ASESINATO EN IGLESIA DE CHARLESTON: DURMIENDO CON EL ENEMIGO

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El reciente asesinato a sangre fría de nueve personas afroestadounidenses en una iglesia de Charleston –Carolina del Sur– ha vuelto a poner en la mesa de debate el peligro real que supone el extremismo de derecha enquistado en la sociedad estadounidense. Esto ocurre en un momento en el que la seguridad nacional está decididamente enfocada en contener una amenaza yihadista cada vez más desafiante y poderosa. Sin embargo, el frente interno muestra peligrosas señales de empeoramiento. Un estudio reciente revela que desde el 11 de septiembre de 2001, dentro de Estados Unidos, el terrorismo doméstico ejercido por la extrema derecha ha asesinado a casi el doble de estadounidenses que el radicalismo islámico. Con las 9 víctimas de Charleston, ya son 48 las muertes provocadas por fundamentalistas de derecha en Estados Unidos desde el 11-S, según el recuento hecho por el Centro de Estudios sobre Seguridad Internacional New America. Los muertos por terrorismo con inspiración o fundamentos islamistas en Estados Unidos dentro de ese período suman 26.

Pese a las esperanzas que despertó en 2008 la llegada de un presidente afroestadounidense a la Casa Blanca, la brecha racial parece haberse profundizado. En paralelo a esta realidad y a pesar de la sucesión de matanzas durante estos últimos años, tampoco se ha avanzado nada en el control de la tenencia de armas de fuego. En Estados Unidos, con una población de casi 320 millones de personas, existen alrededor de 300 millones de armas en manos de particulares, concentradas en aproximadamente un 40% de sus habitantes. En Estados Unidos no es posible comprar un antibiótico para una gripe sin una prescripción médica, pero sí se puede adquirir un rifle de asalto con la sola presentación de una licencia de conducir.

La ciudad de Charleston tiene un lugar protagónico en la historia del sur profundo del país. Su puerto ha recibido el 40% de los esclavos que llegaron por primera vez a Estados Unidos procedentes de Africa en el siglo XVII. Esos esclavos, que trabajaban en la agricultura y en la construcción de casas para los blancos, fueron el motor económico del sur durante casi 200 años. En 1865, con la victoria en la guerra civil de los estados unionistas del norte, cuatro millones de esclavos fueron liberados. No obstante, su libertad con derechos plenos se demoraría un siglo más, producto de la resistencia visceral ejercida por la raza blanca del sur. Hoy, en pleno siglo XXI, la disparidad social y económica entre blancos y negros no ha desaparecido. Tampoco los ataques de odio a los afroestadounidenses. Ni las denuncias constantes de abusos policiales contra ciudadanos de color.

La transformación demográfica en estados como Virginia y Carolina del Norte muestra el auge del llamado “Nuevo Sur”: más urbano, más negro, más latino y con una población blanca más joven y muy preparada académicamente. Y ese Nuevo Sur amenaza con consolidarse en otros estados como Georgia o Texas. Nueve de los diez estados con mayor incremento de población latina están en el sur. Y esto cambia el paisaje de una región cuya naturaleza ha sido el rechazo a los cambios sociales.

La conducta racista ha sido una constante en el desarrollo cultural del sur de Estados Unidos. Una realidad cada vez más plural en su conformación social ha provocado una polarización cada vez mayor dentro de cada comunidad. La conjunción de un racismo destructivo y violento en una minoría de la población –pero extremadamente peligrosa–, y el ridículamente sencillo acceso a las armas de fuego ha derivado en una combinación trágica.

La ignorancia hace débiles a los hombres. Y la debilidad infunde temor ante cada escenario que muestra a alguien que difiere de nuestra naturaleza tal como la concebimos. La falta de educación, la religión, la irracionalidad en la administración de conflictos y la irresponsabilidad de un sector de la clase dirigente, hacen difícil imaginar un futuro mejor. En días posteriores a la matanza de Charleston, el tristemente célebre Donald Trump, en una presentación de su precandidatura a la presidencia de Estados Unidos (sí, leyó bien), acusó a todos los inmigrantes provenientes de México y del sur del continente de ser –según sus dichos– “gente con un montón de problemas”: narcotraficantes, criminales y violadores.

Me cuesta imaginar cuántas personas pueden dar crédito al discurso de este absurdo personaje. Aunque una cosa es cierta: Dylann Roof, el asesino de 21 años responsable de la masacre en Charleston, ha sido educado en un marco de odio e intolerancia. Ha visto en sus mayores una conducta a emular. El nunca ocultó su fascinación por las armas y ha hecho gala de su racismo extremo en todas las redes sociales donde interactuaba. Y no es menos cierto que cuando un personaje público se presenta en televisión agitando una posición xenófoba y violenta no hace más que legitimar la conducta de personas como Dylann Roof, quien ahora podría enfrentar la pena de muerte en un tribunal estatal.

El sistema castiga una conducta. Pero seguimos sin trabajar en la causa del problema. En respuesta al atentado de Charleston, el gobernador del estado de Alabama ordenó retirar las banderas confederadas que ondeaban en el Capitolio del estado. Empresas como Amazon, eBay y Wal-Mart la han quitado de sus ofertas de venta. Todos gestos positivos, aunque simbólicos. Sin trascendencia real de cara al futuro.

Cuando dichos como los de Donald Trump se enmarquen jurídicamente en apología del delito, cuando se endurezcan los requerimientos para comprar un arma de fuego, cuando la educación verdadera alcance a más personas en todos los rincones del país, entonces allí empezaré a creer que existe la vocación genuina de un cambio profundo. Mientras tanto, permítanme ser escéptico.

Hasta la próxima,

Alex Gasquet


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