DEMOCRACIAS: CONSOLIDANDO LA IMPERFECCION

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Por Alex Gasquet

En sentido estricto, la democracia es una forma de gobierno, o de organización del Estado, en la cual las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo a través de sus representantes. Estos representantes son elegidos mediante mecanismos de participación directa o indirecta que les confieren legitimidad para el ejercicio de los poderes ejecutivo y legislativo. En un sentido amplio y generoso, la democracia fue pensada como una forma organizada de creación y ejecución de reglas para una convivencia social que persiga el bien de todos. Pero la realidad de las democracias en la actualidad muestra debilidades enquistadas en su más profunda raíz estructural. Lejos de resolver históricos problemas de fondo, daría la impresión de consolidar su incapacidad para garantizar el cumplimiento de los derechos elementales para los que fue creada.

La explicación podría estar en la falibilidad de los hombres que en nombre de la democracia deshonran sus principios más básicos. O en la incapacidad de elegir de los pueblos. O en la ausencia de candidatos moral y académicamente aptos para la tarea. Sin embargo, más allá de la condición humana, el sistema debiera proveer sus propios anticuerpos para la solución, aunque sea parcial, de los problemas más acuciantes de los pueblos cuyos gobernantes no han sabido resolver.
Si observamos la democracia de Estados Unidos, con toda su madurez y solvencia histórica, no podemos dejar de apreciar que el ejercicio democrático no va más allá del acto de elegir a sus dirigentes. Un claro ejemplo es la reforma del sistema de salud, eje de campaña del actual presidente Barack Obama. El electorado estadounidense eligió al presidente actual y a su plataforma de gobierno, de la cual la reforma sanitaria era uno de los tres pilares más importantes. El proyecto enviado por la Casa Blanca al Congreso ha sido tratado por los legisladores exclusivamente como herramienta política. Las comisiones encargadas de su análisis sólo se han dedicado a la búsqueda dentro del proyecto de aquellos puntos que proporcionan rédito político a sus respectivas causas.

Más allá de las debilidades y fortalezas del proyecto de renovación del sistema de salud –que es materia de otro debate–, lo escandalosamente curioso es que no exista un análisis puramente técnico del proyecto, despojado de intereses partidarios y económicos. La democracia más desarrollada del mundo está enferma de codicia, inmoralidad, egoísmo e intolerancia. La batalla mediática sobre este tema ha hecho un extraordinario aporte a la confusión general. Los medios le asignan más protagonismo al resultado político del debate, que a los beneficios o desventajas de la solución que se discute. La corporación de abogados en Estados Unidos es principalmente demócrata. Y la corporación médica, en cambio, mayoritariamente republicana. Ambas con profundos y millonarios intereses en el sistema de salud. En un país en el que el lobby es una práctica legal, donde se han sancionado leyes como el USA Patriot Act que, bajo un disfraz de patriotismo incondicional, erigió espacios para la privatización de una guerra –adjudicando contratos en forma directa y enriqueciendo groseramente a los amigos del poder–, cuesta creer en la legitimidad de las comisiones que analizan los beneficios que las leyes tienen para los pueblos.

Cuánto mas alentador sería que las comisiones de análisis no fueran partidarias, sino formadas por grupos de académicos de reconocido prestigio que abastecieran al pueblo de información clara, intelectualmente apta, y completamente desinteresada. Grupos de personas que no pondrían en peligro sus prestigios académicos por intereses partidarios o económicos. Cuánto más justo sería que se declarara práctica ilegal el lobby de sectores económicos que defienden sólo sus intereses a costa del pueblo. Cuánto más saludable sería que el beneficio o perjuicio para el pueblo fuera el eje central y excluyente de todo debate de proyecto de ley.

Alexis de Tocqueville (1805-1859) fue uno de los primeros intelectuales en prever la decadencia democrática. Si bien es considerado uno de los pilares de la ideología liberal, Tocqueville hace más de 150 años ya desconfiaba abiertamente del libre mercado y anunciaba las deformaciones que el exceso de individualismo provocaría en el sistema democrático, anticipando un abandono de su espíritu original a los instintos más salvajes del comportamiento humano. Lejos de mostrar interés por corregir sus vicios y remediar sus males, las clases dirigentes parecen dedicadas a perfeccionar un sistema perverso y recurrente que conspira contra el objeto para el cual la democracia fue fundada.

La conciencia de igualdad ante la ley no sólo invita al ciudadano a reclamar por su libertad, sino que lo impulsa a una visualización permanentemente cruel de las diferencias sociales y económicas en cuyos campos la democracia se ha mostrado por demás impotente. La aristocracia, que a decir de Platón era “el gobierno de los mejores”, debiera ser la base de toda democracia. Me resisto a creer que la democracia sólo nos permita elegir entre los peores para poner en sus manos los destinos de los pueblos. En este marco, el cambio es imperiosamente urgente. Yes we can?


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