LIMONOV: UNA VIDA INTENSA

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Tener una vida. Tener una vida apasionante. Tener una vida novelesca. Tener una vida peligrosa. Tener una vida que arrastra el riesgo de participar en la Historia. Eso le llevó al escritor francés Emmanuel Carrère (París, 1957) a sumergirse en las andanzas de un tipo como Eduard Limónov, un escritor ruso devenido activista político, al costado del ex campeón mundial de ajedrez Gari Kaspárov, acusados ambos de ser comunistas y xenófobos por el gobierno de Vladímir Putin. Lo que subyuga de las casi cuatrocientas páginas de Limónov –con varios premios en Francia en el año de su edición, 2011; y lanzado en español vía el sello Anagrama en febrero de 2013– es enfrentarnos a los momentos en que Carrère –hijo de la burguesía francesa– teme identificarse con su siniestro personaje. Porque no le atrae tanto su ideario político, sino más bien la idea de implicarse, de poner el cuerpo en esa aventura que es la vida misma.
Porque Carrère no juzga el devenir político del ruso, sino que va descorriendo los velos de una vida intensa, contradictoria –a la luz de nuestros ojos–, que pese a todo tipo de adversidades –la pobreza de su infancia, la cárcel ya en su madurez–, siempre busca sobreponerse o, por lo menos, no se deja tentar por la tristeza o la depresión. Leemos que Limónov nunca soportó a los débiles y nunca se resignará a no ser un héroe. Por eso su actitud siempre es ir hacia adelante, como sea, cueste lo que cueste, caiga quien caiga.
Al argentino Domingo Faustino Sarmiento le pasó algo similar cuando concibió su inoxidable Facundo, basado en la vida del caudillo Juan Facundo Quiroga. Como el libro de Carrère, el Facundo puede ser leído como una novela biográfica o una biografía novelada; un ensayo sobre la nación o un tratado sobre las pasiones. Es tan real su personaje, que parece de novela. “Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo!”, así da comienzos uno de los grandes textos en español del siglo XIX.
Carrère escribe en sus primeras páginas: “Limónov, en cambio, fue un gamberro en Ucrania; ídolo del underground soviético; mendigo y después ayuda de cámara de un multimillonario de Manhattan; escritor de moda en París, soldado perdido en los Balcanes; y ahora, en el inmenso desmadre del poscomunismo, viejo jefe carismático de un partido de jóvenes desesperados. (…) Es que su vida novelesca y peligrosa decía algo. No sólo sobre él, Limónov, no sólo sobre Rusia, sino sobre la historia de todos nosotros desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Algo, sí, pero ¿qué? Emprendo este libro para averiguarlo”.
¿Cómo se compromete un escritor con el presente? ¿Con abrazar la política alcanza? ¿Es la única salida? Lo estimulante del reto de Carrère es que más que tomar partido, pone su cuerpo –siguiendo una idea del francés Paul Valéry: “Lo más profundo que hay en el hombre es la piel”– al servicio de una escritura que va articulando en su recorrido los intersticios y las aventuras de un hombre consustanciado con su presente. Carrère, más que comprometerse con una causa política, se implica en una causa que excede a la política, pero que habla de cómo nos involucra la política: servir a la verdad, pero sabiendo de antemano que “no existen hechos morales, tan sólo interpretaciones morales de los hechos”, como decía el alemán Friedrich Nietzsche.
En suma, Carrère elige a un héroe y villano para desmalezar un país desmesurado, con muchos intereses en pugna; intereses de todo calibre y aristas. Y escoge a un hombre tan atractivo como oscuro. Y nos deja saber, cada tanto, que tiene miedo. Miedo de celebrarlo. Miedo de no ser como él. Es el temor del que lucha contra los monstruos, que corre el peligro de volverse –en un momento– un monstruo. Es el estupor de uno de los personajes de la novela lóbrega e intensa Los girasoles ciegos del español Alberto Méndez: “Es el estupor (…) que alguien quiera matarme no por lo que he hecho, sino por lo que pienso… y, lo que es peor, si quiero pensar lo que pienso, tendré que desear que mueran otros por lo que piensan ellos. Yo no quiero que nuestros hijos tengan que matar o morir por lo que piensan”.
Que nos sea leve,
Gustavo Alvarez Núñez


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