EL PACO: LA DROGA QUE MATA A LOS MAS POBRES

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Muchas ciudades de Latinoamérica dejaron de ser puntos de tránsito del narcotráfico. Los laboratorios –vulgares cocinas de cocaína– ya están instalados allí. Pero la exclusión, la desocupación, el auge del pandillerismo adolescente, les abrió un mercado aún más irracional a los cultores de la muerte blanca: lo que sobra del cocinado, el desperdicio, lo que debería ir a la basura se vende y hace estragos en los barrios más populares. Dosis baratas que destruyen el sistema nervioso y aniquilan neuronas. Un periodista argentino investigó el tema.

Texto: Facundo Di Genova / Fotos: Augusto Famulari – Gonzalo Lema – AP – AFP

Paco consumo

Los jóvenes de clase baja son los más afectados por el paco.

Estoy cansada. Me duelen la espalda, los huesos, los dientes. Me duele la garganta. Hace ya más de un día que no me levanto, todo me duele. Necesito fumar. Necesito fumar ya. Necesito conseguir y fumar pasta base de cocaína. Y si no hay pasta base no importa, seguro que hay paco, siempre hay paco, siempre hay porque sobra cuando el que me vende, acá a la vuelta de mi casa, cocina la pasta base de coca y hace cocaína, que es rica, a mí me encanta, pero es muy cara. Por eso fumo pasta base, pero como nunca hay fumo paco, siempre abunda el paco porque si no se tira a la basura, eso que afuera llaman crack es el paco, eso que sobra, dicen que es kerosén y acetona con ácido no sé qué, todo lo que sobra es el paco, que me mata, me encanta… Es lo único que sobra en esta villa de los marginados suburbios de Buenos Aires, en este villa que imita a las favelas de San Pablo, a los pueblos jóvenes de Lima, a los tugurios de Angola o de la India. ¿Diferencias? Claro que hay diferencias. Acá el devaluado dealer que vive en esas mismas calles de tierra, trae pasta base de coca de Bolivia para hacer cocaína y venderla a los que pueden pagarla, a los ricos que viven lejos de acá, y con el residuo, con la basura, con todo lo que sobra hace el paco. El asfalto no existe en este barrio, y las calles de tierra se multiplican en apretados senderos que serpentean entre las casillas improvisadas. Quiero fumar. Es lo único que me hace levantar de la cama. Ayer fumé, pero no me acuerdo bien lo que hicimos con Laurita y El Javi. No sé, qué sé yo. Me acuerdo lo que pasó a media mañana, después se me pone confuso, no sé. Me acuerdo que las dos estuvimos con el de la grúa esa que lleva autos y que pasa todos los días por acá, acá a la vuelta; me acuerdo que nos dio cinco pesos a cada una y que compramos como para fumar toda la tarde. No sé. Al principio me daba vergüenza hacerlo, decirlo, qué sé yo, ahora me importa una mierda…

Ayer fumé, pero no me acuerdo bien lo que hicimos con Laurita y El Javi. No sé, qué sé yo. Me acuerdo lo que pasó a media mañana, después se me pone confuso, no sé. Me acuerdo que las dos estuvimos con el de la grúa esa que lleva autos y que pasa todos los días por acá, me acuerdo que nos dio cinco pesos a cada una y que cada una compró como para fumar toda la tarde. No sé. Al principio me daba vergüenza hacerlo, decirlo, qué sé yo, ahora me importa una mierda.

El Quemado tiene todo listo.

pasta base de cocaina

Una muestra de la pasta base de cocaína. De allí se obtiene el polvo de cocaína y el paco.

Piensa que apenas le venda los últimos cincuenta kilos de pasta base a revendedores amigos dejará de trabajar, no para siempre pero al menos por un buen tiempo. Quiere dedicarse a otra cosa, cambiarse a un gremio menos jodido. No está en Bolivia, Perú ni Colombia, está en la villa Fátima, de Soldati, en un rincón perdido de Buenos Aires, y tiene algunos problemas con otras bandas. Nada grave. El Quemado sabe que esos líos se arreglan rápido y como siempre. Por eso mandó comprar algunos fierros: pistolas 9 milímetros, como las de la policía, y revólveres 32, para que los pibes de su banda metan plomo si es necesario. No está tranquilo el Quemado en la villa. Lo busca una banda que se mueve en su territorio y no se dedica al tráfico de drogas sino al robo, a la piratería de camiones repletos de mercadería. Lo buscan porque dicen que envenenó a los pibes de la villa con paco, que los convirtió en zombies incapaces de hacer otra cosa que fumar paco todo el día. Algo de razón tienen. Y se la tienen jurada Está cansado el Quemado. Hace tiempo que ya no cocina coca. Ahora sólo hace pasamanos. Trae de afuera pasta base de coca, le carga el doble al costo, y la vende. Pero está cansado, el accidente y ahora esto del paco lo desaniman. Quiere retirarse del negocio. Dice que es ingrato, porque se llevó la vida de sus padres y le desfiguró la cara. Hace tres años, en una casita económica fuera de la villa, el Quemado trabajaba con sus padres destilando pasta base, haciendo cocaina. Parecía un químico el Quemado: que el éter, que el ácido sulfúrico, que la temperatura justa…Pero se confió. Alguien le dio más temperatura de la debida a la cacerola de aluminio de cuarenta litros y el éter explotó. Los vecinos dijeron que parecía Napalm. El rudimentario laboratorio se incendió, sus padres murieron en la explosión y él se ganó el apodo que lo acompañó el resto de su vida. Tuvo quemaduras por todo el cuerpo. Pero se salvó. Perdió todo pero no fue preso. Dicen que el Quemado tuvo suerte. Ahora, en la villa, todo parecía andar mejor para este hombre morocho, con rasgos quechuas, la piel plastificada, la voz finita, la mirada desconfiada. Pero tiene un mal presentimiento el Quemado. Es un presentimiento acertado. No sabe que además de los piratas que abordan camiones para llevarse todo, también un juez le sigue los pasos. Y desde hace seis meses. No sabe que mañana, agentes antinarcos rodearán su casilla de chapa, mucho antes de que los dos revendedores le compren la pasta base. No sabe que esta noche tendrá un último cruce de balas con quienes le quieren meter plomo. No lo sabe. Lo presiente.

Si de un kilo de pasta base de coca quedan unos trescientos gramos de cocaína de máxima pureza, todo lo que sobra es lo que llaman paco, que en las barriadas pobrísimas se vende a treinta centavos de dólar cada dosis. Una dosis tan barata como devastadora del sistema nervioso central en general, y de las neuronas en particular. El veneno del veneno.

LABORATORIO DE DROGA

Los laboratorios donde se produce el paco son precarios, de arquitectura casera.

Aunque éste no es un barrio rico, tampoco es como en el que viven el Quemado y sus pibes zombies. Acá las calles no son de tierra ni las casas de chapa, nadie fuma paco, pero sí marihuana. A lo sumo, esos chicos que se juntan en la esquina fuman marihuana espolvoreada con cocaína, una copia del cigarro nevado, que es casi tan destructivo como el paco. Pero mata más lentamente y está mejor visto por los ojos de los otros. Es un barrio de clase media y estoy por encontrarme cara a cara con un cocinero de cocaína. El hombre, me dijeron, es un delincuente con aura de alquimista. Los químicos en serio, explican fácil ese trabajo: con el cocinado –me enseñó uno, y hasta dibujó fórmulas en un papel- se pasa del sulfato de cocaína al clorhidrato de cocaína, que termina cristalizado. Por eso la cocaína de máxima pureza vista en el microscopio parece vidrio astillado. Pero el hombre que quiero ver es más elemental. Estuvo cinco años en prisión. Hacía cocaína en el garaje de su casa, pero el olor pestilente que se filtraba cansó a sus vecinos que lo denunciaron. Ya había ganado mucho dinero cuando la policía entró en su casa. Ahora está en libertad condicional, me dicen, después de gastar lo que tenía y lo que no tenía en abogados. Por eso volvió. Hace dos meses que quiero hablar con él, pero siempre nos desencontramos. O me evita. Ahora el contacto que me iba acercar al cocinero está en otra esquina. Me mira, ni se inmuta. Me acerco. Le dicen Rubio Loco, las zapatillas con resortes, la gorrita con visera, jeans y campera de cuero negro. Tiene un celular que nunca usa como teléfono sino como handie, y es la única forma de comunicación que tiene con sus secuaces, la única que por ahora no puede interceptar la policía. Se escucha un bip y el Rubio Loco responde, balbucea tres palabras mientras me saluda. Vení, me dice, y caminamos cerca de un parque oculto por una fila de altos edificios, cuadrados, iguales, tristes. El parque, sin luz, húmedo, sin césped, sin juegos para chicos, es un escenario deprimente.

Detrás de todo esto está la huella de El Ingeniero.

ARGENTINA COCAINA

Una campaña antidroga del gobierno argentino, año 2000.

Un pesquisa que sigue la blanca línea del narcotráfico me lo dice en un bar no muy recomendable donde me citó. Hasta no hace muchos años éste era sólo un país de tránsito de la droga. Pero eso se acabó. El Ingeniero sabe que cuantas más fronteras hay que cruzar, el costo sube y se pierde mucho dinero. En cada posta el precio del kilo se duplica y de cada diez envíos, tres se pierden en el camino. Lo dice la experiencia. Lo dicen los números. Por eso El Ingeniero encontró la solución. Habla casi sin respirar. Por momentos me clava la vista, y en otros la distrae detrás de la ventana del bar. El enigmático ingeniero del que me habla, sería el colombiano Alejandro Carvajal Montes de Oca. Personaje de modales refinados, casi un sibarita, de hoteles de lujo, buen champagne y vinos caros. Nadie acierta a decir si es el capo del negocio, si pone la cara por otro o es simplemente un ideólogo a sueldo. Cuánto más postas, menos posibilidades de tráfico exitoso, me repite el pesquisa Por eso El Ingeniero decidió concentrar el negocio en ciudades cerca de los puertos, y para empezar hizo pie en Argentina desde donde puede enviar su mercadería a Europa y Sudáfrica. Los sabuesos, con datos y más de un guiño de la DEA, dicen que el hombre aporta dinero y conocimiento –después de todo, es ingeniero químico– para montar laboratorios de cocaína. Y se asocia con hampones locales para exportar. Y lavar dinero. Los investigadores tienen bajo la lupa a la ciudad costera de Mar del Plata, sobre el Atlántico. Hasta ahora tuvo suerte. No pudieron dar con él. Saben que está en el país, o que lo visita periódicamente. Pero no saben dónde ni cuándo. También lo cubre la leyenda. Que tuvo diferencias de dinero con sus socios. Que lo invitaron a navegar, y después de un banquete con centollas lo ultimaron de la peor manera: encadenado a una plomada de cincuenta kilos habría sido lanzado vivo al fondo del mar. Nadie confirma el cuento. Nadie lo desmiente. Pero lo cierto es que El Ingeniero sembró de cocinas Argentina y otros puntos estratégicos de Latinoamérica. Y, tal vez sin proponérselo, dejó a muchos a merced del paco.

Cocaina

La cocaína hoy se cocina en toda Sudamérica.

En Argentina se descubrieron cuarenta cocinas y laboratorios de cocaína en los últimos dos años. Pero hay por lo menos tres veces esa cantidad funcionando ahora mismo. La Secretaría de Lucha contra el Narcotráfico dice que estos laboratorios clandestinos tenían una capacidad para producir tres mil kilos anuales cada uno. Llevan incautados unos diez mil kilos de cocaína en los últimos dos años. No es mucho. Sólo se llega a incautar hasta un treinta por ciento de todo lo que se trafica. El negocio mueve entre seiscientos y mil doscientos millones de dólares anuales. Y no parece estar en un período recesivo. Si de un kilo de pasta base de coca quedan unos trescientos gramos de cocaína, todo lo que sobra es lo que llaman paco, que en las barriadas pobres se vende a treinta centavos de dólar cada dosis. Una dosis tan barata como devastadora del sistema nervioso en general y de las neuronas en particular. La existencia del paco es la prueba que la cocaína ya no sólo se importa desde Perú y Bolivia, sino que también se termina de fabricar en el país. Nadie va a importar los residuos de la cocaína. Es basura y no brinda ganancia. Pero si esos residuos del cocinado están al alcance de la mano, y en lugar de tirarlos se los puede vender a un peso la dosis, es un buen negocio. Un negocio vil, claro, que está destruyendo a los más vulnerables. Los desechos de acetona, kerosén y ácido sulfúrico que tiene el paco provocan –tras la combustión de la fumada en una pipa de aluminio, o en improvisadas latas de cerveza– daños fatales. Si el consumo se prolonga durante un año, si no se interrumpe el uso ni se recibe asistencia, lo más probable es que el adicto muera o quede cerebralmente disminuido para siempre. Les dicen zombies, no comen, el sexo no les importa; la mirada perdida, la cara macilenta, los dedos flaquísimos. Son los adictos al paco. El veneno del veneno. En las villas más multitudinarias de la Argentina conviven familias trabajadoras con desocupados, ladrones de todo tipo, y los transas, como se llama a los revendedores de drogas. La convivencia no es pacífica. Los beneficios de uno son perjuicios para el otro. Ajuste de cuentas, disparos en la noche que retumban en los pequeños pasillos, navajazos furtivos, pandillas enfrentadas como animales por su territorio, están a la orden del día.

Latas aluminio para fumar paco

Las latas de aluminio son la herramienta más popular entre los adictos al paco.

Y si no que le pregunten al Quemado, que está a punto de caer en manos policiales. Tiene suerte. De lo contrario hubiera pasado a engrosar la lista de muertos no identificados en las morgues públicas. Se la tenían jurada. Otra vez será, quizás en la misma cárcel le llegue la hora, quién sabe. Al día siguiente, apenas salió el sol, medio centenar de policías y hombres del juzgado cayeron sobre la villa Fátima. Encontraron al Quemado en una casilla de chapa, dos camas individuales sobre el piso de tierra. Estaba ahí, manso, la cara de quechua, la piel plastificada. Abrió los ojos y entendió todo. Había sido su última noche en libertad. A partir de ahora, eso el Quemado lo sabía bien, iba a tener que dormir con un ojo abierto. Adentro de la cárcel se ajusta todo lo que afuera quedó flojo. Se entregó mansito el Quemado, no opuso la menor resistencia. Dijo que era inocente. No le encontraron nada: los cincuenta kilos estaban a doscientos metros de donde estaba él. Esa fue la estrategia de sus abogados. Seguramente pasará no menos de diez años inactivo. Tras las rejas.

…Si el consumo se prolonga durante un año, si no se interrumpe el uso ni se recibe asistencia, lo más probable es que el adicto muera o quede disminuído cerebralmente.

PANAMA-DROGA-DESTRUCCION

La policía intenta controlar, no siempre con éxito, el tráfico de droga.

No va a ser posible, me dice el Rubio Loco. El cocinero no quiere hablar con vos, no quiere hablar con nadie, ya no cocina cocaína, ¿entendés?, me dice en esta plaza sin sol, césped ni juegos. Está trabajando más que nunca, pero por seguridad prefiere no decírselo a nadie. Pero preguntame a mí, yo te cuento lo quieras, me dice. ¿Y vos qué sabes?, le digo. Yo trabajé con él durante un año. Hay que tener cuidado, avisa. Comprás el éter, el problema es que ahora te piden los datos para comprar éter, pero conseguís un documento y una factura falsos y listo. El éter es lo más importante para cocinar. En una cacerola grande ponés la pasta base. Y le vas añadiendo de a poco el éter sobre la pasta, la vas cocinando despacito sobre una hornalla, a fuego muy lento. Muy lento, repite. Cuidado que si la temperatura es mayor que la adecuada explota todo. De verdad, cuidado con eso. Cuando terminás de cocinar queda como un bollo grumoso, que hay que secar con calor y después filtrar. Tirás lo que sobra, el paco, y lo que queda lo compactás con una prensa o en tizas, con un caño de plástico. Es eso, no hay más secreto.

Al principio me daba vergüenza hacerlo, decirlo, qué sé yo, ahora me importa una mierda. Estoy cansada. Me duelen la espalda, los huesos, los dientes. Me duele la garganta. Hace ya más de un día que no me levanto, todo me duele. Necesito fumar. Necesito fumar ya. Y si no hay pasta base no importa, seguro que hay paco, siempre hay paco…


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