EN DIOS CONFIAMOS, Y A TODOS LOS DEMAS ESPIAMOS

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Por Alex Gasquet

El escritor británico George Orwell afirmaba que cuanto más se aleja una sociedad de la verdad, más odia a quienes hablan de ella. Las revelaciones del espía arrepentido Edward Snowden sobre el aprovechamiento masivo de datos llevado a cabo por los servicios de espionaje de Estados Unidos y Gran Bretaña han puesto sobre la mesa –una vez más– el debate sobre seguridad, libertad y privacidad. Según Snowden, la NSA y el FBI tienen acceso a millones de registros telefónicos y correos electrónicos de sus ciudadanos. Además, un programa secreto de la NSA le permite ingresar libremente a los servidores de nueve de las mayores empresas de internet de Estados Unidos con el propósito de identificar conexiones con el terrorismo internacional. Estas prácticas de vigilancia se escudan en un obsceno marco legal asentado en interpretaciones muy particulares de la tristemente celebre y ambigua Ley Patriótica que esta administración ha heredado del ex mandatario George W. Bush. El presidente Barack Obama asegura que no nos es posible estar cien por ciento seguros y cien por ciento privados. El presidente del “sí podemos” no explica cuál es la posición del gobierno en cuanto a los límites de su prédica. Deja, como flotando en el aire, la odiosa sensación de que sus fines justifican los medios. Vaya omnipotencia para un presidente que logró acceder a la posición más influyente del planeta convenciéndonos de exactamente lo contrario.

A Obama se le adjudicó demasiado pronto el rol de paladín de la justicia, defensor de los débiles, protector de las minorías y potencial gestor de una inspiración que prometía hacer de este mundo un lugar mejor. Una vez más nos hemos quedado encandilados por el hombre ignorando deliberada e ingenuamente sus circunstancias. Guantánamo, Afganistán, los drones, los excesos de la industria químico-farmacéutica, la dictadura de la telefonía móvil, la falta de regulación seria a la codicia de Wall Street, la exploración antiecológica y una penosa lista de etcéteras que arrancan con violencia y decepción el velo mágico que el presidente Obama ostentaba desde su impecable retórica.

El mundo avanza superando sus crisis de toda índole aunque rara vez digiere los efectos indeseables de las herramientas que genera como forma de solución. Ese mundo nuevo nacido inmediatamente después de la caída del muro de Berlín avanzó presuroso hacia el objetivo único de la derrota de un sistema sin crear ámbitos verdaderos de convivencia global. El triunfo del capital enmascarado en la eterna promesa de bienestar no sólo no ha hecho nada para impedir la creciente degradación de Europa, sino que ha colaborado a su consolidación. Ha convertido una gran parte de Africa en una tierra de nadie y a buena parte de Latinoamérica, junto a extensas regiones asiáticas, en la mayor fábrica de esclavos de la que se tiene memoria. Y la historia tiende a repetirse: las herramientas que en nombre de la seguridad nacional estadounidense se han creado pueden resultar eficientes para un causa justa y en un marco de indudable legalidad. Pero sin un escenario jurídico claro, la aplicación y uso de esas herramientas queda en manos de la moral política. Y moral y política son dos palabras que jamás se han llevado bien en ningún lugar de la historia. Guerra contra el terror, guerra preventiva, nuevo combatiente enemigo y otra serie de neologismos instalados en la última década tienen la pretensión de justificar un cambio en las reglas de juego. Una especie de anarquismo ejercido por los gobiernos que necesita ser disfrazado de excepcional y necesario. Cuando se descubre que el nuevo enemigo no tiene fronteras precisas, ni ideologías ni razón política aparentes, entonces todos, usted y yo, somos el enemigo. Surge así el espionaje masivo, esa necesidad de saber lo que estamos tramando. Y ese espacio donde encontrarnos ingenuos y desnudos es el universo digital. Ese lugar al que acudimos para todo. Buscar, comprar, aprender, enseñar, trabajar, compartir, entretenernos, disfrutar, sufrir, asombrarnos… Ese monstruo tecnológico industrial que sustituiría al complejo industrial militar que denunciara Dwight D. Eisenhower al abandonar la Casa Blanca en 1961 ya está entre nosotros.

Sin embargo, al igual que el poderío económico y militar, las infraestructuras electrónicas que mantienen conectado al mundo son casi en su totalidad empresas privadas. Todas ellas demuestran a diario una especial dedicación en obtener de sus usuarios toda la información posible con un aparente motivo aceptable, que es el de proporcionarles el mejor servicio posible. Esta falsa vocación de servir tiene un indeseable rasgo que transforma al sistema en secretamente extorsivo: si yo no acepto cookies, o no completo con toda la información requerida –siempre exagerada, innecesaria e irrelevante– en un formulario de registración, las posibilidades de acceder a lo que buscamos en la red se reducen drásticamente. Aunque lo peor del asunto es que hasta aquí podíamos discutir una cuestión de privacidad vinculada al uso de datos con fines comerciales. Pero no. Ya sea con vocación de colaborar en algunos casos, y con enérgico repudio en otros, la realidad es que los grandes concentradores de datos colaboran con los gobiernos de forma casi irrestricta. Por eso no es creíble la posición de Google, Apple, Yahoo, Facebook y muchos otros sobre la garantía de privacidad de los datos almacenados. En general, podemos asumir que estas compañías no están felices con este nuevo socio en la captura de grandes masas de datos, pero aún así, el hecho de que el máximo responsable de seguridad de Facebook, Max Kelly, se fuera de allí a trabajar a la NSA nos está sugiriendo algo preocupante.

Como siempre, los datos pueden ser utilizados para salvar vidas, o para iniciar una denigrante cacería de brujas sin asidero legal. Gracias a Edward Snowden hoy podemos saber que, por ejemplo, el tío Sam solicitó información sobre 32 mil usuarios de Microsoft, 19 mil usuarios de Facebook y 10 mil cuentas y dispositivos de Apple. Esta forma paralela del uso de información es particularmente alarmante y descalifica cualquier intento noble y legal de emplearla para salvaguardar vidas. Vivimos con la amenaza permanente de actos terroristas por parte de radicales de diverso tipo y muy difíciles de predecir, como ha vuelto a demostrar el reciente atentado en la maratón de Boston.

En una democracia, son los ciudadanos los que deben determinar el balance más armónico y eficiente posible entre seguridad y privacidad. Si el gobierno le miente sistemáticamente al Congreso, y las empresas privadas se escudan en la prohibición de difundir cuál es el uso que hacen de los datos frente al pedido de los distintos gobiernos, entonces estamos a merced de la falta de escrúpulos de cualquier oportunista. El presidente Obama y su administración ya se han mostrado –en el mejor de los casos– incompetentes para garantizarnos nuestros derechos.

Gracias Edward Snowden. Espero que la historia, con el tiempo, ubique a cada uno en el lugar que merece.

Hasta la próxima,


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