Ellis Island: La isla de las lágrimas

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Ubicada frente a Nueva York, fue la puerta de ingreso de 16 millones de inmigrantes. Como en una suerte de purgatorio, los recién llegados debían cumplir con un largo proceso burocrático. En los días más concurridos, se requisaban a varios miles de personas de todas las nacionalidades. Muchos de ellos eran rechazados y debían regresar a la tierra que los expulsaba, dividiendo familias, rompiendo amistades. Y sólo después de ese proceso, podían comenzar a dedicar su esfuerzo a construir el “sueño americano”. Hoy cerca de la mitad de Estados Unidos pueden considerarse auténticos herederos de Ellis Island.

Texto: Felipe Real / Fotos: Gentileza Ellis Island Immigration Museum

Microsoft Word - Document7Si se quiere realmente saber por qué Ellis Island ha merecido el sensiblero apodo de “la isla de las lágrimas”, es conveniente librarse de los ojos de turista y de los veloces recorridos para tener la posibilidad de realizar un simple ejercicio mental. Al subirse al ferry en el amarradero de Battery Park, piense que usted se llama Semaan Abu Nasser Abdo y que parte desde Siria. O si prefiere, puede responder al nombre de María Grazia Moretti, madre de tres hijos, que viaja para encontrarse con su marido que partió dos años antes desde un pueblo en las afueras de Nápoles. Así y sólo así se podrá ilustrar lo que han sido los tiempos de la inmigración masiva. Entre 1892 y 1954, a Estados Unidos arribaron 16 millones de personas y la gran mayoría lo hizo pasando por la isla donde funcionaba el equivalente al actual Servicio de Inmigraciones de Estados Unidos, que realizaba controles comparables a lo que hoy sería la aduana, visado y controles fitosanitarios.

Si el ejercicio mental le funcionó, cuando las olas fustiguen al ferry, piense en cómo serían los golpes en las bodegas mohosas de la tercera clase, donde el cansancio, el hacinamiento y el hambre eran ley. En el viento, tal vez, pueda escuchar la balada del inmigrante compuesta de melancolía y esperanza, de abrazos y despedidas. Una canción que hoy puede sentirse en los aeropuertos, en la frontera sur, en las balsas que viajan de Africa a Europa. Para comprender realmente qué ocurría en la isla de las lágrimas hay que ponerse en la piel de esos hombres, mujeres, niños y ancianos que cruzaban el océano Atlántico sabiendo que no verían más su tierra natal y que ante ellos se abría un mundo virgen para sus ojos.

Lo primero que solían distinguir desde la diminuta ventanilla del barco, emergiendo del agua y entre las neblinas, era la estatua de la Libertad. Entonces, el ánimo cambiaba: en las naves se escuchaban expresiones de alegría en todas las lenguas del mundo y llantos en el idioma universal de la angustia. Una mujer como María Grazia –nuestro personaje imaginario– se habría persignado y rezado como si la estatua fuese una santa. Un hombre como Semaan Abu, quizás, hasta hubiera creído que ésa era una prueba concreta de la magnificencia de esta tierra y de las bondades de un porvenir lleno de progreso y libertad. Sólo que a veces las ilusiones terminan siendo simplemente eso: puras ilusiones.

Allí comprendían que una cosa es llegar y otra desembarcar: debían aguardar largas horas hasta recibir autorización para salir del barco. María Grazia le tendría que explicar a sus hijos por qué bajaban antes los que viajaban en primera y segunda clase. A ellos no se los consideraba un peligro para la nación debido al valor de su ticket y los controles médicos y administrativos los hacían a bordo. Cuando por fin comenzaban a descender del barco, percibían que no habían llegado hasta el destino de sus sueños sino a la trastienda. Que no habían arribado al continente sino a una isla, para dejarlos precisamente “aislados”, en cuarentena. Que si el país era un paraíso, ellos tenían que pasar por el purgatorio con el riesgo de volver al infierno.

Los minutos iniciales después de pisar tierra eran esenciales. Al bajar, tenían que hacer una larga fila a la intemperie componiendo una hueste babilónica: había desde trabajadores de Andalucía hasta soldados rusos, desde gitanas húngaras hasta artesanos alemanes, desde familias árabes hasta religiosos judíos. Al rato, les darían la orden de dejar sus equipajes junto a los de los demás pasajeros conformando una gran montaña repleta de maletas, baúles, bolsas de tela, jaulas de aves, instrumentos de música, libros. Rara era la vez que, al final del día, alguien podía reencontrarse con sus pertenencias.

ellisisland1De pronto, la larga hilera se encaminaba hacia el hall central. Un hombre como Semaan Abu seguramente nunca había estado en un edificio tan grande. Posiblemente María Grazia hubiera visitado alguna iglesia italiana. Pero ninguno de los dos había visto la iluminación eléctrica. Muchos creían que entraban a castillos encantados. Pese a su asombro, era obligación no demostrar problemas al caminar ni trastabillar al subir la escalinata del hall. Sus primeros pasos eran clave: tenían que ser sólidos. Podemos imaginar que, por esa razón, un joven –llamémoslo, Giovanni; oriundo del mismo pueblo– haya ayudado a María cargando a alguno de los niños. Ella, agradecida, porque los médicos militares en los primeros 6 segundos hacían un diagnóstico que marcaría su recorrido dentro de la isla: no sólo analizaban si tenían dificultades, sino también si poseían verrugas, ojos rojos o tatuajes. El que no cuadraba con lo pretendido, era marcado con una cruz blanca de tiza y debía someterse a más exámenes. Era el reino del miedo.

El análisis médico continuaba con una prueba de ojos. Un doctor se paraba ante el viajero y vociferaba “eyes” antes de controlar la vista. Si alguien tenía disminuciones, era apartado de la fila y sumaba puntos para ganarse un viaje de regreso. No hay que ser muy creativo para sospechar los nervios de una María Grazia que debía afrontar el escrutinio de sus tres hijos. Este sistema de examen había sido impulsado en 1901 por el presidente Theodore Roosevelt, quien quería “separar la paja del trigo” en materia inmigratoria debido –entre otras cosas– a la incipiente conformación de gremios por parte de trabajadores extranjeros y a los riesgos de epidemias.

Todavía hoy se percibe que este gran edificio no estaba pensando como un hotel sino como un hospital. O, mejor dicho, como un cuartel diseñado para luchar contra el mal que proviene del exterior. Un mal que podían ser los virus del cólera y la disentería, pero también las ideas políticas. No estaría mal comparar esas añejas preocupaciones con la cantidad de controles que se sumaron en la actualidad en los aeropuertos –en la llamada guerra contra el terrorismo– o ante el virus del SARS.

El primer hospital de Ellis Island data de 1902 y los requisitos sanitarios fueron cambiando año a año. Entonces, estaba en boga la teoría de la Eugenesia (bien nacidos, en griego), una filosofía social que pretendía mejorar genéticamente a los grupos humanos implementando políticas de selección donde se captara a los individuos con rasgos hereditarios considerados positivos y se rechazara a aquellos con elementos presuntamente negativos.

“No queremos que sean vagos, una carga para el Estado o que vivan de la limosna”, decían los políticos. Los humoristas gráficos eran más “poéticos”: dibujaban una cloaca que salía de Europa y terminaba en Ellis Island. Por eso, los exámenes estaban pensados para impedir la entrada de personas que dañaran el bienestar social y/o que estuvieran imposibilitadas de trabajar.

USA-NYC-Ellis_Island_cropA todo esto se sumaban los controles psicológicos basados en las tipologías confeccionadas por el italiano Cesare Lombroso, según las cuales la naturaleza criminal de las personas era innata, hereditaria y observable en sus rasgos físicos. De acuerdo a sus criterios, los criminales natos tenían aspecto simiesco, nariz de ave, el cráneo ancho, las cejas espesas, las orejas puntiagudas. La gran mayoría de los recién venidos fueron revisados bajo estos parámetros. Y como es habitual, pagaban justos por pecadores. Tardaron mucho tiempo en darse cuenta de eso, pese a los crímenes que podían ocurrir en los salones de internación. El fin de estas dos teorías llegó cuando fueron incluidas en los planteos filosóficos del nazismo y el fascismo.

Suponiendo que nuestros amigos imaginarios Semaan Abu Nasser Abdo, María Grazia Moretti con sus hijos y Giovanni, el gentil muchacho italiano, hubieran podido pasar todos los exámenes, aún les esperaba otro peldaño más de esta maquinaria burocrática que parecía pergeñada por un malvado Franz Kafka. Les faltaba el sesudo interrogatorio en el cual un oficial eructaba preguntas tales como: “¿De dónde viene?, ¿A dónde va?, ¿Cómo se llama?, ¿Apellido?, ¿Nombre?, ¿Es anarquista?, ¿Tiene amigos aquí?, ¿Es polígamo?, ¿Firmó un contrato laboral?, ¿Tiene dinero?, ¿Entonces, es anarquista?”. La falta de traductores pertinentes y el escaso tiempo (de 2 a 6 minutos) favorecía las confusiones.

No cuesta nada figurarse que el inmigrante sirio haya dado su nombre, Semaan, cuando le preguntaron su apellido. Y el funcionario, sin pensarlo, haya anotado en el formulario Seaman, dándole un apellido de origen inglés. Lejos de ser una mera suposición, hubo incontables casos así: algunos dijeron en su lengua natal “no comprendo” y así los bautizaron; los ancestros de algunas de las actuales familias Smith se llamaban en realidad Kowalski, herrero en polaco. Basta recordar la escena de The Godfather II cuando Vito, un joven siciliano, cambia su apellido por Corleone en homenaje a su terruño.

También podemos confiar que María Grazia haya respondido el interrogatorio de forma agradable a los ojos del funcionario. Que le hayan sellado la visa antes de darle un “Welcome to America”. Podemos pensar que, en cambio, el gentil italiano que la ayudó haya dicho algo que denotaba cierto sesgo de izquierda para recibir un sello que decía S.I. Muchos se alegraban sin saber que la sigla significaba Special Inquiry. Tras lo cual los enviaban a otra sala donde se encontraba una comisión investigadora, un dactilógrafo y una intérprete que lo sometían a un interrogatorio a fondo. Si carecía de suerte, un muchacho como Giovanni era deportado.

El momento del resultado final, donde se definía quién entraba al país y quién se quedaba en la puerta del sueño americano, era desgarrador: familias que se partían al medio, personas rechazadas que debían volver al hambre, madres que dejaban a sus hijos, hijos que perdían a sus hermanos, amistades rotas para siempre. Amistad que era el único capital, la única ayuda que se podía tener en ese flamante universo desconocido. Los graffiti conservados en las paredes del museo son elocuentes: “Maldito el día en que dejé mi patria” o “Cuando llegué a Ellis Island creí que era un castillo, pero descubrí que era una prisión”. En todos esos años, un 3% de los solicitantes resultaron rechazados. No es un alto porcentaje, pero significan 300 mil personas. Y de ese total, 3 mil se suicidaron antes de abandonar la isla. “La isla de las lágrimas”, parece entonces un buen apodo.

Radicals Awaiting DeportationY los que lograban salir de ese purgatorio, muchas veces tampoco ingresaban al cielo, como creían. En numerosas ocasiones los contratos de trabajo eran una estafa. O los familiares que prometieron recogerlos nunca aparecían. Eso mismo le podría haber pasado a María Grazia. Basta recordar la frase del actor húngaro Béla Lugosi, quien al igual que 16 millones de personas transitó por los sombríos pasillos de Ellis Island: “Me embarqué a Estados Unidos porque escuché que las calles estaban pavimentadas con oro. Cuando por fin arribé, me di cuenta de tres cosas: primero, que las calles no estaban pavimentadas con oro; segundo, que no estaban pavimentadas, y tercero, que yo era quien tenía que pavimentarlas”.

Podemos conjeturar, finalmente, que María Grazia y el ahora llamado Abu Nasser Seaman son personajes reales. Que la mujer nunca encontró a su marido, que debió abrirse camino con la ayuda de sus hijos. Podemos revisar los archivos históricos y ver que el joven sirio ensayó varios oficios hasta que logró instalar una tienda de telas. Seguramente, todos ellos soportaron malos tratos y momentos ingratos hasta descubrir lo que es la discriminación. Sin embargo, no atendieron a las voces del odio, salieron adelante y obtuvieron al menos una porción del sueño americano. Los nietos de Abu se vieron obligados a cerrar el comercio, pero siguen vinculados a la costura. Algunos de los descendientes de María Grazia viven en Nueva York y a veces se preguntan por qué aman las comidas italianas y la ópera. Hoy, todos ellos, al igual que casi 140 millones de estadounidenses –un poco menos de la mitad de la población– son los auténticos herederos de Ellis Island.


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