DIARIOS DE BICICLETA: LA VIDA EN EL CAMINO

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Stephen Fabes, un joven médico londinense, ha dedicado seis años de su vida a recorrer el globo terráqueo en bicicleta. Como un beatnik moderno, ha dormido en escuelas, en monasterios exóticos y en cuarteles militares. Amenazado a punta de pistola en Perú y contagiado de malaria en Asia, nunca ha perdido su objetivo principal: ayudar a los que más necesitan. Aquí la historia de un hombre que, para conocerse a sí mismo, ha pedaleado a través de las culturas y etnias del mundo entero.

Texto: Joaquín Cruzalegui / Fotos: Gentileza Stephen Fabes

Aventura. Lo que comenzó como un sueño terminó siendo realidad. Desde el frío londinense se gestó un viaje sin precedentes.

Aventura. Lo que comenzó como un sueño terminó siendo realidad. Desde el frío londinense se gestó un viaje sin precedentes.

“Somos quienes somos por infinitas razones. Quizá nunca conozcamos la mayoría de ellas. Y pese a que no tengamos el poder de elegir de dónde venimos, todavía podemos elegir a dónde vamos.” La frase le pertenece a Jack Kerouac. El escritor y poeta nacido en Massachusetts, Estados Unidos, y considerado el padre del movimiento beatnik. Sus conceptos pueden aplicarse a muchas instancias de la vida, pero más que nada se ven reflejados en los viajes. En las decisiones tomadas a la hora de largarse a vivir en el camino. Por supuesto, esta historia no es la excepción.

“Estoy en un momento de plena luna de miel”, expresa el médico Stephen Fabes en su casa de Oxford, en la capital inglesa. La comodidad hogareña puede respirarse en cada rincón. El clima es fresco y todo lo que rodea el paisaje parece estar teñido de un gris profundo que no permite distinguir el firmamento del suelo. Adentro, hay calor y un poco de música que baja desde la primera planta. Hoy, Stephen, disfruta llamar por teléfono a su madre y escuchar su voz. También disfruta de la comida casera y la simple facultad de poder depositar su ropa sucia en un canasto de lavandería. Todos estos son pequeños placeres que, luego de haber recorrido 75 países en más de dos mil días sobre su bicicleta, significan mucho más que la vida cotidiana que transcurre en un suburbio inglés.

Su bicicleta y él han retornado a su hogar en febrero pasado luego de seis años en el camino.

“Puedo decir que he cumplido mi misión”, destaca mientras muestra con cariño su bicicleta, una Santos Travelmaster negra que jamás le ha fallado. Ni con kilos de alforjas en sus andas ni en los pantanos asiáticos. Su fiel compañera de origen alemán, ahora en reposo. Ambos han retornado a su hogar en febrero pasado luego de seis años en el camino. Tal y como dicen, las despedidas son sólo excusas para volver a verse. La historia de Stephen trata de eso: la vida en constante movimiento. Tras dejar atrás a sus colegas del St Thomas Hospital en Londres y a sus seres queridos en Kent, el joven se sumergió en una de esas aventuras que pudo haber narrado el escritor estadounidense con vértigo y exactitud.

Doce cadenas, veinticinco llantas y dos asientos de bicicleta fueron los repuestos que el londinense utilizó para recorrer 86 mil kilómetros arriba de su rodado. Aquí no hay misterios ni magia: la tracción sanguínea y la fuerza del corazón han llevado a este joven a dedicar todos estos años de su vida para conocer el mundo sobre las dos ruedas. Esa misma voluntad es la que, según sus propias palabras, lo ha “llevado a remendar más de 200 pinchaduras”.

Si bien no ha llevado un conteo exacto, Stephen asegura que ha viajado entre 40 y 100 kilómetros por día. Exceptuando los vuelos intercontinentales, él estima que en seis años se movió más que en toda su vida en Inglaterra. “La misma distancia que cualquier ciudadano del mundo podría recorrer en tres o cuatro jornadas de rutina laboral”, bromea haciendo referencia al kilometraje diario que su bicicleta y él alcanzaban cotidianamente. Gastando diez dólares por día o menos, incluyendo hospedaje, la vida del joven doctor se reducía a pocos gastos y mucha ganancia. Como los amigos, por ejemplo. “Hoy tengo amigos en todo el mundo, soy muy afortunado”, comenta al tiempo que despliega una enorme colección de fotografías con personas de todo el mundo en lugares exóticos, grandes ciudades y pequeños pueblos.

“Con ellos, conocí varios pueblos de Siria”, detalla Stephen cuando muestra una escena donde se lo puede ver ataviado con una túnica y un agal, el pañuelo triangular característico de la vestimenta árabe. En la imagen, posa con niños, jóvenes y adultos. Todos sonríen ante la cámara. Cuando se le pregunta si su proyecto “Cycling The Six” puede ser descripto, Stephen explica cómo pudo fusionar sus dos vocaciones, la medicina y la escritura: “Cycling the Six es un viaje épico por seis continentes en seis años arriba de una bicicleta. Recorrí rutas salvajes en medio de los terrenos más remotos del mundo. Soy médico, por eso visité muchas clínicas en mis trayectos. Mi objetivo era aprender sobre la lucha humana para curar enfermedades ignoradas o estigmatizadas. Mientras he pedaleado y asistido a enfermos, también he escrito. Es mi pasión: Mantuve un blog periódico y he colaborado con revistas de aventura como cronista. También filmé para documentales y di presentaciones en escuelas y eventos. Así que creo que mi viaje se ha convertido en mucho más que una salida en bicicleta”.

Agita su mano levemente para saludar a una mujer que cruza la calle. Es una amiga de su madre que ha seguido su periplo desde una computadora personal y cuando regresó, no dudó en asistir a su bienvenida.

Doce cadenas, veinticinco llantas y dos asientos de bicicleta fueron los repuestos que utilizó para recorrer 86 mil kilómetros arriba de su rodado.

Aprendiendo a conocer a la gente

Fabes y el mundo. Seis años en bicicleta lo han llevado a conocer historias de vida emocionantes a través de la medicina.

Fabes y el mundo. Seis años en bicicleta lo han llevado a conocer historias de vida emocionantes a través de la medicina.

“He montado mi bicicleta para recaudar dinero y terminé creciendo como persona”, expresa Stephen, cuyo propósito central fue recaudar fondos para la organización de caridad británica Merlin (Medical Emergency Relief International). Sin embargo, fue advirtiendo que las necesidades de las personas que se cruzaban en su camino también eran importantes. “Sentía que podía aprender mucho de la sociedad a través de la observación y las vivencias de la gente que vive en los márgenes de la misma”, se sincera mientras camina por Summertown, el distrito comercial de Oxford. Remarca que el ritmo aquí ha cambiado, y que se ha modernizado bastante en estos seis años.

Conociendo la vida de este joven británico, su personalidad multifacética y emprendedora es uno de sus mayores rasgos. La tecnología ha sido un cable a tierra para Fabes: es un gran entusiasta de las redes sociales y la web. En su cuenta de Twitter (@cyclingthe6) figuran las pasiones que lo mantuvieron activo en este ambicioso emprendimiento: la medicina, la escritura y además agrega que ha sido disc-jockey una vez.

Conociendo la vida de este joven británico, su personalidad multifacética y emprendedora es uno de sus mayores rasgos.

En su blog (www.cyclingthe6.com/) se puede disfrutar un estilo relajado y ágil, donde volcó sus crónicas de viaje y halló el sentido de muchas de sus acciones humanitarias a través de la escritura. Fabes, de gran compromiso social, brindó sus facultades como médico en distintos proyectos sin fines de lucro en Asia, incluyendo una clínica flotante en Camboya, y un centro de asistencia en la frontera entre Tailandia y Myanmar.

Stephen advierte que las organizaciones no gubernamentales no han trabajado mucho dentro de Myanmar, y esa es la causa por la cual cientos de refugiados atravesaban el río que divide los países para ser tratados. “Ciudadanos condenados al ostracismo por ser portadores de VIH que no tenían otra opción más que cruzar hasta la clínica”, precisa al recordar su paso por el centro de asistencia fronterizo. “Recuerdo la llegada de una mujer agonizando por la falta de atención, acompañada por un monje budista. Ella había sido abandonada en el templo y el monje fue encomendado para sus cuidados.”

En Katmandú, el médico se unió a una clínica móvil que trataba niños y niñas adictos al pegamento, una problemática, que según Fabes, ataca a las juventudes más carenciadas en todo el mundo: “Tenían entre 7 y 18 años. Conseguían el pegamento de los comerciantes locales, quienes lo vendían más caro porque sabían que esos niños eran adictos. Muchos de ellos eran huérfanos y vivían juntos en la calle”.

Bolas de nieve como despedida

Lágrimas incontenibles. El retorno a su hogar y el reencuentro con sus afectos fueron los componentes de un final ideal.

Lágrimas incontenibles. El retorno a su hogar y el reencuentro con sus afectos fueron los componentes de un final ideal.

Su primera jornada de travesía casi terminó siendo su último día también. ¿Qué habría sucedido si este joven ansioso de recorrer el mundo y sus aristas bebía una copa más la noche del 4 de enero de 2010? La primera parada de Stephen en el viaje que lo llevó alrededor del mundo fue un pub local. El George más precisamente. Su preferido. Allí, bebiendo entre amigos, se encontró cerca de posponer la salida: “Los invité para conversar y luego de algunas horas, comencé a pensar que si seguía bebiendo tal vez no podría empezar a pedalear al día siguiente. Como me sentía a gusto con ellos, no me quería ir. Pero por suerte mis amigos me convencieron para que siga con mi plan y comience el viaje”.

En Katmandú, el médico se unió a una clínica móvil que trataba niños y niñas adictos al pegamento.

George es una coqueta taberna de paredes blancas ubicada en Kent. Este condado al sureste de Londres es también conocido como “el jardín de Inglaterra”, por su vasta vegetación y su belleza agreste. Además de su paisaje y la imbatible industria agrícola, Kent ha acogido residentes famosos a lo largo de la historia: Charles Darwin, Sir Winston Churchill y Charles Dickens, entre otros, han disfrutado de las extensas paredes montañosas y recubiertas de verde. Su capital histórica y cultural es la ciudad de Canterbury, célebre por su catedral, patrimonio de la humanidad, y por ser el epicentro religioso de Reino Unido, ya que es la sede del arzobispado de Canterbury, domicilio del líder espiritual de la iglesia anglicana.

Stephen rememora que desde el principio se encontró obligado a lidiar con las inclemencias del tiempo. Con su hoja de ruta marcando la salida de Reino Unido, el pronóstico no era favorable: entre el 5 y el 7 de enero de 2010 la nieve ocupaba todos los informes meteorológicos. “Las escuelas se encontraban cerradas debido a las nevadas y cuando me disponía a salir de Kent fui atacado por grandes grupos de niños con bolas de nieve”, indica riendo. Las anécdotas, claro, poblaron su aventura en todo momento: “Fueron casi 50 kilómetros luchando contra los disparos. ¡Un comienzo memorable!”.

Aunque la despedida de Inglaterra fue recubierta de nieve, los meteorólogos anunciaban el invierno más frío en Europa de los últimos tiempos. Aún así, la peor helada fue acampando en Asia. Sufrió los terribles 31 grados bajo cero en Mongolia y China. Allí, sin embargo, se enfrentó con uno de los inviernos más cálidos, aparentemente, en 75 años. “No lo sentí así”, bromea Fabes. “He descansado en mi tienda dentro de tres bolsas de dormir y dos edredones. Mantener el agua potable sin que se congele era una batalla constante, ya que el día, en su pico más caluroso, oscilaba entre los 10 y 12 grados bajo cero”.

Y luego acota que los mongoles llaman “zud” a esa época del año. En su idioma se refieren a ese período estacional como el momento “cuando mueren todos los animales”. El ciclista aclara que una vez fuera de la capital de Mongolia, Ulán Bator, no hay hostales ni hospedajes. Es por eso que para finalizar ese tramo de crudo frío tuvo que arriesgar su vida inmersa en un clima extremo: “Haber llegado hasta el punto más recóndito del Artico en verano fue curioso, era mediados de agosto y nevaba”.

La peor helada fue acampando en Asia. Sufrió los terribles 31 grados bajo cero en Mongolia y China.

Los peligros de ser un ciudadano del mundo

Es llamativa la soltura con la que este hombre, que ha rodado en solitario sobre los desiertos y estepas más inhóspitos del globo terráqueo, habla de sus anécdotas. Ha sido operado por una rotura de cartílago en su fémur. Apenas muestra una fotografía donde se lo puede ver tendido en una cama de hospital con su pierna en alto, es imposible no pensar en los peligros que conlleva ser un ciudadano del mundo. Disfrutando de un tradicional plato de pescado y patatas fritas con salsa de tomate, Stephen cuenta cómo se contrapuso a lo desconocido y sus potenciales consecuencias.

“Todos se preocupan por los secuestros o las enfermedades peligrosas, pero el mayor riesgo, por lejos, es ser atropellado por un automóvil. He conocido gente que fue víctima de accidentes en la ruta, una pareja británica en Tailandia perdió su vida de esa manera. El turismo en bicicleta tiene que ser más seguro en ese sentido”, reflexiona.

A su vez, cambia de tema abruptamente y dice que el pescado también se ha modernizado aquí: en otras temporadas era servido envuelto en papel de diario y hoy eso se ha perdido. No obstante, es sabroso y consistente para ser acompañado con el cuerpo de una cerveza servida directamente de su barril. “Jamás olvidaré lo sucedido en Perú. Me llevé un gran susto allí”, rescata el joven médico de su memoria. Una de las experiencias con más adrenalina que Stephen ha vivido desde que se embarcó en su viaje fue cuando el cañón de una pistola ingresó a su tienda en medio de la noche peruana a kilómetros de cualquier tipo de civilización.

“Un hombre adulto me apuntó y me obligó a salir. Amenazado, me condujo hasta su casa. Era la única en toda la zona”, señala mientras busca en su computadora personal fotografías de Latinoamérica. Tiene miles y una se presenta más intensa que la anterior. El Eje Cafetero en Colombia, el festival folklórico Mama Negra de Ecuador, la magnífica extensión del salar de Uyuni. Mira atentamente Los Andes y luego la pintoresca edificación inca conocida como Machu Picchu. Se detiene y retoma la historia en el país andino, en La Sierra.

“Llovía fuerte y esa casa parecía estar vacía por dentro. Advertí que el hombre se encontraba nervioso, por eso no intenté hacer nada arriesgado”, narra y remarca que de Perú ha aprendido mucho, más que nada sobre religiones, colonialismo y comida picante. “Al rato bajó el arma y me contó que su casa había sido desvalijada por ladrones un mes atrás. El pensó que yo estaba relacionado con los vándalos. Veinte minutos más tarde cocinó una sopa y me ofreció su morada como reparo de la lluvia.”

Stephen cuenta cómo se contrapuso a lo desconocido y sus potenciales consecuencias.

La pasión por la escritura ha llevado a Stephen a escribir cientos de cuadernos.

La pasión por la escritura ha llevado a Stephen a escribir cientos de cuadernos.

El último sol del día ingresa por la ventana de la habitación de Stephen. Recorrer su pueblo lo ha extenuado tanto como recorrer cualquier otra ciudad del mundo. Lo hace saber al cruzar el umbral de su casa. Sobre la mesa hay una pila de diarios personales y cuadernos multicolores esperando a ser digitalizados: “Planeo escribir un libro acerca de mis aventuras y aprendizajes en este viaje”. Ha renovado su blog y, aunque bromee mucho con eso, todavía no tiene expectativas de volver a la ruta. Por el momento, prefiere disfrutar de la simple modernización de Summertown como de sus amigos y familiares.

Dentro de su extenso recorrido ha cambiado mucho su modo de ver el mundo. Aprovecha esta hora de la tarde donde reina la calma y lee en voz alta una frase en la primera página de un cuaderno atiborrado de recortes y folletos: “Me quedo con una impresión muy positiva del planeta y día a día renuevo mi fe en la humanidad. Cuando viajas, el universo está de tu lado. Es por eso que siempre recomiendo estar en movimiento y ser hospitalario”.

La misión

Dentro de una enorme taza con letras en algún idioma oriental, el aroma de un té negro invadió su última lectura. Luego del primer sorbo, Stephen enseguida leyó la pantalla de su teléfono celular. Una sonrisa se dibujó en su rostro barbudo. Estaba feliz porque del 27 al 30 de mayo iba a participar del Cycle Touring Festival en Lancashire. Una convención regional para los aficionados a las dos ruedas. Allí iba a brindar una charla acerca de lo que él más conoce, la vida en el camino. No sabía qué le esperaba, pero tenía una sola certeza: aún seguirá eligiendo a dónde ir. Se puede decir que Stephen Fabes ha cumplido su misión.


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