CIUDAD MÁGICA Y MITICA: PRAGA

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Fascinante, romántica, divertida, culta y legendaria, es una de las ciudades más atractivas de Europa. A la capital de la República Checa la envuelve el lirismo de su arquitectura, sus calles y su historia. También le sobran las mitologías: aquí nació y escribió Franz Kafka, Mozart compuso su Don Giovanni, y el escultor Auguste Rodin se enamoró de sus puentes y de sus mujeres. Guerras y ocupaciones militares la dejaron intacta, para que hoy sea una fiesta para turistas de todo el mundo.

Texto: Oscar Kosada / Fotos: Gentileza Embajada República Checa

el reloj astronomico -Praga

Cada hora, el reloj astronómico muestra una visión del universo.

Toda la magia de Praga estalla a las seis de la tarde. Cuando cae el sol, la ciudad se enciende y uno percibe con más fuerza su vieja historia, el esplendor que le dio el tiempo y ese romanticismo algo melancólico heredado de la vieja Bohemia. A esa hora del día las legiones de turistas se sosiegan un poco. Y en las estrechas callejuelas medievales no es raro oír las notas de un saxo gangoso que jazzea a lo lejos mezclándose, sin quererlo, con el concierto de remotos violines mozartianos. De pronto -entre esas sombras y luces de la tarde que agoniza- aparece la vieja, mítica, deslumbrante Praga, y surge el verdadero perfil de su gente que va caminando de vuelta a casa o se detiene a tomar una cerveza en los bulliciosos bares de Malá Strana, el barrio más pintoresco de la ciudad dorada. Fundada en el siglo IX a orillas del río Moldava, Praga -capital de la República Checa- es un sitio ideal para celebrar los goces, más que las negruras, de la vida cotidiana. Allí todo es bello, pulcro y armonioso, todo parece hecho a la medida del hombre y de sus sueños. Pero no hay que engañarse, la historia que yace debajo de esas piedras es compleja y dolorosa. Sus encantadoras calles vieron pasar decenas de ejércitos de ocupación y fue escenario de cruentas guerras religiosas. La historia más reciente muestra que la apertura democrática motorizada por Gorbachov en la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín se hicieron sentir rápidamente en Checoslovaquia. La elección del escritor Václav Havel como presidente de la República, el 29 de diciembre de 1989, selló la victoria de lo que se conoce como la “Revolución de Terciopelo”, una completa y pacífica transición del país hacia la democracia y la economía de mercado. Los nuevos dirigentes establecieron buenas relaciones con Estados Unidos y los países limítrofes occidentales y buscaron incorporarse a instituciones como la Unión Europea y la OTAN. Sin embargo, los checos y eslovacos fueron incapaces de ponerse de acuerdo sobre la división de poderes entre los gobiernos federales y el gobierno central de la República. En enero de 1993, la federación checoslovaca se disolvió, y se crearon dos nuevos estados independientes: la República Checa y la República Eslovaca. Un nuevo huracán comenzó a soplar entonces sobre Praga. En poco tiempo barrió lo que quedaba de la época stalinista y floreció hasta alcanzar el brillo que la convirtió en el destino de miles de personas de todo el mundo que llegan hasta ella para disfrutarla como una de las ciudades más gratas, alegres y cultas de Europa.

Barrios y callejuelas

jardin Ledeburska-Praga

Fastuosas escaleras conducen al jardín Ledeburská.

Praga tiene hoy un poco más de un millón de habitantes y una extensión de 500 kilómetros cuadrados. Es la ciudad más importante de la Región de Bohemia. El centro está formado por cinco barrios: de un lado del río Moldava, la Ciudad Vieja (Staré Mesto), el Barrio Judío (Josefov) y la Ciudad Nueva (Nové Mesto); del otro, Malá Strana y el Castillo de Praga al que Franz Kafka le dio fama. Los puntos más interesantes de cada lado se encuentran cruzando el famoso Puente Carlos IV, parte del rico legado de la arquitectura gótica de Praga, que se repite en el Carolinum o en la Catedral de San Vito. Praga es medieval, es husita, es gótica, barroca, renacentista y moderna. El siglo XIX derramó sobre ella lo mejor del art nouveau centroeuropeo llenando las fachadas y los interiores con ese estilo floral y fantástico, cuyo más acabado exponente fue el pintor Alphonse Mucha. Recorrer esos cinco barrios significa transitar por la historia de esta ciudad, en todos los tiempos sensible a las más altas expresiones del espíritu. De manera tal que tampoco está ausente el vanguardismo en sus monumentos, y algunos de sus edificios hasta muestran las influencias del más riguroso cubismo. La tumba que guarda los restos de Kafka y de sus padres, en el Nuevo Cementerio Judío, tiene una lápida sepulcral de estilo cubista diseñada por el arquitecto praguense Leopold Ehrmann. Es un sitio de peregrinación para quienes aman el arte y la literatura. Hay que tener mucho cuidado en Praga y tratar de vencer la tentación de entrar en cada iglesia, en cada palacio, en cada museo. La vida entera se podría ir en esa aventura. El escritor argentino Jorge Luis Borges decía que la mejor manera de visitar una ciudad era dejar de ver algunas cosas, porque así se tendría un buen pretexto para volver. En Praga hay tanto para conocer y disfrutar que realmente lo mejor es regresar a ella, como hacen miles de jóvenes en Europa que pasan allí sus vacaciones. Lo primero cuando se llega es disfrutar de la calle (es un espectáculo) mientras se toma una buena cerveza en alguno de los bares que sacan sus mesas a la vereda. En varias plazas hay antiguos carruajes de alquiler que permiten pasear relajadamente por las zonas más típicas de la ciudad. Otra buena idea es realizar algún viaje iniciático en los confortables tranvías que recorren la ciudad de día y de noche (eso sí: no hay que olvidarse de abonar el ticket porque las multas son dolorosas y los inspectores viajan sin uniforme). Las líneas del metro también son muy agradables, y en una de ellas (la línea C) se realizan exposiciones de arte permanentes. Conviene, en cambio, tener cautela con los taxis, que son caros si uno los toma en la calle. Pero si se los pide en el hotel, el costo se reduce notablemente ya que se acuerda previamente la tarifa.

Sobrevivió a las guerras

El Puente Charles

Artistas y estatuas pueblan el Puente Charles, camino al Castillo de Praga.

Durante el siglo X, Bohemia y Praga, que era su capital, vivieron una época de gran expansión. Pero finalmente el reino bohemio cayó bajo la severa protección del Sacro Imperio Romano Germánico, aunque el emperador Federico II otorgó a Bohemia grandes privilegios imperiales en 1212, lo cual favoreció su desarrollo. En el siglo XIII, artesanos y comerciantes alemanes se instalaron en Praga, tendencia que fue seguida en los siglos XV y XVI por arquitectos y urbanistas italianos. La influencia política y económica alemana aumentó bajo la dinastía de Luxemburgo (que se asentó en Bohemia en 1310). Carlos I, que se convirtió en el emperador Carlos IV en 1355, consiguió hacer de Praga el principal centro de la cultura europea. En 1415, la quema en la hoguera de Jan Hus, el reformador religioso, dio comienzo a un extenso período de guerras religiosas que finalizaron en 1446. Jorge de Podèbrady fue elegido primer rey protestante en Europa por los seguidores de Jan Hus, y la mayor parte de los nobles checos se convirtió al protestantismo. En el siglo XV Bohemia estuvo gobernada por un príncipe polaco, Vladislav II, que también fue rey de Hungría. En 1526, la muerte del heredero de Vladislav II dejó vacantes las coronas de Hungría y Bohemia que fueron ocupadas por Fernando de Habsburgo, un católico. La mayor parte del siglo XVII se caracterizó por el conflicto entre la nobleza protestante de Bohemia y la católica Casa de Habsburgo. En 1618, la revuelta de los nobles de Bohemia originó la Guerra de los Treinta Años. Con la caída y disolución del Imperio Austrohúngaro en 1918, Praga se convirtió en la capital de la nueva República de Checoslovaquia. Invadida por los ejércitos nazis durante la Segunda Guerra Mundial, Checoslovaquia se transformó, en 1939, en el protectorado alemán de Bohemia-Moravia. Las fuerzas especiales de Hitler prácticamente exterminaron a toda la comunidad judía durante esos años de sangrienta ocupación. Las tres hemanas de Kafka, que vivían en Praga, murieron en los campos de concentración alemanes. Pero Praga, en cierto sentido, fue afortunada, ya que la guerra -al contrario de lo sucedido en Varsovia- no le trajo destrucción, sólo la afectó parcialmente y no hubo en ella grandes batallas. En 1945, el ejército soviético ocupó la restaurada Checoslovaquia, y Praga se convirtió en poco tiempo en la capital de una república socialista, aliada de Moscú. En enero de 1968, Alexander Dubcek, un eslovaco designado presidente del país y del Partido Comunista, intentó alejarse del modelo de la Unión Soviética estableciendo la libertad de prensa y aboliendo la censura. Pero este período -conocido como la Primavera de Praga- duró poco, ya que los tanques rusos ocuparon la ciudad y sumieron al país en un doloroso invierno. Hasta la caída del muro de Berlín. Pero esa ya es historia reciente.

Staré Mesto

En la Ciudad Vieja la Plaza del Ayuntamiento

En la Ciudad Vieja, la Plaza del Ayuntamiento, llena de atractivos.

La Ciudad Vieja es sitio de visita obligado. Es el lugar adonde se va una y otra vez, pasando incansablemente por la Plaza del Ayuntamiento, uno de los rincones más atractivos de Praga. Rodeada de restaurantes -la mayoría no son económicos-, conserva parte de la agitada historia de esta ciudad. Entre sus fachadas se destacan, por el lado norte, la Iglesia Barroca de San Nicolás, la del palacio Kinsky (donde Hermann, el padre de Kafka, instaló su negocio de mercería entre 1912 y 1918), y la de la Iglesia de Nuestra Señora de Tyn; por el lado sur, la casa del Carnero de Piedra (antiguamente las casas en lugar de números tenían un símbolo en la fachada que las distinguía, muchos de los cuales se conservan), la del Unicornio Dorado, la Casa Storch y otras. Pero la perla de la plaza es el Ayuntamiento, que luce en el frente el famoso reloj astronómico, cuyo carillón muestra cada hora una completa visión del universo. Es una joya mecánica. El talento de su constructor era tan grande que el rey consideró que ese reloj era una ofensa hacia su persona y ordenó matar al pobre relojero. Desde la Plaza del Ayuntamiento puede irse por la comercial calle Celetná hacia el Obecni Dum (un impactante monumento modernista, de estilo art nouveau) y pasear por algunas de las callejuelas que le dan encanto a la ciudad. Si uno camina para el otro lado de la Plaza, se llega al famoso puente Carlos IV. Hoy, las calles peatonales que lo circundan se han convertido en un trayecto plagado de turistas y de vendedores de marionetas y del merchandising de Praga. La calle Karlova, tortuosa y pintoresca, fue en su momento la arteria principal de la ciudad vieja.

Malá Strana

Obras de Arte Metro Praga

En la línea C del metro, también esperan las obras de arte.

Al finalizar la calle Karlova comienza el puente Carlos IV, que lleva a Malá Strana, del otro lado del río, uno de los barrios más pintorescos de Praga. Con un poco menos de turistas que en la Ciudad Vieja y Nueva, ha sabido conservar su atmósfera bohemia. Casi al final, el puente ofrece una buena visión de Na Kampi, una pequeña isla formada por un brazo del Moldava. Se puede recorrer en pocos minutos. Hay un parque y monumentos muy bellos, con acogedores restaurantes y cafés. Hospedarse en los hoteles de este tranquilo refugio en medio de la agitada ciudad, y al borde del puente más hermoso del mundo, es una de las mejores opciones. Ir a pie desde Malá Strana al famoso Castillo de Praga y sus jardines puede resultar algo duro para piernas poco entrenadas, pero el recorrido no es largo. De todos modos, puede tomarse el tranvía y el funicular. En el trayecto se encuentra la iglesia de San Nicolás: un impresionante edificio de arquitectura barroca, de mármoles y esculturas monumentales.

El Castillo

El monumento de Jan Hus

El monumento de Jan Hus se alza imponente, con la iglesia de San Nicolás de fondo.

Se convirtió en un símbolo de la evolución de más de mil años del Estado Checo. Desde que fue iniciada su construcción, aproximadamente en la última cuarta parte del siglo IX, el Castillo de Praga ha seguido desarrollándose durante unos 1.100 años. Se trata de un complejo monumental de palacios, de edificios religiosos, de oficinas, de fortificación y de viviendas de todos los estilos arquitectónicos. El Castillo se extiende alrededor de tres patios en una superficie de 45 hectáreas. Originalmente, príncipes y reyes vivieron en ese lugar, pero desde 1918 es la sede presidencial. Hoy, dentro del Castillo de Praga se pueden ver la Catedral, el palacio real, la Basílica de San Jorge, el Palacio Lobkowizk y algunas otras zonas cargadas de atractivo, como el Callejón de Oro, festoneado de una serie de pequeñas casas del siglo XVI, destinadas originariamente a viviendas de orfebres y defensores del recinto fortificado. En la casita que lleva el número 22, Franz Kafka (que la alquiló durante algo más de un año) comenzó a escribir su famosa novela “El Castillo”.

Puente de Carlos

El Palacio Lobkowizk

El Palacio Lobkowizk dentro del Castillo de Praga.

Es el más antiguo puente de Praga, cuya construcción fue ordenada por el rey Carlos IV en 1357. Es el lugar más característico y famoso de la ciudad. En ambos extremos hay una torre (una en el lado que da al barrio de Malá Strana y otra en el lado de la Ciudad Vieja). Las 30 estatuas y esculturas de santos fueron situadas sobre los pilares del puente entre los años 1683 y 1928. Su longitud es de 515 me tros, y el ancho, de 10 metros. Aunque ambas torres son muy bellas, sobresale la de la Ciudad Vieja, con una estructura gótica que formó parte de las antiguas defensas de la ciudadela. La otra, más pequeña, románica, es un vestigio del puente que existió antes. Se calcula que dos millones y medio de turistas visitan este puente todos los años. Contemplarlo desde uno de los barcos que recorren el Moldava (algunos con cena incluida) es una experiencia envidiable. Pero Praga no se agota en sus monumentos, en sus ricos museos, en sus sinagogas o en sus iglesias: la calle y la gente son también uno de sus atractivos. El Teatro Negro de Praga, los espectáculos que se suceden a toda hora, la música de jazz, las compras en la elegante calle Parizska y los restaurantes típicos donde comen los checos, que pareciera que no pueden imaginar la vida sin sus eternos “knedlík”. Esta suerte de pasta -que es conocida en alemán como “knedeln” y en inglés como “dumplings”- se come como plato principal, como postre o para acompañar salsas y carnes como el “gulash”. Los cafés y las cervecerías de Praga son inagotables: hay cien clases diferentes de cerveza y en algunos sitios uno puede ver cómo la fabrican artesanalmente. La pastelería checa, en verdad, es un arte, y el vino de Mosela un blanco para encender los sentidos. Divertida, al alcance de todos los bolsillos, sofisticada y bohemia, adusta y pecaminosa, Praga está de moda. Y está bien que así sea, porque es una ciudad que tiene ganas de vivir. Y de gozar de la vida.


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