicado debajo de la lengua del escritor, registra en un disco todas las señales que emite su cerebro –sensaciones, sonidos, imágenes–. De esta forma, el lector podrá leer la novela exactamente como la planificó el lector. En una época hipermediatizada, el planteo casi de ciencia ficción no deja de ser inquietante.

ALMA MAGAZINE: ¿Se imagina cómo sería su trabajo de escritora si existiera el software de su novela?

CARMEN BOULLOSA: Creo que ese software es para los que no son escritores. Al escritor lo que le gusta es precisamente trabajar con las palabras. El personaje de esta novela no tiene esa pasión por el oficio que es trabajar con las palabras. Está engolosinado con las imágenes y las sensaciones.

AM: Si eso sucediera realmente los lectores pasarían a tener otra función.

Boullosa escritora

Para Boullosa, entre las funciones de la literatura está el hecho de que no sirve para nada.

C.B.: Serían espectadores. Creo que ese software es imposible. Percibir es un acto muy complejo. Uno no percibe nada más con los sentidos: uno percibe echando mano de muchas cosas que no caben en el instante. No veo a alguien haciendo este software. Pero esto lo digo yo porque soy escritora y me interesa el mundo de las palabras y lo que traen las palabras, y uno necesita digerirlas, pensarlas varias veces hasta que termina por entenderlas. No me gusta esta instantaneidad. Ocurre que no sólo por la celeridad de la vida moderna, sino también porque hay una moral que hace creer que todos somos desechables, que las obras de arte son desechables, es que se engendra el deseo de un software como el de la novela, que hace posible comprender al otro en un tris, en un tronar de dedos. Y lo cierto es que en la vida, todo lo que vale la pena no es instantáneo: es irreemplazable, cuesta trabajo.

EJERCITAR LA TOLERANCIA

AM: ¿Qué emociones le provoca terminar una novela?

C.B.: Soy lo contrario de ese escritor holgazán de la novela. Me da mucha alegría acabar un libro. Cuando acabo un libro ya no es mío, es de otras personas. No me da una depresión posparto como les da a muchos escritores. Me dan ganas de estar escribiendo otras cosas. Es muy extraño, porque a un libro que uno ama como lector siempre puede regresar, pero un libro que uno escribió es un libro que a uno se le cierra. Los libros son infieles a los autores, porque ya no le pertenecen.

AM: ¿Cuál cree que es su sitio en la literatura latina y extranjera, ya que sus obras han sido traducidas a muchos idiomas?

C.B.: Vivo en nueva York, que es una ciudad que siempre ha tenido una relación muy estrecha con la literatura latinoamericana. Desde hace muchos años han vivido aquí escritores latinoamericanos y han tenido una relación muy fuerte con la ciudad, sin romper su relación con su propio lugar de origen. Martí, Eugenio Florit, Lorca, José Juan Tablada, José Eustasio Rivera. Es un sitio de encuentro con una tradición radicalmente diferente de la nuestra. Nueva York es un espacio literario muy peculiar. Y en ese espacio estoy yo. Soy parte de esta tradición: de la literatura latinoamericana que se ha escrito desde Nueva York, y que sigue siendo latinoamericana. No soy una escritora latina. Ser inmigrante en Nueva York es casi ser uno más entre los miles que allí caminan cada día. Carmen Boullosa lo sabe y convive con eso de una manera natural y hasta entusiasta. Allí, dice, las comunidades de diferentes orígenes comparten espacios comunes, y ejercitan la tolerancia de un modo mucho más saludable de lo que se conoce. La tensión se ve, es inevitable, pero no como en la ONU o en el Líbano, explica. Se busca un pacto de comunicación y comprensión entre inmigrantes.

C.B.: Todo el tiempo estoy viendo a las mujeres haitianas o musulmanas. Algunas incluso casi no dejan ver la cara. Solamente tienen una franja de ojos afuera de los velos. No muestran el cabello, no muestran el cuerpo y están obligadas a verme pasar a mí y yo a ellas, y a mirarnos a los ojos y a entender que el otro esta ahí, que cada quien vive como quiere o como puede. Hay una sensación de respeto, de intriga, de curiosidad que es para ambas partes benéfica. A mí me hace bien verlas y a ellas, estoy segura, tampoco les hace mal ver mi irritante cantidad de cabello al aire. Hay un pacto de convivencia convivencia. Debemos reformular los nacionalismos y las pertenencias, y Nueva York es un lugar ideal para hacerlo.

AM: ¿Cómo se ubica esto en relación con las últimas políticas de la administración Bush hacia los inmigrantes latinos?

C.B.: Bueno, Bush, usted lo sabrá muy bien, no es un favorito en Nueva York.

AM: Y suyo tampoco…

C.B.: (Se ríe) Para nada. Para mí es bastante detestado, y también para la ciudad. Hay una polarización en este sentido, y Nueva York está en uno de los extremos. El día del boicot fue la primera vez en mi vida que no me presento a trabajar para participar de un movimiento colectivo. El día de la marcha, 1º de mayo, no fui a dar mi clase. Fui, por supuesto, a estar con mi gente, a verlos quejarse de las atrocidades de Bush que les conciernen directamente.

“Estar en Nueva York me ha ayudado a ponerme ojos más críticos en relación con México. Veo la diferencia obscena de clases sociales, la injusticia de un sistema judicial y económico que es realmente terrible. Cuando uno vive en México cree que eso es normal, que es natural. Y cuando uno sale dice: ‘Pero esto es una cosa aberrante”.

UNA LENGUA FRANCA

AM: ¿Qué importancia tiene el idioma español en los Estados Unidos?

Boullosa Casada con un historiador neoyorquino

Casada con un historiador neoyorquino, Boullosa lució en su boda un vestido hecho en papel.

C.B.: No sé en los Estados Unidos, porque siento que Nueva York es literalmente una isla dentro del país. Pero aquí creo que es la lengua que se habla más, diría que se habla más que el inglés. Es casi una lengua franca. En las cocinas de los restaurantes, en los vagones del metro, en las fruterías, donde uno va siempre escucha hablar el español. Para mí ése hubiera sido un gran problema como escritora: mis oídos necesitan estar oyendo mi propia lengua, es como un alimento. Escucho otras lenguas, pero el español no me falta. El poder del inglés es inmenso, sobre todo por las artes populares. Tiene un nivel de penetración en el mundo entero que no tiene el español. El poder del inglés a veces sacrifica a las otras, también porque el inglés es más flexible que el español. Incorpora nuevas palabras y cambia con más celeridad que nuestra lengua, que en ese sentido es más perezosa, para bien y para mal.

AM: A la distancia, ¿qué visión tiene de México?

C.B.: Tengo una visión llena de ansiedad, porque México está pasando por momentos políticos muy difíciles. La elección fue muy cerrada, el candidato al que no favorece el último dictamen está seguro de que hubo fraude. El Instituto Penal Electoral lo ha manejado todo difícil, hay una tensión política muy azarosa. Ahí sí se me rompe el corazón de no estar en México. Pero en general, estar en Nueva York me ha ayudado a ponerme ojos más críticos en relación con México. Veo la diferencia obscena de clases sociales, la injusticia de un sistema judicial y económico que es realmente terrible. Cuando uno vive en México cree que eso es normal, que es natural. Y cuando uno sale dice: “Pero esto es una cosa aberrante”. Estar más tiempo fuera me pone alerta acerca de los problemas y de la inequidad abismal de México, de la especie de parálisis productiva. En resumidas cuentas, veo a México bastante mal. Por otro lado, es un país maravilloso, con una fuerza cultural inmensa.

AM: Si pudiera estar en su país en este momento, ¿qué cree que estaría haciendo?

C.B.: Estaría todo el tiempo opinando, como pasa con los intelectuales en México. Son parte de la vida pública y una parte muy importante del debate político. Y no sé qué estaría opinando, porque a la distancia tengo una opinión probablemente muy diferente. Honestamente no lo sé, porque veo a mis amigos divididos. Algunos opinan que sí hubo fraude, otros que no hubo fraude; unos que López Obrador es perfecto, a otros les parece abominable. Por primera vez veo también una diversidad de opiniones casi como de un arco iris. Eso tiene un lado bueno.

AM: ¿Cuál cree que es hoy la función de la literatura?

C.B.: La literatura tiene muchas funciones, y una de sus funciones más importantes es que no sirve para nada. Eso es genial, porque lo que no sirve para nada, lo que no puede ser atrapado por el dólar, ni atrapado por la utilidad, nos recuerda que hay una vida más grande dentro de la vida. Es una vida inexplicable, que no cabe ni siquiera en las palabras, y es un milagro. Y en ese porque sí también hay un gran placer.


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