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Viernes 7 de Octubre de 2011

A diez años de los atentados

Nuevas lecturas, los mismos interrogantes

por Jim Lobe / Fotos: Jim Sullivan / Carl Wright / Alan Mason

Se conmemoró un nuevo aniversario de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, que fue especial por al menos dos razones: no sólo se cumplieron 10 años del ataque, sino que fue el primero sin Osama Bin Laden. El presidente Barack Obama escribió en un editorial que hoy en día Estados Unidos “es más seguro” y llamó a la unidad de la población. Por otro lado, diversos analistas señalaron que la decadencia de Estados Unidos obedece a la costosa “guerra contra el terrorismo”. ¿Bin Laden logró su cometido? Un análisis de tan compleja coyuntura.

Pese a la muerte de su líder Osama Bin Laden, anunciada por la Casa Blanca el 1 de mayo, la red extremista Al Qaeda parece haber acelerado el declive de Estados Unidos, si es que no logró su decadencia total. En este juicio coinciden una serie de especialistas en política exterior. A diez años de los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas, de Nueva York, y el Pentágono, en Washington, muchos analistas entienden que el gobierno de George W. Bush (2001-2009) reaccionó "de forma exagerada", comportamiento que se mantiene hasta la actualidad.

 

La reacción estuvo encabezada principalmente por neoconservadores y otros halcones, el ala más belicista del ahora opositor Partido Republicano, quienes manejaron la política exterior del gobierno de Bush, incluso antes del 11-S. Los halcones promovieron una política radical para consolidar el dominio de Washington en Medio Oriente mediante la estrategia de "shock and awe" (impacto y estupor) a fin de que cualquier interesado en ser potencia global o regional se plegara a un mundo "unipolar".

 

"Shock and awe" hacía referencia a una doctrina militar que apunta a aplastar al enemigo mediante una gran potencia armada que lo aniquile. Encabezados por el entonces vicepresidente Dick Cheney, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y sus asesores más radicales, los halcones estuvieron cuatro años, mucho antes de los atentados, preparando el Project for the New American Century (PNAC, proyecto para el nuevo siglo estadounidense).

 

La organización contó con la participación de ideólogos neoconservadores como William Kristol y Robert Kagan, quienes reclamaron que Estados Unidos mantuviera su "hegemonía pos Guerra Fría el mayor tiempo posible". En distintos artículos posteriores urgieron a aumentar el gasto militar, tomar acciones bélicas preventivas y, si fuera necesario unilaterales, contra las posibles amenazas, así como promover un cambio de régimen en los llamados países díscolos, empezando por Irak, entonces bajo el régimen de Saddam Hussein (1979-2006).

 

La voluntad del PNAC de mantener la hegemonía de Estados Unidos no parecía tan descabellada antes del 11-S. El país concentraba el 30% de la economía mundial, tenía la posición fiscal más fuerte y un presupuesto en defensa superior a la suma de una veintena de los ejércitos más poderosos. La idea de que Estados Unidos era invencible se mantuvo gracias a la demostración de unidad nacional que siguió a los ataques de 2001, y a la velocidad y presunta facilidad con que Washington orquestó la expulsión del movimiento talibán de Kabul un año más tarde.

 

Tal euforia u orgullo desmedido dio paso a la siguiente etapa: derrocar a Saddam Hussein. Según el objetivo de PNAC, la intención era triunfar en lo que se había bautizado la "guerra global contra el terrorismo", aventura explicitada en una carta abierta a Bush y publicada nueve días después de los atentados de 2001: "Si no se toman medidas será como rendirse antes y quizá de forma decisiva en la guerra internacional contra el terrorismo. Washington debe ampliar sus objetivos para incluir a todos los estados, en especial a los que son hostiles hacia Israel, que apoyan organizaciones terroristas, así como a ellas mismas", alertó el PNAC.

 

Entonces Bush se concentró y destinó recursos militares y de inteligencia para preparar la guerra contra Irak, en vez de concentrarse en la captura de Bin Laden y de otros líderes de Al Qaeda, y suministró asistencia material para pacificar y comenzar a construir Afganistán. Ese objetivo es ahora considerado, salvo por Cheney y sus más acérrimos defensores, como la política exterior más desastrosa que haya tomado un presidente de Estados Unidos en la última década, si no en el último siglo.

 

No sólo favoreció las condiciones para un posible retorno del talibán en Afganistán, lo que ahora cuesta a Estados Unidos unos 10 mil millones de dólares al mes, sino que destruyó el apoyo y solidaridad internacional que Washington reunió enseguida después del ataque de 2001. La empresa se hizo evidente cuando Bush no logró que el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas lo apoyara para invadir Irak en marzo de 2003. También llevó a convencer a decenas de millones de musulmanes que Estados Unidos había lanzado una guerra contra el islam, de acuerdo a varias encuestas de opinión.

 

De hecho, con la invasión a Irak, Estados Unidos cayó en la trampa de Bin Laden, quien estaba convencido de que la ocupación de Afganistán por la hoy disuelta Unión Soviética había contribuido de forma significativa a su decadencia y que, según analistas, creía que pasaría lo mismo con Washington. "Con los muyahidines desangramos a Rusia durante 10 años hasta que se dio a la quiebra y se vio obligada a retirarse derrotada. Seguiremos con la política de desangrar a Estados Unidos hasta la bancarrota. Lo único que tenemos que hacer es enviar dos muyahidines hasta el punto más oriental y que icen un pedazo de tela que diga 'Al Qaeda' para que los generales se dirijan hacia allí y que Estados Unidos sufra pérdidas humanas, económicas y políticas sin hacer nada más que beneficiar a algunas corporaciones privadas", advirtió Bin Laden en un video de 2004, al describir lo que llamó "guerra de desgaste".

 

Cuando Bin Laden grabó el video, las fuerzas estadounidenses combatían a una creciente insurgencia en Irak, lo que llevó a abusos en Abu Ghraib, que dañaron aún más la imagen ya hecha trizas de Washington, y dejaron ese país al borde de una guerra civil y obligaron a una intervención más profunda y costosa de Estados Unidos. De acuerdo con la predicción de Bin Laden, Washington, incitado por partidarios de PNAC y sus alumnos, llevó sus fuerzas virtualmente a todos los sitios en donde apareció una bandera de Al Qaeda, lo que debilitó a los gobiernos locales y provocó la ira de la población, en especial en Somalia y Yemen.

 

Los tres a 4,4 billones de dólares que Washington gastó de forma directa o indirecta en la llamada guerra contra el terrorismo constituyen una parte sustancial de la crisis fiscal que transformó la política del país y lo dejó al borde de la quiebra dos meses atrás. El ejército de Estados Unidos es por lejos el más fuerte del mundo, pero su fama de invencible quedó irreparablemente dañada por una mezcolanza de grupos guerrilleros que lo desafiaron y frustraron. El resultado fue una "sostenida erosión de su posición en el mundo, que Obama no ha podido revertir", subrayó el columnista Ross Douthat, en el periódico The New York Times. "Desde hace tiempo le hacemos el juego a nuestros oponentes realizando exactamente lo que quieren que hagamos, respondiendo como ellos pretenden que lo hagamos con sus provocaciones, perjudicando nuestra economía y distanciando a la mayor parte de los países de Medio Oriente", escribió Richard Clarke, funcionario de seguridad del gobierno de Bush. Como dato no menor: antes de los atentados de 2001, Clarke advirtió en su sitio Dailybeast.com que Al Qaeda preparaba una gran operación en territorio estadounidense.

 

 

Política exterior en la mira

 

Los presidentes Barack Obama y George W. Bush realizaron un homenaje el domingo 11 de septiembre en Nueva York a las víctimas que murieron en los atentados de 2001. Hablaron cerca de las fuentes de los monumentos construidos en el lugar donde se erigían las Torres Gemelas. Los familiares y amigos de las 3 mil víctimas de los ataques contra el World Trade Center leyeron los nombres de las víctimas. El presidente Obama citó un pasaje de la Biblia: "Estad quietos y conoced que yo soy Dios. Seré exaltado entre las naciones. Enaltecido seré en la Tierra. El Señor de los Ejércitos está con nosotros. Nuestro refugio es el Dios de Jacob".

 

En medio de los actos conmemorativos, se conoció que los norteamericanos comienzan a dudar y muchos miran la política exterior de su país al buscar las razones de los ataques del 11-S. Esto se desprende de una encuesta realizada por el Centro de Investigación Pew. Los entrevistados para el estudio se mostraron más dispuestos que hace 10 años a creer que las políticas de Estados Unidos en Medio Oriente podrían haber motivado los ataques de Al Qaeda cuando les preguntaron: "¿Por qué nos odian?". Muy distinto a lo que sucedía enseguida después de los atentados, cuando el 55% de los encuestados entonces rechazaron esa posibilidad y sólo uno de cada tres coincidió con la afirmación.

 

Diez años más tarde, las opiniones son más parejas: el 43% consideró que los ataques de 2001 pudieron estar motivados por algo que "Estados Unidos hizo mal al relacionarse con otros países", y el 45% rechazó esa posibilidad. El cambio de opinión se produjo entre los consultados que dijeron ser independientes o simpatizantes del gobernante Partido Demócrata. La mitad de ellos cree que las políticas de Estados Unidos originaron el atentado. En tanto, los seguidores del Partido Republicano mantienen su visión de que Estados Unidos no hizo nada que causara los ataques.

 

El estudio también reveló diferencias de opinión en función de la edad de los entrevistados. Más de la mitad de los menores de 30 años indicaron que las acciones de Washington pudieron haber incidido en los responsables, en tanto sólo el 20% de los mayores de 65 compartieron esa opinión. Otro cambio ocurrido en la última década tiene que ver con la impresión de los encuestados sobre la necesidad de restringir las libertades civiles para frenar el terrorismo. El 55% de los consultados inmediatamente después del 11-S consideraron que estaba bien sacrificar las libertades civiles, proporción que ahora cayó al 40%. Además, las personas en contra de las medidas aumentaron del 35 al 54%, concluyó el estudio.

 

El estudio basado en entrevistas a 1.500 adultos se realizó entre el 17 y el 21 de agosto. El 97% de los consultados que tenían más de ocho años en 2001 recuerdan exactamente dónde estaban en aquel momento. Más que el 95% de los que se acordaban qué hacían en 1963 cuando fue asesinado el presidente John F. Kennedy; el 80% que rememoran cuando el primer hombre pisó la luna en 1969 y el 58% que se acuerda del derrumbe del Muro de Berlín en 1989.

 

 

Tolerancia cero

 

Otro sondeo mostró que la mayoría de los estadounidenses dicen respetar la diversidad y la libertad de religión, aunque no siempre aplican esos principios al islam y a los inmigrantes. Es crucial en esto el papel que los medios juegan en la configuración de su opinión. Una encuesta titulada "Lo que significa ser estadounidense después del 11 de septiembre" concluyó que los telespectadores de la cadena conservadora Fox News eran mucho menos tolerantes y más desconfiados de los musulmanes que el público en general. También señaló que los autodeclarados simpatizantes del movimiento ultraderechista "Tea Party", en su mayoría del Partido Republicano, eran significativamente más hostiles hacia los inmigrantes y sus hijos, así como reacios a legalizar su estatus.

 

Ambos grupos tienden a creer que la discriminación contra los blancos en la sociedad se ha vuelto un granproblema, según el estudio divulgado por la Brookings Institution y el Instituto Público de Investigación sobre Religión (PRRI, por sus siglas en inglés). La encuesta, realizada mediante entrevistas telefónicas en inglés y en español a 2.450 adultos durante la primera mitad de agosto, también dedujo que los consultados más jóvenes, de entre 18 y 29 años, generalmente tendían a tener opiniones más favorables de las minorías que los mayores (incluso de la musulmana), en parte debido a una significativa mayor interacción en su vida diaria con personas de otras culturas.

 

Una gran parte de los mayores (el 52%), por ejemplo, respondieron que el islam estaba "en las antípodas de los valores estadounidenses", mientras que una mayoría de los jóvenes (el 54%) discreparon. Mientras el 64% de los jóvenes dijeron creer que los inmigrantes fortalecían a la sociedad estadounidense, el 51% de los adultos opinaron que amenazaban los valores y costumbres nacionales.

 

"La encuesta reveló que el país está en medio de una discusión que ya ha tenido una y otra vez sobre la diversidad y la inmigración, y este debate tiene hoy fuertes dimensiones partidistas e ideológicas, cuando no era así. Los patrones generacionales -los jóvenes en general son más favorables a la inmigración y a la diversidad que los mayores- sugieren que, en el largo plazo, resolveremos esta discusión, como lo hicimos en el pasado, a favor de la inclusión. Pero, en el corto plazo, será un debate difícil y a veces divisivo", indicó E. J. Dionne, investigador del Brookings y coautor del estudio.

 

De hecho, la encuesta sugiere que Estados Unidos está más polarizado, especialmente entre partidos y líneas generacionales, de lo que estaba en vísperas del 11-S; que habrían incrementado la islamofobia y la hostilidad hacia los inmigrantes, especialmente entre los mayores y autodeclarados republicanos. Diez años después, "parecemos menos unidos como nación", sostiene el informe. Para Heidi Beirich, directora de investigaciones en el Centro de Derecho y Pobreza del Sur, el clima que ha dominado estos últimos 10 años ha permitido el surgimiento de grupos de odio en todo el país. "No había grupos de odio específicamente antiislámicos antes del 11-S. Ahora existen grupos solamente destinados al odio contra los musulmanes, incluyendo el denominado 'Detengan la Islamización de Estados Unidos', de Palm Geller."


 


 

 

Década oscura para los derechos civiles


Texto: Kanya D'Almeida


Si bien Estados Unidos recordó el domingo 11 de septiembre con solemnidad los peores atentados terroristas de la historia, muchos, a la vez, lamentaron la muerte de los derechos y las libertades civiles esa fatídica fecha. Familiares de las víctimas y políticos se congregaron en diversos mitines, especialmente en Nueva York y Washington, para homenajear a las 3 mil personas que fallecieron en los ataques del 11-S. En tanto, liderados por organizaciones como la Unión por las Libertades Civiles Estadounidenses (ACLU, por sus siglas en inglés), el Centro para los Derechos Constitucionales (CCR, por sus siglas en inglés) y el Centro Brennan para la Justicia, activistas aprovecharon la conmemoración para exigir el respeto de derechos humanos básicos.


"Estamos usando este momento para dar un paso atrás y hacer grandes y amplias preguntas sobre cómo y por qué Estados Unidos sigue definiéndose como un estado en perpetua emergencia, por qué parece avanzar hacia un estado de seguridad en vez de volver al adecuado equilibrio entre libertad y seguridad", afirmó el director de litigios del Proyecto de Seguridad Nacional de ACLU, Ben Wizner. El activista es también autor del informe "A call to courage" (Un llamado al valor).


Wizner reconoció que Estados Unidos tenía una larga historia de responder a traumas nacionales restringiendo los derechos y concediendo más facultades al Poder Ejecutivo en tiempos de crisis. Este patrón se vio claramente en la opresión de los derechos individuales y las libertades durante la Guerra Civil, la Guerra Fría y la Segunda Guerra Mundial, remarcó: "Pero ese patrón siempre nos ha hecho darnos cuenta de nuestros errores, admitir cuándo fuimos demasiado lejos e intentar recuperar alguna suerte de equilibrio en la sociedad civil".


Según el CCR, la década iniciada el 11-S fue usada para "hacer trizas la Constitución de Estados Unidos, pisotear la Carta de Derechos, descartar las Convenciones de Ginebra y burlarse del estatuto interno contra la tortura y de la Convención de las Naciones Unidas contra la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanas o Degradantes". El CCR criticó al presidente Barack Obama por no haber cumplido ninguna de sus promesas referidas a la lucha contra el terrorismo: "No cerró Guantánamo ni responsabilizó al gobierno de Bush por crímenes de guerra, incluyendo la tortura. Esto ha permitido que la guerra en Afganistán continúe sin señales de término, y ha perpetuado la práctica de las 'entregas' de sospechosos a terceros países para interrogatorio y detenciones indefinidas".


Para conmemorar el aniversario, el CCR compiló una base de datos con sus propios clientes víctimas del clima de impunidad e ilegalidad que ha reinado en los últimos 10 años, incluyendo el testimonio de Maher Arar, canadiense torturado en Siria, y de Mohammed Khan Tumani, de 17 años, uno de los 22 menores detenidos y víctimas de abusos en Guantánamo. También menciona a Benamar Benatta, que pasó un total de cinco años detenido y quien presentó una demanda contra el ex fiscal general John Ashcroft.

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