EL CLUB DE LA PELEA

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Bajo los andenes de la estación ferroviaria más abandonada de Buenos Aires, Argentina, decenas de hombres se reúnen a luchar en un gimnasio de boxeo. Muchos trabajan en los trenes, algunos se dedican al delito y otros viven en la calle. Esta es una crónica sobre aquellos que intentan escapar de la miseria ejerciendo una profesión dura y repleta de sinsabores. Sin embargo, no todo está perdido: muchos aprenden a descargar la violencia sólo dentro del ring.

Felipe Real / Fotos: María Antolini 

Gimnasio ring

Una escalera precaria va hacia el subsuelo y es la entrada al gimnasio donde 50 jóvenes se prepararan para subir al ring.

La Estación Constitución luce degradada.Este palacio, carcomido y hostil, es la entrada sur de Buenos Aires. Cada mañana arriban 200 trenes con 400.000 personas, que se mueven a toda velocidad por los andenes para ir a su trabajo. Se aferran a sus pertenencias y cruzan rápido sin detenerse en el hall central del edificio, ni en las calles aledañas, hoy conquistadas por niños que pasan sus días oliendo pegamento, atentos carteristas, y económicas prostitutas, algunas importadas del Caribe. A pocos metros de esos pisoteados andenes, en el piso, yace una puerta que conduce a un gimnasio subterráneo donde se reúne un clan de bravos muchachos, tal como en Fight Club, la película con Brat Pitt y Edward Norton. A diferencia de sus personajes, no es el exceso de consumo el motivo que los volvió violentos, sino su falta. Y ahora intentan encontrar un futuro a los golpes. Esta es una mítica madriguera de boxeadores, un cubil casi secreto que funciona como la cueva de Alí Babá y los 40 ladrones: sólo hay que pararse en la puerta y gritar. Después de varios minutos, de la oscuridad del foso emerge un rostro comido por la viruela y con su nariz quebrada, como buen boxeador. Es Juan Fernández, un ángel gris que sirve de guía en este submundo húmedo y maloliente, erguido entre hierros oxidados y ladrillos desgastados. Avanzó sin hablar por el laberinto lúgubre y de pronto abrió una segunda puerta para ingresar en una habitación en la cual 50 jóvenes luchaban entre sí o golpeaban bolsas. “Esto es lo que buscaba: nuestro gimnasio”, señaló como quien recibe visitas. Dentro de ese cuarto sombrío cumple su sagrado rol: profesor de boxeo, que incluye tareas de entrenador, enfermero, custodio, filósofo y profeta. Transita misteriosamente entre los jóvenes aprendices y los supervisa con mirada atenta de buen padre. Con su cabeza ganada por las canas y hombros vencidos por el tiempo, recuerda que subió al ring hace más de 40 años en Salta, una de las provincias del norte argentino. Luego debió abandonar su pasión (y su tierra) para migrar a Buenos Aires, donde trabajó como fontanero. Al jubilarse quiso regresar al pugilismo y recaló en este predio. “Es mi segunda casa”, afirmó expresando la camarería de estos ámbitos masculinos. Mientras examinaba los ejercicios de sus pupilos, el maestro comentó: “El boxeo es sanísimo”, y desenfundó un argumento similar al que usan los creyentes para desligar a su Dios de las responsabilidades sobre este mundo: “El boxeo no es violento ni dañino. Sólo termina lastimada la gente que no se entrena y sufre los golpes. O algún loquito que sólo quiere pegar y recibir. Lo importante es tener entrenamiento físico para recuperar el oxígeno; eso es lo que impide la caída del pugilista”, explica siempre a sus seguidores. Los entrenadores, en las películas de boxeo, son ambiciosos, charlatanes y desmesurados, o taciturnos, cínicos y autodestructivos. Sin embargo, Fernández no encaja con ninguno de esos estereotipos. “Nuestro objetivo es cuidar la salud de los muchachos. No los llevamos a las peleas para hacer plata ni los paramos frente a rivales con más experiencia”, explicó este hombre con la virtud de encontrar palabras simples para cuestiones profundas. “Acá les hablamos a los pibes para que comprendan qué significa golpear y recibir golpes”, apuntó. Según su teoría, muchos jóvenes se acercan al boxeo para salvarse –no económicamente, como suele decirse–, sino físicamente. “Les atrae la vida sana frente a la locura que viven allá fuera”, justificó señalando la única ventana que los conecta a la superficie.

Santo maldito

Entrenador, enfermero y filosofo, Juan Fernandez

Entrenador, enfermero y filósofo. Juan Fernández es el personaje más respetado del gimnasio.

Con 17 años, Marcelo Maidana es un veterano: tiene un nutrido prontuario policial y expone varias cicatrices como trofeos de las muchas peleas callejeras. Un gaucho con barba negra y una cruz roja yace tatuado en las espaldas del aprendiz. Es el Gauchito Gil, un santo profano que –sin el reconocimiento de la Iglesia– cosechó adeptos entre los jóvenes marginados. La tradición oral cuenta que este campesino integraba las milicias organizadas por caudillos políticos a mediados del siglo XIX. Cansado de las luchas civiles, el temerario lancero desertó para vagar por los campos y unirse a unos bandoleros. Robaba, pero lo compartía con los más pobres. Cuando una patrulla lo atrapó, el gaucho prometió ayudar –desde el más allá– a los responsables de su muerte. Al poco tiempo enfermó el hijo del policía que lo mató y éste rezó en la tumba del Gauchito Gil y consiguió la curación. Desde entonces su fama de “milagrero” no cesó de crecer entre los hombres de malvivir. “Es un santo que siempre nos oye, porque era como nosotros”, aseguró el chico, antes de explicar que “si uno le pide ayuda, tiene que prometer algo a cambio. Es un pacto. Si uno no entrega lo prometido, Gil te saca otra cosa”. Antes de subir al ring reza para que le permita vencer; que sus golpes sean certeros y los rivales flaqueen. Su padre le enseñó a honrar al santo de los ladrones y por eso, nunca jamás olvida devolver los favores: casi siempre deposita una botella de vino o un porro (cigarrillo de marihuana) frente al altar. Su papá, aparentemente, salía a la ruta bajo su invocación e interceptaba camiones para luego vender sus mercancías en comercios ilegales. “En una ocasión olvidó cumplir su parte del trato y el Gauchito lo castigó con su muerte”, comentan por lo bajo. Maidana quiere ayuda para abandonar las drogas, en especial el paco, un amarillento subproducto de la cocaína, muy nocivo y adictivo, que se vende a bajo precio en los barrios. Por otro lado desea encontrar una forma decente de ganarse la vida y escapar de la desocupación crónica. Vendaje boxeoConfía en que el boxeo le permitirá librar ambos combates. Por el momento, su entrenador lo insta a abandonar la noche, el alcohol y las drogas baratas. Mucho más arduo es librarlo de las malas yuntas, sus amigos del barrio, confesos delincuentes. “Esos chicos tienen el final cantado: mueren como el gaucho Gil, bajo las balas de la policía”, escupió secamente. En cambio, Roberto Gamarra pudo esquivar el atajo a la muerte. Luce como un oficinista, prolijo, atlético y cortés. Sólo los brazos cargados de serpientes y calaveras permiten imaginar un pasado turbulento. Fue fichado por la policía a los 15 años por peleas callejeras e infracciones menores. Pero su prontuario comenzó a sumar hojas con el paso del tiempo. “Hurto en la vía pública, portación ilegal de armas, en fin, nada serio”, sonríe irónicamente. Al cumplir 20 comenzó a “madurar” e ideó un negocio más lucrativo: se hizo transa; fue el vendedor de drogas con mejor proyección de todo Barracas, un distrito fabril. Podía vérselo montado en su motocicleta cruzando la ciudad para entregar los pedidos en las zonas más elegantes. Parecía que su vida sería un eterno festín de excesos y dinero fácil. Sin embargo, una vecina lo denunció y fue arrestado. Pasó tres años preso y en el único lugar de la cárcel que encontraba un clima cordial era en el gimnasio de boxeo. “Las primeras veces fui para golpear y descargar bronca. Pero luego encontré en el entrenamiento una forma de sentirme mejor”, confesó quien ahora tiene mujer e hijos y se desempeña como empleado del correo. “Si descubría esto, me domesticaba antes”, ríe.

Pelear por nada

Boxeo argentino

Los mates amenizan pero también calman el hambre, bajo la mirada de los campeones de la época dorada del boxeo argentino.

La soga y el cuerpo están perfectamente sincronizados. El boxeador parece estar a punto de caer enredado y no lo hace. Martín “El Finito” Ahumada tiene 24 años. Por su forma parsimoniosa de hablar y por su nuez que sube y baja en la garganta, se parece al Sylvester Stallone de la primera película de Rocky, cuando el actor todavía lucía flaco y fibroso. Hace ocho años que se entrena y sólo uno que puede llamarse profesional. Durante tres años peleó dentro del circuito amateur, en el cual le pagaban 6 dólares por round. “Apenas alcanzaba para salvar los viáticos del coach, del masajista y míos”, apuntó. Pero ahora, ya en sus primeras peleas, puede acceder a bolsas de hasta 200 dólares. Después de dos peleas sobresalientes, perdió su invicto. “Es mucha presión tener que ganar siempre”, comentó el muchacho que trabaja en la estación ferroviaria que cobija al gimnasio: “Mi tarea es controlar que nadie se suba a los trenes sin su ticket”. Algunas veces tiene que enfrentarse con aquellos que se meten sin abonar su pasaje, principalmente en los trenes que viajan a Mar del Plata, u otros destinos turísticos. Si bien podría responder a las agresiones, él prefiere prescindir de golpes y empujones. En muchos casos, los indeseables pasajeros, llenos de furia, le quieren pegar. Pero Finito hace gala de su parsimonia y rechaza la invitación. “Nunca me peleo en la calle. Y eso que en mi barrio, todos saben que soy boxeador y se quieren medir conmigo”, reconoció. “Hace poco en el gimnasio apareció un pibe de la calle, que vivía de juntar cartones, un chico que arrastraba muchos problemas y sólo quería subirse al ring a pelear”, recordó Ahumada. El muchacho, que se jactaba de sus cicatrices y riñas, había desembarcado en el gimnasio con la esperanza de aumentar su guapeza, quería convertirse en un regio golpeador. En las primeras clases demostró que sólo quería guantear, subirse al ring con los sparrings. Por eso convocaron a un boxeador con experiencia, le dieron unos guantes de más de 16 onzas, amplios, y rellenos con una almohadilla que amortigua los golpes. El brioso púber, en vez de articular golpes con diplomacia, intentó moler al veterano sparring, quien lo frenó en seco y suspendió el entrenamiento. Ante lo cual, Gamarra, por su historia y Ahumada, con su aplomo, se encargaron de hablar con el violento principiante. Le narraron sus experiencias, los riesgos que significa golpear, las posturas éticas con las cuales encaran este deporte. “El pibe no entendió nada. Se ofendió y se fue. Otros abren la cabeza y cambian para siempre”, lanzó.

Sobre el ring

Boxeo circuito amateur

En sus comienzos, en el circuito amateur, los boxeadores pelean a cambio de 6 dólares por round.

Javier Pérez trabaja como albañil y se organiza para no perder ningún entrenamiento. Tiene los ojos aindiados y dos pómulos cobrizos que se ponen rojos con el esfuerzo. Simpático y locuaz, Pérez es un boxeador novel, exponente de cierta jerarquía. Si bien se lució en sus primeras presentaciones, semanas atrás atravesó su primer gran fiasco. Resulta que un día se pesó y descubrió que estaba un kilo sobre la marca máxima de Pluma –categoría en la cual está inscripto– cuyo límite es de 57,1 kilogramos (126 libras). Lo grave era que al otro día debía enfrentarse en Mar del Plata, ciudad balnearia ubicada a 400 kilómetros de Buenos Aires. Volvió a su casa bastante preocupado, porque por el exceso podía ser descalificado antes de comenzar la pelea. Tuvo que engañar al estómago tomando varios mates, infusión que tiene la virtud de suspender la sensación de hambre. Al otro día, a la madrugada, se fue sin desayunar para la estación ferroviaria donde subió al tren que atraviesa la llanura pampeana hasta la ciudad costeña. A las dos horas, el Express detuvo su marcha por un desperfecto técnico en un paraje polvoriento, rodeado de yuyos y vacas. Mientras los empleados intentaban reparar la locomotora, el púgil no pudo descansar. Estaba tenso y su estómago pedía alimento. Sólo quería llegar a tiempo y no ser descalificado al pisar la balanza. Casi tres horas después, el convoy arrancó y pudo arribar, de noche, a Mar del Plata, una hora antes del match. El frío del viento del Océano Atlántico lo amilanó aún más. Un grupo de amigos voluntariosos y colaboradores –algo inexpertos– ya lo esperaban en el rancio club, repleto de ancianos que fumaban, bebían cerveza y realizaban apuestas. Finalmente se pesó y descubrió que había perdido dos kilos. Pero los problemas continuaron. Primero le costó encontrar alguien familiar y espirituoso para vendar sus manos, ritual casi sagrado con el cual el boxeador se prepara mentalmente ante la pelea. Luego, más tranquilo, se recostó sobre unas colchonetas con los guantes puestos y se quedó dormido. Se despertó cerca de su turno e intentó entrar en calor. De pronto escuchó la voz del parlante repetir su apellido y, estupefacto, salió corriendo a escena. Allí, arriba del ring, se descubrió solo e indefenso. Tenía un atlético contrincante, que contaba con el aliento del público local y, en especial, de los celosos apostadores. Sonó la campana y se percató de que no tenía fuerza para diseñar estrategias que le permitieran enfrentar al ágil rival. Sólo quedaba esperar los tres minutos, que se evaporaron como lo hacen las cosas que no tienen mucho sentido. El adversario, en el segundo round, regresó decidido a acabarlo. Pérez, por su parte, atinó a juntar fuerzas pensando en todos los esfuerzos realizados. Sólo podía defenderse, movía su cintura con elegancia y esquivaba los golpes con bastante éxito. Hasta que un gancho dio contra su hígado y le quitó el aire. Sonó, por suerte, la campana y tomó aliento. Sin embargo, el tercero fue terrible: resistió –como pudo– el acoso del boxeador, cebado como un tigre de Bengala, y de los enfervorizados apostadores, deseosos de recuperar sus inversiones. BoxingYa en el cuarto round, un golpe certero contra su rostro selló la suerte de este famélico luchador. Mientras el ganador festejaba con su equipo y los espectadores entonaban cánticos alusivos, Pérez se alejó del ring y se perdió entre las sombras. Después de tantas peripecias y desgracias, tenía en su mente un solo objetivo: pedir una hamburguesa. “Lo único que espero es que haya revancha”, disparó. Al culminar la serie de reportajes y sesiones de fotografías, se acercó nuevamente Fernández, el ángel gris, para conducirnos hasta la superficie. En medio de la oscuridad, antes de despedirse, dijo: “Gracias por escribir sobre nosotros, porque a los diarios les gustan los boxeadores ganadores o muertos”. Fascinada con sus parábolas de arranques en la pobreza, jornadas de gloria y ocasos angustiantes, la prensa sólo los honra con grandes titulares en dos momentos de su vida: cuando triunfan en los ring side más célebres. O cuando anuncian sus exequias, en general, marcadas por la tragedia. Tal vez, la tarea desarrollada en este subsuelo pueda torcer el destino de algunos de esos muchachos.


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