Alma Magazine.com
Viernes 27 de Marzo de 2009

Adolf Hitler

Un sueño infernal

por Vicente Battista / Fotos: AP / AFP

Tenía el cabello castaño oscuro, no era ni alto ni esbelto y distaba de ser un deportista. Pero soñaba con una raza aria, de hombres altos, rubios y superiores. Era austríaco, pero amaba Alemania. Odiaba a judíos, comunistas, gitanos, homosexuales y todo tipo de deficiencias físicas o mentales en cualquier ser humano. Rudimentario pintor, devoto de la música de Wagner, hombre de amores circunstanciales, Adolf Hitler fue el protagonista de uno de los mayores holocaustos de la historia: el que se llevó la vida de 6 millones de judíos.

Alois Schickelgruber era hijo de Anna Maria Schickelgruber, sirvienta, y de padre desconocido. Anna Maria nunca quiso revelar el nombre del padre. Cinco años antes del nacimiento de su hijo, Anna Maria se casa con Johann Georg Hiedler, que no acepta darle su apellido al hijastro. Pero Hiedler muere cuando Alois tiene 20 años, y el joven incorpora el apellido de su padrastro, pero con un ligero cambio: Hiedler se transforma en Hitler. Durante algunos años Alois Hitler trabaja como zapatero remendón, finalmente, aunque sólo ha cursado estudios primarios, logra un puesto de agente de aduanas. Separado de su primera esposa y viudo de la segunda, decide casarse por tercera vez. Klara Pölzl será su nueva esposa, veintitrés años más joven que él. Tienen 5 hijos, pero sólo Paula y Adolf logran sobrevivir. Adolf nace en Braunau, Austria, el 20 de abril de 1889. Su infancia la pasa en Linz, una pequeña ciudad de no más de cien mil habitantes. Allí se ha establecido su familia y allí realiza sus estudios primarios. No es un buen estudiante. Poco interesado en las tareas escolares, debe enfrentarse a los castigos y humillaciones de su padre y sólo encuentra refugio en los brazos de su madre. La mujer lo consuela casi en secreto: teme que su marido la recrimine por proteger a ese chico débil y esmirriado que les ha tocado en suerte.


“Tu padre ha muerto”, anuncia su madre, y Adolf siente una secreta alegría. Tiene 14 años y un par de días más tarde cumple con el rito de arrojar el puñado de tierra en la tumba de ese hombre que tanto odiaba. El entierro se realiza en el cementerio de Leondig. Algún tiempo después, en ese mismo cementerio, enterrarán a la madre de Adolf. De pronto se ha quedado solo en el mundo. Le preocupa poco el destino de su hermana. Cuatro años después lo encontramos deambulando por las calles de Viena. No ha terminado los estudios secundarios: lo han expulsado de la escuela por haber hecho un dibujo pornográfico de uno de los profesores.


Parece interesado por la pintura, aunque tiene más voluntad que talento. Es un pintor mediocre, la Academia de Bellas Artes de Viena rechaza todas sus solicitudes de ingreso. Malamente se gana la vida con la venta de algunos de sus cuadros, meras copias de tarjetas postales. Recibe, además, una pensión por orfandad. Pero eso no le alcanza para sobrevivir, y muchísimas noches las pasa en los refugios para indigentes. Su situación alimenta el desprecio que siente por Austria. En igual medida aumenta su admiración hacia Alemania. Es un devoto de la música de Wagner: una y otra vez escucha El cantar de los Nibelungos, sueña con Sigfrido y su gesta heroica. Por esos días le toca hacer el servicio militar. No se presenta. Ha decidido no servir en el ejército austríaco. Se convierte en un desertor y a lo largo de tres años vive escondido en Viena. No bien estalla la Primera Guerra Mundial se enrola en el ejército alemán: ha llegado el momento de vivir la epopeya wagneriana. Una vez en el frente participa en las acciones de mayor riesgo. Desde su condición de correo debe ir de una a otra trinchera, con el riesgo que esas maniobras significan. Sufre una herida en la pierna, pero una vez recuperado regresa a la primera línea de fuego. Sin embargo, sus superiores no le ven capacidad de mando: lo condecoran con la cruz de hierro, pero sólo consigue el grado de cabo.


El final de la guerra es una suerte de iluminación para este joven soldado austríaco que se siente alemán. Por esos días se encuentra internado en el hospital Pasewalk, ha sufrido un ataque con gas mostaza y padece una ceguera momentánea. Sólo espera recuperar la vista para volver al frente. Ese regreso jamás se producirá. Hitler recupera la vista el 11 de noviembre de 1918, justo el día en que se firma el tratado de paz. La Gran Guerra ha llegado a su fin, eso significa la caída del Imperio Austro-Húngaro. Alemania una vez más es derrotada. Para colmo, hace poco menos de un año que los bolcheviques han tomado el poder en Rusia: el fantasma del comunismo que recorría Europa se ha hecho realidad en las estepas. Hitler odia con igual fervor a los judíos y a los comunistas. Pero su odio no acaba allí, incluye además a los marginados por cualquier razón, desde gitanos hasta homosexuales y contrahechos. Considera que esa gente está fuera del mundo que él imagina, un mundo regido por los arios: criaturas rubias y esbeltas, arrogantes y deportistas. Basta observar por un instante al joven Adolf Hitler para comprender que él mismo está muy lejos de cumplir con esos requisitos: no es ni alto ni esbelto, su pelo es castaño oscuro y su cuerpo está muy lejos de ser el de un deportista. Hay otra contradicción mayor: el fanático y devoto defensor de Alemania es austriaco.
De la guerra, a Hitler le queda el recuerdo de una herida de bala y la cruz de hierro con lo que lo han condecorado. ¿Y ahora qué? Aún vive en el cuartel de Munich, pero con la certeza de que en cualquier momento lo echarán de allí. Sin embargo, sucede lo contrario. Los altos mandos lo convocan para una misión especial: deberá infiltrarse en los diferentes grupos políticos que pululan por Munich con el fin de informar de qué modo están operando esas facciones y qué grado de peligrosidad conllevan. Debe cumplir la misión de un alcahuete, las tareas de un soplón. El nuevo papel le calza justo, todo sea por el bien de su amada Alemania.


Deambula de una a otra agrupación política hasta que elige la que mejor encaja con su ideología: el Partido Obrero Alemán. Se trata de una agrupación de ultraderecha que bajo la sigla DAP proclama el fin del comunismo y, de paso, el exterminio de todos los comunistas. Los judíos ocupan un sitio de privilegio en la cadena de aniquilaciones. Los días de Hitler en el ejército llegan a su fin, ahora es vocero del DAP y muy pronto será uno de sus líderes más encumbrados. El 19 de octubre de 1920, en una taberna de Munich, pronuncia su primer discurso. Está cargado de odio y frases altisonantes. Se puede decir que ese día comienza la carrera política de Hitler. Una carrera que dejará millones de muertos, tal vez el mayor genocidio en toda la historia del hombre.


Para el futuro Führer los judíos y los comunistas son los culpables de la miseria que Alemania sufre por esos días. Esa exaltación nacionalista de inmediato prende en las clases media y baja, que se sienten identificadas con sus propuestas. Crece vertiginosamente su popularidad, se convierte en el líder absoluto del DAP y muy pronto le cambia el nombre al partido: ahora será el NSDAP o Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes.


Las consecuencias de la guerra -la derrota germana-, golpean fuerte a la población. La miseria transita por cada calle, la devaluación del marco alcanza niveles imposibles: prácticamente no vale nada. Conseguir un trabajo es una aventura inútil. El gobierno alemán no sabe cómo recuperarse. Todas las cartas se han jugado a favor de Hitler, y él sabe aprovechar ese juego. Ahora lo vemos de tribuna en tribuna, como el más hábil de los políticos. Los muchos que lo siguen se declaran a favor de la república, todos le temen al avance comunista. Adolf Hitler puede ser el freno para la amenaza roja. Desde grupos radicales católicos hasta militares y gente del común adhieren a las palabras de ese nuevo líder que acaba de imponer la svástica como símbolo de su partido.


En Europa destaca otro líder que se ha convertido en el ejemplo a seguir para todos los nazis: Benito Mussolini. Para el austríaco que acaba de adoptar la nacionalidad alemana se trata del mejor exponente del mítico imperio romano: admira el porte del duce, la pasión que pone en cada una de sus palabras. Lo considera su maestro y sabe que, como todo buen discípulo, debe superarlo. Convoca a una reunión con las personalidades políticas más distinguidas de Alemania y propone ejecutar un golpe de estado para arrebatarle el poder a la república demócrata. El 8 de noviembre de 1920 ocupa la casa de gobierno. Lo acompañan Goering y 25 miembros del partido debidamente armados. Hitler se para en una silla, da un disparo al aire y se encamina hacia la tarima de oradores. Toma el micrófono y dice: “¡La Revolución Nacional ha comenzado! ¡Esta sala se halla tomada por seiscientos hombres armados! El gobierno de Baviera y el del Reich han sido abolidos y acaba de formarse un gobierno nacional provisional. Los cuarteles del ejército y la policía han sido ocupados y tropas y policías marchan hacia la ciudad con el emblema de la svástica”.


Pero una cosa son las proclamas y otra la realidad. A último momento, los principales personajes involucrados en el golpe se echan atrás. Hitler contaba con el apoyo de Von Lussow, jefe del ejército de Baviera, de Gustav Von Khar, comisario del gobierno central de Berlín, y del general Ludendorf, héroe de guerra. En lugar de tomar el gobierno de Alemania ocupa una celda en la cárcel federal: lo han condenado a cinco años de prisión. Su compañero de encierro es Rudolf Hess, uno de sus hombres más fieles. Día a día Hitler le dicta lo que más tarde será la primera parte de su libro “Mi lucha”. Un volumen en el que refleja sus ideales políticos, basados esencialmente en el odio a todo aquello que no sea alemán y ario. Aquella condena de cinco años se ha reducido a nueve meses. En 1924 Hitler, Hess y los otros nazis encarcelados recuperan la libertad.


Todos regresan a las filas del partido. Han resuelto tomar el poder, pero por la vía democrática. En el verano de 1925 sobre Hitler pesa la prohibición de hablar en público. Decide retirarse a la montaña, se ubica en un castillo en Obersalzberg, Berchtesgaden. Piensa continuar con la segunda parte de “Mi lucha”. Necesita a una mujer que se ocupe de las tareas de la casa. Sabe que su hermanastra Angela ha quedado viuda. La invita a que visite el castillo. Angela viaja de Austria a Obersalzberg, lo hace en compañía de su hija Geli. La jovencita de 20 años está interesada en reencontrase con su tío, ahora tan famoso. Geli se convierte en el gran amor de Hitler. Los casi 20 años que se llevan no parecen hacerle mella a este impetuoso romance. La relación se prolonga más allá de Obersalzberg. Han alquilado un departamento en Prinzregentenstrasse, Munich. Hitler ha regresado a la arena política, pero toda vez que puede corre a estar junto a Geli, en más de una ocasión ella modela desnuda para sus cuadros. Hitler cela a su joven novia, le coarta la libertad, no permite que forje ningún tipo de amistad.


Ese loco amor no le impide mantener relaciones con otras mujeres. Es el año 1929, en el estudio de su amigo y fotógrafo personal, Heinrich Hoffmann, tiene un corto romance con Henriette, la hija de Hoffmann y más tarde esposa del jefe de las Juventudes Hitlerianas. También seduce a Eva Braun, empleada de Hoffmann. En uno y otro caso se trata de relaciones circunstanciales. Pero sigue celando a Geli. Se pone fuera de sí cuando ella le anuncia que se mudará a Viena para estudiar canto, quiere ser cantante de operetas. Ese día tiene una discusión muy fuerte. Hitler sale del departamento para dirigirse a una reunión en Hamburgo. Desde la ventana, Geli le grita: “Así que no quieres que vaya a Viena”. Sin detener su marcha, Hitler grita que no. Al día siguiente, 18 de septiembre de 1931, regresa y encuentra a Geli con un tiro en el pecho: la joven se ha suicidado. Al borde de la desesperación, Hitler busca un arma para quitarse la vida. Rudolf Hess está con él y evita que ese suicidio se produzca. Hitler ordena sellar la habitación de Geli y, cada 18 de septiembre, depositará un ramo de flores frente al retrato de su sobrina, su único y verdadero amor.


Por entonces el comando superior nazi ya se había constituido. Lo forman: Heinrich Himmler, un hombre menudo con aspecto de oficinista y rasgos orientales; Hermann Goering, un morfinómano que supera los ciento sesenta kilos; Ernst Röhm, igualmente obeso y además homosexual; Martin Bormann, que apenas supera el metro sesenta de altura, y Joseph Goebbels, que ni siquiera llega al metro y medio y acusa una pronunciada renguera como consecuencia de un ataque de poliomielitis. Estos son los hombres que, junto a Hitler, menudo, de nariz mongoloide, piel pálida y lampiña, postulan a superioridad y la belleza de la raza aria y proclaman el exterminio de los judíos por considerarlos miembros de una raza inferior. Es hora de que Hitler se postule como candidato en las elecciones de marzo de 1932. Hindemburg triunfa, pero Hitler logra la Cancillería. Poco tiempo después uere Hindemburg. En un hábil movimiento de piezas, Hitler fusiona el puesto de canciller con el de Führer y queda como líder supremo del Reichstag. Nace el Tercer Reich que, aseguran, durará mil años.


Se hace preciso cambiar de política y mover algunas piezas que consoliden el poder nazi. Hitler decide llevar a cabo una purga interna. En la noche del 30 de junio y el 1º de julio de 1934 ordena que se arresten y ejecuten los principales dirigentes de las S.A., el grupo armado que desde el terror había ayudado a consolidar el poder nazi. Se produce la “Noche de los Cuchillos Largos”: una matanza sistemática con el sólo propósito de quitar del camino a su ex amigo Ernst Röhm, el fundador y líder de la S.A. Ahora el Führer deposita su confianza en otra fuerza de choque: la S.S. Es tiempo de militarizar a Alemania, reinstaura el servicio militar obligatorio y crea una policía paramilitar de triste memoria: la Gestapo.


El odio hacia los judíos crece sin descanso y hace su primera gran explosión en 1938, cuando cientos de manifestantes nazis salen a romper las vidrieras de los negocios judíos. En lo que se conocerá como la “Noche de los cristales rotos”, miles de judíos serán asesinados y sus locales y posesiones destruidos. Las cartas están echadas, muy pronto se instaurarán los guetos y poco después los campos de concentración. El 1º de septiembre de 1939 el ejército alemán invade Polonia; se pone en marcha la colosal máquina de terror, destrucción y muerte: comienza la Segunda Guerra Mundial. Ese ejército, que secretamente se había rearmado y había hecho su primera experiencia ayudando a las fuerzas de Franco en la guerra civil española, cumple al pie de la letra lo que sus jefes ordenan. Muy pronto formará una alianza con la dictadura fascista que Mussolini ha impuesto en Italia, y con las huestes del emperador Hirohito, de Japón. El Eje ya es una realidad. Inglaterra y Francia reaccionan y declaran la guerra a Alemania.


De inmediato el ejército alemán invade Dinamarca y Noruega. Unos meses después, las tropas de Hitler ingresan en Bélgica y en Holanda. El poderío Nazi está en el apogeo de su fuerza; Europa se somete ante el poder de la svástica. El moderno y bien suministrado ejército del Führer va de victoria en victoria. Derrotan a los franceses en apenas diecisiete días y entran en París. Sólo Gran Bretaña resiste. Los alemanes invaden Luxemburgo, Yugoslavia y Grecia. España decide no participar en la contienda y, como consecuencia del pacto de no agresión que Hitler y Stalin firmaran en 1939, la Unión Soviética tampoco entra en guerra. Algo parecido sucede con Suecia y Suiza, que se mantienen neutrales. Adolf Hitler, aquel mediocre pintor austriaco, está cumpliendo su sueño de ser el amo del mundo.


El 7 de diciembre de 1941 la marina imperial japonesa ataca la base militar norteamericana de Pearl Harbor, situada en la isla de Oahu, en Hawai. Los Estados Unidos de América le declaran la guerra al Eje y se unen a las fuerzas aliadas. A Hitler no parece preocuparle este nuevo enemigo, su fiebre imperial lo lleva a quebrar el pacto celebrado con Stalin y, siguiendo los pasos dados por Napoleón un siglo antes, ordena la invasión a la Unión Soviética. Ahora debe pelear tanto en frentes occidentales como en frentes orientales y en principio logra importantes victorias. En 1943 está a punto de llegar a Stalingrado. Sin embargo, sufrirá el mismo golpe que en su momento sufrió Napoleón: por una parte la tenaz resistencia del pueblo ruso; por otra, la crudeza del invierno, el peor que se había vivido en las últimas décadas. El ejército alemán encargado del frente oriental es diezmado sin posibilidad de recuperarse. El Tercer Reich se encuentra herido de muerte.


El 19 de abril de 1943 los judíos acantonados en el gueto de Varsovia se levantan contra las fuerzas alemanas. Tres meses después, las tropas aliadas desembarcan en Sicilia. Adolf Hitler no acepta que su invencible e imperial ejército comience a flaquear. Un destacado grupo de civiles y oficiales alemanes, con la complicidad del general Erwin Rommel, el célebre Zorro del Desierto, héroe en la campaña de Africa, deciden que la muerte de Adolf Hitler es el único modo de poner fin a esa guerra, que ya dan por perdida. El 20 de julio de 1943 colocan una bomba en el cuartel general del Führer, en Prusia Oriental. El artefacto explota y hiere a algunos oficiales, pero Hitler sólo recibe heridas leves.


La Gestapo detiene a todos los sospechosos de haber participado en el atentado y los fusilan de inmediato, a Rommel le otorgan el privilegio de suicidarse. El 5 de abril de 1944, Hitler declara la llamada “Solución Final”; es decir, el exterminio definitivo de todos los judíos encerrados en los diferentes campos de concentración: la cifra de asesinados supera el número de seis millones. Dos meses después las tropas aliadas desembarcan en Normandía. Hitler se niega a aceptar que sus sueños imperiales estén al borde del derrumbe. Pero con la misma intensidad con la que crece el avance aliado, crece el temblor de sus manos: el mal de Parkinson no perdona. El Führer sólo confía en sus seguidores más cercanos, aquellos que le han sido fieles hasta las últimas consecuencias. Junto a ellos, a su perro y a Eva Braun se refugia en su bunker. Desde ahí ordena que todos los habitantes de Berlín, sin distinción de edad y sexo, tomen las armas para defender la ciudad. En la noche del 26 de abril de 1945 los rusos inician el bombardeo de la ciudad. Por esos mismos días, Mussolini y Clara Petacci, su amante, son apresados por los partisanos cuando intentaban fugarse a Suiza. Los ejecutan de inmediato y los cuelgan de los pies en la plaza Loreto de Milán.


El Führer no quiere tener el final humillante que ha sufrido el duce. Sabe que no podrá salir del bunker, decide que nada quede de su cuerpo. El 29 de abril se casa con Eva Braun por “los muchos años de fiel amistad”. Al día siguiente los que comparten el bunker oyen un disparo en el cuarto de los recién casados. Abren la puerta y se encuentran con dos cadáveres. Eva Braum ha tomado una cápsula de cianuro, Adolf Hitler se disparó un tiro en la cabeza. Goebbels y su esposa deciden seguir los pasos de su amado Führer: asesinan a sus propios hijos y luego se suicidan. Sólo Martín Bormann sigue con vida, dispuesto a cumplir con la orden que le diera Hitler. Lleva el cuerpo del Führer y de su flamante esposa al patio interior del bunker, los rocía con nafta y les prende fuego. Luego abandona el bunker. En su interior sólo quedan cadáveres y las cenizas de un personaje siniestro que en su afán de dominar el mundo provocó la Segunda Guerra Mundial. Más de cincuenta millones de muertos, hambre y destrucción fueron el saldo de ese sueño infernal.

Calificar artículo

106 Votos

Espacio de lectores Deje su comentario

Seguir los comentarios por email.