CURACAO: LA ISLA BONITA

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Una joya de la Corona holandesa perdida en el sur del Mar Caribe. Un escenario idílico que colma todas las fantasías y una población multirracial dueña de una hospitalidad emblemática. Grandes hoteles de estilo europeo, atendidos con la calidez del trópico. Una arquitectura colonial salvaguardada por la UNESCO y un entorno natural donde se destacan las playas vírgenes, praderas rocosas donde vivir aventuras y manglares exuberantes para avistar bellos pájaros. Así es Curaçao, colorida y seductora.

Texto: Felipe Real / Fotos: Gentileza Curaçao Tourist Board

Para llegar al Reino de Holanda desde Estados Unidos basta con atravesar hacia el sur el Mar Caribe, ya sea en avión o en un lujoso crucero. Mirar un simple mapa es suficiente para comprobarlo y sentirse invitado. Sobre la frente de Sudamérica distinguirá un collar de perlas: son las islas de Sotavento, las Antillas Menores. Hay que recorrer ese conjunto hacia el Occidente y en el extremo encontrará a Curaçao, mágica y atractiva. Ubicada a sólo 50 kilómetros de la costa venezolana, la isla pertenece a los territorios de ultramar de Países Bajos (Holanda). Una isla de 444 km² que da lugar al mestizaje y al multiculturalismo, donde perdura la infl uencia de españoles, ingleses y portugueses junto a la de los pueblos nativos y africanos. Estas características le dan una vitalidad y una fuerza cultural poco frecuentes dentro del gran abanico caribeño.

Curacao vista

Curacao vista.

Nombre. Se dice que en 1499 una expedición española llegó a sus costas y la bautizó la Isla de los Gigantes, por la estatura de sus nativos, los arawak. Pero quienes le dieron el nombre que hoy conocemos fueron los marinos portugueses que desembarcaron en la isla padeciendo el escorbuto y que se salvaron gracias a la ingesta de naranjas. Así la llamaron Ilha da Curação (isla de la curación) y los holandeses tomaron ese nombre que en su idioma sería Kòrsou.

Capital. Willemstad es la principal ciudad de las Antillas Neerlandesas. Declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO, conserva la gracia y belleza de la arquitectura colonial holandesa. El casco histórico data de mediados del siglo XVII y recuerda a las grandes obras de la pintura flamenca cuyo máximo exponente fue Rembrandt. Dividido en cuatro distrititos (Punda, Otrobanda, Pietermaai, Scharloo), separados por las aguas de la bahía de Sint Anna y Waaigat, conserva el orden europeo y un alma sumamente expresiva. Las calles estrechas y las avenidas amplias del distrito de Otrobanda remiten a los viejos pueblos holandeses. A lo largo del puerto Schottegat se repiten edifi cios de techos empinados con tejas, distintivo clásico de la arquitectura de su metrópoli. Tanto las terrazas y porches como sus brillantes colores son adaptaciones al clima y la esencia del Caribe. Sus fachadas componen un mosaico divertido y distendido en sintonía con la forma de vivir de la gente.

Sefardí. En su encantador centro histórico se encuentra la sinagoga Mikvé Israel-Emanuel, la más antigua del continente, que abrió sus puertas en 1651. El templo es testimonio de la presencia del pueblo judío sefardí, expulsado de España, que peregrinó hacia Portugal y el norte de Brasil, para luego establecerse en Curaçao bajo la protección de los monarcas holandeses. Idioma. Si bien el idioma ofi cial es el neerlandés, sólo el 15% de los habitantes lo habla en su hogar mientras que los restantes prefieren utilizar coloquialmente el papiamento, lengua proveniente del creole, que combina palabras en francés con términos africanos. Sin embargo, el inglés y el español son perfectamente comprendidos por los pobladores y muy utilizados en hoteles y restoranes.

Playas. Frente a un Caribe siempre turquesa y bajo un cielo diáfano, sus idílicas playas son una tentación permanente, imposible de resistir. Aunque ofi cialmente hay 35 parajes costeros que reciben a los bañistas, existen todavía muchas playas vírgenes donde podrá disfrutar de la soledad y la intimidad en un escenario paradisíaco. La mayoría de estas playas se encuentran en la costa suroeste y, protegidas del viento, ostentan aguas calmas y cristalinas. Transitada por yates y cruceros, Barbara Beach recibe a los paseantes con sus arenas tibias que ofrecen sólo refugio bajo las palmeras. Blue Bay Beach, como su nombre lo indica, se destaca por sus mágicas aguas celestes. Las familias la eligen por los pequeños locales donde alquilan sombrillas y ofrecen tragos de frutas. En cambio, Boka St. Michiel es un pueblito de pescadores cuyas playas carecen de olas y arena, pero poseen un mar calmo y tibio. En los restoranes cercanos se preparan tradicionales platos de pescados y mariscos. Kas Abou es ideal para los que quieren contar con todas las comodidades y realizar deportes náuticos, mientras que Jeremi invita a los amantes de los románticos atardeceres.

Cena Curacao

Cena Curacao.

Sonidos. La influencia de los diferentes grupos étnicos se percibe en la música: el vals austríaco, bailes españoles, la polca bohemia, la quadrille francesa y ritmos africanos, brasileños, venezolanos y colombianos ganan las pistas de baile y los escenarios. Entre lo más autóctono, se destaca el Tambú, también llamado Curaçao blues, ritmo que canalizaba la frustración de los esclavos y es interpretado con un tambú (tambor), kachu (cuerno de vaca) y chapi (azada) mientras las mujeres hacen palmas. El Seú es la música de la cosecha, una marcha festiva que convoca a trabajar en los campos. El Tumba, una danza de origen africano del siglo XVII que evolucionó bajo la infl uencia del merengue y el jazz hasta convertirse en el ritmo más popular de la isla. Todas ellas suenan en los pintorescos desfi les de carnaval que ganan la isla con su excitación.

Haciendas. Un centenar de Landhuizen (haciendas) dedicadas al azúcar se construyeron entre los siglos XVIII y XIX. Muchas de ellas dieron nombre a las ciudades: Pannekoek, Dokterstuin y Brievengat. Los hacendados edificaban su elegante hogar sobre un monte para mirar la campiña, donde vivían los cautivos. Aunque la mayoría quebró tras el fi n de la esclavitud en 1863, todavía pueden visitarse y ofrecen servicios de hotelería.

Aventuras. Si bien la isla se beneficia por el sol tropical y no escasean las zonas verdes, en su interior se hace sentir el clima desértico. Las excursiones en 4×4 por estos suelos rojizos son la mejor manera de llegar a sus entrañas para fotografiar imponentes paisajes y su fauna, como el ciervo de cola blanca. Otra forma es recorrer a caballo o en bicicleta los senderos que atraviesan las playas vírgenes y conducen a la reserva natural de la laguna Jan Thiel, donde habitan pelícanos y flamencos. Es muy conmovedor transitar la salina cuyos fantasmales paisajes fusionan el color del suelo, el cielo y los plumíferos rosados. También se puede ir hacia el Christoffel Park para apreciar pinturas rupestres y la vieja mina de cobre. Es interesante internarse con un guía por el manglar de la bahía St. Joris hacia Koraal Tabak. Allí encontrará un viento fresco e incansable que hace chocar las olas contra los acantilados. Como buenos holandeses, han instalado molinos de viento.

Fortalezas. Curaçao es un punto estratégico. Desde 1634, los holandeses se dedicaron a levantar fuertes para luchar contra corsarios e invasores. El Amsterdam está erguido sobre una lengua de tierra para vigilar el puerto. Allí operaban la mítica Netherlands West Indies Co., encargada del lucrativo comercio ultramarino. Sobre uno de los muros sigue clavada la bala de un cañón, mudo testigo de batallas pretéritas. Hoy, el único enemigo es el inevitable paso del tiempo. El Fuerte Waakzaamheid, ubicado en Otrobanda, se irguió para detener a los franceses y en la II Guerra Mundial albergó a las tropas estadounidenses. Hoy, funciona un restaurante de gran nivel, mientras que en el Fuerte Riffort lo hace un shopping, nutrido por los productos que llegan a la isla, zona libre de impuestos.

Noche de Curacao

Noche de Curacao.

Licor. Nadie puede irse de esta isla tropical sin probar el Blue Curaçao, realizado con naranjas amargas. Todo hotel que se precie posee un barman destinado a hacer maravillas con su coctelera. Lo mismo sucede en los locales de la playa y en los bares nocturnos. Si visita las destiladoras y las bodegas, podrá aprender a catar esta bebida y adquirir los mejores exponentes de la especialidad.

Bajo el agua. En Otrobanda, frente al Holiday Beach Hotel, yacen a 80 pies de profundidad los restos del casco del Double Reef, el más visitado por los buceadores. Frente a la playa de Sunset Waters Resort, se pueden contratar excursiones más misteriosas, que permiten conocer los restos del Airplane Wreck o a bucear bajo la luz de la luna. Quienes se contenten con practicar snorkel pueden visitar al Tugboat, un pequeño barco hundido a 5 metros de profundidad. Debido a su fácil acceso, muchos lo buscan para fotografiarse y se convirtió en una clásica postal subacuática.

Sabores. Su cocina es tan variada como sus residentes. La fusión de razas y culturas se siente a la hora de sentarse en la mesa. Los aromas y sabores lo confirman. Lo hispano y sudamericano se mezcla con lo africano y europeo hasta confeccionar recetas con una fuerte identidad. Para conocer los platos típicos basta con recorrer el mercado, Marsche Bieuw. Uno de los más pedidos es el Saté (brochetas de carne vacuna con salsa de maní) y los Bami, largos fideos acompañados de verduras y carne. Una buena idea es probar los Rijsttafel, arroz que puede combinarse con 20 acompañamientos diferentes. Tanto en su cocina como en sus calles y mercados, Curaçao parece dedicada a demostrar que la integración cultural es posible. Y el resultado está a la vista: un festival para los sentidos.


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