DEFORESTACION: PARAISO EN PELIGRO

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Los expertos aseguran que 60 acres arbolados desaparecen por minuto en todo el mundo. Aunque los bosques de América del Norte estén condenados. Aunque en Europa ya no queden y el mismo mal se expanda por Asia y Africa, todos posan sus ojos sobre Latinoamérica. Si bien los gobiernos de la región impulsaron medidas regulatorias, los resultados no son los esperados debido a los múltiples intereses comerciales en juego. Estado de situación de un tema preocupante que, sin embargo, deja espacio para la esperanza.

Texto: Felipe Real / Fotos: AP

Un mundo amenazado por el calentamiento global necesita, además de impulsar medidas anticontaminantes, conservar sus “pulmones verdes” en buen estado. Algunas de las mayores áreas selváticas de todo el mundo se encuentran en Latinoamérica y están sufriendo una embestida brutal. De cada 100 acres boscosos perdidos entre 2000 y 2005, 65 son de esa región donde anualmente, en promedio, se talan 4,7 millones de acres, unos 250 mil más que los censados entre 1990 y 2000. Un buen escenario de situación pudo obtenerse tras el foro realizado el mes pasado en Santo Domingo, República Dominicana, donde los ministros y funcionarios de Ambiente se reunieron para analizar el alcance de los compromisos asumidos en 2002 al firmar la Iniciativa Latinoamericana y Caribeña para el Desarrollo Sostenible (ILAC). En ese contexto se comprobó que se están realizando esfuerzos inéditos por parte de los gobiernos y que, a la vez, muchos indicadores retrocedieron. Se estipuló que la proporción de la superficie total cubierta por bosques en América del Sur se redujo del 48,4% a 47,2% y en Mesoamérica del 36,9% al 35,8% mientras que sólo aumentó de 31% al 31,4% en el Caribe de la mano de planes de protección, muchos de ellos motivados por fi nes turísticos. Costa Rica, Cuba y la isla de Santa Lucía se mostraron como los más comprometidos con la preservación. Uno de los puntos oscuros, sin embargo, se encuentra en el Amazonas brasileño –un área de seis millones de kilómetros cuadrados equivalentes a la superficie de Europa Occidental– que parece volver sobre sus propios pasos. Si bien en el 2004, cuando se registró el récord de 24 mil km2 de bosques perdidos, la gestión de Luiz Inácio Lula da Silva reaccionó y logró desacelerar la deforestación, ahora el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales volvió a encender la alarma. Según sus imágenes, en los últimos tres meses del año pasado se talaron 7 mil km2 de selva, un 30% más que en 2006. El Gobierno volvió a actuar e impulsó operativos de alto impacto: con 140 efectivos se irrumpió en ocho aserraderos del estado de Pará (al centro del país) para confiscar 10 mil metros cúbicos de madera tropical destinados al mercado negro. También hay malas noticias en el Amazonas peruano. El 25% del distrito de Bagua Grande en la provincia de Utcubamba está deforestado, según la Asociación Peruana para la Conservación de la Naturaleza (APECO). Las consecuencias de este accionar predatorio irían desde la pérdida de fuentes de agua, el agotamiento de los recursos naturales y el daño a un ecosistema de enorme riqueza biológica. Mientras tanto en el Parlamento peruano se discute una iniciativa legal que pretende cambiar la Ley de Promoción de la Inversión Privada en Reforestación para poder vender las tierras vírgenes en vez de otorgarlas en concesión. El argumento del presidente Alan García es que entregando las tierras se atraerán mejores inversiones que querrán establecerse, crear empleo y fomentar la industria maderera. «Estamos en un mundo ideológico que dice que no se puede tocar la Amazonia porque es parte del idilio del comunismo primitivo», ensayó el mandatario. Sin embargo, las críticas llegaron tanto desde los partidos de centroderecha y progresistas como de fundaciones ecologistas e instituciones religiosas. La respuesta mejor lograda fue: “Las fuentes de empleo que supuestamente se crearían, no servirían a los nativos del lugar ya que esa zona húmeda, selvática e inaccesible, que carece de mapas catastrales, está habitada por 1.400 comunidades indígenas pertenecientes a 65 grupos étnicos”.

FACTORES DE RIESGO

Costa Rica Carbono

Deforestacion.

Entre los hechos negativos se registra el avance de la frontera agrícola debido, en gran parte, al alza internacional de los precios de los alimentos. En Mesoamérica y el norte de Sudamérica, las superficies de pastoreo se expanden sobre las florestas. Lo mismo ocurre en Bolivia, Paraguay, Brasil y Argentina impulsados por la fiebre del cultivo de soja, producto transgénico de excelente acogida en China. Otros monocultivos que proyectan su sombra en la región son las coníferas en el sur de Chile y los eucaliptos en Uruguay. En cada foro ecologista se debate la reciente apertura a la producción de celulosa que vive esta región que sólo fabrica un 9% del total mundial de este insumo, mientras América del Norte aporta el 40% y Europa un 29%. Lo cierto es que los estándares ambientales sancionados por los países desarrollados están impulsando el traslado de la producción hacia países más “receptivos”, con menores normas de control y laborales, además de mejores condiciones climáticas para la implantación de especies foráneas. Uruguay, por caso, hace más de quince años que fomenta el cultivo de eucaliptos –que crecen diez veces más rápido que en el norte de Europa– con el objetivo de suministrar materia prima para las compañías exportadoras de pasta celulósica que ya comenzaron a arribar. Una de esas procesadoras generó una gran controversia al instalarse sobre las costas del río que configura el límite natural con Argentina, y sobre el cual ambos países firmaron un tratado de conservación que parece estar violándose. El uruguayo Eduardo Galeano, autor de Las venas abiertas de América Latina, escribió hace poco al respecto: “En nuestro país, enfermo de celulitis, algunas palabras que no eran malas palabras, como ecologista y ambientalista, se están convirtiendo en insultos”. Desde una perspectiva netamente foresto- industrial, los bosques implantados dedicados a proveer aserraderos y fábricas son considerados “áreas verdes” en las estadísticas oficiales y sus representantes suelen poner énfasis en el resembrado y el uso racional. Pero desde una visión ambientalista esos postulados son un discurso de doble moral. Una funcionaria estatal y militante ecológica explicó: “El desarrollo de la industria forestal y de la celulosa en Chile tiene su nacimiento en el Decreto Ley 701 de 1974 durante la dictadura de Augusto Pinochet. Claro que sí, se incentiva la creación de nuevos bosques y su reposición. Pero esos bosque nos son los autóctonos”. Así las especies nativas –únicas en el mundo– crecidas durante milenios son reemplazadas por otras de mejor acogida comercial. “Desde sus planteos parece que gracias a las forestales aún tenemos montes y lo cierto es que los bosques implantados son auténticos desiertos verdes”, disparan los ecologistas. Un caso paradigmático ocurre en Puerto Libertad, localidad de la provincia argentina de Misiones, cercana a las famosas Cataratas del Iguazú, que supo estar escondido en una espesa selva de lapachos, inciensos, jacarandaes y ahora está encajonado por terrenos cubiertos de pinos canadienses que pertenecen a la firma Alto Paraná, propietaria del 10% de los suelos provinciales. “La primera consecuencia –afirmó Darío Araujo, fundador del Partido Verde local– es la pérdida del microclima local y de la biodiversidad. Muchas especies vegetales, aves y mamíferos no pueden sobrevivir entre las coníferas. En segundo lugar, la gente no puede adquirir nuevos lotes para instalarse debido al avance descontrolado de las forestales”. La historia de Puerto Libertad se repite en todo el continente y sus pobladores no tienen otra solución que ocupar tierras ilegalmente o ir a las ciudades para hacinarse en barrios suburbanos favoreciendo el alza de los índices sociales de marginalidad, tan alarmantes como los ecológicos.

Si bien en 2004, cuando se registró el récord de 24 mil km2 de bosques perdidos en el Amazonas brasileño, la gestión de Luiz Inácio Lula da Silva reaccionó y logró desacelerar la deforestación, ahora el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales volvió a encender la alarma. Según sus imágenes, en los últimos tres meses del año pasado se talaron 7 mil km2 de selva, un 30% más que en 2006. El Gobierno volvió a actuar e impulsó operativos de alto impacto: con 140 efectivos se irrumpió en ocho aserraderos del estado de Pará (al centro del país) para confiscar 10 mil metros cúbicos de madera tropical destinados al mercado negro.

COLOR ESPERANZA

Desde el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) buscan valorar los esfuerzos inéditos dedicados a detener estas antiguas problemáticas reformuladas en los últimos años. Está claro que la llega de inversores interesados en adquirir tierras o instalar industrias y distribuidores de agroquímicos y semillas transgénicas complicaron un asunto que –hasta hace poco– sólo era influenciado por el comercio de maderas, el quinto negocio del mundo detrás del petróleo, las drogas, las armas y el juego. “El tema sigue siendo difícil de manejar porque hay muchos intereses económicos en juego”, afirmó Ricardo Sánchez, director del PNUMA para la región, quien todavía cree que hay motivos de esperanza. Entre las buenas noticias se encuentra el dictado de normativas para quienes dañen ilegalmente la flora. Entre esas iniciativas se destaca la flamante ley de Argentina –apoyada por más de un millón de firmas– que ordena a las autoridades pertinentes la entrega de permisos de extracción forestal en sintonía con los nuevos planes de explotación sometidos en audiencias públicas a un rígido estudio de impacto ambiental. Otras medidas son el empleo de sistemas de control y el uso de la fuerza pública, la policía o el ejército para tareas de vigilancia. Por su parte, Chile y Perú crearon superintendencias que supervisan el tema mientras Brasil estimuló mecanismos interministeriales de acción. Sin embargo, la mejor noticia para el continente es la difusión de una estrategia probada contra la deforestación: la creación de santuarios naturales. En los últimos cinco años, las superficies protegidas crecieron unos 320 mil km2. Y eso sería sólo la punta del “iceberg verde” ya que una innumerable cantidad de proyectos está en marcha. Uno de los hechos que no pueden pasar desapercibidos es que la población está demostrando tener mayor consciencia sobre el problema, conoce la necesidad de impulsar nuevos parques nacionales y no se queda de brazos cruzados.


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