CATE BLANCHETT: LA PERLA AUSTRALIANA

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Es rubia, hermosa, tiene una clase que deslumbra y además es una excelente actriz. Cate Blanchett es una de las nuevas emperatrices de ese reino de estrellas fugaces que es Hollywood. Ganadora de un Oscar, este año fue candidata otra vez por su trabajo en “Notes on a scandal”. Casada con el guionista Andrew Upton, madre de dos niños pequeños, Blanchett piensa dejar a un lado el cine, para dirigir, junto a su marido, la Compañía de Teatro de Sydney.

Texto: Luciana De Luca/ Rocío Ayuso / Fotos: AFP

Cate Blanchett & Andrew Upton Take Up Sydney Theatre Company Positions

Cate Blanchett.

Cate Blanchett no cree en los premios, pero sí en las supersticiones. Por eso, cuando ganó el Oscar por la deliciosa Katharine Hepburn que interpretó en The aviator (2004), llevó en su bolso un guante original de la mítica actriz. Nunca habla de sus proyectos, por si acaso no se cumplen. Sin embargo, esta fabulosa actriz australiana está llena de contradicciones. Cuanto más emocionada está con sus descubrimientos artísticos en el cine, más deseosa parece de dejarlo todo por una carrera teatral en Sydney que la podría alejar de todo lo que ha logrado en los últimos años. Pero así es Blanchett, una mujer capaz de unir la idea de que quiere dejar la industria del cine “antes de que el cine se olvide de mí”, con la certeza de que “mientras Hollywood quiera, ahí estaré”. A ella –egresada en 1992 del National Institute of Dramatic Art de Australia– la comparan con Meryl Streep. Si Meryl Streep fundara una escuela de interpretación, dicen, su alumna más aventajada sería esta rubia aristocrática que, ha demostrado, sabe actuar como pocas. Ella se ríe y hace alarde de ese humor elegante que sólo las divas empuñan como dagas amables cuando dice frases como: “Si sabes que vas a fallar, entonces falla gloriosamente”. Meryl Streep y Cate Blanchett tienen mucho en común. La primera recibió, hasta ahora, 14 candidaturas al Oscar (el mayor número logrado por una actriz, aunque al final haya conseguido sólo dos estatuillas); tiene cuatro hijos y está casada con Don Gummer desde hace casi 30 años. Cate Blanchett es 20 años más joven que Streep; sólo tiene dos hijos, Dashiell –en honor al escritor Dashiell Hammett–, de cinco años y medio, y Roman Robert, a punto de cumplir los tres; hace nueve años que está casada con su único amor, el escritor Andrew Upton, lo que según ella misma cree “cuenta como tres matrimonios en Hollywood”. La única diferencia entre las dos artistas –además del tiempo que llevan dedicadas al cine– es que Cate Blanchett no deja de trabajar ni por un segundo. Así lo delata la lista de las películas en las que trabajó en los últimos años: Elizabeth (1998); cada una de las películas que integran la trilogía de The Lord of The Rings (2001, 2002, 2003) –de la que participó porque siempre había soñado usar orejas puntiagudas en la pantalla–; Veronica Guerin (2003); The aviator (2004); The life aquatic with Steve Zissou (2004); Babel; Notes on a scandal y The good german (todas del 2006), por mencionar las más relevantes. Cuando Blanchett aparece en el hall del Hotel Hilton, cercano a los estudios Universal, en Los Angeles, la rodea un aura luminosa que resalta su aspecto diamantino y distinguido. Está impecablemente vestida: un conjunto de Alexander McQueen, que combina a la perfección con un par de tacones de Christian Louboutin, y ese entusiasmo irrefrenable con el que habla de Alejandro González Iñárritu, el director de Babel, con el que acaba de cruzarse en el lobby del hotel. “Alejandro es increíble, está lleno de pasión. Quería trabajar con él porque su obra, su guión, me dejó impresionadísima. ¡Cómo se pueden tener en la cabeza tantas ideas como las que él tiene y además ser capaz de conectarlas! Es una rara avis, un visionario de este calibre. A cualquier otro director que me hubiera pedido que me pasara inmovilizada, sangrando en el suelo, las cuatro semanas de rodaje le habría dicho que no, pero cuando me explicó la vida interna de mi personaje me iluminó el camino”. Ella es así, generosa en alabanzas hacia todos. Cuando Martin Scorsese recogió el Oscar por The aviator, le dijo: “Espero que mi hijo se case con tu hija”.

ALMA MAGAZINE: Tiene usted una especial afición por los directores. ¿Cuál otro la impresionó favorablemente?

C.B.: A mi juicio, Steven Soderbergh es un genio como no he visto nunca. Me dejó fascinada por su capacidad de montar la película a la vez que rodaba The good german. Amo a un director así, que está junto a la cámara mientras actúas y no mirándote por un monitor. Eso finalmente ayuda y agiliza el rodaje hasta el punto de que nunca sabes si tendrás tiempo para ir al baño. Trabajar así permite acabar la jornada pronto, sin perder el tiempo en largas esperas.

AM: ¿Qué es lo que más le interesa del trabajo de los directores? C.B.: Me encanta ser dirigida, es lo que me enamora y soy de las que defienden la idea de que el cine es un medio que depende de los directores. Es algo que además he ido aprendiendo con los años, porque puedes leer el mejor de los guiones, encontrar un personaje fascinante, pero si luego van a dirigir la cámara a tus zapatos, la interpretación no tendrá nada que ver con lo que habías imaginado. Kieslowski (el director de la trilogía Rouge, Blue y Blanc) dijo que el cine es una conversación y no se puede tener una charla interesante a menos que ambas partes se involucren. Es un mito que los actores sólo han de colocarse donde les dicen, pero también es un mito que sean ellos los que hacen la película. Es un poco de las dos cosas.

AM: Martin Scorsese recibió su primer Oscar después de muchos años de esperarlo y merecerlo. Usted ganó su primer premio en apenas dos nominaciones y, sin embargo, no parece darles demasiada importancia a los premios.

C.B.: Martin Scorsese sufrió mucho por el tema del Oscar. Pero también hay casos como el de Robert Altman, un director que murió sin recibir nunca una estatuilla –más allá del Oscar honorífico– y aún así eso no hizo su trabajo mejor ni peor.

“Me encanta ser dirigida, es lo que me enamora y soy de las que defienden la idea de que el cine es un medio que depende de los directores. Es algo que además he ido aprendiendo con los años, porque puedes leer el mejor de los guiones, encontrar un personaje fascinante, pero si luego van a dirigir la cámara a tus zapatos, la interpretación no tendrá nada que ver con lo que habías imaginado”.

UNA BABEL PERCEPTIVA

Notes on a scandal

Cate Blanchett y Judi Dench protagonizaron Notes on a Scandal en 2006.

AM: Su personaje en Notes on a scandal fue muy halagado, y también la química entre usted y Judi Dench…

C.B.: La película me dejó un sabor amargo por la historia que narra. Deseaba trabajar con Judi Dench y soy amiga del guionista Patrick Marber, así que cuando me enteré de que estaban adaptando el libro de Zoë Heller, que me encantó cuando lo leí, estaba lista. ¡Qué mejor que compartir el cuadrilátero con Judi! Pero de todas formas me costó interpretar a un personaje absolutamente desprovisto de moral. Tengo una noción de mí misma como alguien liberal y de mente abierta, que lo último que quiere es dar un discurso a los espectadores sobre lo que deben pensar. Pero esta relación con un menor me volvió muy puritana. El actor, obviamente, superaba la edad legal (Andrew Simpson acaba de cumplir los 18 años), hablé con sus padres y está claro que es cine, que estás simulando, pero todas las noches me acompañó a casa el pensamiento de en qué estaría pensando mi personaje de Sheba.

AM: A pesar de los juicios morales, ¿pudo comprenderla?

C.B.: Me costó un poco comprender sus motivaciones para mantener una relación tan enfermiza. Muchas veces las personas somos destructivas cuando perseguimos un determinado objetivo. El guión fue de una gran ayuda para entenderla, porque me permitió ver su desesperación, la soledad de ambos, su búsqueda por cambiar las cosas, aun cuando el costo de eso fuera demasiado alto.

AM: Su trabajo la obliga a trasladarse alrededor del mundo constantemente. ¿Eso condiciona su labor?

C.B.: Durante estos dos últimos años pude viajar mucho. Pero el condicionamiento está determinado por el lugar donde se esté filmando. En los casos de Notes on a scandal y The golden age (aún no estrenada, en la que nuevamente encarna a la reina Isabel I) fue más sencillo. Filmar en Inglaterra es muy fácil. Fue muy diferente en el caso de Babel. Había estado cuando era muy joven en Africa, en un viaje de exploración. Esta vez fue diferente, porque llevé a mis hijos y a mi esposo conmigo y la experiencia fue muy conmovedora.

AM: ¿De qué manera?

C.B.: Alejandro González Iñárritu fue el responsable de que esa estancia en Marruecos formara parte de la historia de todos los que estábamos allí. Y la experiencia de ver a mis hijos corriendo y jugando con otros chicos del pueblo, que ni siquiera hablaban en inglés, fue algo sumamente gratificante.

AM: En Babel, su rol es el de una madre que perdió un hijo; en Notes on a scandal tiene un niño con retraso mental. ¿Cómo maneja el dramatismo que tienen la mayoría de sus personajes?

C.B.: Tiene que ver con la costumbre: cuantos más personajes dramáticos interpreto, más fácil se me hace desprenderme de ellos. De todas formas, es casi imposible no comprometerse emocionalmente.

ELLOS DICEN, ELLA DICE

Actriz Cate Blanchett

Actriz Cate Blanchett.

Cuando a George Clooney le llega el momento de hablar de su compañera de reparto en The good german (2006) la llama “un fenómeno de la naturaleza”, por su facilidad para la interpretación. También dice que es alguien que siempre, no importa qué papel esté interpretando, merece ganar un Oscar. Blanchett bromea al escuchar los elogios y tira por tierra muchos de ellos. Lo hizo al recoger el Oscar: “Me lo merezco tanto como los demás”, aseguró. Todos los que han trabajado con Blanchett reconocen su talento y su carisma. El actor Billy Bob Thornton, por ejemplo, la describe como la mejor actriz de los Estados Unidos –aunque sea australiana ya se la reconoce como una actriz nacida de la costilla de la industria norteamericana–. Los directores también la alaban. Soderbergh ve en ella “el sueño de cualquier realizador”; Anthony Minghella, que la dirigió en 1999 en The talented Mr. Ripley, la considera una actriz que siempre se siente atraída “por directores y por historias que la intrigan”. A Ron Howard, director de The missing (2003), le queda el recuerdo de su risa “maravillosa, tan femenina”. Judi Dench, su compañera de reparto en Notes on a scandal, cree que Cate Blanchett “es una persona muy inteligente. Una actriz muy osada, a quien siempre le atraen las opciones menos convencionales. Puede gustar o no, pero es alguien con tal integridad que tienes que creer en lo que hace. Es una cualidad muy poco común”. Cate ríe al repasar los comentarios de sus compañeros y se ruboriza un poco. Ella, que nunca soñó con ser actriz y que hace bromas respecto del color de su cabello –“no sé realmente de qué color es mi cabello. Ese es uno de los grandes misterios del mundo. Creo que soy vagamente rubia. Pero, para ser honesta, no lo sé”.

AM: ¿En algún momento de su infancia se le había ocurrido la actuación como un futuro posible?

C.B.: Me gustaba escuchar música e ir al teatro, pero no tenía especial afición a ver películas… ¿Quizá las de horror? Y en la adolescencia me volví una fanática de Sherlock Holmes. Leí todas las historias de detectives que pude y me dedicaba a investigar con mi bicicleta. Pero era muy difícil que me sentara delante de la pantalla lo suficiente como para ver una película. La primera interpretación que me hizo pensar en ser una actriz fue la de Jane Fonda en They shoot horses, don’t they?, de Sydney Pollack. Me pareció extraordinaria. Y se me quedó grabada la idea cuando descubrí a Ingmar Bergman. Influyó muchísimo en mí.

RADIOGRAFIA DE UNA ESTRELLA

Nació en Melbourne el 14 de mayo de 1969 y creció en un pequeño pueblo llamado Ivanhoe. En 1998, Cate Blanchett debutó con Elizabeth, la película que la colocó en el mapa de Hollywood y con la que logró su primera candidatura al Oscar. Fue también entonces cuando la prensa de esta industria, ávida de nuevos talentos, la situó en la novena posición en la lista de “descubrimientos para el nuevo milenio”. “Ese es mi número maldito”, comentó con ironía la actriz. No ha pasado ni una década y la australiana, candidata este año de nuevo al Oscar como mejor actriz secundaria con Notes on a scandal, ha rodado 24 películas encarnando papeles totalmente diferentes: una madre herida de muerte, en Babel; una mujer fatal con reminiscencias a lo Ingrid Bergman o Marlene Dietrich en ese “film noir” con sabor a Casablanca que es The good german, o la joven profesora sin ética ni moral que seduce a un alumno de 15 años en Notes… “Hay muy poco que Cate no pueda hacer”, admite la actriz Judi Dench, su compañera de reparto en ese filme y de candidatura al Oscar. Geoffrey Rush, su partenaire de reparto en The golden age, precisa: “Quizá no pueda hacer de quinceañera en una película de adolescentes, pero al margen de eso, creo que Blanchett es formidable”. “Yo nunca me he considerado una estrella. Soy una actriz”, dice Cate, recurriendo a esa simpleza plácida que la caracteriza. Es alguien que prefiere seguir sus propios instintos que, ciertamente, la mantienen alejada del lado más superficial de Hollywood. “Sé que ese otro mundo existe, el de los actores controlados por su entorno, pero no es el que me rodea”, dice, y agrega con una enorme sonrisa: “No puedo negar que me gustan los retos”.

AM: ¿Allí decidió comenzar a estudiar arte dramático?

C.B.: No, comencé a estudiar Ciencias Económicas, pero mi paso por la universidad fue deprimente. No podía con los libros. Era incapaz de escribir un trabajo de más de una línea. Y ahora ahí me tienes, con la cantidad de horas de estudio que le dedico a cada papel. Por azar llegó al Instituto Nacional de Arte Dramático. Allí, gracias a un golpe de suerte, acabó interpretando a una Electra que quedó, por legendaria, en la memoria de quienes la vieron. Con esta vuelta al pasado, Cate Blanchett se queda ensimismada. El cabello, recogido en un moño desenfadado pero elegante, se le ha comenzado a soltar y uno de estos mechones rebeldes la devuelve a la realidad de la entrevista. Sonríe y pide disculpas.

AM: ¿Cómo fue que se convirtió en la actriz que es hoy?

C.B.: Pensaba en lo mucho que me he empeñado en no ser actambién triz sin darme cuenta, incluso cuando fui a la escuela de arte dramático buscando alguna otra cosa que hacer… Pero la interpretación me atrapó y cada nuevo proyecto me ha dado nuevas razones para seguir. Me enamoré del teatro. Ahí aprendí lo que sé y es donde tengo mis raíces. La actuación es algo extraño: se trata de un proceso que no sé articular muy bien, porque hay algo de médium en un actor. Eres capaz de canalizar algo inconsciente de forma consciente. También requiere una gran preparación, algo fundamental para mí para poder comunicar lo que significa ese ser humano de una forma visceral.

AM: ¿Cuáles cree que son las claves de su profesión?

BLANCHETT UPTON

Novela de amor. Junto al escritor y guionista Andrew Upton, su incondicional esposo.

C.B.: No se trata de transformarme. De hecho siempre estoy descontenta con mi trabajo. Por eso nunca me quiero ver. De ahí también mi amor por el teatro, porque lo das todo en los ensayos para luego ir descartando lo que no necesitas. Y todo lo que has preparado, toda la investigación que has hecho sobre ese ser humano te mitiga la ansiedad. Aunque sigues necesitando ese coraje que te permite desnudarte, figuradamente hablando, delante del público.

No le interesa la fama como finalidad. La reconoce como un tributo, una obligación ineludible que ancla su profesión al populoso mundo de los desconocidos que siguen con avidez sus películas. Es de esa clase de celebridades que se sienten algo incómodas con las atenciones que reciben. “Gracias a que no llegué al cine hasta los 25 años y viniendo del teatro y además de Australia, tengo una noción de la interpretación como algo colectivo, y eso no lo van a cambiar unos premios o unas oportunidades que otros no tienen. Siempre hay que recordar que ganas algo no porque seas mejor, sino porque quizá tuviste un voto más que el resto”. La acompaña permanentemente su primer cómplice, su esposo, el escritor y guionista Andrew Upton, a quien conoció durante el montaje teatral de la famosa obra La gaviota, de Chéjov. Se casaron poco antes de trasladarse a vivir a Londres para el rodaje de Elizabeth. Y esto es todo lo que se sabe, porque Cate guarda celosamente esta parte de su vida y es intransigente ante la idea de abrir apenas un resquicio de su preciada paz hogareña para el ojo indiscreto de los periodistas y los paparazzi.

“Cuantos más personajes dramáticos interpreto, más fácil se me hace desprenderme de ellos. De todas formas, es casi imposible no comprometerse emocionalmente”.

AM: ¿A qué se debe tanto celo hacia su intimidad?

C.B.: No creo que el público necesite saber lo que come una estrella o cuáles son todos sus amoríos. Prefiero conectar con la historia que he de interpretar.

Dice, hace una pausa, y continúa hablando… de su esposo.

C.B.: Andrew es el primero con el que discuto mi trabajo. Es una colaboración continua. Lo que pasa en muchos matrimonios es que no se comparte suficiente tiempo juntos como pareja, como familia. Y para mí esto es lo que da sentido a estar casados. Aunque el sentido del humor también ayuda.

Compañera de elenco de los más gloriosos galanes del siglo XXI (Clooney y Pitt, entre otros), Blanchett lleva consigo a su familia allí donde esté filmando. Como lo hizo pocos días atrás, mientras filmaba una nueva película llamada The curious case of Benjamin Button en la que, nuevamente, compartió cartel con Brad Pitt.

AM: ¿Por qué tomó la decisión, junto con su esposo, de regresar a vivir a Australia? ¿Se relaciona con su interés hacia el medio ambiente?

C.B.: Australia literalmente se está quedando sin agua, y estoy preocupada no por lo que será de los hijos de mis hijos, sino de mis propios hijos. No nos quedan ni 20 años. Lo más importante es que podremos torcer el curso de la crisis del medio ambiente. Y creo que la gente se está dando cuenta.

De ahí que su nueva casa en Sydney será ecológica, con energía solar, tanques con agua de lluvia y todo lo necesario para ayudar en esta lucha contra el tiempo. Pero además del interés genuino por las causas ecológicas y humanitarias –un must entre las estrellas de Hollywood–, Blanchett tiene entre manos otros proyectos. Su regreso a Australia coincide con la oferta que han aceptado ella y su marido para dirigir la Compañía de Teatro de Sydney. Y, claro, la posibilidad de expandir la familia.

AM: Su regreso al teatro, ¿significará la desaparición de Blanchett de la pantalla?

C.B.: No hace ni ocho años que mi agente me repetía todo el tiempo eso de “estás trabajando demasiado en teatro, ¿para cuándo una película?” (risas). Lo cierto es que nunca he abandonado el teatro y ésta es una oportunidad que no se presenta todos los días y que me hace sentir una privilegiada. Lo cierto es que sí pienso ser, de ahora en más, más selectiva con mis papeles.

“Era muy difícil que me sentara delante de la pantalla lo suficiente como para ver una película. La primera interpretación que me hizo pensar en ser una actriz fue la de Jane Fonda en ‘They shoot horses, don’t they?’, de Sydney Pollack. Me pareció extraordinaria. Y se me quedó grabada la idea cuando descubrí a Ingmar Bergman. Influyó muchísimo en mi carrera”.

No dice nada más sobre su posible alejamiento del cine, y no vale la pena insistir sobre el tema. La realidad es que ya ha comenzado a dirigir obras de teatro: su primera incursión es la pieza de Harold Pinter, Un tipo de Alaska. Entre sus planes está montar un programa teatral doble: ella se encargará de Blackbird, de David Harrower, y Philip Seymour Hoffman, el genial actor con quien hizo una gran amistad durante el rodaje de The talented Mr. Ripley, hará lo propio con la última obra de Upton, Riflemind. Además tendrá tres meses de vacaciones al año. En ese tiempo, dice Cate, espera ser “lo suficientemente afortunada” como para encontrar un buen papel que llevar al cine. Antes de regresar a su Australia natal como directora de teatro, Blanchett terminará de rodar The curious case of Benjamin Button, dirigida por David Fincher; en pocos meses estrenará The golden age, que retoma –quince años después– la vida de la soberana que le dio la fama, la reina Elizabeth. “Me arrastraron a hacer la primera y me volvieron a arrastrar a la segunda. No soy alguien a quien le guste mirar atrás. Prefiero hacerlo siempre para adelante. Pero aquí me tienes, otra vez con Elizabeth, porque hay una historia increíblemente conmovedora que contar”. El tercero de sus proyectos cinematográficos es aún más sorprendente. Se trata de I’m not there, de Todd Haynes, una suerte de biografía sobre el músico Bob Dylan. “No es lo que se dice una biopic convencional. Básicamente la personalidad de Dylan está dividida en seis personajes diferentes, con diferentes nombres, cuya yuxtaposición te aproxima a la mística de Dylan. En realidad es un filme sobre la identidad”. Blanchett, acostumbrada a las transformaciones y a jugar con la masa dócil de su cuerpo y su voz, encarnará a un joven Dylan. Justo ella que, como Audrey Hepburn, tiene ese je ne sais quoi que la aleja tanto del resto de las mujeres bellas y la pone cerca –aunque ella proteste un poco– de las grandes estrellas de la historia del cine.


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