DIOS NOS LIBRE DEL PENE

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En agosto de 2016 entrará en vigencia la ley promulgada por el gobernador del estado de Texas, Greg Abbott, que hace posible portar armas de fuego en todas las instalaciones universitarias. En respuesta, un grupo de estudiantes de la Universidad de Texas, en la ciudad de Austin, han decidido llevar a clase, exhibidos públicamente, coloridos consoladores como forma de protesta –#CocksNotGlocks, es el hashtag de su campaña–, poniendo énfasis en la incongruencia que exhibe la ley en el estado sureño, ya que es legal portar un rifle de asalto en cualquier espacio de la universidad pero se prohíbe “portar” en público algo que pueda ser considerado “obsceno”. Y para Dios, sus férreos seguidores y los conservadores de Texas parece inaceptable la amenaza que conlleva la mera presencia de cualquier símbolo fálico.

Si Freud viviera, seguramente, se hubiera hecho un festival de sabrosas conclusiones con el extraño comportamiento de los texanos. Sin embargo, los fanáticos de las armas caminan orgullosos de su propia ignorancia ostentando sus propias debilidades y temores portados en sus cinturas. Esta especie de “back to basic”, rememorando el “hagamos el amor y no la guerra” de los años 60, deja al descubierto, con una cuota de sana ironía, la extraña jerarquía de valores de un enorme sector del pueblo estadounidense.

La promulgación de la ley, contemporánea a la más reciente tragedia ocurrida el 1 de octubre en un campus universitario de Oregon que dejó una decena de muertos, es otra provocación de un sector de la política estadounidense que parece haber perdido definitivamente la razón. Y es difícil no recordar la escandalosa actitud de la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por su sigla en inglés), en 2012, cuando en simultáneo con las imágenes de pequeños ataúdes blancos alojando los cuerpos de veinte niños asesinados en la masacre de Newtown, Connecticut, asistimos al discurso de Wayne LaPierre, su vicepresidente, asegurando que las leyes no son la respuesta al problema: “La única manera de detener a un tipo malo armado es un tipo bueno también armado”.

Casi tres años después, y en lo que parece un impúdico ejercicio de obediencia hacia una organización que es el principal aportante de dinero a las campañas de una importante cantidad de políticos del Partido Republicano, el argumento del estado de Texas para la promulgación de la controvertida ley es algo así como que los estudiantes podrán defenderse de, y probablemente ultimar, a cualquier “chico malo” que se le ocurra perpetrar una matanza generalizada.

Parece una broma de mal gusto, aunque no lo es. Imaginemos la situación: José, que está un poco desquiciado y se siente marginado por sus congéneres, camina hasta cualquier tienda de armas y como quien compra una golosina –no menciono un antibiótico para la gripe porque esto requiere una prescripción–, adquiere un rifle de asalto, dos armas de mano automáticas, la tonelada de munición que considera necesaria, simplemente paga y se va.

Entonces José llega a la universidad, ingresa a un aula y empieza a disparar. Pero Pedro, que también está en la clase armado, desenfunda la suya, y con toda su impericia e inexperiencia frente a una situación límite intenta dispararle a José. En ese momento Juan, que –también armado– camina por el pasillo fuera del aula, escucha los disparos, asume su oportunidad de ser Clint Eastwood por un minuto, y entra a la clase. Descubre dos tiradores pero –por supuesto– no puede distinguir al tirador malo del bueno.

En simultáneo, los tiradores dentro del aula –asumiendo que para esa instancia sean sólo dos– no saben de qué lado está Juan. La respuesta a la confusión y la duda siempre son más disparos. Y para cuando los encargados de seguridad lleguen a la escena, se encontrarán en el medio de una balacera con nula posibilidad de identificar quién es quién. El saldo no es difícil de imaginar. Pregúntele a un niño de 5 años, o a su perro si lo tiene más cerca. Excepto que su mascota esté afiliada a la NRA. En cuyo caso le recomiendo llevarla al veterinario. O al psicólogo.

La decisión del gobernador Greg Abbott de permitir que se puedan llevar armas consigo a la universidad ha desatado una gran polémica. Hace pocos días el profesor de economía de la Universidad de Texas, Daniel Hamermesh, declaró que abandonaba la institución académica ante el temor de que la presencia de armas ponga en peligro su seguridad y la de los estudiantes. En paralelo, más de 800 profesores de la misma universidad firmaron una carta mostrando su rechazo a que se permita la portación de armas en sus aulas. La oficina del sheriff se ha expresado en el mismo sentido. Todos síntomas de salud mental que se perpetúan estériles frente al poder de la NRA y la dependencia de políticos que obtienen sus escaños alimentados por su dinero.

Si desde hace décadas preocupan las pandillas en las vecindades menos seguras de las ciudades, con leyes como la sancionada por el gobernador Abbott estamos peligrosamente cerca de tenerlas dentro de las universidades y con licencia para matar. En Estados Unidos hay más de 300 millones de armas en manos privadas y unos 30 mil muertos al año víctimas de ellas. Ni el tiro en la cabeza a una congresista de Arizona ni veinte ataúdes blancos con niños han permitido una legislación para el control de las armas. ¿Podrán los penes? Gracias jóvenes de Texas por la iniciativa. Pero permítanme ser escéptico.

Hasta la próxima,

Alex Gasquet


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