CIENCIOLOGIA: HOLLYWOOD Y LA PRISION DE LA FE

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El premio Pulitzer Lawrence Wright realizó una extraordinaria investigación sobre la iglesia de la cienciología, una de las organizaciones más poderosas y cuestionadas del mundo. ¿Qué se esconde detrás de ella? ¿Cómo ha logrado convertirse en una de las organizaciones más ricas y poderosas del planeta, y ser reconocida como religión por el gobierno de Estados Unidos? ¿Por qué estrellas de Hollywood como Tom Cruise y John Travolta son fieles devotos de una de las estructuras más criticadas del mundo? Wright, uno de los grandes periodistas de investigación del mundo, ofrece respuestas a estas y a otras muchas preguntas en su último libro, Cienciología. Aquí compartimos el capítulo “El converso”.

Texto: Lawrence Wright / Fotos: Gentileza Editorial Debate

Estados Unidos y la Cienciologia

Escándalos. Todos los interesados en los rumores de Hollywood disfrutarán con los capítulos de Tom Cruise y John Travolta.

London, Ontario, es una ciudad manufacturera de tamaño medio situada a medio camino entre Toronto y Detroit, antaño conocida por sus cigarros y fábricas de cerveza. En un tributo a su famosa homónima británica, London tiene su propio Covent Garden, su propia Piccadilly Street, y hasta un río Támesis que se bifurca en torno al modesto y económicamente agobiado centro urbano. La ciudad, que se asienta en una húmeda cuenca, es notoria por su mal tiempo. Los veranos son excepcionalmente cálidos; los inviernos, brutalmente fríos, y las primaveras y los otoños, agradables pero efímeros. Su hijo predilecto más notable fue el músico Guy Lombardo, al que se honró en un museo local hasta que este hubo de cerrarse por falta de visitantes. London era un lugar difícil para un artista que tratara de encontrarse a sí mismo.
Paul Haggis tenía veintiún años en 1975. Se dirigía a pie a una tienda de discos del centro de London cuando se tropezó con un joven de pelo largo, palabra fluida y ojos penetrantes que estaba parado en la esquina de las calles Dundas y Waterloo. Había algo entusiasta y extrañamente inflexible en sus maneras. Se llamaba Jim Logan, y le puso a Haggis un libro en las manos.
–Usted tiene una mente –le dijo–. Este es el manual de instrucciones.
A continuación le exigió:
–Deme dos dólares.
El libro era Dianética: la ciencia moderna de la salud mental, de L. Ron Hubbard, publicado en 1950. Para cuando Logan se lo encasquetó a Haggis, se habían vendido más de dos millones de ejemplares del libro en todo el mundo. Haggis lo abrió y vio una página en la que aparecían estampadas las palabras “iglesia de la cienciología”.
–Lléveme allí –le dijo a Logan.

“El cuarto paso es convencer al sujeto de que la cienciología tiene la respuesta.”

Por entonces había un reducido grupo de cienciólogos en toda la provincia de Ontario. Casualmente, Haggis había oído hablar de la organización un par de meses antes, de labios de un amigo que la había calificado de secta. Eso despertó el interés de Haggis, que consideró la posibilidad de hacer un documental sobre ella. Cuando llegó a la sede de la iglesia en London, esta ciertamente no tenía aspecto de secta: dos jóvenes ocupaban un despacho de mala muerte encima de una tienda de baratillo.
Como ateo, Haggis recelaba de verse arrastrado a un sistema de creencias formal. En respuesta a su escepticismo, Logan le mostró un pasaje de Hubbard que rezaba: “Lo que es verdad es lo que es verdad para ti. Nadie tiene derecho a imponerte datos y ordenarte que los creas o ya verás. Si no es verdad para ti, es que no es verdad. Piensa tu propia manera de ver las cosas, acepta lo que es verdad para ti, descarta el resto. No hay nada más infeliz que tratar de vivir en un caos de mentiras”. Estas palabras hallaron eco en Haggis.
Aunque él no fuera consciente, Haggis estaba siendo atraído a la iglesia por medio de un clásico “procedimiento de difusión” en cuatro pasos en cuya aplicación se entrena meticulosamente a los reclutadores. El primer paso es tomar contacto, como hizo Jim Logan con Haggis en 1975. El segundo consiste en desarmar cualquier antagonismo que el individuo pueda mostrar hacia la cienciología. Una vez hecho esto, la tarea es “encontrar la ruina”; es decir, el problema que más preocupa al potencial recluta. En el caso de Paul, era un turbulento romance. El cuarto paso es convencer al sujeto de que la cienciología tiene la respuesta.
“Una vez que la persona es consciente de la ruina, le haces entender que la cienciología puede abordar la situación –escribe Hubbard–. Es en el momento preciso de este paso cuando se le (…) dirige al servicio que mejor abordará lo que él necesita abordar.” En ese punto, el potencial recluta ha sido oficialmente transformado en un cienciólogo.
Paul respondió a cada paso de una manera casi ideal. El y su novia asistieron juntos a un curso, y poco después se convirtieron en cienciólogos titulados Hubbard, uno de los primeros niveles en lo que la iglesia denomina el Puente a la Libertad Total. Haggis había nacido en 1953 y era el mayor de tres hermanos. Su padre, Ted, dirigía una empresa de construcción especializada en obras viales, principalmente asfaltado y construcción de aceras, bordillos y cunetas.
Llamaba a su empresa Global, porque abastecía tanto a “Londres” como a “París”; es decir, London y Paris, otra comunidad de Ontario situada unos 80 kilómetros al este. Mientras Ted ponía en marcha su negocio, la familia vivía en una casita en la ciudad, predominantemente de raza blanca. Los Haggis eran una de las pocas familias católicas en un vecindario protestante, lo que llevaba a ocasionales enfrentamientos, incluyendo una pelea de patio de recreo que dejó a Paul con la nariz rota.
Aunque él realmente no se considerara religioso, se identificaba con la minoría; sin embargo, su madre, Mary, insistía en enviar cada domingo a misa a Paul y a sus dos hermanas pequeñas, Kathy y Jo. Un día, la madre vio a su párroco conduciendo un costoso automóvil.
–Dios quiere que tenga un Cadillac –le explicó el sacerdote.
Mary le respondió:
–Entonces Dios ya no nos quiere en su iglesia.
Paul admiró la postura que adoptó su madre, pues sabía cuánto significaba para ella su religión. Después de eso, la familia dejó de ir a misa, pero los hijos siguieron asistiendo a escuelas católicas. El negocio de construcción de Ted prosperó hasta el punto de que pudo comprar una casa mucho mayor en siete hectáreas de ondulado terreno en las afueras de la ciudad. Había allí un par de caballos en el establo, una ranchera Chrysler en el garaje, y gigantescos vehículos de construcción aparcados en el jardín que parecían dinosaurios pastando.
Paul pasaba mucho tiempo solo. Podía caminar el kilómetro y medio largo que le separaba de la parada del autobús escolar sin ver a nadie en todo el camino. Sus tareas domésticas consistían en limpiar las caballerizas y las perreras (Ted criaba spaniels para competiciones de perros). En casa, Paul se convirtió en el centro de atención: “la niña de los ojos de su madre”, recordaría su padre; pero era un chico travieso y hacía un montón de diabluras. “A los cinco años hubo que castigarle con la correa”, añadiría Ted.

“La idea central de la cienciología es que el ser es eterno, lo que Hubbard denomina un thetan.”

Cuando Paul tenía aproximadamente trece años le llevaron a despedir a su abuelo, que estaba en su lecho de muerte. El anciano, que había sido portero en una bolera tras escapar de Inglaterra debido a algún misterioso escándalo, pareció reconocer un talante peligrosamente parecido en Paul. Las palabras de despedida que le dedicó fueron: “Yo he malgastado mi vida. No malgastes tú la tuya”.
En el instituto, Paul empezó a meterse en problemas. Sus padres, preocupados, le enviaron a Ridley College, un internado de St. Catharines, Ontario, cerca de las cataratas del Niágara, donde se le requirió que se incorporara al cuerpo de cadetes del Real Ejército Canadiense. El despreciaba la marcha o cualquier clase de comportamiento regulado, y pronto empezó a saltarse la instrucción obligatoria. Se quedaba sentado en su cuarto leyendo Ramparts, la revista radical que hacía la crónica de las revoluciones sociales que por entonces se desarrollaban en Estados Unidos, donde él anhelaba estar. Era constantemente castigado por sus infracciones, hasta que aprendió a forzar cerraduras; de ese modo pudo colarse en el despacho del prefecto y borrar sus faltas. La experiencia vino a agudizar un incipiente talento para la subversión.
Al cabo de unos años sus padres lo trasladaron a una escuela masculina progresista, llamada Muskoka Lakes College y situada en el norte de Ontario, donde apenas había sistema que subvertir. Aunque se denominara college –esto es, universidad–, en realidad era básicamente una escuela preuniversitaria. Allí se alentaba a los alumnos a estudiar lo que quisieran. Paul encontró a un mentor en su profesor de arte, Max Allen, que era gay y políticamente radical. Allen producía un espectáculo para la CBC (Corporación Canadiense de Radiodifusión) titulado As It Happens. En 1973, mientras en Washington se celebraban las audiencias del Watergate, Allen dejó a Paul sentarse a su lado en su cubículo de la CBC mientras corregía el testimonio de John Dean para su emisión.
Más tarde, Allen abrió un pequeño cine en Toronto para exhibir películas que habían sido prohibidas en virtud de las draconianas leyes de censura de Ontario, y Paul se ofreció voluntario para llevar la taquilla. Allí proyectaron Los demonios de Ken Russell y El último tango en París de Bernardo Bertolucci. Para la mentalidad de Ted, su hijo estaba trabajando en un cine porno. “Me limité a cerrar los ojos”, recordaría.
Paul dejó la escuela cuando le pillaron falsificando un examen. Asistió brevemente a la academia de bellas artes, y recibió algunas clases de cinematografía en una escuela politécnica, pero también lo dejó. Se dejó crecer su rizada y rubia cabellera hasta los hombros. Empezó a trabajar en la construcción a jornada completa para Ted, pero se dirigía inexorablemente hacia el abismo. En la década de 1970, London adquirió el sobrenombre de “la Ciudad del Speed” debido a la cantidad de laboratorios de metanfetamina que proliferaron para abastecer a su floreciente hampa. Las drogas duras eran fáciles de obtener. Dos de los amigos de Haggis murieron de sobredosis, y él tuvo una pistola apuntándole a la cara un par de veces. “Era un chico malo –admitiría–. No maté a nadie, pero no es que no lo intentara.”
También actuó como director escénico en el teatro de 99 localidades que su padre abrió en una iglesia abandonada para una de sus hijas, que era una enamorada de las tablas. Los sábados por la noche, Paul desmontaba el decorado de cualquier espectáculo que hubiera en cartel e instalaba una pantalla de cine. De ese modo, tanto él como la pequeña comunidad de cinéfilos de London se familiarizaron con los trabajos de Bergman, Hitchcock y la nouvelle vague francesa. El filme Blow-Up, de Michelangelo Antonioni, le causó tal impacto que en 1974 decidió convertirse en fotógrafo de moda en Inglaterra, como el héroe de la película. Eso duró menos de un año, pero cuando volvió seguía llevando una Leica colgada al hombro.

“Los hábitos de Hubbard, sus objetivos y deseos se convirtieron tanto en la base como en el destino de la cienciología.”

A su regreso a London, Ontario, se enamoró de una estudiante de enfermería llamada Diane Gettas. Empezaron a compartir un apartamento de una sola habitación abarrotada de los libros de cine de Paul. Por entonces él se veía a sí mismo como “un solitario, un artista y un iconoclasta”. Sus notas eran demasiado malas para entrar en la universidad. Era consciente de que no iba a ninguna parte. Se sentía dispuesto a cambiar, pero no estaba seguro de cómo hacerlo.
Tal era el estado de ánimo de Paul Haggis cuando se unió a la iglesia de la cienciología. Como todo cienciólogo, cuando Haggis entró en la iglesia empezó por familiarizarse con la mentalidad de L. Ron Hubbard, leyendo sobre su vida aventurera: cómo vagó por el mundo, dirigió peligrosas expediciones y se curó de unas heridas de guerra incapacitantes mediante las técnicas que luego desarrollaría en la dianética. El no era un profeta, como Mahoma, ni una figura divina, como Jesucristo. No le había visitado ningún ángel portador de las tablas de la revelación, como a Joseph Smith, el fundador del mormonismo. Los cienciólogos creen que Hubbard descubrió las verdades existenciales que forman su doctrina por medio de una extensa investigación; y en ese sentido, es “ciencia”. Su aparente racionalismo atrajo a Haggis. Aunque hacía mucho que se había apartado de la religión en la que le habían educado, seguía buscando un modo de expresar su idealismo. Para él era importante que la cienciología no exigiera creer en ningún dios. No obstante, la figura de L. Ron Hubbard se cernía sobre aquella religión de sugerentes formas.
No es exactamente que se le rindiera culto, pero su rostro y su nombre aparecían por todas partes, como el soberano absoluto de un pequeño reino. Parecía que hubiera dos Hubbards dentro de la iglesia: la autoridad divina de quien cada palabra se consideraba una especie de sagrada escritura, y la figura paternalista que Haggis veía en los videos de formación, que daba la impresión de ser una persona socarrona y humilde.
Aquellas eran cualidades que Haggis compartía en gran medida, y que le inspiraron confianza en el hombre al que había llegado a aceptar como su guía espiritual. Aun así, Haggis se sentía un poco frenado por la falta de ironía entre sus colegas cienciólogos. Su incapacidad para reírse de sí mismos parecía estar reñida con el carácter del propio Hubbard. Este no parecía prepotente ni mojigato; era más bien como el héroe apuesto y chistoso de una película de serie B que lo había visto todo y de algún modo lo había entendido todo. Cuando Haggis experimentaba dudas sobre la religión, reflexionaba con las películas en 16 mm sobre las conferencias de Hubbard en las décadas de 1950 y 1960, que formaban parte del proceso de adoctrinamiento de la iglesia. Hubbard siempre reía entre dientes, maravillado ante alguna observación casual que acababa de ocurrírsele, con un pequeño guiño a la audiencia que sugería que no le tomaran demasiado en serio. Simplemente abría la boca y brotaba un tumulto de nuevas ideas, abriéndose paso a codazos en su carrera por darse a conocer al mundo. A menudo resultaban triviales e inconexas, pero también llenas de oscuras y cultas referencias, y cargadas de originalidad e intención. “Un día llegabas y decías: ‘Soy un senescal’”, observaba Hubbard en un característico aparte; y proseguía: aquel caballero con espuelas de ocho pulgadas estaba allí de pie –¡bah!– y decía: “Se supone que yo abro las puertas de este castillo, llevo mucho tiempo haciéndolo, y soy un sirviente de mucha confianza”. (…) Insiste en que es el senescal, pero nadie le paga sus salarios, etcétera. (…) El era alguien antes de convertirse en senescal. Ahora, como senescal, se había convertido en nadie; hasta que finalmente salía con un platillo a mendigar en la carretera y lo alargaba para pedir pescado con patatas fritas mientras la gente pasaba, ya sabéis. (…) Ahora dice: “Soy alguien, soy un mendigo”, pero eso todavía es algo. Entonces aparece la policía de Nueva York, o quien sea, y le dice… me he liado un poco aquí con las épocas, pero le dice: “¿Se da usted cuenta de que no puede mendigar en la vía pública sin la licencia número 603-F?”… De modo que él se muere de hambre y da patadas al cubo y yace allí. (…) Ahora es alguien, es un cadáver, pero no está muerto, es simplemente un cadáver. (…) ¿Captáis la idea? Pero él pasa por secuencias de convertirse en nadie, alguien, nadie, alguien, nadie, alguien, nadie, no necesariamente en una espiral descendente. Algunas personas llegan al punto de ser hombres felices. Ya sabéis la vieja historia del hombre feliz –no voy a contarla– que no tenía camisa…

Justo cuando esta confusa parábola empieza a rayar en la incoherencia, Hubbard va al grano, que es que un ser no es su ocupación o siquiera el cuerpo que en ese momento habita. La idea central de la cienciología es que el ser es eterno, lo que Hubbard denomina un thetan. “Este tío, en otras palabras, era alguien hasta que empezó a identificar su ser con una cosa. (…) ninguno de esos seres es la persona. La persona es el thetan.”
“El tenía un asombroso optimismo –recordaba Haggis–. Tenía un socarrón sentido del humor y una percepción de sí mismo que parecía decir: ‘Sí, soy plenamente consciente de que podría estar loco, pero también podría haber dado con algo’”. El fanatismo que daba fuerza a tantos miembros de la iglesia provenía de la creencia de que ellos constituían la vanguardia de la lucha por salvar a la humanidad. “Una civilización sin locura, sin criminales y sin guerra, donde las personas capaces pueden prosperar y los seres honestos pueden tener derechos, y donde el Hombre es libre de elevarse a mayores alturas, son los objetivos de la cienciología”, escribe Hubbard.

Aquellos emocionantes objetivos atraían a jóvenes idealistas, como Haggis, a colocarse bajo el estandarte de la iglesia. Para fomentar tan elevados propósitos, Hubbard desarrolló una “tecnología” que permitiera alcanzar la libertad espiritual y descubrirse a uno mismo como un ser inmortal. “La cienciología funciona el ciento por ciento del tiempo cuando se aplica de manera correcta a una persona que sinceramente desea mejorar su vida”, declara una publicación de la iglesia. Esta garantía se basa en el presupuesto de que, por medio de una rigurosa investigación, Hubbard llegó a una comprensión perfecta de la naturaleza humana. No hay que apartarse del camino que él ha trazado o cuestionar sus métodos. La cienciología es exacta. La cienciología es segura. Paso a paso, uno puede ascender hacia la claridad y el poder, siendo cada vez más uno mismo; pero, paradójicamente, también siendo cada vez más como Hubbard. La cienciología es la geografía de su mente. Quizá ningún otro individuo en la historia ha realizado tan copiosos sondeos internos y descrito con tanta lógica y hasta el más mínimo detalle el funcionamiento interno de su propia mentalidad. El método propugnado por Hubbard creaba una hoja de ruta hacia su propio yo ideal. Los hábitos de Hubbard, su imaginación, sus objetivos y deseos –en otras palabras, su carácter– se convirtieron tanto en la base como en el destino de la cienciología.
En el fondo, Haggis no respetaba realmente a Hubbard como escritor. Así, por ejemplo, no había sido capaz de terminar la Dianética. Había leído unas 30 páginas, y luego la había dejado. Sin embargo, la mayor parte de los trabajos del curso de cienciología le habían parecido muy bien logrados. En 1976 viajó a Los Angeles, el centro del universo de la cienciología, alojándose en el viejo Château Elysée de Franklin Avenue, donde antaño se habían hospedado Clark Gable y Katharine Hepburn, además de muchas otras estrellas. Pero cuando llegó Haggis el edificio era un destartalado lugar de retiro de la iglesia llamado Manor Hotel. Allí dispuso de un pequeño apartamento con una cocina, donde podía escribir.
Por entonces había alrededor de 30.000 cienciólogos en Estados Unidos. La mayoría de ellos eran blancos y de clase media urbana, de entre veinte y treinta años de edad, y muchos, sobre todo en Los Angeles, estaban relacionados con las artes gráficas o escénicas. En otras palabras, eran muy parecidos a Paul Haggis. Este se integró enseguida en una comunidad en una ciudad que por lo demás puede resultar bastante proclive al aislamiento. Por primera vez en su vida experimentó un sentimiento de afinidad y camaradería con personas con las que tenía mucho en común: “todos aquellos ateos que buscaban algo en lo que creer y todos aquellos trotamundos que buscaban un club al que unirse”.
En 1977, Haggis regresó a Canadá y volvió a trabajar para su padre, que pudo ver que su hijo estaba luchando. Ted Haggis le preguntó qué quería hacer con su vida, y él le respondió que quería ser escritor. Su padre le dijo: “Bien, sólo hay dos lugares donde hacerlo: Nueva York y Los Angeles. Elige uno, y te mantendré en nómina durante un año”. Paul escogió Los Angeles porque era el corazón del mundo del cine. Poco después de aquella conversación con su padre, Paul y Diane Gettas se casaron. Dos meses después cargaron su Chevrolet Camaro marrón y se dirigieron a Los Angeles, mudándose a un apartamento con el hermano de Diane, Gregg, y otras tres personas. Paul consiguió trabajo como transportista de muebles. Los fines de semana hacía fotos para anuarios. Por las noches escribía potenciales guiones en una mesa de dibujo de segunda mano. Al año siguiente, Diane dio a luz a su primera hija, Alissa.

Traducción: Francisco José Ramos.


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