ELLA FITZGERALD: ELLA LA DAMA DEL JAZZ

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De niña fue abusada por su padrastro. Creció en la calle. Vivió en un orfanato. Se hizo cantante por casualidad. Avanzó sin mirar atrás. Y fue la primera dama del jazz por mérito propio. He aquí la conmovedora historia de una mujer de enorme coraje e inigualable voz.

Texto: Raúl García Luna / Fotos: AP y AFP

ELLACONCIERTO

En abril 1961, la cantante en un show parisino.

Decían los sabios griegos que en toda vida hay un instante capaz de explicarla por completo. Dicen los críticos musicales que esa instancia clave, ese destello en la oscuridad, fue para Ella Fitzgerald su debut como cantante a los 16 años. Esa noche entre las noches, Ella fue literalmente obligada a salir al escenario del teatro Harlem Apollo y a cantar el tema Judy a la manera de su ídolo, Conee Boswell. Allí ganó el gran concurso Amateur Night Shows y ese fue su primer paso rumbo a la gloria. Sin embargo, el germen de esa voz inimitable, llena de lágrimas y de risas al mismo tiempo, puede encontrarse en otros momentos. Fundamentalmente, cuando su padrastro abusaba de ella a temprana edad. O cuando tras la muerte de su madre huyó de su padrastro y vagó por calles inexploradas, hasta ser detenida e internada en un orfanato de su segundo hogar, Nueva York. Aún no había cumplido los 14 años y ya había padecido lo peor de la vida. Alejada de su Newport News natal, rodeada de borrachos y prostitutas, desnutrida, golpeada, violada y siempre pobre, a Ella no se le ocurrió pensar que además era negra. Y dejó atrás esa maldita infancia sin siquiera imaginarse otro destino, apenas guiada por su instinto de supervivencia. “Lo que no nos mata, nos fortalece”, decía Nietzsche, y Henri Michaux, que las encrucijadas son “pruebas del espíritu”. La precoz resolución de Ella marcó toda su existencia. Sólo se trataba de vivir y de cantar. Y lo hizo. Nacida en 1917 en la ya nombrada ciudad sureña de Virginia, un estado defensor del esclavismo, y fallecida en la cosmopolita Los Angeles en 1996, Ella vivió 79 años. Llegó al mundo con John Kennedy, la Revolución Rusa, la ejecución de la espía Mata Hari en Francia, el tractor Ford que optimizó la rentabilidad de los agricultores norteamericanos, y la grabación del primer disco de tangos, Mi noche triste, de Carlos Gardel. Después, tras la mudanza de su padrastro y su madre al Yonkers, Ella empezó a cantar y a bailar por moneditas en las aceras del Harlem. A decir verdad, ganaba mucho más avisándoles a las prostitutas de la cercanía de algún policía. Cuando Ella debutó en el Apollo, Shirley Temple asombraba en su primer film a los 6 años; Chaplin estrenaba Tiempos modernos; Bonnie & Clyde morían en una emboscada policial; y Gardel se estrellaba en un aeropuerto de Medellín. Ella escuchaba por radio a las Boswell Sisters y bailaba. En realidad, soñaba con ser bailarina, no cantante.

La leyenda

CANTANTEELLAChick Web y su orquesta eran lo más top del momento, y Ella le dijo que le encantaba la idea de llegar a cantar con ellos. “Yo sabía que tenía un cantante varón y que no quería una mujer… pero insistí”, contaba Ella. Web le respondió: “Mira, mañana tocamos en Yale. Tómate un autobús hasta allí y, si le gustas a Moe, te quedas con nosotros”. Ella les pidió unos dólares a sus amiguitas, viajó y cantó para el manager de la banda, Moe Gale. Web le dijo a Gale: “No la mires, sólo disfruta de su voz”. Y tras escucharla, Gale la contrató, mudo de genuina emoción. Y Web fue su primer padrino artístico. Ella frecuentaba lo que en aquellos tiempos se llamaba “canciones de enfermeras”, y en 1938 grabó A tisket a tasket, un tema hecho a su medida por un compositor profesional, pero a partir de una idea original de Ella, que sería su caballito de batalla durante años, la número uno en el repertorio de Web y el mayor éxito del hit parade por casi 13 meses. Esa primera grabación es poca cosa si se la compara con las versiones posteriores, porque la destreza de Ella y su calidad vocal evolucionaron como pocas en el ambiente musical. Lo cierto es que a los 21 años, Ella ya era una leyenda del Harlem y su voz también llegaba al sur de la calle 125, algo de lo que sólo podían ufanarse los negros varones y famosos como Cab Calloway y Duke Ellington.

ELLAFrank Sinatra Ginny Mancini

Ella junto a Frank Sinatra y Ginny Mancini en Beverlly Hills.

Ella en 1983, en el festival hispano de Palma de Mallorca, con un trío-base y Joe Pass como guitarrista  invitado, embriagando al público con una insuperable voz de 63 años de añejamiento. No existe en toda la historia del jazz una vocalista femenina capaz de exhibir una foja de servicios como la de Ella. Cantante de big bands e igualmente a sus anchas en formatos más reducidos, en anfiteatros o en pequeños clubes, con el clásico soporte de piano, contrabajo y batería o a capella, fue la más versátil intérprete de standars, baladas, blues, gospel, canciones infantiles, himnos navideños, calypso, bossa-nova, un reggae de Marvin Gaye o un Hey, Jude de Los Beatles. No por nada el mismísimo Duke Ellington le rindió homenaje en Portrait of Ella Fitzgerald y dijo: “Ella está por encima de cualquier categoría”. ELLAFITZGERALD“Solamente una vez”, acota un bolero. “No habrá ninguna igual”, reza un tango. En los ’80, Tonny Bennet dictaminó: “No hay nadie mejor”. También Marilyn Monroe fue su devota admiradora. Ella cantó para varias películas y sus muchas apariciones en televisión incluyeron dos especiales de Frank Sinatra, dos shows para la BBC y una presentación en el exitoso Carol Burnett Show. Y hasta llegó a cantar con Abbott y Costello en una película de 1942. Su intuición del ritmo y de la armonía era algo fuera de serie, y en las canciones sin letra, el sonido parecía fluir de su garganta como un leve susurro, quizá llanto infantil, tal vez risa atemperada. Alguien escribió que su voz “fue creada para copiar a los instrumentos musicales”. Lo mismo  se dijo de Armstrong, pero no como elogio, sino para reducir su talento a un acto puramente imitativo, casi simiesco. Ella dijo: “Sí, traté de hacer lo que escuché que hacían las trompetas… pero no me copié. Yo conversé con ellas”.

Las otras dos voces mayores del jazz hecho por mujeres son las de Billie Holiday y Sarah Vaughan. Sin embargo, la de Ella es considerada la más peculiar y elevada, debido a un rango de tres octavas que le imprimía limpieza y precisión excepcionales. Esto, además de su reconocida autonomía de improvisación, sobre todo en el scat, técnica que estudió en los ’40 y que prefiguró al bebop.

ELLAALOS78

A los 78 años, meses antes de morir, continuaba deslumbrando desde los escenarios.

Las otras dos voces mayores del jazz hecho por mujeres son las de Billie Holiday y Sarah Vaughan. Sin embargo, la de Ella es considerada la más peculiar y elevada, debido a un rango de tres octavas que le imprimía limpieza y precisión excepcionales. Esto, además de su reconocida autonomía de improvisación, sobre todo en el scat, técnica que estudió en los ’40 y que prefiguró al bebop. Y en los ’50 sentó cátedra incursionando en el repertorio melódico internacional, codo a codo con el mismísimo Sinatra. El único reproche musical que se le hizo fue por su clara incapacidad emocional para cantar letras de alto contenido dramático, esas típicas baladas de inclemencia y desamor. Sufría, lloraba, no podía con ellas. Otra vez los fantasmas del pasado. Sin embargo, con Armstrong logró hacer Porgy and Bess, de Gershwin, en una versión menos triste. Después de eso, se publicó que “la historia de las cantantes de jazz puede dividirse en dos: la Fitzgerald y las otras”. Y alguien escribió: “Ella nació para vivir”, aludiendo por omisión a la segunda gran lady del género, la aguda y frágil Billie Holiday, víctima del dolor y las adicciones, muerta a los 44 años. En cuanto a Ella, en los ’70 comenzó a perder la vista y en los ’80 tuvo graves problemas cardíacos. No obstante, siguió cantando hasta entrados los ’90. Pero en 1993 la diabetes la dejó ciega y sin piernas, y tres años más tarde, abatida por múltiples enfermedades, murió en su mansión de Beverly Hills. Su cuerpo reposa en el cementerio californiano de Inglewood, y en su tumba jamás falta una rosa. Pero a su espléndido legado artístico cabe agregarle aquellos datos que, por ser juzgados “domésticos” o “menores”, usualmente no se mencionan, pero que a decir verdad son elocuentes a la hora de profundizar en el alma de quien hemos amado y ya no está con nosotros. ¿Cómo era Ella en vida, cotidianamente, fuera de los escenarios? Alegre, aniñada, de muy poco hablar, elegante sin afectaciones, a veces radiante, nunca monótona, despojada de rencores, capaz de escuchar a cualquiera, generosa con los necesitados y siempre gentil. Otro rasgo que la pinta de cuerpo entero: no se ufanaba de ser afroamericana cuando le ponderaban la voz negra. De más está decir que era entrañablemente abierta y decididamente vital, y que le gustaban las rosas.


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