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Lunes 26 de Marzo de 2012

Anaïs Nin

Una mujer impúdica

por Federico Lisica / Fotos: Nick Adams / Luke Harris / Evelyn Walsh

Son muchas las presentaciones posibles para la mujer que narró el erotismo sin desparpajo pero con calidad innegable. En su corte aparecieron desde Henry Miller a Kenneth Anger, desde Antonin Artaud a Gore Vidal. Los Diarios que la hicieron célebre y su necesidad de quebrar los patrones en busca de una vida inusitada. Con ustedes, vida y obra de Anaïs Nin.

No es difícil imaginar el nombre de Anaïs Nin en el borrador de Woody Allen con los personajes de las secuencias oníricas en Midnight in Paris. Pero las coordenadas espacio-temporales no la incluyen en la fiesta parisina de los años 20 con Hemingway, Eliot, Stein, Buñuel, Dalí y la pareja Fitzgerald, sino entre los que asomaron con su arte poquísimo después. En cierta forma, Nin podría llegar a cuadrar en el personaje de Adriana –la musa de Owen Wilson que tiene tantas aspiraciones literarias como amantes–, y vamos, si la película de Allen incluye en un segmento a la belle époque, bien podría haber dedicado un fragmento a esta mujer que es reivindicada por el feminismo, tuvo sus amores icónicos, y conjuga algo fundamental como todos los que fueron recreados en esa película: fue dueña de su propia vida y la moldeó como una obra que genera fascinación en los demás.

 

 

La francesa viajera

 

Neuilly-sur-Seine es un suburbio de París célebre por ser la cuna de Jean-Paul Belmondo, Dominique Strauss-Kahn, haber sido gobernado por Nicolas Sarkozy y elegido por Bette Davis como residencia final. Para Anaïs Nin fue el punto de largada de su vida cosmopolita. Nació el 21de febrero de 1903 en el seno de una familia bohemia. Su padre, Joaquín, era un pianista y compositor cubano que había buscado el éxito en Europa. Su madre, Rosa Culmell, era una cantante de ópera de ascendencia danesa que dejó su carrera para criar a sus hijos. A Thorvald y a Anaïs se le sumaría un tercer vástago, Joaquín, nacido en la capital de Alemania. El nomadismo era clave en la familia Nin.

 

Aunque había algunas estacas fijas para la única hija de la familia. De pequeña, Anaïs sabía que quería ser artista. Amaba leer los libros del estudio familiar, la música, modelar para su padre –aficionado a la fotografía– y quedarse despierta por las noches para escuchar el parloteo de las reuniones de Joaquín y Rosa. Si no hubiera sido por el cuidado de unas enfermeras belgas, difícilmente se escribirían estas palabras sobre Anaïs. Era una niña enfermiza y una vez se mantuvo entre la vida y la muerte por unas dolencias en sus órganos internos. El otro momento más difícil de su infancia fue la separación de sus padres en 1914. 

 

Producto de la disolución del matrimonio, Anaïs se trasladó con su madre y sus dos hermanos desde Barcelona a Nueva York. En camino a la ciudad estadounidense, a bordo del vapor Montserrat, comenzó a escribir lo que hoy se conocen como sus Diaries (que hacia el final de sus días llegarían a tener más de quince mil páginas). Por ese entonces, eran textos bajo la forma de cartas extensas a su padre en las que auguraba por una futura reunión de la familia. A diferencia de su madre y hermano, en Linotte (nombre que le dio a su diario) Anaïs se negaba a juzgarlo y se proponía descubrir a ese hombre que regresó a La Habana, abandonándolos a los cuatro por una mujer más joven. Ya habría tiempo para maquinar una venganza bastante singular.

 

Su madre inscribió a Anaïs en una institución católica, aunque la adolescente prefería escribir en su diario, leer a Lord Byron, sentirse conectada con escritores como D. H. Lawrence (de hecho, su primer libro publicado fue acerca de este poeta y novelista británico). Nin confiaba en su intuición para ser su propia instructora. “Yo sola logré salir del catolicismo, de la burguesía de mi madre, del ambiente estúpido de la vida norteamericana en Richmond Hill”, escribiría. 

 

A los 16 años, abandonó los estudios para trabajar como modelo y bailaora de flamenco. Pasó una temporada en La Habana buscando a su padre, y en esa misma ciudad se casaría a los 20 con el banquero Hugh Parker Guiler. La pareja se recluyó en París. Es como si Nin hubiese sentido la necesidad de volver allí para expiar su pasado, su caudal creativo y la obsesión que rayaba la locura con su padre. La respuesta la obtuvo del psicoanálisis. Su primer analista (y uno de sus primeros amantes) fue René Allendy. Su tratamiento fue corto pues sintió que Allendy quería encuadrarla dentro de los parámetros de la normalidad. Estamos hablando de una persona que escribió y siguió al pie de la letra su propio mandato: “Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré al mundo. Me adapto a mí misma”

 

Su siguiente analista fue Otto Rank, uno de los discípulos de Sigmund Freud, quien creía que la neurosis era en los artistas la manifestación de una imaginación y unas energías desbordantes. Rank (que también fue su amante) le sugirió a Anaïs que escribiese para analizar el lugar de su padre. Además, le aconsejó que lo sedujera y luego abandonara como castigo por haberla traicionado. Para muchos biógrafos, no hay dudas de que Nin cruzó el tabú y tuvo sexo con su padre, así lo demuestran las obras House of Incest e Incest: From a Journal of Love. Para otros, aquello habita en la nebulosa de la creación artística y los márgenes propios de la exageración. Su hermano Joaquín, por su parte, confesó que esos encuentros carnales eran producto de la imaginación de Anaïs.

 

Lo que nadie duda es que Nin usó tanto su cuerpo como la pluma para que brotara la literatura erótica, acaso la más consumada, prolífica y polémica del siglo XX. Además, fue una de las primeras mujeres de toda la historia occidental en hacerlo, mejor dicho, en publicar utilizando su nombre. Su intención, más que para narrar los actos sexuales, era el de dar cuenta de la mixtura de relaciones y sentimientos que derivaban de su práctica: “Cualquier forma de amor que encuentres, vívela. Libre o no libre, casado o soltero, heterosexual u homosexual, son aspectos que varían de acuerdo a cada persona. Hay quienes son más expansivos, capaces de varios amores. No creo que exista una única respuesta para todo el mundo”.


El triángulo amoroso que mantuvo con Henry Miller y la esposa del escritor, June Mansfield, comprueba ese afán: “He aquí un hombre al que la vida embriaga. Un hombre libre. Como D. H. Lawrence. Un hombre que no teme a nadie ni a nada. Ese hombre se llama Henry Miller”. Sexo, arte, embriaguez en el medio de la París de los años 30. Las palabras sobre esos días de vicio y vitalismo se transformarían en Henry and June, libro publicado –como muchas de sus obras– tras la muerte de los involucrados, y que sería llevado al cine por Philip Kaufman en 1990. 

 

Es singular, y atendible, que un personaje con una vida tan agitada como Anaïs Nin sólo haya tenido un portarretrato en el cine. Habrán pasado muchos años de sus andanzas, pero Anaïs no es un producto Rated G. La misma Nin tuvo apariciones en cortometrajes experimentales como Inauguration of the Pleasure Dome del cineasta maldito Kenneth Anger, quien la recordó de este modo: “Era una mujer encantadora, que había vivido mucho y bien. Yo solía despertar en su casa, y varias veces tuve el placer de verla escribiendo sus diarios por la mañana”. Anaïs interpretó en el cortometraje de Anger un personaje más que apropiado. Hizo de Astarté, una diosa mesopotámica de los placeres carnales y la exaltación del amor.

 

En la década de 1930, por su órbita circularon artistas ligados al surrealismo como André Breton y Antonin Artaud; con este último también vivió una tormentosa relación: “Mi amor, te amo tanto que no quiero hacerte mal. He venido a decirte la verdad, en la medida que la conozco. He venido a pedirte que me olvides, que me borres de tu vida, porque esa apariencia sobre la que hablaste es cierta. Hago daño, causo mucho dolor y sólo sé que sufro más que nadie, más que aquellos a quienes hago mal”. Narcisista, protectora de las artes, semidiosa, ella misma se comparaba con Alraune, la figura mítica nacida del semen de los ahorcados en la Edad Media y que los alquimistas utilizaban para destruir.


 

Doña Nin y sus dos maridos

 

A punto de estallar la Segunda Guerra Mundial, Nin retornó a Estados Unidos. La acompañó su esposo, sin dudas una figura muy particular. Sus propios biógrafos no saben bien en qué lugar colocarlo, siempre se mantuvo a su lado, le concedió apoyo financiero, pero prefirió que su nombre no apareciese en sus Diaries (al menos hasta después de su muerte). Con el paso de los años, Guiler produciría y realizaría filmes experimentales (como Bells of Atlantis y Jazz of Lights) bajo el seudónimo de Ian Hugo. Y asimismo fue el sostén emocional de Nin durante los años que las editoriales se negaban a publicar sus textos por considerarlos demasiado provocadores. El mundo literario de Nueva York, por otro lado, se mostraba menos receptivo que el parisino con su figura.

 

En esos días de negativas, uno de los pocos que acudió en su ayuda fue su viejo camarada Henry Miller. Gracias a él realizó algunos textos por encargo para un coleccionista, considerados lo más pornográficos de su obra y que tras su muerte serían editados bajo el título de Delta of Venus y Little Birds. Nin no estaba del todo feliz con el trabajo por el que le pagaban unos pocos dólares por hoja: “Querido coleccionista: Le odiamos. La sexualidad pierde su fuerza y su magia cuando se hace explícita, automática, exagerada, cuando se convierte en una obsesión mecánica. Llega a ser aburrida. Usted nos ha enseñado mejor que nadie lo erróneo que es no combinarla con la emoción, la sed, el deseo, la lujuria, los antojos, los caprichos, los lazos personales, las relaciones más profundas, que cambian su color, su sabor, sus ritmos y sus intensidades”.

 

Por entonces, Nin experimentó otra prohibición social: la bigamia. En 1947, conoció al actor Rupert Pole en un ascensor camino a una fiesta de uno de los herederos Guggenheim. Ella era 16 años mayor. El pensaba que estaba divorciada de su primer marido. A los pocos días del flechazo, Pole la invitó a irse con él a la costa Oeste y ella aceptó. La relación fue in crescendo hasta que se casaron en 1955 en Arizona. Para mantener ambas relaciones, a Guiler le decía tener que viajar a la costa Oeste para huir del asedio neoyorquino, a Pole que debía volver a la Gran Manzana por razones de trabajo. Sus dos esposos optaron por aceptar esa ficción o miraban hacia otro sitio, incluso Nin creó un libro de referencias para no equivocarse.

 

Uno de los lugares preferidos de Nin era la casa en la que vivía con Pole en Silver Lake. Esa construcción, diseñada por el reconocido arquitecto Eric Lloyd Wright, poseía un jardín japonés en el que Nin solía pasar horas para hacer arte con arena. A pesar de entenderse y amarse, Nin y Pole firmaron el divorcio en 1966. Las razones fueron desde la culpa al miedo de la escritora de que el fisco descubriera su bigamia. Más allá de los papeles, la escritora y el actor mantuvieron la relación.

 

En ese mismo 1966, y en gran parte por la influencia de Pole, empezaron a publicarse sus diarios eróticos. En la era del flower power, en los años de las revoluciones políticas, sus escritos calaron perfecto. Finalmente el circuito literario norteamericano, que tanto le había negado un lugar, ahora la reverenciaba y adulaba. Nin, asimismo, fue reivindicada por el movimiento feminista y, para su disgusto, la izquierda también quiso llevar agua a su corral (no olvidar aquí su relación con su padre): “Algunas veces pienso en las cosas que los muertos hubieran odiado ver si todavía viviesen, y me siento agradecida por su muerte. Por el bien de mi madre, me alegro de que él no viera la revolución cubana”.


Las viejas formas de liberación de Nin seguían firmes en su propio cuerpo. Algo menuda, conservaba el rostro de muñeca y unas piernas que mostraba orgullosa debajo de faldas. Además de ese sex appeal, fue una de las personalidades –como Cary Grant, Jack Nicholson y Aldous Huxley– que se aventuró en los salones de LSD del médico Oscar Janiger. Lamentablemente, pocos años después de emprender la publicación de sus Diaries, y de la fama repentina, se le detectó un tumor de ovarios. 

 

Nin decidió poner las cosas en orden. Nombró como albacea a Pole y según una de sus biógrafas –Tristine Rainer– en su lecho de muerte les pidió perdón a sus dos esposos. Falleció el 14 de enero de 1977. Ambos hombres mantuvieron una relación amistosa tras la muerte de la escritora. Incluso, luego del fallecimiento de Guiler en 1985, fue el mismo Pole quien se encargó de esparcir sus cenizas en la bahía de Santa Mónica, lugar donde tiempo antes había realizado el mismo rito con los restos de Anaïs Nin.

 

 

 

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