DAVID MARKSON: EL NO ESCRITOR

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En todo escritor de fuste –sea o no reconocido, aclaremos– hay una importante carga de acabar con la literatura. No es un programa, no es un plan premeditado. Escribir es luchar contra la muerte, es un intento por no volverse loco. También lo absorbe al escritor una fuerza cegadora por ser el único, por acabar con todos los colegas vistos y por haber. Se escribe para ser el último escritor en el mundo. Para dar la última palabra. Para terminar con toda la mentira. Para deschavar la ineficiencia, la farsa y la hipocresía de todas las instituciones (gobiernos, estados, educación, etc.). Palabras más, palabras menos.
Además, en todo escritor de fuste hay un lector que lo ha devorado todo. Escribe porque lo que ha leído no le convenció. Escribe porque lo que ha leído es insuficiente. Escribe porque lo que ha leído lo movilizó y no está de acuerdo. Escribe porque lo que ha leído lo movilizó para seguir en ese estado de gracia que le provocó la lectura. Escribe porque lo que ha leído puso en conflicto su visión del mundo. Escribe porque lo que ha leído viene a reforzar algunas ideas inconexas que tenía pero que ahora ve con suma claridad.
No existe un gran escritor sin un gran lector detrás, eso nos enseñaron desde Jorge Luis Borges a James Joyce, desde David Foster Wallace a Roberto Bolaño. Se escribe a partir de todo lo escrito. Un género nuevo implica el deceso de los otros hasta ese momento vigentes. Por eso el Quijote de Miguel de Cervantes es la última novela de caballería y asimismo la primera novela moderna. No se escribe sobre algo, se escribe algo. Se escribe con la rabia de decir algo. “Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el diablo están junto a uno dictándole inefables palabras”, subrayó el argentino Roberto Arlt. “Todas las cosas del mundo no caben en una idea. Mas todo cabe en una palabra, en esta palabra todo”, apuntó el brasileño Arnaldo Antunes.
“Valéry dijo que nunca podría escribir una novela por una razón insalvable. Tendría que incluir oraciones como ‘La marquesa salió a las cinco’”, leemos al promediar el exquisito La soledad del lector (La bestia equilátera, 2012) del ya fallecido escritor estadounidense David Markson (1927-2010), un libro que tiene las intenciones de ser una novela – descubrimos ciertos devaneos tanto del Protagonista como del Lector, así, en mayúsculas–, pero cuya identidad o género no tienen importancia alguna después de sumergirse en sus páginas. Es más, unas cuantas antes leemos: “¿Una novela de referencias y alusiones intelectuales, por así decir, pero sin casi nada de novela?”.
Construido con referencias y alusiones intelectuales a mansalva, en sucintas entradas como las previamente citadas, La soledad del lector (Reader’s Book es el título original y se publicó en 1996) fue parte de la última producción de Markson, donde buscó descorrerse de todo canon y de todo corset a partir de cuatro libros cuyos títulos ya dicen mucho sobre su afán de ruptura: This is Not a Novel (2007), Vanishing Point (2004) y The Last Novel (2007). No por nada el ya mencionado Wallace sostuvo sobre Markson: “Probablemente el punto más alto de la ficción experimental en este país”.
Escritores suicidas, escritores antisemitas, escritores hijos ilegítimos, opiniones de escritores sobre otros escritores, escritores que odiaban a los críticos literarios, enfermedades de las que murieron escritores, muertes de escritores provocadas por accidentes de autos, escritores que llegaron virgen al matrimonio, escritores que vivieron con sus madres hasta altas horas de la vida, son sólo algunos de los terrenos que pisa el itinerario nómade de La soledad del lector. “El vocabulario de las obras de teatro de Shakespeare incluye 29.066 palabras diferentes. En Ulises hay 29.899 palabras diferentes” o “Goethe no se acostó con ninguna mujer hasta los cuarenta años”, podemos leer si abrimos el libro distraídamente.
Parece ser que Markson pasaba horas en las librerías neoyorquinas ojeando las últimas páginas de las biografías, buscando ese tipo de información: cómo habían muerto filósofos, pintores y compositores. Si unas personas coleccionan autos (de miniatura o deportivos), unas zapatos y otras vinilos, Markson tuvo la peculiaridad de acumular citas. “Escribir es la única profesión en la que nadie te considera ridículo si no ganas dinero”, de Jules Renarde, era su preferida.
En tiempos de twitter, la escritura sucinta de Markson –los textos no superan las dos líneas, en general– parecería obedecer a las leyes del espíritu de la época. Sin embargo, este hombre que fue compañero de parranda de Dylan Thomas y Jack Kerouac no tenía computadora y nunca utilizó internet. En La soledad del lector esparce en varias ocasiones uno de los karmas de todo escritor: el rechazo editorial. Si lo sabría él: Wittgenstein’s Mistress fue rechazada por 54 editores antes de su publicación en 1988 en un pequeño sello y traducida al español al año siguiente con el título de La amante de Wittgenstein. Por eso podía gastar una broma ejemplar sobre su persona: “Soy un autor que debe su fama a que es desconocido”.
Que nos sea leve,
Gustavo Alvarez Núñez


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