COCO CHANEL: LA MUJER QUE DISEÑO UNA NUEVA MUJER

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Huérfana y pobre, Gabrielle Chanel pasó su juventud en un convento. Pero ella, que revolucionaría el mundo de la moda y la alta costura, prefería soñar que allí se forjaba la nobleza. Aristocrática, audaz, creativa, mecenas, hizo olvidar las cinturas ceñidas, los corsets cotidianos y las enormes faldas que todo lo cubrían. Montó un imperio y amó sin límites. Nobles, artistas, empresarios y militares compartieron su pasión. Pero la mujer, que un espectáculo de canto rebautizó como Coco Chanel, murió sola en una habitación del legendario Hotel Ritz de París.

Texto: Vicente Battista Fotos: AFP y AP

Coco Chanel mira a su modelo.

Luego de un lapso de 15 años, Gabrielle Coco Chanel regresaba a la moda. En el estudio sobre su salón de París, en 1954.

A comienzos de 1895 la pequeña Gabrielle Chanel tenía sólo 12 años. Sus hermanos varones habían quedado al cuidado de sus abuelos. Pero tanto a ella como a sus hermanas Julie y Antoinette les habían elegido otro destino. Por eso ahora van en un coche tirado por caballos rumbo a la abadía de Aubazine. Sus hermanos, lo sabría más tarde, se iban a convertir en infortunados peones de campo…¿qué otra cosa podían pretender los hambrientos miembros de la familia Chanel? La desventurada mamá, Jeanne, había muerto pocas semanas antes; había echado seis hijos al mundo y murió antes de cumplir los 33 años. La mató la indigencia, es cierto, pero como causa de muerte también se podrían agregar las continuas infidelidades de su esposo. Albert Chanel solía desaparecer por semanas; iba de pueblo en pueblo vendiendo baratijas. No bien se enteró de la muerte de Jeanne, sepultó a la que había sido su esposa y se ocupó de distribuir a sus hijos. Con los varones no había problemas: buenos brazos para trabajar la tierra. Las mujeres estaban condenadas al convento. Hacia allí van ahora Gabrielle y sus hermanas. Años después, ya Coco Chanel, recordaría que no bien el padre le comunicó esa decisión, “me eché sobre su pecho y le supliqué: Llévame contigo, no me dejes aquí. ‘Mi pobre Gabrielle, vendré a buscarte y todo mejorará. Te sacaré de aquí y volveremos a tener una casa’. Eran patrañas para consolarme. Jamás volvimos a verlo”. Pero eso lo sabría después; en este momento comienzan a divisar la abadía sobre una cima rodeada de inmensos bosques. En ese sitio, Gabrielle y sus hermanas iban a pasar los siguientes siete años de su vida. No bien el coche entró en el patio del convento, Gabrielle pensó que así educaban a los jóvenes nobles: desde su niñez los confiaban a un monasterio. Entonces se sintió una joven noble; característica, la de sentirse noble, que la iba a acompañar hasta el fin de su vida. En la abadía de Aubazine no la iban a tratar como a un miembro de la nobleza, pero esos duros años en el convento también le servirían para su futuro. En el interior del vasto edificio imperaba sobre todo el silencio, a veces roto por el murmullo de las niñas allí internadas: las huérfanas; término que la pequeña Gabrielle no podía aceptar. Esa herida jamás cicatrizaría. Son de aquellos años los rezos del rosario, los cánticos y las oraciones. También había largos ejercicios de piedad, cursos de economía doméstica, cortos paseos y duros castigos si alguna de las internadas, de las huérfanas, se atrevía a quebrar las normas. Acerca de la ropa no había conflictos: pollera negra, camisa blanca y medias negras. Esa vestimenta austera se iba a convertir en uno de los sellos característicos de Coco Chanel. Pero para eso aún faltaban algunos años. En Varennes-sur-Alier, muy cerca de Moulins, vivía la tía Louise. Las chicas la visitaban. Gabrielle pasaba horas en el desván, rodeada de los figurines de moda que allí se guardaban; comenzaba a descubrir su verdadera vocación.

Compartía noches de bohemia junto a Picasso, Juan Gris y Braque. Coco Chanel crecía a pasos agigantados. En 1915 la revista Harper’s Bazaar, de New York, señalaba: “La mujer que no posee por lo menos una prenda Chanel está decididamente fuera de moda”.

COCO CHANEL ENFERMALos chicos crecen y Gabrielle y sus hermanas no eran una excepción a la regla. Las monjas de la abadía sabían que ellas no tenían vocación religiosa; ahora que llegaban a la mayoría de edad seguramente dejarían el convento para buscar su destino en el mundo laico. Las hermanas Chanel vivieron unos días en la casa de la tía Louise y luego, con la ayuda de las monjas, consiguieron ingresar en el internado de Notre Dame, en Moulins. Los padres de las niñas ricas cubrían los gastos de sus hijas; las niñas pobres tenían que realizar tareas domésticas para cubrir esos gastos. Gabrielle estaba en el sector de las niñas pobres, pero desde allí comenzó a copiar los gestos de las niñas ricas. Por fin llegó el día de salir a la calle, de ganar el mundo. Por entonces Moulins no era sólo el pensionado de Notre Dame. Más de una escuadra militar tenía allí su asiento. Por sus calles deambulaban los soldados del 10º de Cazadores Montados. Se acantonaban en el barrio Villars, muy cerca del Grand Café, La Rotonde y el Bodard. Allí había espectáculos de canto y baile. Gabrielle comenzó a asistir, y un día decidió que ella bien podría cantar en La Rotonde. Su silueta, y en especial su delicado cuello, despertaban interés en los hombres. Logró convencer al director de La Rotonde y si bien no se destacó como cantante, allí obtuvo el nombre que la acompañaría hasta el final de sus días. Cada vez que Gabrielle aparecía en escena, antes de comenzar su canción imitaba el canto de un gallo: “Ko ko ri ko”. A eso se unía un estribillo famoso en aquella época: “¿Quién ha visto a Coco en el Trocadero?”. Cada vez que los hombres pedían un bis, sólo decían: “¡Coco, Coco!”. Gabrielle abandonó el canto, pero desde aquella noche se transformó en Coco Chanel.

Durante la Segunda Guerra Mundial, en la Francia ocupada, Coco Chanel vive un fogoso romance con el barón Hans Gunther von Dincklage, oficial nazi establecido en París. Al final de la guerra, las tropas aliadas la arrestan por colaboracionista. Winston Churchill tuvo que socorrerla.

Coco Chanel junto a Fulco di Verdura.

Junto a Fulco di Verdura, durante un Baile de Valses, organizado por aristócratas franceses en 1934.

A los 22 años había decidido que revolucionaría el mundo de la alta costura. La revista L’Illustre describía así la tendencia en aquella época: “Este año la silueta óptima de la mujer también debe mostrarnos un talle muy acentuado y el busto bien prominente. Aunque las damas elegantes se quejen a veces de las incomodidades del corset, harán bien en mirarse al espejo y se consolarán al ver sus hermosas siluetas”. Coco Chanel se disponía desterrar esa tortura: ropas libres para mujeres libres. Por entonces había conocido a Etienne Balsan, un rico heredero del imperio textil. Tenía apenas dos años más que ella, un bigote destacado y algunos kilos de más. Era huérfano, igual que ella, y se dispuso a ayudarla en la nueva empresa. Balsan la vinculó con la alta sociedad; sus principales clientas solían ser ex amantes de quien ahora era su protector. No le hacía vivir como una mantenida. A los 25 años le pidió que la ayudara a montar una tienda de sombreros. El estuvo de acuerdo, pero antes quiso que lo acompañara a una cacería de zorros en los Pirineos. Allí Coco Chanel conocería al gran amor de su vida. El inglés Arthur Capel, conocido por Boy, tenía 30 años y poseía una de las mayores fortunas del Reino Unido. Fue amor a primera vista. Una semana después de conocerlo no vaciló en acompañarlo a donde él fuera. Se despidió de Etienne Balsan con una simple nota: “Me voy con Boy Capel. Perdóname, pero lo amo”. Y era cierto. Coco comprendió que había encontrado al hombre de su vida. En 1910 era la pareja por excelencia. Coco comenzó a montar su gran industria, en tanto que Boy Capel continuó con su flota de barcos carboneros. Esto no les impedía vincularse con los artistas de la época: compartían noches de bohemia junto a Picasso, Juan Gris y Braque. Coco Chanel crecía a pasos agigantados. En 1915 la revista Harper’s Bazaar, de New York, señalaba: “La mujer que no posee por lo menos una prenda Chanel está fuera de moda”. Ocho años después de haber comenzado el romance, Boy Capel le comunicó a Coco que se casaría con Diana Wyndham, la hija menor del barón Ribblesdale. Ambos sabían que esas eran las leyes del juego. Boy se casó con lady Diana, pero continuó siendo el amante de Coco Chanel; no por mucho tiempo. El 24 de diciembre de 1919, después de una noche de amor con Coco, Boy se dirigió a Cannes en su coche. Lo estrelló a la altura de St. Raphael. Coco Chanel jamás pudo elaborar esa muerte.

“YO LES DEVOLVI SU LIBERTAD”

Coco Chanel y amigos.

Junto a sus amigos, en París, 1970, durante un almuerzo tras la presentación de la colección otoño-invierno de la marca.

Coco Chanel fumandoDesde que diseñó su primer vestido sabía claramente qué se proponía. Por eso cuando le preguntaban en base a qué conceptos había propuesto su casa de alta costura, no vacilaba en responder: “En mi juventud, las mujeres no parecían humanas. Sus ropas eran contra natura. Yo les devolví su libertad. Les di brazos y piernas de verdad, movimientos que eran auténticos y la posibilidad de reír y comer sin tener necesariamente que desmayarse”. A las mujeres, fuesen clientas o no, siempre les daba el mismo consejo: “Sé una oruga de día y una mariposa de noche. No hay nada más cómodo que una oruga, ni nada está mejor hecho para el amor que una mariposa. La mariposa no va al mercado, y la oruga no va de fiesta”. Hace unas semanas, en el Museo Metropolitano de New York se inauguró una muestra que recorre los temas y diseños de Coco Chanel. Los modelos expuestos demuestran de qué modo la célebre diseñadora desarrolló un corte moderno y una tipología de vestuario particular que incluye sus famosos vestidos sueltos y los trajes de dos y tres piezas. En todos los casos, se trata de diseños que marcarían un hito en la moda. El secreto era que sabían ser prácticos, simples y, además, mantenerse en el tiempo. Ahí está, por ejemplo, su vestido negro de corte sencillo, clásico y elegante, con falda a la rodilla –largo Chanel repetirían ellas– que sirve tanto para el día como para la noche, para un cóctel o una cena de gala. Definidos por su falta de pretensión y simple silueta, los diseños reduccionistas de Chanel siempre hicieron valer el carácter y el estilo de vida de la mujer moderna. Otra de sus innovaciones fue el uso de materiales comunes, como el punto, que hasta entonces se había asociado a la ropa interior masculina, y los contrastes entre blanco y negro en los puños de las mangas y el cuello. El uso de telas prácticas y las referencias a la ropa deportiva, de hombres o de militares, fueron la repuesta de Coco a las restricciones que imponía la moda femenina de entonces. Hace más de ochenta años supo percibir lo que es la moda actual. Jamás se definió como una feminista, pero sus vestidos ya forman parte de la liberación de la mujer. Su estilo tiene una frescura aún hoy deseable, un minimalismo que todavía es sinónimo de buen gusto. Aquello que siempre está de moda. “Estoy en contra de la moda que no perdura –solía decir–. No acepto que se arrinconen los vestidos por el simple hecho de que ha llegado la primavera. A mí me gustan los vestidos porque, como los libros, puedo sentirlos, tocarlos. A las mujeres les gusta cambiar, pero en eso se equivocan. Yo aspiro a la felicidad, y la felicidad consiste en no cambiar”.

Coco Chanel recibe el premio Neiman-Marcus de manos de Stanley Marcus.

En 1958 recibió el premio Neiman-Marcus de manos de Stanley Marcus, presidente de la compañía Neiman-Marcus Co.

Había cumplido 36 años y su nombre comenzaba a ser sinónimo de alta costura. Nuevamente se refugia en los artistas; Jean Cocteau, Pablo Picasso y el poeta Pierre Reverdy son sus compañeros en esos días. Con Picasso vivió un corto romance; con Reverdy un romance atormentado; digno de un poeta. En tanto, sus empresas continuaban creciendo vertiginosamente; además de ropa y sombreros, ahora se diseñaban joyas de alta fantasía. Como una mecenas ayudaba a los artistas en desgracia: le dio albergue a Igor Stravinski y por un tiempo fue su amante. Por medio de Stravinski conoció al gran duque Dimitri Pavlovich. Había formado parte de la gendarmería del Zar y fue uno de los tres asesinos de Rasputín. Coco Chanel era once años mayor; sin embargo, él cayó rendido en sus brazos. La relación duró apenas un año, pero en ese tiempo Pavlovich le presentaría a la persona que haría crecer su imperio: el químico Ernest Beaux, perfumista del zar Nicolás II. Coco Chanel le pidió algo que podría parecer imposible: “Un perfume de mujer, fragante, que evoque lo femenino”. El 5 de mayo, Beaux le presentó la fragancia. Ella la aprobó de inmediato. “El día cinco del mes cinco –dijo–. Cinco será su nombre: Chanel N° 5”. Así nacía el perfume más famoso de la historia. Marilyn Monroe dijo que era lo único que se ponía para dormir, y desde entonces fue requerido por todas las mujeres de los cinco continentes. Había llegado a la cima del éxito. Poseía un castillo, varias maison y tiendas en París y Biarritz. Entre sus coches destacaba un Rolls Royce exclusivo. Samuel Goldwin le pagó un millón de dólares para que diseñara el vestuario de varias de las películas que él produciría. Tenía todo en sus manos, menos el amor. Pero éste llegaría, nuevamente, de la mano de un inglés: Hugh Richard Arthur Grosvenor, duque de Westminster. Sólo le llevaba cinco años a Coco: él 50; ella 45. Luego de una relación apasionada y apasionante, todo indicaba que se casarían. No pudo ser: se supo que la gran dama de la moda era estéril, ese detalle anulaba cualquier unión matrimonial.

Tenía todo, menos el amor. Le llegaría de manos de un inglés, el duque de Westminster. Solo le llevaba cinco años; el 50, ella 45. Todo indicaba que se casarían. No pudo ser: se supo que la gran dama de la moda era estéril.

Coco Chanel alta en su mansion.

Reconocida como una de las más importantes representantes de la alta costura, Coco Chanel hace un alto en su ajetreada jornada, descansando sobre las escaleras de su maison parisina.

Una nueva frustración que se unía a otra aún más terrible: durante la Segunda Guerra Mundial, en la Francia ocupada, Coco Chanel vive un fogoso romance con el barón Hans Gunther von Dincklage, oficial nazi establecido en París. Al final de la guerra, las tropas aliadas la arrestan por colaboracionista. Winston Churchill acude en su ayuda, logra su libertad pero debe exiliarse en Suiza. Aquéllos no fueron precisamente días de vino y rosas. Para lograr dormir debía aplicarse una inyección de morfina. En el mundo de la moda destacaban dos nuevos nombres: Christian Dior y Cristóbal Balenciaga. Regresó a París con algo más de 80 años, pero con la misma fuerza que tenía cuando salió de la abadía de Aubazine. Logró que la marca Chanel volviera al notable prestigio de los primeros tiempos. Pero ahora tenía 87 años y estaba más sola que nunca. Sin amor, sin familia, sin hijos. Habitaba una de las suites del Hotel Ritz, y allí pasaba sus horas. El 10 de enero de 1971 llamó a Celine, su asistente. La mujer la encontró con el rostro cubierto de lágrimas. Era la primera vez que la veía de ese modo, como quebrada. Sin dejar de llorar, Coco Chanel alcanzó a decirle: “Mira, así se muere”, y cerró sus ojos para siempre.

El 5 de mayo, el químico Ernest Beaux, perfumista del zar Nicolás II, le presentó la fragancia. Ella la aprobó de inmediato. “El día cinco del mes cinco –dijo–. Cinco será su nombre: Chanel N° 5”. Así nacía el perfume más famoso de la historia.


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