DARIAN LEADER: ESTRICTAMENTE BIPOLAR

0

Parecería que las enfermedades mentales corren paralelas a la historia humana como reflejo distorsionado de lo que cada época produce en la psique de los individuos a quienes les toca vivirla. De este modo, explica el psicoanalista británico Darian Leader, si el período de posguerra fue considerado la “era de la ansiedad”, y las décadas de 1980 y 1990 la “era de los antidepresivos”, ahora hemos entrado de lleno en la “era de la bipolaridad”. Estrictamente bipolar es un libro crucial para entender el espíritu de nuestro tiempo, pues su alcance va mucho más allá de la mera psiquiatría. Se trata más bien, como ocurre con la mayoría de los textos de Darian Leader, de una radiografía del alma de una época que, en su empeño ilimitado con la productividad, la fama y el éxito, convierte a los seres humanos en meras piezas de recambio, desechables, y tiene graves repercusiones en nuestra salud mental. Aquí las primeras páginas.

Texto: Darian Leader / Foto: Gentileza Editorial Sexto Piso

Si el período de posguerra fue denominado “era de la ansiedad “, y las décadas de 1980 y 1990 “era de los antidepresivos “, ahora vivimos en tiempos bipolares. El diagnóstico que en otro momento se aplicó a menos del 1% de la población se ha elevado de forma espectacular, pues se calcula que casi el 25% de los estadounidenses padece alguna forma de bipolaridad. La medicación para estabilizar el estado de ánimo se prescribe de manera rutinaria tanto a adultos como a niños, con un incremento del 400% en las recetas para niños y del 4000% en el diagnóstico global desde mediados de los años noventa. Actualmente, la pregunta no es ya: “¿Eres bipolar?”, sino, más bien: “¿Qué forma de bipolaridad es la tuya?”.

Famosos como Catherine Zeta-Jones, Stephen Fry, Jean-Claude Van Damme, Demi Lovato, Adam Ant, Tom Fletcher y Linda Hamilton hablan de su condición bipolar, y los libros de memorias y de autoayuda sobre el tema inundan el mercado. La agente de la CIA Carrie Mathison, en Homeland, y el ex profesor Pat Solitano, en El lado bueno de las cosas, son retratados como bipolares, y el asunto se menciona incluso en los dibujos animados Scooby-Doo.

Mientras tanto, los manuales de negocios abogan por el cultivo de cierto grado de manía para actuar en los mercados, y de hecho se enseña a los ejecutivos a manejar el punto álgido maníaco para aumentar las ventas y la productividad. Una imagen publicitaria de los medios de comunicación muestra al magnate Ted Turner como un capitán de barco intensamente decidido, con la advertencia de que ha dejado de tomar litio, ¡así que sus competidores deberían tener cuidado! En Hollywood, las estrellas visitan a sus psiquiatras acompañadas de su agente, que se asegurará de que la medicación funcione para mantener la manía a un nivel bajo, pero no demasiado bajo: más que en ninguna otra parte, asistimos aquí a la adaptación de una medicación a las exigencias de la carrera profesional y el estilo de vida.

La confianza, la euforia y la energía que caracterizan las fases iniciales del episodio maníaco parecen encajar bien con las exhortaciones al éxito, la productividad y el intenso compromiso que exigen ahora los negocios. En un mundo ferozmente competitivo, donde la estabilidad y la seguridad en el empleo están cada vez más mermadas, los asalariados tienen que demostrar su valía trabajando cada vez más horas y manifestando una creencia cada vez más exultante en sus proyectos y productos. Los inevitables días libres, debido al agotamiento y la bajada de rendimiento, son contemplados casi como una parte de la descripción del propio trabajo y no tanto como la prueba de que algo va mal.

Al mismo tiempo, las mismas características que la psiquiatría clásica atribuía al ataque maníaco aparecen ahora como objetivos del desarrollo personal. Los libros y las terapias de autoayuda fomentan las ideas de autoestima, de confianza en uno mismo y de bienestar intensificado. Nada es imposible, nos dicen; debemos hacer realidad nuestros sueños. Y si el síntoma capital de la manía se definió en otro tiempo como el intento compulsivo de conectar con otros seres humanos, actualmente esto es casi una obligación: si no estás en Facebook o en Twitter, algo debe de andar mal en ti. Lo que en otro tiempo eran signos clínicos de psicosis maníaco-depresiva, se han convertido ahora en el objetivo de las terapias y del aprendizaje para alcanzar el éxito.

Sin embargo, al margen de las nuevas incitaciones a la conducta “maníaca”, los que padecen trastorno maníacodepresivo describen los terribles bajones y los pesadillescos estados de agitación que acompañan a dichos episodios. Los sentimientos de poder, confianza y capacidad de relacionarse que caracterizan la manía hacen que la persona se sienta sumamente viva, pero, al mismo tiempo, la aproximan a la muerte, más cerca de lo que nunca antes había estado. La paradoja de la bipolaridad se ha observado repetidas veces: pregúntese a un sujeto maníaco-depresivo qué haría si pudiera pulsar un botón y hacer que su bipolaridad desapareciera, y muchos responderán que no lo pulsarían. Sin embargo, esas mismas personas pueden acabar a menudo en el hospital, tras haber despilfarrado sus ahorros en comprar a lo loco, haber hecho daño a su familia por abandono o negligencia, o haber arriesgado la vida en algún desafortunado acto de heroísmo o hedonismo.

¿Cómo podemos entender la nueva ubicuidad de las personas bipolares? ¿Son los altibajos de la bipolaridad una consecuencia de las cambiantes condiciones económicas, y sustituyen los estallidos sostenidos de energía la tradicional imagen de una vida profesional estable? Y, más allá de la frecuente charla superficial sobre la “manía” en el lugar de trabajo, ¿existe una bipolaridad real que coincide con lo que los psiquiatras solían llamar trastorno maníaco-depresivo?

Podría parecer que la bipolaridad se encuadra dentro de los ritmos extraños y convulsos de la vida de principios del siglo XXI, pero, como puede corroborar cualquiera que tenga la experiencia del trastorno maníaco-depresivo, se trata de una cosa seria.

***

Hace cien años, el término “bipolar” era extremadamente raro. Se utilizó por primera vez en psiquiatría a finales del siglo XIX, pero su importancia creció en la década de los ochenta hasta que se convirtió en una palabra conocida por todos en los noventa. ¿Cómo llegó a adquirir esta reciente popularidad? Todos los historiadores de la psiquiatría han hecho al respecto la misma observación. Fue precisamente a mediados de los años noventa, cuando las patentes de los antidepresivos corrientes de mayor venta empezaron a caducar, cuando, de súbito, las personas bipolares se convirtieron en destinatarios de la vasta planificación comercial de la industria farmacéutica.

Las páginas de internet ayudaban a todos a diagnosticarse a sí mismos, aparecieron artículos y suplementos periodísticos que se referían a la bipolaridad como si ésta fuera un hecho, y casi todos estaban financiados, en parte o en su totalidad, por la industria farmacéutica. Había cuestionarios en internet que permitían el autodiagnóstico en unos pocos minutos, y a muchas personas les pareció que por fin estaban consiguiendo poner un nombre a sus problemas. Igual que en los años ochenta muchos habían llegado a comprender que padecían “depresión”, ahora la “bipolaridad” se convertía en la etiqueta para designar el sufrimiento experimentado por una nueva generación.

La ironía era que, en aquellos casos en los que era patente que los medicamentos antidepresivos no funcionaban, se afirmaba ahora que su fracaso se debía al hecho de que se habían prescrito de manera errónea. Los pacientes eran realmente bipolares, pero el médico había pasado por alto los sutiles cambios en su estado de ánimo. Se estimó así que entre el 20 y el 35% de las personas diagnosticadas con depresión en la asistencia médica primaria sufrían, en realidad, trastorno bipolar.

Como señala el psiquiatra David Healy, en vez de tratar de hacer más eficaces los antidepresivos, la industria optó por comercializar un nuevo sello: un nuevo conjunto de trastornos llamados “bipolaridad” en lugar de un medicamento nuevo. Esta colonización exigía la aparición de categorías bipolares. La bipolaridad 1 se equiparaba a menudo con el trastorno maníaco-depresivo clásico, pero la bipolaridad 2 bajaba extraordinariamente el umbral, requiriendo tan sólo un único episodio depresivo y un período de aumento de productividad, con inflación de la autoestima y reducción en la necesidad de sueño. Siguieron las categorías de bipolaridad 2.5, 3, 3.5, 4, 5 y 6. El énfasis cada vez mayor en las fluctuaciones del estado de ánimo, más que en los procesos subyacentes, significó que un número continuamente creciente de personas pudiera ser incluido en el ámbito de lo bipolar. En la actualidad, se habla incluso de “bipolar suave”, para aquellos pacientes que “responden con fuerza a las pérdidas”. Este relajamiento de las fronteras del diagnóstico generó una expansión colosal del mercado farmacéutico y brindó una invitación clara a los consumidores para que se consideraran a sí mismos bipolares.

Incluso se inventó una categoría –la bipolaridad 3– para designar a aquellas personas cuya bipolaridad había sido revelada por los antidepresivos. Tomar antidepresivos como Prozac intensificaba los estados maníacos, mostrando así el verdadero diagnóstico e indicando que se debería tomar una nueva medicación para estabilizar el estado de ánimo. Es un hecho que miles de personas experimentaban estados angustiosos de agitación e inestabilidad, con pensamientos invasores, después de empezar a tomar alguno de los medicamentos antidepresivos, pero, evidentemente, existe una gran diferencia entre considerar esos estados como efectos aislados del medicamento o como característica de una perturbación más profunda que los medicamentos, simplemente, ponían de manifiesto.

Por un curioso toque de varita mágica, el anticonvulsivo valproato sódico (Depakine) recibió la patente de su uso para tratar la manía exactamente al mismo tiempo en que estaban expirando las anteriores patentes de antidepresivos. Así como la depresión había sido comercializada de forma activa como un trastorno por quienes proporcionaban el remedio químico para ella, del mismo modo se envasaba y vendía ahora la bipolaridad junto con su remedio. El litio había funcionado con algunas personas y con otras no, aunque, como sucede con los elementos que se encuentran en la naturaleza, no podía ser patentado. Inicialmente se proclamó que el valproato era el medicamento más rápido y más fiable, el único que estabilizaría los altibajos del sujeto bipolar. Confluyó enseguida con una serie de medicamentos antipsicóticos de nueva generación, como la olanzapina, ahora autorizada para uso en pacientes bipolares.

A muchas personas les resultó útil el valproato, igual que otros muchos sienten que deben su vida a la dosis correcta de litio, pero el problema es que la nueva cartografía de la salud mental tenía un precio. Cuanto más aumentaban los diagnósticos de bipolaridad, más se perdía la vieja categoría de trastorno maníaco-depresivo o, en el mejor de los casos, quedaba confusa. El diagnóstico, en otro tiempo específico, se transformó en un espectro amplio de desórdenes cada vez más vago, mediando ahí un error crucial que, previamente, la psiquiatría anterior al siglo XX había identificado, cuando todavía estaban por acuñarse los términos que más tarde definirían la etiqueta “bipolar”.

En la década de 1840, los psiquiatras franceses Jean-Pierre Falret y Jules Baillarger habían introducido los términos “locura circular” y “locura de doble forma”. Las historias estándar de la psiquiatría dicen que estos conceptos se convirtieron más tarde en la “psicosis maníaco-depresiva”, conceptualizada por Emil Kraepelin y de la que luego se apropió la psiquiatría occidental con el nombre de “trastorno bipolar”. Sin embargo, los argumentos clave creados por Falret y Baillarger eran, en realidad, opuestos a los de Kraepelin y, ciertamente, a los de los psiquiatras posteriores. Sus categorías de diagnóstico pretendían demostrar que las subidas y las bajadas no eran en sí mismas constitutivas de la nueva entidad que estaban tratando de describir. Su minucioso trabajo tenía como objetivo separar un tipo específico de “locura” de lo que parecían ser estados maníacos y depresivos en otros trastornos psíquicos.

Esto refleja de manera bastante precisa lo que encontramos clínicamente. Cualquiera puede llegar a ser ruidoso, a estar inquieto, a mostrarse desasosegado, hiperactivo, e incluso a resultar peligroso, si se dan las condiciones apropiadas –o inapropiadas–. Si una persona paranoica, por ejemplo, siente que tiene un mensaje importante que entregar a la humanidad y se la obstaculiza en su intento de transmitirlo, podría llegar a la desesperación. Inhibir o coartar el esfuerzo de transmitir alguna verdad de importancia, ya sea a nivel mundial o doméstico, puede producir una confusión que con frecuencia se identifica erróneamente con la manía. En efecto, pensemos en los efectos de una interminable espera en algún centro de atención telefónica para, al final, ser sistemáticamente mal entendido por su personal. La mezcla de rabia y evidente incoherencia que esto produce es precisamente uno de los sentidos clásicos del término “manía”. De manera similar, una persona esquizofrénica puede llegar a estar exquisitamente eufórica y luego experimentar un estado terrible de abatimiento y desesperación. Tales personas pueden ser ruidosas y charlatanas, pasando de un tema a otro con evidente descuido. Tal vez el sueño y la comida sean desatendidos de manera progresiva, y, por ejemplo, pueden llegar a convencerse de que son capaces de influir en otros con sus pensamientos. Esos fenómenos se pueden encontrar ahora de manera rutinaria en las descripciones de la bipolaridad, con un notable desprecio u olvido de las distinciones y diferenciaciones establecidas por los primeros psiquiatras.

Jean-Etienne Esquirol, predecesor de Falret y Baillarger, hizo todo lo que pudo para privar al término “manía” de lo que él veía como su significado impreciso y trivial, y, a lo largo del siglo XIX, ese significado se distinguió de los estados de euforia, excitación y confusión mental agitada. Se ha observado, de hecho, que el abandono progresivo del uso de restricciones físicas en los manicomios coincide con la disminución en la utilización de esa palabra. De hecho, cuanto menos se impedía que el paciente se moviera, menos se lo describía como “maníaco”, lo que sugiere que, muy a menudo, el término reflejaba un sentimiento reactivo: uno se convierte en maníaco precisamente porque está siendo bloqueado o coartado de alguna manera.

Lo mismo se aplicó a la depresión. Como ya sabían Falret y Baillarger, cualquiera puede llegar a sentirse descorazonado o desanimado en un momento determinado. ¿No era ésta, de hecho, una de las consecuencias de tener bajo control durante un tiempo considerable la actividad “maníaca” de una persona? Pero los bajones de la nueva entidad clínica que estaban describiendo eran diferentes. No se trataba ya de insistencia en un único tema, de un sólo motivo de queja, de fijación por un objeto exclusivo, como la pérdida de un ser querido, tal como se observa en la melancolía. Esta última no remite a un estado de ánimo de tristeza ensimismada, sino a una forma específica de psicosis en la que el sujeto permanece sometido a las embestidas implacables del reproche y a la flagelación de sí mismo, que con frecuencia transmitirá a las personas que estén a su alrededor.

Lo que los psiquiatras continentales mostraron fue cómo los estados de ánimo altos y bajos no eran en sí mismos constitutivos de la estructura maníaco-depresiva que estaban tratando de circunscribir. Era menos una cuestión de euforia y tristeza que de la cualidad de tales estados, de la relación entre ellos y, lo más importante, de los procesos de pensamiento subyacentes. Hubo un esfuerzo por ir más allá de los caprichos de la fluctuación del estado anímico y de la conducta superficial para descubrir los motivos latentes del trastorno maníacodepresivo, y por investigar la diferencia que éstos podían presentar con la melancolía y otras categorías de diagnóstico.

Lamentablemente, estos esfuerzos clasificatorios fueron socavados por Kraepelin, que sostenía que manía y melancolía, juntas o por separado, formaban parte de la misma “enfermedad “. Las subidas y bajadas que habían sido desenmarañadas con tanto cuidado por los psiquiatras franceses eran ahora agrupadas en la nueva categoría, en exceso inclusiva, que promovió inicialmente Kraepelin, y que todavía sigue siendo generalmente promulgada por los textos estándar de la psiquiatría convencional occidental con el nombre de “trastorno bipolar”. Sin embargo, si pretendemos diferenciar el trastorno maníaco-depresivo auténtico de las muchas formas de bipolaridad que actualmente inundan el mercado del diagnóstico, tenemos que volver al proyecto original de distinguir las euforias y depresiones propias del estado maníaco-depresivo de las que se encuentran en otros tipos de estructura mental.

Traducción: María Tabuyo y Agustín López Tobajas


Compartir.

Dejar un Comentario