DEL MELTING POT AL NUEVO ESTADOS UNIDOS

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Hace 10 años Samuel Huntington, el controvertido académico de Harvard, aseguraba desde su libro Who are we?: The challenges to america´s national identity (¿Quiénes somos?: Los desafíos a la identidad nacional estadounidense) que la inmigración latinoamericana en gran escala representaba una amenaza que, según él, podría dividir Estados Unidos en dos pueblos, dos culturas y dos lenguajes. Huntington veía un antagonismo manifiesto entre los valores hispanos y el credo estadounidense que rige la conducta de sus habitantes desde el siglo XVIII. El WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant) representa la cultura y los valores de Estados Unidos. ¿Según quien? Según los Blancos Anglosajones Protestantes en nombre de quien ha hablado Huntington durante décadas.
Pero la nueva realidad es otra. La posibilidad de una nación sin mayorías absolutas, un país más multiétnico y más hispano, ya es una evidencia entre la población más joven. En términos generales, tenemos por un lado una población que envejece rápidamente y que, además, es predominantemente blanca y política y socialmente conservadora. Y por el otro encontramos una población joven cada vez más no-blanca –debemos recordar que aquí los hispanos blancos no son blancos sino sólo hispanos– y políticamente liberal o progresista. Cuando ambas generaciones se enfrentan no se ven reflejadas la una en la otra. No obstante, más allá de esta fotografía de la actualidad, la tendencia parece ser todavía más contundente.
El Pew Research Center (PRC) es la organización de investigación demográfica que de forma precisa y constante ha medido la demografía cambiante en Estados Unidos a lo largo de las últimas décadas. Paul Taylor, del PRC, es el autor de un libro publicado en los primeros meses del corriente año llamado The Next America (El próximo Estados Unidos), en el que a través de un alud de datos describe las corrientes de fondo que definirán el futuro demográfico y social del país. El texto arroja detalles fantásticos de principio a fin y algunas reflexiones que invitan a repensar el futuro.
A mitad del siglo pasado los estadounidenses más pobres eran los estadounidenses más viejos. El presidente Franklin D. Roosevelt respondió a esta situación con el lanzamiento del sistema de Seguridad Social al que en 1965 le siguió Medicare, el programa de cobertura sanitaria para mayores de 65 años. En 2015, estos programas cumplirán 80 y 50 años respectivamente. Han superado la prueba del tiempo y su éxito ha sido probado. Aunque hoy en día, el flamante escenario demográfico exhibe que los estadounidenses pobres son los jóvenes adultos y sus hijos. Sin embargo, el país no ha rediseñado sus prioridades de presupuesto para dar respuesta a las nuevas relaciones económicas del nuevo siglo.
A pesar de lo que se sabe sobre la orientación política de los más jóvenes, que son muy demócratas, con una visión muy liberal, es de destacar que superan a las generaciones anteriores en su deseo de no identificarse con ningún partido político. El 50% se autodefine como independiente y esto revela una característica distintiva de esta generación: ellos rechazan las instituciones que los encasillan y los clasifican. Se alejan de los partidos políticos y le escapan a la filiación religiosa. Las instituciones tradicionales significan menos para ellos, lo que puede simbolizar que están más abiertos a juzgar a los candidatos o a los partidos sobre la base de los hechos y no de las etiquetas partidistas. Están menos ideologizados.
Cuando hablamos de valores estadounidenses, y a diferencia de lo que pensaba Huntington, el trabajo duro, la familia, en cierta medida el individualismo, el hecho de ser uno el dueño de su destino y la importancia de la educación, son valores que los inmigrantes de hoy y sus hijos abrazan; y lo hacen tanto o más que los estadounidenses nacidos aquí. Los inmigrantes son todos similares en los aspectos más distintivos de sus vidas: han elegido dejar atrás todo lo que les resultaba familiar, todo lo que les ataba, su familia, su cultura, su herencia, su sentido de nacionalidad, porque han creído que aquí había algo mejor para ellos y sus familias. Y para hacer esta renuncia se requiere ser un tipo determinado de persona.
Los inmigrantes son luchadores; lo han sido en toda la historia de la humanidad. Y traen consigo un conjunto de valores que trasmiten a sus hijos. Ahora bien, según el Pew Research Center, lo diferente es que mantienen una identidad racial y étnica distinta. La idea del siglo XX que describía cómo los inmigrantes y sus hijos y nietos se asimilarían a la sociedad era el melting pot o el sitio en el cual todo se mezcla. Esa concepción antigua de la migración –donde transcurrido cierto tiempo todos se fusionaban y el apego a las raíces y a la vieja cultura desaparecía, y todos cobraban una fisonomía parecida– no se produjo. Por motivos raciales obvios, este nuevo grupo no renunciará a su piel ni quiere realizarlo. Y la cultura tampoco demanda que lo haga. Se ha dicho que la mejor metáfora para la inmigración en el siglo XXI sería el mosaico: si el proceso funciona, puede construirse un paisaje de conjunto donde las partes individuales conservan lo que deciden atesorar de su identidad originaria individual.
Estamos a las puertas de un cambio radical en la conformación demográfica y social de Estados Unidos. Para 2040 la raza blanca dejará de ser mayoría. Y este hecho estará acompañado por el dominio de una generación menos ideologizada y más tolerante. El nuevo tejido social que promete darle forma a este nuevo Estados Unidos abre una ventana de optimismo de cara al futuro. No todas son malas noticias.
Hasta la próxima.


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