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Viernes 10 de Julio de 2009

Alimentación en Estados Unidos

El imperio del fast food

por Sherazad Hamit / Fotos: Food, Inc.

Basado en el libro Fast Food Nation, pero además en testimonios y cámaras ocultas, el documental Food, Inc. muestra la cara oculta de los alimentos procesados, que son la base de la dieta de los estadounidenses, y de sus productores, la empresas multinacionales que consiguen amplios beneficios económicos en desmedro de los granjeros locales. Cómo se derriba el mito del "país agrícola" al tiempo que la tendencia orgánica en una opción para los ricos. 

"¿Cómo es posible comprar una hamburguesa con queso pero no una cabeza de brócoli con 99 centavos de dólar?", se pregunta Michael Pollan, autor y uno de los narradores del documental estadounidense Food, Inc.

El incesante auge de la industria de la comida rápida comenzó en los años 30 del siglo pasado. Se inauguró entonces la dramática carrera para acelerar, engrasar, agrandar y abaratar los alimentos. La cadena de restaurantes de comida rápida McDonald's "es el mayor comprador de carne vacuna, porcina y de pollo, de papa, de tomate, de lechuga y de manzana", lo cual le da el poder de "cambiar el modo en que la comida se produce", explica el conarrador del filme, el periodista Eric Schlosser, autor del libro Fast Food Nation. Eso, a su vez, impacta en el precio de ciertos alimentos, lo cual beneficia a un puñado de grandes compañías procesadoras de carne y vegetales y va en desmedro de las pequeñas granjas locales.

Es en ese contexto que el director Robert Kenner y los narradores Pollan y Schlosser procuran revelar qué hay detrás de la "América agrícola", una fantasía bucólica promocionada por la industria gastronómica. El documental postula la convicción de que este sector, dominado por compañías multinacionales, ha evolucionado hasta convertirse en una bestia peligrosa. Pero aun así cuenta con grandes subsidios y protección del gobierno, y rara vez es condenada por violar códigos de seguridad alimentaria o cualquier regulación en la materia.

De hecho, la industria cuenta con un amplio margen de autorregulación. La Corte Suprema de Justicia admite su autonomía en materia de seguridad y calidad, lo cual minimiza el control. Eso, según la película, tiene un elevado costo humano y ambiental, ocultado al público por la acción un ejército de abogados corporativos.

Schlosser y Pollan se transportan en el documental a los campos de maíz del centro del territorio estadounidense. Y, para explicar por qué una "cheeseburger" es más barata que un brócoli, analizan los subsidios y la tecnología del sector. Los subsidios abaratan el maíz para su venta a esas empresas, que lo usan como alimento de animales cuyo sistema digestivo no lo puede digerir bien. En el caso del ganado vacuno, eso dio pie a la evolución de una virulenta bacteria, la Escherichia coli 0157:H7, que se transmite de res a res a través del estiércol.

El uso de alta tecnología por parte de una industria cuyo principal interés, según el documental, son las ganancias rápidas facilita estas circunstancias. "Cuando se sacrifican unos 400 animales por hora y una hamburguesa consiste en trozos de carne de cientos de reses, las posibilidades de contaminación aumentan exponencialmente", dijo Pollan.

Las imágenes logradas por Kenner en pútridos establecimientos avícolas o de carne vacuna molida lavada con amoníaco dejan en evidencia que cualquiera que disfrute tres comidas diarias, sean o no de origen animal, corre un riesgo. La revelación más chocante de la película tal vez sea la constatación del escaso poder del Departamento de Agricultura, uno de los principales organismos a cargo de la salubridad de los alimentos de Estados Unidos.

A través de declaraciones de la abogada Barbara Wowalcyk, el espectador toma nota de que en el personal de ese Departamento, de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) y de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) revistan ex empleados de empresas multinacionales cuyos intereses siguen protegiendo ahora.

El documental también retrata, a través de cámaras ocultas en las fábricas, lo que sus realizadores consideran un verdadero sistema de esclavitud laboral en la industria gastronómica. Los consumidores terminan pagando el elevado costo humano de la comida barata. Así queda demostrado en las imágenes de una familia de clase trabajadora que lucha en Los Angeles por cubrir sus necesidades: para sus integrantes, el debate sobre salubridad es un lujo que no puede darse, una preocupación de gente rica. Las dos hijas adolescentes son la prueba viviente de la epidemia de obesidad que sufre su generación. Uno de cada tres estadounidenses nacidos en este siglo desarrollarán diabetes muy jóvenes.

La película concluye que la situación puede cambiar si los consumidores se unen para ejercer presión sobre los responsables. "Apoyar los alimentos orgánicos es una decisión fácil. Claro, si los consumidores los quieren", dice Tony Arioso, ejecutivo de la cadena de supermercados Wallmart.

Entre las prescripciones de la película figuran optar por alimentos producidos en cada estación y por ofrecer a los niños comida orgánica como merienda escolar, así como escribir cartas a los representantes políticos. Pero el principal problema sigue sin resolver: el precio del brócoli. Así, el debate seguirá restringido a los más ricos.




Fuente: IPS.

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