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Sección desalmados

Juan Carlos Ramírez Abadía

Cartel del Valle del Norte

Sección desalmados

Como desalmado de abril 08, nombramos a Juan Carlos Ramírez Abadía, líder del Cartel del Norte del Valle, Cali. En su Colombia natal es conocido como Chupeta, aunque también usaba los alias de El Patrón, Cien, Don Augusto e innumerables falsas identidades. Famoso por sus dotes camaleónicas, sometía su rostro constantemente a cirugías estéticas para confundir a los investigadores. Era el “narco más buscado del mundo”.

Proveniente de un hogar acomodado, se graduó en Economía en la universidad durante los 80, años de lujuria y sangre. Lejos de cumplir el sueño familiar, optó por un rubro incluso más rentable que las fi nanzas. Después de una breve introducción en varias sociedades delictivas, en 1986 comenzó a comandar una organización dedicada a enviar toneladas de cocaína a Los Angeles y San Antonio. Después descubrió el nicho de la heroína. Su historia puede leerse como el lado B de la unidad latinoamericana: consiguió sus primeros clientes en Nueva York, tejió redes en México, blanqueó dinero en Uruguay y fue arrestado a fines de 2007 en una mansión de San Pablo, Brasil, portando un documento argentino.

La Justicia brasileña autorizó en marzo su extradición a Estados Unidos con la condición de que no se lo someta a la pena de muerte, derecho que él nunca jamás otorgó a nadie: ostenta 15 asesinatos (incluyendo policías) en tierra estadounidense y otros 300 en Colombia, récord que lo equipara con un auténtico criminal de guerra. Quienes lo conocieron aseguran que se comportaba como un personaje de los filmes Quentin Tarantino. No le gustaba negociar y cuando se cansaba de dialogar, desenfundaba. Hay que reconocer que sus estudios universitarios no fueron en vano. Los billetes sucios eran blanqueados con lógica empresarial e invertía en un gigantesco emporio comercial. “No tengo fortuna. Yo he tenido muchos problemas en la vida y la plata me la he gastado arreglándolos”, dicen que dijo al ser detenido. Parece que había olvidado que en la residencia paulista tenía 100 millones de dólares envasados al vacío con nylon. Al conocerse la noticia, la policía colombiana debió ocupar sus 332 propiedades (valuadas en 400 millones de dólares) para impedir que sean saqueadas por sus antiguos ayudantes y vecinos que querían encontrar algún otro “olvido” semejante. Pese a haber corrompido jueces, policías, agentes de la DEA, periodistas y pagar –según cuentan– un millón de dólares a un ingeniero para diseñar un submarino, ningún tribunal del mundo lo condenará por fomentar la peor de las adicciones: la del dinero fácil y mal habido.

Hoy por hoy, Juan Carlos Ramírez Abadía enfrenta largas horas de soledad, días enteros de encierro y monacal reflexión. Tendrá tiempo para repasar cada paso dado a lo largo de sus veinte años de carrera criminal. Podemos estar seguros de que esos momentos de introspección no serán en vano. En las noches de insomnio y ansiedad, Chupeta se despertará en su celda sintiendo el dolor punzante del arrepentimiento y, al mirarse en el espejo con humildad, se preguntará una cosa muy simple: ¿por qué acepté cirugías plásticas tan desacertadas? Otra cosa no se puede esperar de alguien con semejante cinismo y desinterés por el próximo.

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