CUANDO KAFKA HACIA FUROR

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Quien habla es Anatole Broyard, joven recién emancipado, aspirante a escritor, amante del jazz, al que vemos instalarse en el pequeño barrio de Greenwich Village luego de terminada la Segunda Guerra Mundial. Estas amenas memorias de estilo epigramático, escritas con perspicacia, elegancia y un humor ácido, nos trasladan a una época en la que era tan popular que “la gente estaba dispuesta a pagar por sus libros lo que fuese”, y en la que “de no haber sido por los libros, habríamos quedado completamente a merced del sexo”. En el frondoso Cuando Kafka hacía furor, Broyard rinde así homenaje a una bohemia olvidada a través de las vivencias de un joven ávido por encontrar no sólo su voz, sino también su propio espacio en un paisaje y un tiempo irrepetibles. Compartimos las primeras páginas.

Texto: Anatole Broyard / Fotos: Gentileza Editorial La Uña Rota

Creo que hay mucha nostalgia de cómo era la vida en Nueva York, y sobre todo en Greenwich Village, en el período que siguió inmediatamente a la Segunda Guerra Mundial. Todos nos sentíamos agradecidos de estar allí, como si fuera la recompensa por haber combatido en la guerra. Se percibía una sensación de volver a la vida, una energía y una curiosidad increíbles, incluso un sentimiento de destino derivado de la guerra que acababa de terminar. Una dulzura inmensa y seductora envolvía el Village, como el resto de la ciudad de Nueva York. El ambiente era como el de París en los años veinte, con la diferencia de que estábamos en nuestra ciudad. No nos sentíamos extraños, sino todo lo contrario. El Village era un barrio lleno de encanto, humilde, íntimo, accesible, casi un mercadillo. Vivíamos en los bares y en los bancos de Washington Square y compartíamos la aventura de intentar ser escritores o pintores, de empezar a serlo.

Si París era una fiesta en los años 20, el Village neoyorquino lo fue en los 40. Lo cuenta Anatole Broyard en estas memorias.

Si París era una fiesta en los años 20, el Village neoyorquino lo fue en los 40. Lo cuenta Anatole Broyard en estas memorias.

La vida en Estados Unidos estaba cambiando, y nos subimos a la ola del cambio. Los cambios eran sociales, sexuales, apasionantes, más todavía por lo jóvenes que éramos, como si compartiéramos la juventud con el propio país. Aun cuando contribuíamos a definirlos, estos cambios nos llenaban de inquietud. Las dos grandes transformaciones que más me interesaron fueron los movimientos hacia la libertad sexual y hacia la abstracción en el arte y la literatura, incluso en la propia vida. Ambos me concernían no como parte de la historia social sino como asuntos inmediatos de mi vida cotidiana. Ambos me suscitaban sentimientos ambivalentes, y la narración que sigue extrae en parte su energía de la batalla que libré con ellos.

Un inocente como yo, un provinciano del barrio francés de Nueva Orleans emigrado a Brooklyn, me fui a vivir con Sheri Donatti, una chica que era como Anaïs Nin, su protectora, en versión radical. Sheri encarnaba todas las nuevas tendencias del arte, el sexo y la psicosis. Iba a ser mi educación sentimental. Abrí una librería y me matriculé en la New School al amparo de la GI Bill, una ley para promocionar la formación técnica y universitaria de los veteranos de guerra. Empecé a pensar en ser escritor. Reflexioné sobre las relaciones entre hombres y mujeres, tal como estaban en 1947, cuando seguían atrapadas en lo que Aldous Huxley denominaba una simbiosis hostil. El telón de fondo, como el paisaje, como el clima, eran nuestras lecturas y conversaciones.

En primer plano se situaban nuestros escarceos amorosos, nuestras amistades y nuestra inmersión, como nadadores o buceadores, en la vida y el arte del país. Este libro es un relato íntimo y personal de la existencia de un joven emocionado y perplejo ante la vida en Nueva York en una de las épocas más fascinantes de su historia.

La tragedia –y la comedia– de mi pasado es que me tomaba la vida muy a pecho, con esa agotadora y ardiente sinceridad que los jóvenes suelen poner en sus relaciones amorosas. Mientras que otros miembros de mi generación alardeaban de su compromiso político, creo yo que esa politización de la experiencia los abstraía de lo cotidiano, de la textura de las cosas. Su visión de la vida en Estados Unidos era exclusivamente platónica. Por emplear una de sus palabras favoritas: estaban alienados. Yo no. En realidad, uno de mis problemas era que estaba alienado de la alienación, que era un integrado entre inadaptados. Los jóvenes intelectuales con quienes me relacionaba se habían analizado y criticado, por así decir, hasta eliminar todo sentimiento de nacionalidad.

La abundante actividad sexual que hay en este libro no es promiscuidad: son relaciones conscientes y nacidas de sentimientos. En lo que al amor y al arte se refiere, siempre he sentido eso que Irving Howe llamó “remordimientos por la civilización”. Creo que en ciertos aspectos soy un disidente de la vida moderna. Comparto la nostalgia que desempeña un papel tan destacado, por ejemplo, en las modas y en las películas de hoy.

Esto no son únicamente unas memorias, una crónica: es como una tarjeta de enamorado dirigida a esa época y a ese lugar. Y es también una súplica, un grito, un llamamiento a la supervivencia de la vida en la ciudad. Hay en el libro una sociología oculta, tal como un cuerpo se oculta debajo de la ropa.

Anatole Broyard

Southport, Connecticut

Abril de 1989

Primera parte

Sheri

Mi vida, o mi carrera, en Greenwich Village comenzaron cuando Sheri Donatti me invitó a vivir con ella. Invitar no es la palabra exacta, pero no sé describirlo de otro modo. Yo acababa de abandonar el ejército y estaba buscando un alojamiento al alcance de mis posibilidades cuando conocí a Sheri en una fiesta. Sheri me dijo que tenía dos apartamentos y, si entendí bien su manera de hablar, me insinuó que podía ir a ver uno de los dos.

Sheri Donatti tenía ese tipo de personalidad que empezaba a estar en boga en Greenwich Village allá por 1946. Era aquella una época en la que Kafka hacía furor, y lo mismo ocurría con el expresionismo abstracto o con el revisionismo en el terreno del psicoanálisis. Sheri era la vanguardia de sí misma. Se había borrado y vuelto a dibujar, había redefinido su forma de andar, de hablar y de moverse, incluso su manera de pensar y de sentir.

Era pintora y parecía más una obra de arte que una mujer guapa. Tenía la frente alta, como una cúpula; el pelo largo, sedoso y castaño de las modelos en los retratos; los ojos azul claro y ligeramente opacos. La nariz era aguileña; la boca fina y desconsolada; la barbilla menuda y en punta. En conjunto, tenía la clásica belleza triste y lánguida que en el Village se definía como del quattrocento.

Era delgada a la vez que voluptuosa. Tenía una cintura tan estrecha que le partía el tronco por la mitad, como una personalidad escindida o dos escuelas de pensamiento. Aunque de piernas y caderas fuertes y torneadas, de cintura para arriba era exageradamente flaca. Desnuda daba la impresión de que la mitad superior del cuerpo intentaba trepar desde abajo, como si se estuviera quitando por los pies una prenda muy pesada. Sus gestos y movimientos eran una danza lenta, una parodia de las poses clásicas: muy deliberados, ejecutados a una velocidad media, como si a todas horas tuviera que acordarse, recordarse a sí misma, cómo se comportan los seres humanos.

Pero a pesar de todo, de toda esta afectación, Sheri tenía algo que llamaba la atención. Era como un anticipo de lo que estaba por venir, un invento aún sin perfeccionar, pero que acabaría siendo importante; un presagio, un heraldo, como los objetos hechos añicos del cubismo o la música atonal. Cuando llegué a conocerla mejor, pensé que Sheri era una nueva enfermedad.

El número 23 de la calle Jones era un bloque destartalado, con unas escaleras de hierro que retumbaban con un ruido sordo y baños con candado en cada rellano. No había timbre en el portal, y la puerta no estaba cerrada, así que subí al segundo piso, tal como Sheri Donatti me había indicado. Cuando abrió la puerta me fijé en que llevaba las piernas desnudas y el vestido oscuro se ceñía deliciosamente a sus muslos.

El apartamento tenía tres habitaciones pequeñas, con la cocina en el centro. Me hizo pasar a su estudio, como ella lo llamaba, donde había cuadros en las paredes y un lienzo sin terminar sobre un caballete. Nos sentamos y comenzamos a fabricar o ensamblar una conversación. Como ocurría con todo lo demás, costaba un poco acostumbrarse a la forma de hablar de Sheri. Daba el mismo acento a todas las sílabas y susurraba o salmodiaba las vocales. Sus frases no tenían una entonación ascendente y descendente, y parecían como desmembradas, parceladas, aunque al mismo tiempo sonaban como un oráculo. Me recordaban a la literatura experimental, a “la revolución de la palabra” de esas modestas revistas de los años treinta. Hablaba como un pájaro que va picoteando del suelo y arquea después el cuello para tragar.

Optaba por las metáforas y las generalizaciones temerarias, como las que incluyen en sus diarios los escritores franceses. Todo cuanto decía sonaba verdadero y falso a la vez. Y, sin embargo, yo detectaba la fuerza de su inteligencia y admiraba algunas de sus imágenes. Se me ocurrió que aquella conversación podía ser una entrevista, una prueba para verificar mi idoneidad como inquilino o vecino, así que empecé a inflar mis observaciones. Me había vestido con el uniforme de faena del ejército, y Sheri me preguntó dónde había estado en la guerra. Me preguntó si había matado a alguien.

Le dije que no. Que ojalá. Que en ese caso tendría la sensación de haber llegado más lejos en la vida. Cuando casi empezaba a creer que Sheri se había olvidado de la razón de mi visita, se levantó y se ofreció a enseñarme el otro apartamento, que estaba justo enfrente. Yo llevaba tiempo esperando aquel momento, imaginándome en mi propia casa, en el Village, pero me bastó con echar un vistazo al otro apartamento para comprender la simpleza de mis aspiraciones.

Tras su muerte en 1990, fue objeto de discusiones al revelarse que ocultó sus ancestros negros sólo para ser aceptado como escritor.

Tras su muerte en 1990, fue objeto de discusiones al revelarse que ocultó sus ancestros negros sólo para ser aceptado como escritor.

Lo cierto es que para entonces comenzaba a darme cuenta de que nada en Sheri Donatti era sencillo, que detrás de cada gesto se escondía otro. Detrás de la puerta del otro apartamento, por ejemplo, había una rotativa gigantesca, que acechaba en la pequeña cocina como un animal grande y negro, como un oso o un búfalo. Era una máquina enorme y muy pesada, y por cómo la presentó Sheri me di cuenta de que era suya. Sheri Donatti era muchas más cosas de lo que yo pensaba.

Aquél era otro aspecto de su personalidad. Era la maquinista de aquella locomotora. La máquina ocupaba la mayor parte de la cocina, que tenía el tamaño de las otras dos habitaciones juntas. Tuve la sensación de haber entrado en la guarida, en el cubil de la bestia. De que el apartamento ya estaba ocupado. No había sitio para mí a menos que durmiera en los brazos del monstruo.

Eché un vistazo a los otros dos cuartos, llenos de cajas, ropa y cuadros. Todo estaba abarrotado hasta los topes. Me sentí como si me pidieran que resolviera un acertijo o un enigma. ¿Cómo encajaba yo en aquel espacio congestionado? ¿Estaba Sheri ofreciéndome el apartamento o no? Vi que tendría que preguntárselo. Aunque me sentí como un lerdo, como quien no pilla el chiste, tuve que hacer la pregunta: ¿Puedo quedarme con este apartamento?

Sonrió al ver que me había forzado a preguntar. Me quedo con él, dije. No sé exactamente por qué quise quedarme. La respuesta evidente era que me gustaba Sheri Donatti, pero no me gustaba, que yo supiera. Era atractiva, desde luego que sí, pero mis gustos seguían siendo convencionales. Lo que yo sentía no era deseo sino una intensa y ociosa curiosidad, la sensación de que aquella chica era mi paso siguiente, de que era mi futuro o mi destino. Me vi arrastrado por Sheri Donatti igual que me había visto arrastrado para alistarme en el ejército. Volví a Brooklyn, guardé mi ropa y mis libros en una maleta y me despedí de mis padres con un beso. No sabían qué decir, porque yo era un veterano de guerra. Aunque lamenté mentirles, les dije que les invitaría a mi apartamento cuando me hubiese instalado.

Había pedido un taxi y, cuando ya me alejaba –mis padres me decían adiós con la mano desde la puerta y yo les decía adiós con la mano– tuve esa sensación de que no hay vuelta atrás que tienen los jóvenes en parecidas circunstancias. Cuando llegué a la calle Jones, Sheri me indicó dónde poner mis cosas. Me dejó parte de un armario en su dormitorio, y allí me colgué, como aquel que dice. Si aquello era un acto de seducción era muy abstracto. Hice como si entendiera lo que estaba pasando, aunque no paraba de observar a Sheri en busca de pistas.

Supongo que se me había ocurrido que las cosas podían ser así, pero nunca tuve la sensación consciente de estar tomando una decisión. Nunca sabré por qué me eligió Sheri. Tal como descubriría más tarde no le faltaba dónde escoger. Tal vez viese algo en mí que yo no había visto, o tal vez pensara que podía hacer conmigo algo que a mí jamás se me había pasado por la cabeza.

1946 fue un buen momento, puede que el mejor, del siglo XX. La guerra había terminado, la Gran Depresión había quedado atrás, y todo el mundo redescubría los placeres sencillos. Una guerra es como una enfermedad y, cuando pasa, el enfermo piensa que nunca se ha sentido mejor. Se experimenta una estupenda sensación de regresar y retomar las riendas de la propia vida.

Nueva York nunca había sido más atractiva. Los años de posguerra fueron como una gran sonrisa en su triste historia. El Village, en 1946, era lo más parecido a París en los años veinte. Los alquileres eran baratos, los restaurantes eran baratos, y yo creía que incluso la felicidad podía adquirirse a un bajo precio. Las calles y los bares estaban llenos de escritores y pintores, y de ese otro estilo de jóvenes, chicos y chicas, que buscan la compañía de los primeros. Futuros novelistas y poetas jugaban al fútbol en los alrededores de la fuente en Washington Square, y las chicas recién salidas de las facultades de la Ivy League contemplaban el paisaje con los ojos rebosantes de historia del arte. La gente que se sentaba en los bancos llevaba libros en la mano.

A mí me daba igual el mal estado en que se encontraba buena parte del barrio. Pensaba que todo carácter era una forma de desgaste, de erosión de las superficies. Veía en aquel desgaste nuestra versión de las ruinas, las reliquias de una breve historia. La tristeza de los edificios era literaria. Yo tenía veintiséis años y la tristeza era un estimulante, incluso un afrodisíaco. Ahora bien, mientras que la miseria exterior me parecía muy bien, como ambiente urbano, la suciedad doméstica hizo que aflorase el burgués que yo llevaba dentro. Este fue el primer defecto de mi nuevo paraíso.

Traducción: Catalina Martínez Muñoz


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