EL DOKE: LA OTRA BUENOS AIRES

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Hubo una época en la cual los argentinos visitaban Dock Sud, un laborioso barrio portuario, para encontrar amores rentados. De esas noches en la isla de las fantasías sólo quedan algunos tangos y mucha melancolía. Reducto de inmigrantes recostado sobre el Riachuelo –un hilo de agua empetrolada y nauseabunda que repta hasta el Río de la Plata–, ahora es tierra de nadie. Tras un crimen, un periodista entra al Doke, como hoy lo llaman, para describir la vida en ese gueto urbano. A escasos 10 minutos de la Casa de Gobierno y de la City financiera de Argentina, la juventud atraviesa un proceso de “sicarización”, donde los rateros eliminan a otros delincuentes con la complicidad de la policía.

Texto: Felipe Real / Fotos: Jorge Blandini

El Riachuelo es un fiel reflejo del lugar suciedad y abandono

El Riachuelo es un fiel reflejo del lugar: suciedad y abandono.

La barca atravesó el Riachuelo lentamente. Cada remada levantaba fétidos vapores. Lejos del romanticismo de un gondolero veneciano, el lanchero maldecía: “Acá está todo mal. Ni las putas quedaron, pibe”. Del otro lado malvive Dock Sud: un paraje olvidado a sólo 10 minutos de la Casa Rosada, sede del poder político argentino y de la nerviosa y atildada City financiera. El Doke –como ya se lo conoce– es un suburbio sin ley. Pocas horas antes, un indígena había sido asesinado por un “chorro” (ladrón) callejero y a nadie parecía importarle. Menos aún al jefe de la redacción del diario, que a desgano envió a un periodista neófito como yo. Allí descubrí ese miserable término: anti-chorro. Cuando desembarqué, por primera vez, me costó imaginar que la isla Maciel –lengua de tierra anexa al Doke– supo estar perfumada por mujeres dispuestas a cumplir las fantasías sexuales de sus clientes. Ese mundo se esfumó y ya no transitan viejos solterones ni marineros borrachos. Ubicado frente al puerto de La Boca –extramuros de la coqueta Buenos Aires–, parece un barrio destinado a brindar asilo a inmigrantes desprotegidos. Sus casonas centenarias y viviendas de chapas alojaron a la babilónica hueste de emigrados, a principios del siglo XX. Ahora cobija chinos, bolivianos, rusos, yugoslavos, e indígenas tobas, quienes tuvieron que abandonar su tierra inundada, selva bautizada El Impenetrable por la intrincada vegetación. Los locuaces políticos locales pagaron una mudanza completa para su comunidad hacia la capital –1.200 kilómetros de distancia– y prometieron casa y empleo seguro. Nada de eso sucedió y debieron recalar en este arrabal sin pájaros ni árboles florecientes, donde la desocupación, la contaminación y la delincuencia hacen estragos. “Mi verdadero nombre es Qooilalaá. Es decir, Abeja Rubia. Pero en los documentos gubernamentales no se acepta nuestra lengua”, dice quien oficialmente es Rubén Sarmiento, cacique de la tribu integrada por 200 aborígenes cazadores y recolectores que sobreviven vendiendo artesanías, arcos y flechas. Su gente sufre el desarraigo y el estrés de vivir en semejante gueto urbano. Sus casas yacen a centímetros de las vías del ferrocarril y tiemblan cada vez que un tren pasa cargando combustibles hacia el sur. Desde sus ventanas, con rejas carcomidas por los ácidos, se ven los grandes tanques de las refinerías petroquímicas. “A veces largan un gas amarrillo que mata a las palomas”, contó asustado. Además de los problemas de salud, sus hijos tienen dificultades en la escuela, ya que ingresan hablando el dialecto kóm y sufren el ataque de otros pobladores. Les tiran piedras y les gritan. “La convivencia con el blanco es difícil”, suspiró. Pero la peor desgracia le ocurrió a Pablo, su sobrino más querido. Hacía un mes que trabajaba como peón de limpieza en Puerto Madero, glamoroso distrito cuyas luces pueden verse desde el Doke. Todos estaban felices la tarde que cobró el sueldo: era el primer salario que recibía un miembro de su familia en toda la historia. Pablo se compró zapatillas. En el camino a su casa lo frenó la banda del “Bebo” Soto para quitarle su flamante adquisición. “Mientras se desataba los cordones, le metieron siete balas”, lloró Sarmiento. La policía sugirió que había sido un ajuste de cuentas entre bandas rivales. Inmediatamente la comunidad recibió amenazas y ningún testigo se presentó a declarar. Entonces, con cierta candidez, el cacique convocó a la prensa para dar luz a su tragedia colectiva esperando encontrar justicia y una forma rápida de escapar del Doke.

Por las noches, los gondoleros no cesaban de transportar pasajeros sedientos de amores pagos. Muchos adolescentes realizaron ese viaje iniciático guiados por sus padres o sus tíos. Ciertos nombres sellaron a fuego el imaginario masculino durante generaciones: El Gato Negro, El 22, La Virola. El poeta maldito de Buenos Aires, Enrique Cadícamo, escribió un tango llamado “El farol colorado” en honor a las luces rojas que revelaban, clandestinamente, el acceso a los puteríos tras la neblina del Riachuelo.

 El placer de la carne

Qooilaa junto a su tribu toba sufre el desarraigo en El Doke

Qooilaa junto a su tribu toba sufre el desarraigo en El Doke.

A cinco minutos, en la costa norte del Riachuelo, se encuentra Caminito, la postal turística más representativa de La Boca, barrio famoso por su club de fútbol, Boca Juniors. En sus restaurantes y típicas cantinas montadas por genoveses, camareros  trilingües atienden a los turistas mientras bailarinas recrean forzadas coreografías de inspiración tanguera y cada plato de carne cotiza a 30 dólares. Si un paseante cruza del otro lado, su suerte estaría echada. En la ribera sur, la pobreza no es pintoresca ni simpática. Carlitos lanza a los comensales un gesto hosco, dolorido. Su columna está resentida por haber cargado miles de novillos sobre sus hombros. Sudó 30 años en un frigorífico hasta que abrió una modesta parrilla. Sus dotes para asar la carne lograron que en el salón se codeen infames rateros y proxenetas caídos en desgracia con célebres señores del delito y jerarcas de la policía local. Pese su demacrada espalda, se mueve con agilidad entre las mesas y escucha; escucha mucho. “Si la poli se hace la distraída, es porque los chorros trabajaban para el destacamento, nene”, eructó el parrillero y me dejó conversando con su mujer, Dora, una cincuentona de curvas pronunciadas, sonrisa resuelta y ojos moros que sugieren un origen andaluz. Es fácil imaginar que sus besos valían oro en las noches interminables de la Isla Maciel. Se conocieron en un burdel, romance mil veces repetido en un lugar que, desde 1900, funcionó como una gran casa de citas. Por las noches, los gondoleros no cesaban de transportar pasajeros sedientos de amores pagos. Muchos adolescentes realizaron ese viaje iniciático guiados por sus padres o sus tíos. Ciertos nombres sellaron a fuego el imaginario masculino durante generaciones: El Gato Negro, El 22, La Virola. El poeta maldito de Buenos Aires, Enrique Cadícamo, escribió un tango llamado “El farol colorado” en honor a las luces rojas que revelaban, clandestinamente, el acceso a los puteríos tras la neblina del Riachuelo. En los tiempos que la prostitución era tolerada por el comisario de turno, la sensualidad atravesaba los límites de los refugios (y del decoro), transformando las grises callejuelas en un Edén de bajo costo. Mujeres ligeras de ropas ofrecían sus servicios lanzando proclamas eróticas y besitos a los caminantes mientras las más audaces mostraban sus pechos y se levantaban la falda exhibiendo la notable mercadería a los potenciales consumidores. El tiempo pasó. Ahora Dora es una respetada señora de Dock Sud y su marido le prohíbe hablar en voz alta de aquellas trasnoches de lujuria comercial. Mientras Carlos saludaba a unos parroquianos, la mujer susurró: “Mi madre tenía cinco hijos y mi hermana mayor era la única que aportaba dinero sin que nadie supiera el origen. Cuando cumplí 15 años, ella me llevó al Gato Negro y me contó todo”.  Así fue como ingresó al mercado de la carne. “Felices no éramos. Pero no nos faltaba nada”, afirmó deslizando su táctica: “Cuando un cliente había cobrado el sueldo, le insinuábamos que queríamos un vestido o un perfume. Y a la noche siguiente, regresaba con el regalo. Si su esposa le pedía algo parecido, la insultaba por tener semejante capricho”. En esa época, entrar a la isla también tenía sus riesgos. La multitud noctámbula era aguardaba por carteristas agazapados en cada esquina. Para contrarrestar su efecto y evitar que los ahorros de sus clientes terminaran en otras manos, los dueños  de los burdeles armaron un sistema logístico: contrataban a muchachos rudos cuya misión era guiar y cuidar a los clientes desde que bajaban del bote hasta que atravesaban la puerta de los cabarets. Lo difícil era salir. Todos se iban pasados de copas y se perdían en el camino. “Lo peor ocurría si la policía encontraba a los clientes. Los amenazaban con avisarle a su mujer y obtenían más dinero que nosotras”, rió desfachatadamente. Su garganta se paraliza al recordar su peor noche: “Estábamos bebiendo unas copas con unos tipos en la oscuridad. De pronto, uno dice: ‘Yo a esa voz la conozco’ y prende un fósforo. Fue horrible: era nuestro tío. Nunca dijo nada. Si su esposa se enteraba lo mataba”. Dora pudo disfrutar de los últimos tiempos de  la bonanza económica. A mediados de la década del 70, muchos astilleros cerraron y con ellos, la industria sexual entró en paulatina decadencia. Ante ese panorama, se enroló en una organización internacional que la paseó por Europa y los países árabes. A los 24 años aterrizó en el Líbano para exponer sus artes en un cabaret instalado en un bunker antiaéreo. “Una madrugada salimos y vimos que durante la noche habían volado un edificio cercano y nosotras no sentimos ni el temblor”, evocó. Una vez cansada de los viajes comerciales, regresó a su barrio natal y se reencontró con Carlos, cliente fiel, que insistió para conseguir una cita sin dinero de por medio. Ambos asumen que se consolidaron cuando compraron la parrilla y unieron las ganancias obtenidas por ella en sus giras mundiales con el resarcimiento que él cobró por su espalda rota en el frigorífico. Mientras Dora recordaba sus andazas, Carlos se acercó, celoso, para evitar que continuara divulgando las anécdotas que una dulce abuela jamás les contaría a sus nietos y sopló: “La policía no hace nada porque esos pibes son anti-chorros”.

 Pibes chorros

PARILLA DOCK SUD

Ex empleado en un frigorífico, Carlitos abrió una modesta parrilla en la zona.

Con el viento del sudeste, el agua aflora en el asfalto. Bordeando el pestilente Riachuelo que  conduce al Río de la Plata, languidece una legión de fábricas abandonadas, monumentos fúnebres a la Era del Trabajo. El cierre masivo de empresas no sólo afectó a los prostíbulos. Dock Sud, un barrio obrero, se transformó en una comarca miserable, de brazos fláccidos. Casi 20 mil jóvenes viven en hogares pobres y se encuentran desocupados sin poder heredar los oficios que sus padres lograron. De allí surgieron los llamados “pibes chorros”, ladronzuelos novatos, organizados en bandas con estructuras simples y sin complejos para disparar al menor suspiro. El mayor ejemplo de su poderío son las torres del Doke, un complejo habitacional erguido por el Estado y abandonado a la buena de Dios. Cada edificio tiene su banda que vive enfrentada a otras, integradas por sus propios vecinos. De ese modo, se libra una silenciosa guerra civil por el control de drogas y negocios afines. Odiados por los vecinos, demonizados por la prensa, esos adolescentes son presa de las políticas de mano dura. Es habitual que organismos de defensa de los Derechos Humanos denuncien al tenebroso destacamento policial de Dock Sud por apresar, torturar y fusilar a “chorros” de pésima reputación. Pero nunca nadie informó sobre los anti-chorros. Julio, buscavidas de moralidad laxa, conoció días más prósperos. A los 20 años se unió a un ex agente de los Servicios de Inteligencia del Estado, y sintió que debutaba en las grandes ligas. Sólo debía transportar dinero sucio desde Buenos Aires hasta diversas capitales provinciales. Fanfarrón por naturaleza, vestía un saco como Don Johnson en Miami Vice, e intentaba reclutar pibes para diversificar sus negocios. Sin embargo, todo cambió: está demacrado y no se quita el gorro jamás. Hace unos meses, su jefe, sorpresivamente, lo despidió. Como indemnización, le dio un plomazo que surcó su cabeza. “Me está creciendo el pelo de nuevo”, insiste optimista al tocar la cicatriz. Con el orgullo más herido que su cuerpo, tuvo que aceptar oficios menos lucrativos. Los sábados por la mañana es el recaudador de la feria de Dock Sud. Camina entre los puestos de verduras, carnicerías y tiendas de baratijas para cobrar la taza fijada por el administrador. En poco tiempo armó un negocio paralelo. A los vendedores les solicita, humildemente, obsequios en especias para llenar su olla. Pero además reclama un plus como garantía para evitar hipotéticos robos. Si algún vendedor se niega a pagar el canon extra, sufre un atraco a la semana siguiente. Así y sólo así, los descorteses comerciantes ofrendan dichosos, tanto los alimentos, como la nueva tarifa. Por las noches tiene diversión asegurada: trabaja como portero en El Petrolero, último reducto carnal de la isla, cuya titular es Viviana, mujer de gordura casi barroca a la que todos llaman Vivi. Hace unas noches tuvieron una complicación seria. Un juez que  sabe disfrutar de los placeres prohibidos los visitó. Un borracho, ignorante de las investiduras, intentó manotearle la billetera y lo golpeó con una botella en el rostro. Del atacante se encargó Julio. “No molestará nunca más”, disparó enigmático. Pero ahora temen que el magistrado invente una causa legal como represalia. “La gorda Vivi le dirá que se olvide del tema y tendrá todo gratis de por vida”, pronosticó el devaluado rufián. Si bien su carrera delictiva se truncó imprevistamente, es innegable que Julito conoce al Doke en profundidad. RIACHUELO BUENOS AIRESDespués de tomar unos vinos en la fonda de Carlos, comentó: “El ingenio de la fuerza policial es increíble. Lograron que los pibes hicieran las faenas que los uniformados no pueden realizar”. Según él, los anti-chorros son la más moderna creación de la policía ante la mirada de las instituciones de control y las quejas generales por su ineficacia. En pocas palabras:  habrían tercerizado las ejecuciones clandestinas en manos de rateros como estrategia para administrar el delito callejero. La práctica es el preámbulo de la “sicarización” de la juventud marginalizada.

El fin de su infancia fue el principio de las visitas periódicas a la policía. Al descubrir su bravura, lo torturaron sin culpa ni piedad. Finalmente le propusieron ciertas tareas informales. El pacto era simple: podía robar, matar y traficar impunemente dentro de cierta zona, liberada del control policial durante un tiempo preciso. Pero debía entregar un porcentaje, pagar diez pesos diarios por el alquiler del fierro (revólver) y un peso por cada bala usada. Como contraprestación, además, debía eliminar a los ladronzuelos díscolos, que se animaban a trabajar por cuenta propia.

 La parábola del Bebo

El mercado popular El Doke.

El mercado popular mueve cientos de personas en el centro de El Doke.

El asesinato del indígena toba fue sólo un episodio dentro de una prolongada saga. Por lo cual, regresé varias veces al Doke y así descubrí sus diferentes caras, sus historias íntimas. En un diario amarillo, pocas veces se escribe sobre aquellos que progresan con esfuerzo. Que trabajan por una barriada que aún conserva del pasado inmigratorio variopintos apellidos y heterogéneas fisonomías: italianos, españoles, caboverdianos, polacos y argentinos llegados desde las entrañas del continente. Pero, además, continúa su enorme tradición solidaria. Sociedades de ayuda mutua, comedores públicos, clubes deportivos y talleres culturales también son parte de un suburbio flagelado en el cual muchos de sus pobladores se resisten a caer en el abismo. “Escriba también sobre nosotros”, suelen reclamar. Fueron ellos quienes, con el tiempo, detallaron las claves para reconstruir la historia del Bebo Soto, emblemático anti-chorro. El fin de su infancia fue el principio de las visitas periódicas a la policía. Al descubrir su bravura, lo torturaron sin culpa ni piedad. Finalmente le propusieron ciertas tareas informales. El pacto era simple: podía robar, matar y traficar impunemente dentro de cierta zona, liberada del control policial durante un tiempo preciso. Pero debía entregar un porcentaje, pagar diez pesos diarios por el alquiler del fierro (revólver) y un peso por cada bala usada. Como contraprestación, además, debía eliminar a los ladronzuelos díscolos, que se animaban a trabajar por cuenta propia. De más está decir que, en su primer año, derrochó muchas balas. Sin competencia, se erigió como reyezuelo barrial y extendió su dominio desde las balcanizadas torres del Doke hasta el propio corazón de la isla Maciel. Las rudimentarias armas brindadas por los oficiales fueron trocadas por fusiles FAL y ametralladoras. Sus hurtos se convirtieron en grandes atracos, y de pequeño dealer pasó a vendedor mayorista de drogas. Muchos creían que su fin llegaría cuando la policía se hartara de él. Otros confiaban en la ley (del Talión). En sus fueros íntimos deseaban que una de las tantas víctimas cometiera un acto de justicia por mano propia y los librara del sanguinario demonio. Nada de eso sucedió. Un jueves cualquiera, Soto y los suyos comenzaron una febril caravana. Primero asaltaron una farmacia, donde además del dinero se llevaron píldoras, eufóricos caramelos. Luego, una pizzería, y tras el hecho salieron a festejar a una bailanta, discoteca dedicada a la cumbia, música popular que mezcla el ritmo colombiano con melodías del litoral argentino. La madrugada los sorprendió locos, muy locos. Continuaron el viernes celebrando con unas chicas en su “aguantadero”, guarida segura ante sus enemigos. Allí se pasaron horas encerrados, derrochando cocaína y cerveza. Cuando estaban más que chiflados, al Bebo se le antojaron nuevas emociones. Tomó su revólver y lo colocó en la cabeza de una de las adolescentes. Quería jugar a la ruleta rusa: gatilló y nada. Repitió el rito varias veces sin que el arma estallara, hasta que fue su turno. “Nadie lo lloró; ni su mamá”, repiten por lo bajo en Dock Sud.


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