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Martes 2 de Junio de 2009

A 70 años de la última ejecución pública

Santa guillotina

por Felipe Real / Fotos: The Gallery Collection / Hulton-Deutsch Collection

El 17 de junio de 1939 se realizó la última ejecución pública en la guillotina. Esa muerte generó tantos exabruptos y muestras de júbilo que las autoridades tomaron nota y empezaron a imponer los primeros cambios en esta aberrante práctica. Este mecanismo fue creado por Joseph-Ignace Guillotin durante la Revolución Francesa con la intención de brindarle al condenado una muerte digna e indolora. Pero este “avance para la humanidad” terminó convirtiéndose en un baño de sangre que alcanzaría a toda Francia y a muchos de sus protagonistas. Con la excusa de esta efeméride negra, ALMA MAGAZINE indagó en la escabrosa historia de la guillotina, cuyas reflexiones lejos de pertenecer a debates lejanos y arcaicos, son aplicables incluso en nuestros tiempos.

Así como el dicho asegura que “el infierno está plagado de buenas intenciones”, también podría asegurarse que la vida está poblada de inventos fallidos o que lograron el efecto contrario al buscado. Ese es el caso del doctor Joseph-Ignace Guillotin (1738-1814), un médico y psiquiatra de la Francia prerrevolucionaria, que amaba reflexionar sobre las distintas maneras de alcanzar el bienestar colectivo, la difusión de los avances de la ciencia y las enaltecedoras ideas de la Ilustración. Siendo un devoto seguidor de las filosofías entonces en boga, centradas en el ser humano, descubrió la crueldad que reinaba en las prisiones francesas, en especial, durante las ejecuciones. Para eso realizó unos minuciosos estudios y perfeccionó un letal instrumento que seguiría funcionado hasta entrado el siglo XX.


En las visitas a las mazmorras, el doctor Guillotin estudió cómo eran los últimos momentos de vida de los criminales. Y determinó que, a veces, incluso sin pretenderlo, la muerte de los reos podía convertirse en un cruel martirio. Y que semejante tortura se debía a una falla en el proceso de ejecución que podía ser por error humano o por fatiga de los materiales; es decir, cuando el verdugo no era avezado o sus herramientas estaban desgastadas. Con sus investigaciones en mano, participó de la célebre Asamblea Constituyente de octubre de 1789 e impulsó su visión esperando acabar con el sanguinario tormento de los convictos. Para eso propuso el uso de una maquinaria de decapitaciones que reduciría los pesares de los prisioneros, sus familiares y los espectadores. Dicho en otras palabras, proponía “una forma civilizada de matar” y que cualquier integrante del pueblo, en caso de ser condenado, accediera a los beneficios de la ciencia para alcanzar una muerte digna e indolora. Si bien sus planteos tenían puntos en común con la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, la metodología de consumación no fue aceptada.


Pero el tiempo siempre da revancha: mientras el doctor criticaba en sus documentos la manera en que las ideas absolutistas impactaban en los cuerpos de los penados en el interior de las cárceles, se producía en las calles el estallido popular que acabó con el Absolutismo como sistema político. Nada casualmente, en una de esas agitadas noches de 1789 se tomó la Bastilla, la prisión que encarnaba el poder represivo del monarca y liberaron a los presos comunes. La Revolución Francesa estaba en marcha y sólo podría ser detenida con conspiraciones y duros ataques. Así fue que Joseph-Ignace volvió a insistir con el tema en 1792 y demostró ante los hombres fuertes del momento el funcionamiento de la maquinaria usando como víctimas a unos corderos. Esta vez fue aprobada, tal vez porque el contexto ya se había radicalizado y tanto unos como otros tenían razones para imaginarse a ambos lados del patíbulo, matando y muriendo en nombre de sus ideas. Ese año, la Asamblea Constituyente adoptó el método de Guillotin argumentando que la pena de muerte debía ser “igual para todos, sin distinción de rangos ni clase social”. Era el aviso de lo que vendría.


La flamante máquina de decapitaciones estaba compuesta por un armazón de dos montantes verticales unidos en su parte superior por un travesaño denominado chapeau (sombrero), que en lo alto tenía una cuchilla de acero con un mouton (lastre de plomo de más de 120 libras) que le daba una mayor velocidad al descenso. En su parte inferior poseía un cepo donde se ponía la cabeza del condenado, como suele verse en las películas. A diferencia de lo que se muestra en la ficción, rara vez la calavera caía sobre una canasta, sino más bien al suelo y el verdugo estaba obligado a mostrarla al público antes de guardarla en un vulgar saco de paño. Aunque en el resto de Europa se había coqueteado con artefactos similares, recién fueron usadas masivamente por los aportes del doctor Guillotin y de Louis Antonio, otro médico que se desempeñaba como secretario de la Academia de Cirugía, quien recomendó utilizar una cuchilla horizontal con la hoja escindida en forma oblicua para hacer más efectivo el corte.


El primero en testear sus virtudes fue Nicolas Jacques Pelletier, quien había atacado a un ciudadano a cuchilladas para robarlo. Según documentos, el juez que determinó la sentencia intentó animar al reo explicando que se ahorraría grandes dolores y lo consoló diciendo: “El condenado no tendrá que soportar más que la aprensión de la muerte, la cual será más dolorosa para vos que el golpe que os arrebatará la vida”. El ladrón no quedó muy a gusto con esta “avanzada forma de morir” y salió de su celda desmayado y fue arrastrado hasta el cadalso donde se encontraba un verdugo de caricaturesco nombre: Charles Henri Sanson. Una muchedumbre se congregó en la Place de Grève de París aquel 25 de abril de 1792 para ver el funcionamiento de ese mecanismo tan trascendental para la humanidad: había un gran entusiasmo, cierta expectativa y tensión. Muchas personas habían llegado desde lejos y se apretujaron frente a los pilotes de madera. Sólo se callaron cuando el verdugo apretó el resorte que dejó caer el acero. Recién ahí se escuchó: “Zazzz", un chirriar afilado seguido por un regadío de exclamaciones y un largo “¡Oh!” que anunciaba la desilusión de los morbosos espectadores. Desanimados, comenzaron a entonar cánticos pidiendo el regreso de la horca que entregaba un espectáculo más vibrante, lleno de dramatismo, patadas al aire, caras que cambiaban de color.


Quien tuvo que afrontar la mayor desilusión fue el propio Guillotin, quien se transformó –contra su voluntad– en un personaje tan célebre como su creación, que no cesaría de funcionar por mucho tiempo. A donde arribara, era recibido con bromas y cada vez que decía su nombre, su interlocutor le hacía comentarios jocosos sobre las decapitaciones. La fértil imaginación popular comenzó a darle a la máquina diferentes apodos: Mirabeau, por un marqués que apoyó la revolución; Louisette, que tanto hacía referencia al decapitado rey como al médico que perfeccionó la cuchilla; rasoir national, una ironía sobre el gobierno revolucionario. Hasta que finalmente se impuso guillotine, en honor a su humanista impulsor.


La muerte –como bien lo pontificaron los poetas– equipara a todos los seres sin distinción alguna. Y esa misma impronta intentó dársele a la guillotina. Con ese afán igualatorio, los líderes de la revolución condenaron al rey Luis XVI y a su esposa, María Antonieta. La tradición cuenta que la cabeza de ella continuó moviendo sus labios, expresando horror. Meses después se ajustició a los partidarios del viejo orden, a los fieles a la corona y, más tarde, comenzarían las luchas entre las diferentes facciones que dieron inicio al período del terror: la revolución comenzaba a consumir a sus hijos. Por entonces se repetía como si fuese un salmo: “Santa Guillotina, protectora de los patriotas, ruega por nosotros”. O también: “máquina amable, líbranos de nuestros enemigos”. Con el mismo anhelo justiciero, ante ella desfilaron los jacobinos y girondinos, el idealista Georges-Jacques Danton, el célebre Maximilien Robespierre, y muchos de los que habían gritado “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Los verdugos tenían mucho trabajo, las cuchillas se desafilaban y la gente aprendía a “disfrutar” del rojo espectáculo.


Taciturno y deprimido, Guillotin recomendaba no asistir a las ejecuciones y, mucho menos, ir con mujeres y niños. Pero su pedido principal se centraba en algo más básico: solicitaba que no se denominara a esa máquina “guillotina”; quería liberar su nombre. Pese a lo que dice la leyenda, el doctor no murió bajo el peso del acero sino abatido por la presión de su conciencia. Nadie le hizo caso. Sus familiares y descendientes durante muchas décadas pidieron que se le cambiara el nombre, pues los marcaba con el rojo sello de la muerte. Pero, hartos del tema, prefirieron modificar el apellido de su familia.


El espectáculo debe seguir. Con sus detractores y entusiastas, con críticas y halagos, la guillotina permanecería funcionando hasta que en junio de 1939 hubo un punto de inflexión. Durante meses, la prensa sensacionalista había estado promocionando la ejecución de Eugen Weidmann, un trastornado alemán radicado en Francia que había crecido con las carencias propias del período de entreguerras y había renovado sus malas artes en la prisión. Junto a otros cómplices, rentó una gran casona en un ostentoso barrio para dedicarse a robar a turistas ricos y personalidades del ambiente artístico. La banda comenzó con los robos y asesinatos de un comerciante y del bailarín estadounidense Jean de Koven, crímenes que espantaron a los coquetos vecinos del suburbio de Saint-Cloud. Cuando se sintieron perseguidos, Weidmann y los suyos mataron a un chofer para quitarle el auto y huyeron a la rivera francesa para seguir con sus prácticas. Allí, se relacionaron con un productor teatral al que sedujeron prometiéndole invertir en sus obras: nada de eso sucedió. Luego fue el turno de un agente inmobiliario y en su oficina, la policía, ya atenta, dio con las primeras pistas. Si bien se impactaron con el asesinato de una enfermera, pocos días después pillaron a Weidmann, quien confesó sorpresivamente todos los homicidios, muchos de los cuales no se le atribuían.


Tan inclemente como él, la prensa se dedicó a describirlo como un monstruo y narrar con lujo de detalles cada atraco. El público estaba escandalizado y furioso por tanta frialdad y, a la vez, se sentía atraído. Aunque nadie lo reconociera, –podemos suponer que– había una admiración secreta por esa mente perversa. Quizá semejante cobertura haya servido como distracción frente a otros temas centrales para la inestable Europa, pero lo cierto es que los rabiosos pedidos de justicia no eran más que la negación de esas sucias pasiones, expresiones autodestructivas y de excitación frente a la muerte.


La justicia, como era de esperar, lo condenó a compadecer ante la creación del bueno de Guillotin y muchos festejaron con un “Vive la mort!” alzando sus copas. Sólo faltaba que se dijera “Santa Guillotina ruega por nosotros; máquina amable, líbranos de nuestros enemigos”. El 17 de junio de 1939, este vulgar delincuente, Weidmann, tuvo que caminar hacia el cadalso como alguna vez lo hicieran el rey Luis XVI, Danton y Robespierre. Un gentío se ubicó en un gris patio de Versalles para participar del ya clásico entretenimiento aleccionador y con sus morbosos ojos confirmar la muerte de ese diablo, que tanto los asustaba. Cuando el verdugo lo determinó, el acero cayó con fuerza para regocijo de muchos. Pero sucedió algo que nadie esperaba: la exaltada concurrencia, al borde de la histeria, cerca del éxtasis, se abalanzó sobre el patíbulo para tocar el cuerpo o mojar sus pañuelos con sangre y así guardarlo de recuerdo. “Vive! Vive la mort!”, pudo oírse entre las expresiones de júbilo. Aquella “ilustrada” forma de matar ya no lucía como tal. Las autoridades francesas tomaron nota del dantesco show e inmediatamente prohibieron las ejecuciones públicas.


Para comprender qué pasó por la mente de los franceses hay que situarse en la época: el período de entreguerras llegaba a su fin y Europa bailaba sobre un barril de pólvora. Y nadie asumía, ya sea por idiotez o por complicidad, lo que era evidente y les daba temor: la Alemania nazi avanzaba y los aplastaría. El razonamiento que parecía guiar a los indignados franceses era: “El alemán Weidmann es la encarnación del mal y si lo eliminamos quedaremos libres de peligros, limpios de culpas”. Esa reacción, aparentemente tan irracional, tenía su correlato con la realidad: el 3 de septiembre, el ejército alemán invadió Francia y, lo que es peor, fue ayudado por muchos ciudadanos galos. Pero ésa es otra historia.


Lo fundamental es que por los desmanes acaecidos aquella jornada setenta años atrás, las legendarias prácticas dejaron de ser públicas en Francia. Es decir, pasaron a ser consideradas privadas y a realizarse en ámbitos cerrados. Para que la justicia suspendiera el uso de la creación del doctor Joseph-Ignace Guillotin hubo que esperar hasta septiembre de 1977. Recién en 1981 la pena de muerte fue totalmente abolida en Francia, mientras que en muchos lados sigue tan vigente como en aquellos turbulentos días en que María Antonieta se paseaba por París sin intuir lo que vendría.

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