DONALD BARTHELME: LAS OCURRENCIAS DE UN GRAN ESCRITOR OLVIDADO

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Las enseñanzas de Don B. reúne algunos de los mejores relatos del escritor norteamericano Donald Barthelme. En ellos se abordan, con humor, agudeza y una increíble audacia, muchas de las problemáticas centrales de la sociedad contemporánea. Entre sus páginas encontraremos gigantescos globos que se expanden entre las calles de Manhattan, personajes históricos, conocidos villanos, brujas, ingenieros, amantes versados en tecnología militar, esmeraldas parlantes, conejitas de Playboy e incluso las primeras imágenes del alma humana (en ascensión). Todo ello da forma al singular collage en el que Barthelme ve reflejado nuestro tiempo y que, al igual que el conjunto de su obra, constituye un auténtico alarde de renovación lingüística y literaria. Aquí los invitamos a leer gran parte del relato “La señorita Mandible y yo”.

Texto: Donald Barthelme / Fotos: Gentileza Automática Editorial

13 de septiembre

La señorita Mandible quiere hacerme el amor, pero duda porque soy oficialmente un niño; yo tengo, según los documentos, según el cuaderno de evaluación de su escritorio, según las fichas de la oficina del director, once años. Existe aquí un malentendido, algo que aún no he sido capaz de aclarar. En realidad, tengo treinta y cinco años, he estado en el ejército, mido un metro y ochenta y cinco centímetros, tengo vello en los lugares apropiados, mi voz es de barítono, sé muy bien qué hacer con la señorita Mandible si alguna vez se decide.
Mientras tanto, estamos estudiando las fracciones. Podría, por supuesto, responder a todas las preguntas, o al menos a la mayoría de ellas (hay cosas que no recuerdo). Sin embargo, prefiero quedarme sentado en este pupitre demasiado pequeño, con el escritorio aprisionándome los muslos, y examinar la vida que me rodea. Somos treinta y dos en la clase, que comienza cada mañana con el juramento de lealtad a la bandera. Mi propia lealtad, en este momento, está dividida entre la señorita Mandible y Sue Ann Brownly, que está sentada todo el día al otro lado del pasillo entre pupitres y es, como la señorita Mandible, enamoradiza. De las dos, yo prefiero, hoy, a Sue Ann, que aunque tenga entre once y once años y medio (se niega a revelar su edad exacta), es claramente una mujer, con la agresividad camuflada de una mujer y las peculiares contradicciones de una mujer.

15 de septiembre
Por suerte, nuestro libro de Geografía, que contiene mapas de las principales masas de tierra del planeta, es suficientemente grande como para ocultar mi clandestina redacción de un diario, desarrollada en un cuaderno negro de lo más normal. Tengo que esperar todos los días a que llegue la hora de Geografía para escribir los pensamientos que haya podido tener durante la mañana sobre mi situación y mis compañeros. He intentado escribir en otros momentos y no funciona. O bien la maestra pasea de un lado a otro de la clase (durante Geografía, por suerte, permanece pegada al mapa desplegable de la parte delantera de la sala), o bien Bobby Vanderbilt, que se sienta detrás de mí, me da puñetazos en los riñones y quiere saber qué estoy haciendo. Vanderbilt, según he descubierto en ciertas conversaciones esporádicas en el patio, está loco por las carreras de coches, es un veterano consumidor de Road & Track. Esto explica el continuo rugir de motores que parece emanar de su pupitre: está tarareando un disco llamado Sonidos de Sebring.

19 de septiembre
Unicamente yo, en ocasiones (sólo en ocasiones), comprendo que, de algún modo, se ha cometido un error, que estoy en un lugar al que no pertenezco. Es posible que la señorita Mandible también lo sepa, a un determinado nivel; sin embargo, por razones que no alcanzo del todo a comprender, sigue adelante con el juego. Cuando me destinaron por primera vez a esta aula, quise protestar, el error parecía obvio, hasta el director más estúpido habría podido verlo, pero he llegado al convencimiento de que fue deliberado, de que he sido traicionado de nuevo.
Ahora parece tener poca importancia. Este papel vital es tan interesante como mi anterior papel vital, que era el de tasador de reclamaciones en la compañía de seguros Great Northern, un trabajo que me obligaba a pasar mis días entre los escombros de nuestra civilización: parachoques abollados, cobertizos sin tejado, almacenes derrumbados, brazos y piernas machacados. Tras diez años viviendo así, uno tiene tendencia a ver el mundo como un inmenso depósito de chatarra, a mirar a un hombre y ver únicamente sus (potencialmente) mutilados miembros, a entrar en una casa y trazar el avance del inevitable incendio. Por tanto, cuando me instalaron aquí, aunque sabía que se había cometido un error, lo permití; fui astuto, era consciente de que podía existir algún tipo de ventaja de la que aprovecharse en lo que parecía un desastre. El papel de El Tasador enseña mucho.

22 de septiembre
Me han invitado a formar parte del equipo de voleibol. Lo he rechazado, negándome a obtener una ventaja injusta por mi altura.

23 de septiembre
Cada mañana pasan lista: Bestvina, Bokenfohr, Broan, Brownly, Cone, Coyle, Crecelius, Darin, Durbin, Geiger, Guiswite, Heckler, Jacobs, Kleinschmidt, Lay, Logan, Masei, Mitgang, Pfeilsticker. Es como la letanía cantada en la miserable oscuridad de los amaneceres de Texas por el sargento de nuestra compañía de reclutas recién llegados.
En el ejército, también allí, estaba siempre ligeramente desubicado. Me llevó un período de tiempo sorprendentemente largo darme cuenta de lo que los demás entendieron casi recién llegados: que gran parte de lo que hacíamos no tenía sentido en absoluto, carecía de objetivo. Yo seguía preguntándome por qué. Entonces sucedió algo que hizo emerger una nueva cuestión. Un día nos ordenaron que encaláramos, desde el suelo hasta las hojas más altas, todos los árboles de nuestro espacio de entrenamiento. El cabo que transmitió la orden estaba nervioso y se disculpaba. Más tarde, un capitán fuera de servicio que paseaba por la zona se quedó mirándonos, llenos de salpicaduras blancas y completamente agotados, destacando entre las peculiares formas que habíamos creado. Se marchó maldiciendo. Yo comprendía los principios (una orden es una orden), sin embargo, me preguntaba: ¿Quién decide?

Libros recomendados del mes

Ajuste de cuentos
Mario Muchnik
(El Aleph)

Figuraciones mías
Fernando Savater
(Ariel)

Imitación de Guatemala
Rodrigo Rey Rosa
(Alfaguara)

Los enemigos del comercio
Antonio Escohotado
(Espasa)

Una manada de ñus
Juan Bonilla
(Pre-textos)

29 de septiembre
Sue Ann es un prodigio. Ayer, con saña, me dio una patada en el tobillo por no prestarle atención cuando intentaba pasarme una nota en la hora de Historia. Aún lo tengo inflamado. Pero la señorita Mandible me estaba vigilando, no podía hacer nada. Por extraño que parezca, Sue Ann me recuerda a la esposa que tenía en mi papel anterior, mientras que la señorita Mandible parece ser una niña. Me vigila constantemente, tratando de mantener la atracción sexual fuera de su mirada; me temo que los demás niños se han dado cuenta. Ya he oído, en esa frecuencia fantasmagórica que es el medio para la comunicación en el aula, las palabras: “¡El ojito derecho de la maestra!”.

2 de octubre
A veces conjeturo acerca de la naturaleza exacta de la conspiración que me trajo aquí. En ocasiones creo que fue instigada por mi esposa de tiempos pasados, que se llamaba…
Solo estoy fingiendo que lo he olvidado. Conozco su nombre muy bien, tan bien como sé el nombre de mi antiguo aceite para el coche (Quaker State) o mi antiguo número de identificación en el ejército (US 54109268). Se llamaba Brenda.

7 de octubre
Hoy he ido de puntillas hasta la mesa de la señorita Mandible (cuando no había nadie en la clase) y he analizado su superficie. La señorita Mandible es una maestra de escritorio limpio, he descubierto. No había nada más que su cuaderno de evaluación (ese en el que yo existo como alumno de sexto curso) y un libro, que estaba abierto en una página titulada: “Dotar de sentido los procesos”. He leído: “Muchos estudiantes disfrutan trabajando con las fracciones cuando comprenden lo que están haciendo. Tienen confianza en su capacidad para dar los pasos adecuados y lograr las respuestas correctas. No obstante, para dotar al sujeto de plena significación social, es necesario encontrar numerosas situaciones realistas que requieran de estos procesos. Se deben resolver diversos problemas interesantes y similares a la vida cotidiana que impliquen el uso de fracciones…”.

8 de octubre
No me molesta la sensación de haber pasado por todo esto antes. Las cosas se hacen de forma distinta ahora. Los niños, además, son en cierto modo distintos a los que me acompañaron en mi primera travesía por las escuelas de primaria: “Tienen confianza en su capacidad para dar los pasos adecuados y lograr las respuestas correctas”. Esto es cierto, sin duda. Cuando Bobby Vanderbilt, que se sienta detrás de mí y cuenta con la gran ventaja táctica de poder maniobrar cubierto por mi desproporcionada sombra, quiere darle un manotazo en la boca a un compañero, primero le pide a la señorita Mandible que baje las persianas, afirmando que el sol le hace daño en los ojos. Cuando ella lo hace, ¡zas! Mi generación nunca habría sido capaz de burlar la autoridad con tanta facilidad.

13 de octubre
Malinterpreté un indicio. No me entiendan mal: fue una tragedia sólo desde el punto de vista de las autoridades. Comprendí que era mi obligación lograr que la damnificada, una anciana (ni siquiera una de nuestras aseguradas, sino una demandante contra Traslados y Almacenamiento Big Ben, Inc.), obtuviera una indemnización de mi empresa. La compensación fue de 165 000 dólares; la reclamación, aún lo creo así, era justa. Pero sin mis consejos, la señora Bichek nunca habría tenido la suficiente autoestima como para valorar sus lesiones de tal modo. La compañía pagó. Sin embargo, su fe en mí, en mi eficacia en el puesto, quedó rota. Henry Goodykind, el director de área, expresó esta idea con palabras no del todo carentes de comprensión y me comunicó en el mismo momento que me iba a transferir a un nuevo puesto. Lo siguiente que supe es que estaba aquí, en la Escuela de Educación Primaria Horace Greeley, bajo la lasciva mirada de la señorita Mandible.

17 de octubre
Hoy tendremos un simulacro de incendio. Lo sé porque soy el responsable contra incendios, no sólo en nuestra clase, sino en toda el ala derecha de la segunda planta. Esta distinción, que me fue concedida poco después de mi llegada, es interpretada por algunos como otra señal más de mi sospechosa relación con nuestra maestra. Mi brazalete, que es rojo y está decorado con letras blancas de fieltro que dicen FUEGO, permanece en la pequeña cajonera bajo mi pupitre, junto a la bolsa de papel marrón en la que guardo el almuerzo que cada mañana me preparo con sumo cuidado. Una de las ventajas de preparar mi propio almuerzo (no tengo quien lo haga por mí) es que puedo hacerlo de cosas que me gustan. Los bocadillos de mantequilla de cacahuete que mi madre me preparaba en mi anterior existencia, muchos años atrás, han desaparecido, dejando paso al jamón cocido y al queso. Me he dado cuenta de que mi dieta se ha adaptado misteriosamente a mi nueva situación; ya no bebo, por ejemplo, y cuando fumo lo hago siempre en el baño de los chicos, como hace todo el mundo. Cuando se acaba el colegio, en muy escasas ocasiones fumo.
Solo en la cuestión del sexo siento mi verdadera edad; esto es algo que, aparentemente, una vez aprendido ya no se olvida. Vivo atemorizado por que la señorita Mandible me castigue un día terminadas las clases y, cuando estemos solos, genere una situación comprometedora. Para evitar esto, me he convertido en un estudiante modelo: otro motivo para la marcada antipatía que he encontrado en determinados círculos. Pero no puedo negar que me encienden esas largas miradas desde las inmediaciones de la pizarra; la señorita Mandible es, en muchos aspectos, especialmente en torno al pecho, una pieza muy apetecible.

24 de octubre
Se producen desafíos aislados a mi gran tamaño, a mi vagamente consciente posición de Gulliver en la clase. En su mayor parte, mis compañeros se muestran respetuosos con este hecho, tal y como lo harían si solo tuviera un ojo o tuviera las piernas atrofiadas y cubiertas de hierros. Soy percibido como una mutación de algún tipo, pero esencialmente un igual. No obstante, Harry Broan, cuyo padre se ha hecho rico fabricando el Respiradero de Baño Broan (por lo que Harry recibe frecuentes burlas; siempre le preguntan cómo van las cosas en Villa Respiradero), me retó hoy a una pelea. Un interesado grupo de sus seguidores se reunió para observar este atrevimiento suicida. Yo le respondí que no me sentía en condiciones para ello, por lo que se mostró obviamente agradecido. Somos ahora amigos para siempre. Me ha dado a entender, en privado, que puede conseguirme todos los respiraderos de baño que pueda jamás necesitar, a un precio ridículamente bajo.

25 de octubre
“Se deben resolver diversos problemas interesantes y similares a la vida cotidiana que impliquen el uso de fracciones…”. Los teóricos no logran percibir que todo lo que en el aula es interesante o similar a la vida cotidiana procede de lo que ellos posiblemente llamarían relaciones interpersonales: Sue Ann Brownly dándome una patada en el tobillo. ¡Qué similar a la vida cotidiana, qué característico de una mujer es su tierna consideración tras el golpe! Su orgullo por mi recientemente estrenada cojera es transparente; todo el mundo sabe que ha logrado dejarme marcado, que es una victoria en su desigual lucha con la señorita Mandible para lograr mi desmesurado corazón. Incluso la señorita Mandible lo sabe, y contesta con el que quizás es el único modo a su alcance, con sarcasmo: “¿Estás herido, Joseph?”. Arden las llamas tras sus párpados, el deseo hacia el responsable contra incendios le nubla la visión. Yo murmuro que me he dado un golpe en la pierna.

30 de octubre

Vuelvo una y otra vez al problema de mi futuro.

4 de noviembre
La biblioteca circulante subterránea me ha facilitado una copia de Movie-TV Secrets, con la cubierta multicolor cruzada por el titular: “¡La pareja de Debbie insulta a Liz!”. Es un regalo de Frankie Randolph, una chica más bien feúcha que hasta hoy no me había dirigido la palabra, entregado a través de Bobby Vanderbilt. Yo sonrío con un asentimiento por encima del hombro en agradecimiento; Frankie esconde la cabeza bajo el pupitre. He visto estas revistas pasar de mano en mano entre las chicas (a veces uno de los chicos se digna a inspeccionar una portada particularmente morbosa). La señorita Mandible las confisca en cuanto ve una de ellas. Hojeo Movie-TV Secrets y le echo un vistazo. “La exclusiva fotografía de estas páginas no es lo que parece. Sabemos lo que parece y lo que los chismosos harán con ella. Así que, en defensa de un gran tipo, publicamos los datos primero. ¡Aquí está lo que realmente sucedió!”. La imagen muestra a una joven ascendente estrella de la pantalla en la cama, en pijama y con ojos cansados, mientras que una igualmente desaliñada mujer aparece sobresaltada a su lado. Me alegra saber que la fotografía no es realmente lo que parece; parece nada menos que una prueba para exigir el divorcio.
¿Qué piensan estas niñas de once años sin caderas cuando se topan, en la misma revista, con el anuncio a toda página de Maurice de Paree que publicita “Caderas Asistidas” o lo que parecen ser traseros almohadillados? (“Un verdadero agente secreto que añade atractivo a caderas y glúteos, ¡a ambos!”). Si no pueden descifrar el lenguaje, las ilustraciones no dejan nada a la imaginación: “Ponlo a toda pastilla”, continúa el anuncio. Quizás esto explica la preocupación de Bobby Vanderbilt por los Lancia y los Maserati: es una defensa contra ser puesto a toda pastilla.

Traducción del inglés: Enrique Maldonado Roldán.


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