Elecciones 2016: Portación de apellido y algo más

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Faltan poco más de 18 meses para las elecciones generales que determinarán quién será el (o la) 45º presidente de Estados Unidos. Mientras el Partido Demócrata parece encolumnarse detrás de una sola figura, el Partido Republicano perfila candidatos a toda marcha y promete unas primarias tan competitivas como heterogéneas. Desde Rand Paul, el hombre que propone pararse radicalmente a la derecha de la derecha, hasta Chris Christie, el hombre que abrazó a Bill Clinton y cuyo perfil parece ser la esperanza de la recuperación de la cordura en una agrupación política secuestrada por el fundamentalismo religioso de derecha.

Pero ellos no son todo lo que hay. Jeb Bush –hijo y hermano de mandatarios de Estados Unidos–, si bien aún no ha decidido su postulación, su nombre, o más exactamente su apellido, es visto como un catalizador para un Partido Republicano que se encuentra fuertemente polarizado. El otro representante de los ultraconservadores, Paul Ryan, es una voz de mucho peso en temas de economía dentro del partido, pero no parece tener la capacidad de recaudar suficiente dinero para unas primaras en las que la billetera tendrá un gran protagonismo. El aspirante hispano Marco Rubio, actual senador nacional por el estado de Florida, fue uno de los más apurados en postularse y probablemente sea uno de los primeros en bajarse también. La candidatura de Ted Cruz no amerita siquiera comentarios.

Del lado demócrata todo parece ser mucho más previsible. La ex secretaria de Estado, ex primera dama y ex senadora Hillary Clinton va de nuevo por la nominación demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Con su candidatura confirmada, tanto las oportunidades de Joe Biden, actual vicepresidente, como las de Andrew Cuomo, actual gobernador de Nueva York, parecen derrumbarse antes de comenzar. Hillary Clinton es el candidato previsible.

Si bien es cierto que Hillary creció a la sombra de su esposo Bill, sus inquietudes, aspiraciones y experiencia arrancan desde sus primeros años en la universidad en el estado de Massachusetts. Poco después de ingresar en la Yale Law School conoció a Bill, quien llegaría a convertirse en gobernador de Arkansas, tradicional enclave republicano. Su papel como primera dama del estado hizo evidente que su estilo no era el perfil bajo. Su intervención oficiosa en todos y cada uno de los asuntos la convirtieron en un verdadero poder detrás del gobernador.

En 1992, cuando su esposo decidió contender por la presidencia, el eslogan de campaña era: “Dos por el precio de uno”, en alusión a un binomio acostumbrado a operar de forma conjunta. Su participación activa en las campañas de su marido la tornaron en interlocutora permanente, pero también en un flanco abierto que los republicanos han usado desde entonces para atacarla y transformarla en el talón de Aquiles de su esposo.

Hoy va por su cuenta. Y sus frentes históricos serán el blanco de sus opositores. Seguramente veremos viejos temas reinstalados como la investigación desde el Congreso para esclarecer su responsabilidad en la trama de Whitewater, un escándalo de inversión inmobiliaria del que salió exonerada; o el ya tristemente célebre affaire sexual entre su esposo y Monica Lewinsky que la puso en la mira (violenta) de quienes la consideraron demasiado indulgente con su esposo. Las encuestas continúan confirmando que Hillary Clinton es la mejor apuesta del Partido Demócrata para retener la Casa Blanca, y corroboran que, ocho años después de haber sufrido una categórica derrota en las primarias presidenciales a manos de Barack Obama, sigue conservando el halo de candidata inevitable.

Por su parte, el Partido Republicano ya dibuja estrategias contra la que dan por descontado que será el rival a vencer. Su batería de atributos no la hace un rival sencillo. Su pasión por lograr que una mujer alcance la presidencia por primera vez en Estados Unidos presenta características singulares. Explota con naturalidad todos los rasgos que la mujer estadounidense espera de ella, pero su historia está muy alejada de cualquier síntoma de debilidad. Es una persona de centro, capaz de convencer al ala más progresista del partido aunque con una marcada tendencia al comportamiento de “halcón” en asuntos de política exterior.

Hillary Clinton es una mujer fuerte. Y proyecta esa imagen. Una ecuación compleja que la convierte en un enigma para un Partido Republicano que se debate entre una posición ultraconservadora que acerca a los precandidatos a ganar las primarias, o una perspectiva más moderada que le daría mayor oportunidad entre los independientes en la elección general. De cualquier manera, la crisis de identidad que atraviesa el Partido Republicano continúa siendo el verdadero enemigo a vencer. De la vereda de enfrente, el Partido Demócrata sigue mostrando signos de coherencia doctrinaria y pragmatismo que hacen más fácil la decisión de los electores.

Falta mucho, es cierto. No obstante, si usted comienza construyendo una pared con un desvío de una pulgada, cuando la pared esté terminada usted estará 5 pies dentro de la casa de su vecino. La claridad en el enfoque y la definición de identidad no es algo que pueda esperar mucho tiempo. La política es algo complejo. Pero el ciudadano es simple. El Partido Republicano parece no haber entendido esto aún.

Hasta la próxima,

Alex Gasquet


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