COLOMBIA: DALE UNA OPORTUNIDAD A LA PAZ

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 El presidente Juan Manual Santos resultó reelecto en segunda vuelta, venciendo por escaso margen a Oscar Iván Zuluaga, delfín político del ex mandatario Alvaro Uribe. Los comicios fueron considerados un referéndum acerca del futuro de las negociaciones de paz con los rebeldes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Después su victoria, Santos prometió continuar el diálogo.

 Texto: Constanza Vieira / Fotos: Esteban Sullivan / Mariano Gómez

El pasado 15 de junio, los colombianos decidieron, tras 50 años de guerra contrainsurgente, comenzar una negociación política para ponerle fin de una buena vez. No se trató de un referéndum, sino de la elección de su presidente por los próximos cuatro años. En la segunda vuelta, el actual mandatario, el centroderechista Juan Manuel Santos, derrotó al candidato del Centro Democrático (CD), el partido de extrema derecha del ex presidente y senador electo Alvaro Uribe, Oscar Iván Zuluaga. Se impuso con el 50,95% de los sufragios.

Ambos candidatos fueron ministros de Uribe, Zuluaga en Hacienda y Santos de Defensa. Y comparten un modelo neoliberal, según el cual el progreso de los empresarios es la palanca para el desarrollo del país. Por lo tanto, se aplican impuestos reducidos a los ricos y, para los más pobres, subsidios financiados con las rentas que deja, o dejará en los próximos 20 años, la megaextracción de petróleo, carbón y oro por parte de empresas transnacionales. Ninguno de los dos ha pensado en la industrialización del país con el capital que generen estos recursos no renovables. Y ambos están con los tratados y asociaciones de libre comercio, que amenazan la producción de muchas industrias nacionales y del sector agropecuario y el campesinado.

La campaña de Santos giró alrededor del diálogo de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y su triunfo marca el destino de este proceso. “Hoy ha triunfado la unidad. Millones de compatriotas votaron por la ilusión de cambiar el miedo por la esperanza”, dijo Santos en su búnker de campaña. “Estas han sido unas elecciones distintas. Lo que estaba en juego no era el nombre de un candidato, sino el rumbo del país. Los colombianos, incluso muchos que no simpatizaban con mi gobierno, se movilizaron por una causa, la causa de la paz”, destacó el mandatario.

Y prosiguió: “Se movilizaron porque saben que la Historia tiene sus momentos, y éste es el momento de la paz; el momento de terminar este conflicto, de responderles a todas las víctimas, de reconstruir las regiones azotadas por décadas de violencia. Es el momento de unirnos todos alrededor de un propósito común: la búsqueda de la paz. Ese fue el deseo y el mandato que expresaron hoy los colombianos. Un mandato que recibo con profundo agradecimiento y total humildad”.

Ante miles de simpatizantes que cantaban “Paz, paz, Colombia quiere paz”, Santos evocó el diálogo que mantiene con las FARC y que iniciará con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), y envió un fuerte mensaje a ambas guerrillas: “Este es el fin y hay que llegar a él con seriedad y decisión. Este es el fin de más de 50 años de violencia en nuestro país y es el comienzo de una nueva Colombia con más libertad y justicia social, de una Colombia en paz consigo misma”.

El triunfo de Santos marca el destino del proceso de paz con las FARC.

Zuluaga, luego de reconocer la derrota, se dirigió al presidente reelecto: “Quiero felicitar a Santos por su triunfo. La democracia consiste en eso. Hemos dado una batalla llena de ideas, de propuestas y de ilusión por Colombia. Tuvimos la fuerza, el cariño y la convicción de cada uno de ustedes”. Más de 32 millones de colombianos estaban convocados de forma voluntaria para el ballottage. La participación fue mucho más alta que en la primera vuelta.Mientras que el 25 de mayo votó el 40% del electorado, el domingo 15 de junio acudió el 47,89%. En la primera vuelta, Zuluaga había vencido con el 29,3% a Santos, que logró el 25,7%.

Además de la abstención, del total de 14,3 millones de personas que sí sufragaron, más de 2,3 millones emitieron votos inválidos, y 885.375 electores, más del 6%, lo hicieron en blanco tras una campaña por las redes sociales promoviendo esa opción, según los datos de la Registraduría Nacional del Estado Civil. Ningún partido obtuvo más de 20% de la votación, lo que indica que se mantiene y se profundiza la división de las elites frente a una salida negociada o militar de la guerra, la verdadera razón para que los diálogos de paz hayan podido avanzar.

¿El fin de la guerrilla?

Mientras Zuluaga es visto por sus opositores como un títere del ex presidente, Santos, tan pronto llegó al poder en 2010 con votos del propio uribismo, contrarió varias políticas de su antiguo jefe y ejerció como veedor sobre ciertas actuaciones de su gobierno, lo que lanzó a Uribe a una oposición feroz. La acción más irritante e imperdonable fue la reconciliación de Santos con su vecino, aborrecido por Uribe, el venezolano Hugo Chávez, en el poder desde 1999 hasta su muerte, en 2013. Con su ayuda emprendió una negociación para la finalización de la guerra con las FARC. Tras dos años de diálogos exploratorios, las negociaciones avanzan en La Habana, escoltadas por la comunidad internacional y en medio de la guerra, pues Santos no acepta establecer un cese del fuego.

Cinco días antes de las elecciones, Santos y una guerrilla menos numerosa que las FARC, pero más radical, el ELN, también surgida en 1964, anunciaron que venían llevando a cabo desde enero una serie de acercamientos que los podría llevar a una mesa de acuerdos. La negociación ya logró preacuerdos en dos de los seis puntos de la agenda: desarrollo agrario integral y participación política. También se notificaron avances en lo tendiente a la búsqueda de soluciones a un problema no menor: las drogas ilícitas. Restan por abordar otros puntos: el fin del conflicto, víctimas y verdad y la propia implementación de los acuerdos.

Todo esto se mantuvo en secreto y sólo se dio a conocer cuando culminó. Por eso, Santos fue acusado de utilizar electoralmente las negociaciones de paz. Lo cierto es que en gran medida las noticias desde La Habana fueron el as bajo la manga con el que contó el presidente reelecto para mover la esperanza de paz de los votantes y, de paso, obtener sufragios en los comicios.

 Un parlamento paramilitar

En julio de 2004, el jefe paramilitar Salvatore Mancuso, en proceso de desmovilización, reconoció ante el parlamento colombiano que esa fuerza de extrema derecha controlaba el 35% de los escaños. Diez años después de ese sinceramiento, la proporción se asemeja: el nuevo Congreso legislativo será paramilitar casi en una tercera parte. Así se desprende del seguimiento de la no gubernamental Fundación Paz y Reconciliación. Se trata de 33 figuras vinculadas o presuntamente relacionadas con este actor de la guerra colombiana, que resultaron elegidas para integrar el Senado, un 32,4% de sus 102 asientos. En la Cámara de Representantes, fueron votados 37 de ellos, el 22,3% de sus 166 puestos, según la organización. Estos ya son los herederos de los políticos relacionados con el paramilitarismo (parapolíticos, en el lenguaje local, de los que hay decenas condenados) o bien tienen supuestos lazos directos con organizaciones criminales que sucedieron a su desmovilización, promovida por el entonces presidente Alvaro Uribe. El portal especializado VerdadAbierta.com indicó que llegaron al Senado 15 políticos investigados por presuntos pactos con paramilitares, mientras que 11 lograron un escaño en la Cámara de Representantes. Fue así como los colombianos escogieron el Congreso legislativo potencialmente más importante en medio siglo. Este parlamento deberá definir el destino de los acuerdos de paz que eventualmente se logren en la negociación que adelanta el gobierno de Juan Manuel Santos con las guerrillas en La Habana.

Los modos

SIETE GUERRILLEROS DE LAS FARC SE DESMOVILIZAN EN CALI

Santos tendrá que gobernar bajo las demandas de los amigos, los reclamos de la oposición y las expectativas de la opinión.

En Colombia, la guerra siempre se decide en las urnas. Todos los candidatos presidenciales ofrecieron ponerle fin y sólo difirieron en la forma: mediante una solución negociada o prometiendo la hasta ahora esquiva derrota militar de las guerrillas. Mientras Uribe optó durante su mandato por la segunda vía, Santos las combina. Por su parte, Zuluaga, igual que Uribe, considera que en Colombia no hay conflicto armado sino una “amenaza terrorista”, y acusa a Santos de dedicarse a “negociar con el terrorismo” en lugar de trabajar para mejorar las condiciones sociales. En cambio, para el presidente Santos, los recursos que requiere la guerra servirían para catapultar a Colombia a las grandes ligas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), y quiere llevar al país a los estándares de esa organización internacional.

En la campaña, Zuluaga sostuvo que suspendería la negociación con las guerrillas como primera medida de gobierno, aunque luego morigeró su amenaza. Ahora bien, el riesgo de que Zuluaga pudiese hacer naufragar un proceso calificado como serio por los observadores internacionales ha llevado a lo impensable: que dos tercios de la izquierda haya votado por Santos, exponente de la oligarquía tradicional, aunque no esté de acuerdo con él sino sólo en su política de paz. El otro tercio de izquierdistas no encontró diferencias entre Santos y Zuluaga, y duda seriamente de que Santos cumpla los acuerdos que firme con las guerrillas.

Por esta razón cobra más sentido la adhesión de numerosos artistas, intelectuales, organizaciones de víctimas, centrales sindicales, indígenas, feministas, periodistas y líderes políticos a la reelección de Santos. A contrapelo de quienes no ven diferencias entre Santos y Zuluaga y su mentor, la elite económica colombiana está dividida. Y es precisamente por ese motivo que Santos pudo sacar adelante hasta ahora su política de paz. Uribe proviene de un sector económico emergente que ha acumulado capital gracias a la guerra, y está cebado en ella. Integra un clan familiar salpicado de escándalos, señalamientos y procesos judiciales por sus vínculos con los escuadrones de la muerte de extrema derecha, que se agruparon como Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) para combatir a las guerrillas, pero que después despojaron a millones de campesinos para quedarse con sus tierras y establecer negocios en ellas. De ahí que quizá fuera Uribe el único capaz de llevar a las AUC a la desmovilización, lo que logró en un 80%.

Santos representa un sector más moderno de esa elite económica. Ese sector, por ejemplo, no necesita que la droga sea ilegal, condición para que el narcotráfico genere los ingentes recursos que financiaron a las AUC. De modo que hace cuentas, y concluye que el conflicto armado es un obstáculo para el crecimiento económico. Desde hace al menos 15 años, avizora mejores negocios en un “buen clima” distinto a la guerra.


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