
Como Desalmado del mes, elegimos a uno de los rostros menos conocidos y más tenebrosos de la política estadounidense: Karl Christian Rove, un sombrío asesor que supo ser el principal estratega comunicacional del ex presidente, George W. Bush. De cierta forma, Karl encarna la versión opuesta al "sueño americano". Abandonado por su padre y con una madre suicida, logró ascender en la escala social mediante sus técnicas de pesadilla. En los años 80, abrió una "casa de demoliciones", es decir, una consultora dedicada a guiar a los millonarios texanos y políticos republicanos que querían destruir la imagen de sus rivales.
Su sucia especialidad era crear campañas de lapidación informativa que incluían falsas declaraciones, escándalos armados, espionaje telefónico o investigaciones judiciales inventadas. Esta devastadora fórmula se potenciaba con intimaciones a los reporteros díscolos y presiones a los objetores de conciencia. Su "arma mortal": presentar pequeños shows donde sus enemigos lucían sus cualidades y gustos sexuales. Estas tácticas de demolición de reputaciones y aniquilación pública permitieron que el eficaz Karl fuera reclutado por el clan Bush.
Hace diez años, exactamente, se involucró en la cruzada electoral que coronó a George Jr. como presidente. Rove fue una de las figuras clave de su estrategia comunicacional: él decía que los votantes no atenderían a los detalles políticos del candidato y que, por ende, había que reforzar su imagen como "defensor de los valores estadounidenses". Estaba en lo cierto, salvo por un detalle: su jefe carecía de esos valores.
Después del atentado del 11 de septiembre, Karl trazó una estrategia para obtener rédito de aquella tragedia y vilipendiar a cualquier voz disidente. Por entonces, la noticia de otro suicidio salpicó su vida: el periodista James H. Hatfield se ultimó tras develar que el joven Bush habría sido arrestado en 1972 por posesión de cocaína y que el expediente se perdió misteriosamente. Más enigmática aún fue la campaña de difamaciones y presiones que sufrió el biógrafo en sus últimos meses de vida, arruinando sus vínculos sociales y profesionales. Muchos creyeron reconocer en esos embustes infundados el estilo de la "poética" de Rove. Otros también creyeron ver su vengativa mano cuando se reveló la identidad de la agente secreta Valerie Plame, por la oposición de su marido, el republicano Joseph C. Wilson, a la invasión de Irak.
Es evidente que, Karl Rove, con su aire formal y finas gafas, hizo méritos suficientes para ser apodado como "el Goebbels de Bush", evocando a aquel ministro de propaganda de la Alemania nazi que, alguna vez, aconsejara: "Miente, miente, miente, que algo quedará". Meses atrás, para dar fe de sus pocos escrúpulos, manifestó que se sentía orgulloso de los severos métodos de interrogatorio que utilizaba la administración Bush, porque, según él, ayudaron a prevenir ataques contra territorio estadounidense o a sus aliados.
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