EL RITUAL DEL TINKU: ENCUENTRO DE SANGRE

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En el altiplano boliviano, un ritual indígena de origen prehispánico sobrevivió hasta el día de hoy. Al despuntar el mes de mayo, todos aquellos que emigraron en busca de trabajo y buenas tierras vuelven como hijos pródigos a celebrar el Tinku. Un encuentro feroz, una guerra entre pueblos de trompadas, patadas y piedras que vuelan, que trae buenos augurios para las cosechas y las parejas que allí se forman.

Texto: Miguel Angel Vargas Saldías Fotos: Fernando Cuellar

El sonido de las julas julas acompaña el ritual.

El sonido de las julas julas acompaña el ritual.

Silencio, preludio de la medianoche. El frío del altiplano no abate a los habitantes del pueblo de Macha, que han salido hasta la plaza en espera de la primera de las 60 comunidades que llegan desde el campo para el ritual del Tinku, “encuentro” en idioma quechua. “No es ningún festival”, advierten los pobladores a los pocos turistas que lograron llegar a la zona para ser testigos del habitual colorido y alegría bolivianos. No alcanzan a comprender que esto es una guerra y ellos están en el epicentro. El sonido de las jula julas –una especie de zampoñas gigantes, instrumentos de viento en base a cañas gruesas– se come los silencios. Nadie habla, e instintivamente se recluyen en las aceras, dejando la vía libre para el arribo de la primera población participante. El polvo del camino se adelanta. Le siguen hombres y mujeres con trajes típicos –con los rostros macerados por el cansancio y el alcohol– que bailan al ritmo de sus instrumentos. Ya en la plaza, forman dos círculos que giran en sentidos contrarios: en uno bailan mujeres, y en el otro hombres. Dan un par de vueltas hasta que se detienen. Regresa el silencio. Los músicos cambian de instrumento y sueltan agudos acordes en sus charangos. Esa suerte de diminutas guitarras puneñas hacen vibrar los músculos. La alegría se incendia en sus rostros y empiezan el desenfrenado zapateo. Música altiva, preludio de la sangre. El Tinku es un ritual de origen prehispánico que sobrevivió la colonia y se celebra hasta la fecha. Se trata del enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre dos oponentes de similares características, representando cada quien a su pueblo. Los ayllus (comunidades) del norte del Departamento de Potosí participaban en este encuentro incluso antes de la conquista quechua a los señoríos aymaras. Según los cronistas españoles, en las comarcas de Charka y Chayantaka se realizaban peleas rituales en las que dos grupos intercambiaban golpes de puño o qurawas (hondas). Hoy, estos encuentros se realizan en las Markas o centros urbanos dotados de una iglesia colonial, cabildo, casa de hospedaje y escuela. Estos pueblos, organizados como las poblaciones españolas en la segunda mitad del siglo XVI, son ahora centros culturales para las comunidades que literalmente los copan del 2 al 5 de mayo, coincidiendo con la católica Fiesta de la Cruz. El sincretismo religioso es una realidad vigente en todo el mundo andino. Los habitantes de Macha, Aymaya, Pocoata, Chayanta y Torotoro han migrado en su mayoría a las ciudades y al exterior por la aridez de las tierras. Pero la Fiesta de la Cruz es el día del retorno de sus hijos pródigos.

EL VIAJE DE JUSTINO

Todos participan en las peleas, hasta los niños, para mostrar su coraje.

Todos participan en las peleas, hasta los niños, para mostrar su coraje.

Un bus destartalado expulsa sonidos de queja en el trayecto desde la comunidad minera de Llallagua. Este 1º de mayo, uno de sus pasajeros es Justino Callo, de Umajila, un pueblo de 25 casas, a 190 kilómetros de la ciudad más cercana, Oruro. Hace 20 años que dejó su tierra natal para instalarse como empleado de la terminal de buses en la lejana Cochabamba. Allí vive con su esposa, Leonora, y sus tres hijos. Justino viaja solo, pues dejó a sus dos hijos mayores en casa y su esposa se adelantó micon la más pequeña. Umajila está a 30 minutos de Macha en auto y a unas dos horas y media a pie. Pero si se pregunta a cualquier comunario, él dirá que llegó en media hora, aunque el reloj –si lo tiene– lo delate. La noción del tiempo es muy distinta en un pueblo donde no hay energía eléctrica y el agua hay que buscarla en pozos y riachos. Luego de más un día de viaje, Justino llega caminando a Umajila con la noche de compañera. La oscuridad no es problema para quien ya está acostumbrado desde niño a guiarse con la luz de las estrellas. Al entrar a la casa de dos habitaciones de adobe despierta a su beba, Claudia. La madre de Justino, sorda por el paso de los años, sonríe sin entender la charla que comienzan los esposos. Leonora sabe que no puede ir esta noche al calvario, donde una pequeña capilla guarda la cruz vestida por el alférez, nombre español dado a quien preside la fiesta. Las mujeres no participan. En cuestión de segundos, Justino se deshace de la ciudad: se saca la chaqueta y el pantalón de tela, para pasar a unos aguayos (tejidos indígenas) que se cruzan sobre el pecho, una faja y un llucho (gorro tradicional que cubre las orejas). Lo acompaña su charango, hecho por él mismo. De su casa se divisa la luz que titila sobre una loma a unos 200 metros. Allá estuvieron alguna vez las wacas, las milenarias piedras sagradas. Los españoles usaron estos lugares sagrados para levantar sus iglesias. Y los comunarios rinden ahí el culto al patrón del encuentro, la fecundación y la abundancia. Imitando a las estrellas, pequeñas luces amarillentas se acercan desde lo lejos. Son las antorchas que llegan anunciadas por los jula julas hasta la capilla. Allí revienta un chasquido. Los más jóvenes corren divertidos y las pocas mujeres que se acercaron, se alejan más. Es el látigo del mayora (autoridad originaria) que pasa su última noche como salvaguarda del orden y la disciplina. Es un celoso vigilante de la moral y el encargado de conducir el grupo. Las antorchas se acercan lentamente a la hoguera que reúne a niños y mujeres, mientras Justino entra a la capilla tocando el charango.

El alferez carga la Winka Krus para que “oiga la misa”.

El alferez carga la Winka Krus para que “oiga la misa”.

Ahí está el Tata Wila Krus, una cruz de madera de metro y medio, vestida con un poncho de aguayo, una máscara de yeso con el rostro de Jesús coloreado al centro y una pequeña montera (especie de casco español) en la punta. Debajo, seis velas alumbran una vasija con el incienso que se aferra a la ropa. Afuera, el alférez ofrece chicha en los waca vasos, cerámicas que simbolizan la fecundidad. El primero tiene en medio dos toros, la esencia masculina, y el segundo, una pareja de vacas, la personificación femenina. La fiesta, al ritmo de jula julas y de charangos, se prolonga hasta la madrugada. Justino bebe toda la noche y sólo duerme tres horas. Al primer canto del gallo se levanta y se alista con la ayuda de su mujer. Utilizará la montera que heredó de su abuelo, a pesar de que corre el riesgo de que la policía se la quite. En medio de la pelea, los uniformados retienen las monteras y piden para devolverlas 300 bolivianos (unos 40 dólares). Cuando Justino llega a la casa de su tío comienza la ceremonia del sacrificio de dos llamas, hembra y macho. Los campesinos las atan y les cortan el cuello para que se desangren. Cuando los animales yacen muertos, les quitan el cuero. Las mujeres los trozan y preparan la comida para la fiesta. En la tarde, la comunidad aprueba una lista de alfereces y mayoras. Es un prestigio en la comunidad asumir esas funciones, pues el alférez no sólo es el encargado de vestir la cruz, sino de organizar la fiesta en su casa y portar la Wila Krus hasta la iglesia de Macha “para que oiga la misa”. Y el pueblo considera al mayora como la personalidad de moral más sólida y con autoridad suficiente como para infundir respeto. Cae la noche entre música, comida, alcohol puro y hojas de coca en la boca. Al despertar el alba, la comunidad deja Umajila en grupo. Deben demostrar su superioridad numérica para infundir miedo a otras comunidades. Mientras caminan hacia Macha, las mujeres cantan con voces agudas sus versos en quechua.

Los gritos de las mujeres acompañan a sus maridos, mientras que las casaderas ondean una bandera blanca y ponen los ojos en los más fuertes. Si uno les gusta, lo molestarán con el reflejo de los espejos que adornan su ropa hasta que él se percate y las persiga.

LA HORA DE LA SANGRE

Los trajes tradicionales son parte esencial del Tinku.

Los trajes tradicionales son parte esencial del Tinku.

A la medianoche llega la primera comunidad a la plaza colonial de Macha. Son pobladores de todos los rincones de la provincia Chayanta de Potosí. Muchas han caminado más de un día. Los comunarios de Umajila llegan al mediodía e ingresan por la esquina de la torre de la iglesia, donde bailan en círculo. El lleno es total. Los hombres tocan sus jula julas mientras las mujeres –con flores, cintas y espejos en la ropa– los acompañan. La entrada impresiona a los turistas que aplauden aún confusos. En la rueda está Justino empuñando un látigo: ha sido nombrado colaborador del mayora. Luego de un silencio, la música brota de las cuerdas del charango y los bailarines empiezan con el zapateo que levanta mucho polvo. La gente ha bebido chicha durante todo un día y continúa con los tragos en una estrecha calle del pueblo. Otra comunidad les pisa los talones y los comunarios reaccionan, pero la naciente pelea se detiene por el repicar de las campanas. Es hora de la misa. En el templo, el alférez deposita su Wila Kruz junto a las otras, apoyadas a la derecha del altar. La gente se acomoda como puede. Las cruces “escuchan” misa. Al terminar, lejos de haberse calmado, los ánimos se encrespan más. Los comunarios abren espacio y dejan un círculo para pelear. Se han prohibido los guantes, las monteras y que las mujeres lleven piedras en sus aguayos para ayudar a sus maridos. Una provocación y empieza la pelea. Cada comunario examina a los oponentes y desafía a uno que tenga características similares. Si es soltero, probará su virilidad ante las mujeres. Los golpes en la cara son interrumpidos por los policías que, con látigos, separan a los furiosos. La rabia no puede contenerse por más tiempo, y varias comunidades se aglomeran y reparten puñetes y patadas a discreción. No se distinguen hombres, mujeres o niños. Todos participan. Las madres alientan a sus pequeños a luchar como una prueba de madurez. Las piedras salen volando en todas las direcciones. La guerra ha comenzado. Los gritos de las mujeres acompañan a sus maridos, mientras que las casaderas ondean interrumuna bandera blanca y ponen los ojos en los más fuertes. Si uno les gusta, lo molestarán con el reflejo de los espejos que adornan su ropa hasta que él se percate y la persiga. El caos continúa hasta que los gases lacrimógenos dispersados por la policía logran separar a la gente. Los turistas, otrora animados, huyen despavoridos con la nariz tapada. Las distintas puertas del pueblo se cierran empujadas por el temor. Pasan unos minutos y los comunarios se alejan. La sangre seca en la ropa no se compara con la derramada en el suelo. Rostros duros, hinchados. Justino lleva marcas en la cara, pero no son para alarmarse. Leonora lo protege y evita que se haga más daño. El hospital, a unos pasos de la plaza, se llena de heridos y de mujeres que se lamentan sin lágrimas. La policía, entre la torre y la iglesia, retiene en su celda a algunos comunarios muy violentos que recuperan su libertad en una hora.

El espacio es muy reducido para albergar a todos. Las peleas se repiten en las cuatro esquinas de la plaza, también los gases lacrimógenos. “Está bien”, dice la sonrisa ensagrentada de Justino. Le gusta la pelea, a eso ha ido. “Con unos tragos, ya no sientes nada”. El alcohol ha corrido dos días cuando la gente retorna a sus comunidades. La sangre derramada en el pueblo augura un buen tiempo para la cosecha. No se tienen datos de muertos, y nuevas parejas se formaron a la sombra de la guerra. Mientras se empiezan a reparar algunos destrozos y el pueblo recupera la tranquilidad, en un bus que ya está a varios kilómetros de Macha, un magullado Justino se vuelve a Cochabamba. Dentro de un año regresará a reencontarse con el Tinku.

Una provocación y empieza la pelea. Cada comunario examina a los oponentes y desafía a uno que tenga características similares. Si es soltero, probará su virilidad ante las mujeres. Los golpes en la cara son interrumpidos por los policías que, con látigos, separan a los furiosos. Varias comunidades se aglomeran y reparten puñetes y patadas a discreción.


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