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Martes 10 de Julio de 2012

Arianna Huffington

Traición al sueño americano

por Arianna Huffington / Fotos: Gentileza Editorial Taurus

El sueño americano se desmorona. Las evidencias están a la vista: la base industrial se desvanece, el sistema educativo pasa por su peor momento, las infraestructuras se derrumban, la economía ha quedado a merced de los intereses de las grandes empresas y el sistema político está controlado por una pequeña élite que usa el poder del dinero para mantener a raya a los dos grandes partidos. ¿Corre Estados Unidos el peligro de convertirse en un país del Tercer Mundo? Arianna Huffington, fundadora y directora del Huffington Post y privilegiada observadora de la realidad estadounidense, da la voz de alarma sobre el declive del país desde su papel de superpotencia en el siglo XX hasta su incierto futuro en el XXI y apunta a los culpables de haber convertido en pesadilla el sueño americano. La edición en español de Traición al sueño americano es una ocasión ideal para compartir unas páginas del libro.

Prefacio a la segunda edición norteamericana  

 

Cuando me senté a escribir Traición al sueño americano en la primavera de 2010, mi propósito, como digo en el Prefacio, era “dar la alarma” de forma que el país pudiera corregir el rumbo mientras aún hubiera tiempo. En el tiempo transcurrido, han sucedido muchas cosas en Estados Unidos, entre ellas unas elecciones de mitad de legislatura en las cuales la economía en crisis ocupó el centro de atención y se propinó, como dijo el presidente Obama, una paliza a los demócratas… y al statu quo. ¿Se ha prestado atención a la señal de alarma? Cualquier observador honesto tendría que decir que no, no con la urgencia que demanda la actual decadencia de la clase media. Al mismo tiempo, el hecho de que el sueño americano se haya convertido en una pesadilla para millones de familias de clase media ya forma parte de la conversación nacional. En efecto, mientras escribía, la portada de Time planteaba un debate entre dos tesis contrarias: “Sí, Estados Unidos está en decadencia” y “No, Estados Unidos todavía es el número uno”. Y en el discurso del presidente Obama sobre el estado de la Unión en enero estaba claro que el futuro de la clase media norteamericana constituía una preocupación central. “Está en juego –decía– que creemos nuevos empleos y nuevas industrias en este país o en algún otro lugar; que haya recompensa para el trabajo duro y la inventiva de nuestro pueblo; que conservemos el liderazgo que ha hecho de Estados Unidos no sólo un lugar en el mapa sino una luz para el mundo. Podemos proyectar nuestro progreso con las oportunidades para una vida mejor que leguemos a nuestros hijos”. El presidente Obama también reconoció que algo profundo ha cambiado. “Para muchos, el cambio ha sido doloroso –dijo–. Lo he visto en las ventanas clausuradas de las fábricas antes prósperas y en los locales vacíos de las principales calles, antes bulliciosas.” Y terminó con un llamamiento a un nuevo “momento Sputnik” en el cual “innovemos, eduquemos y construyamos más que el resto del mundo”. Y lo haremos, dijo, porque “nosotros hacemos grandes cosas”.

 

Ciertamente, Estados Unidos ha hecho grandes cosas, pero si hemos de continuar haciéndolas, tendremos que plantear un debate mucho mayor que el que nuestros líderes sostienen hoy. A pesar del sufrimiento de la clase media, los términos del actual debate sobre cómo “ganar el futuro”, como dijo el presidente en el discurso sobre el estado de la Unión, resultan fatalmente limitados. Con veinticinco millones de desempleados y subempleados, el debate económico que tiene lugar en Washington en ambos partidos se ha reducido casi por entero a los recortes en el gasto. Una y otra vez escuchamos hablar sobre los “terribles sacrificios” y las “decisiones difíciles” que el pueblo estadounidense va a tener que aceptar. Y sin embargo, en diciembre de 2010 el Congreso aprobó y el presidente sancionó una rebaja de impuestos para los más ricos que costará 60 mil millones de dólares al año. Una vez más, tan sólo la clase media y la clase trabajadora tenían que tomar todas las “decisiones difíciles”. De algún modo, la sabiduría convencional en Washington ha reducido el debate a escoger entre recortes desastrosos que afectarían a la clase media y frenarían el crecimiento de la economía a largo plazo, y recortes un poco menos desastrosos que afectarían a la clase media y frenarían el crecimiento de la economía a largo plazo. Necesitamos de manera desesperada ampliar el debate. En el conmovedor homenaje celebrado en Tucson tras el atentado criminal contra la congresista Gabrielle Giffords, el presidente nos invitó a “aprovechar la ocasión para ensanchar nuestras imaginaciones morales” y “afinar nuestros instintos para la empatía”. Y fue aún más lejos y definió el desafío al que nos enfrentamos: “Ampliar de manera constante el círculo de nuestra preocupación para legar el sueño americano a las futuras generaciones”.

 

Pero ese sueño será muy difícil de heredar si muchos de nuestros hijos sólo pueden recibir una buena educación cuando sus números resultan premiados en los sorteos de admisiones escolares. Será muy difícil de heredar si millones de familias están siendo expulsadas de sus hogares debido a ejecuciones hipotecarias que podrían haberse evitado. Será muy difícil de heredar si los niños tienen a sus padres y madres deprimidos porque han perdido sus empleos y no pueden conseguir otros. Las estadísticas narran una historia deprimente: Según la Fundación Casey, más del 20% de los niños estadounidenses, más de catorce millones y medio de chicos viven en la pobreza y afrontan condiciones que afectan a su salud, su desempeño escolar y sus oportunidades para el futuro. Más de diecisiete millones de niños viven en hogares con dificultades para poner comida en la mesa, y los chicos con “inseguridad alimentaria” tienen peor rendimiento en lectura y matemáticas, y mayores índices de ansiedad y depresión. Más de un millón y medio de niños estadounidenses son indigentes y se ven obligados a soportar, en palabras del Centro Nacional para el Desamparo Familiar, “una carencia de seguridad, bienestar, vida privada, rutinas de estabilidad, cuidados médicos adecuados, educación ininterrumpida, relaciones productivas y sentimiento de comunidad”. Y los problemas empeoran. El porcentaje de niños que viven en familias de bajos ingresos pasó del 37% en 2000 al 42% en 2009. Si empleamos el criterio presidencial de medir nuestro progreso según las oportunidades que legamos a nuestros hijos, ciertamente no estamos ganando el presente. No con 2,2 millones de hogares en proceso de ejecución hipotecaria. No con quiebras domésticas que excederán el millón y medio de consumidores en 2011. No con una infraestructura ruinosa cuya reparación requerirá 2,2 billones de dólares en cinco años. Y no mientras gastemos 2.500 millones de dólares semanales en las guerras de Irak y Afganistán, que no son esenciales para nuestra seguridad nacional. A pesar de todo esto, la experiencia de escribir este libro y recorrer luego el país para hablar de él me ha dejado un sentimiento de esperanza.

 

Porque me ha impresionado la resistencia, la creatividad y la compasión de la gente a lo largo y ancho de Estados Unidos. Me han convencido de que podemos cambiar las cosas si exigimos más de nuestros dirigentes políticos y económicos, y más, mucho más, de nosotros mismos. Y por eso, desde la publicación del libro, en mis conferencias y en mi blog “HuffPost”, he concentrado mi atención en los pasos que, como individuos, como familias y como país, hemos de dar para detener nuestra caída libre. Me he cruzado con muchas personas que han ido más allá de sus propios problemas y han hallado formas de ayudar a otros. Ha sido sorprendente conocer gente que ha descubierto que ayudar a los demás, incluso cuando ella misma sufre, termina por mejorar sus propias vidas. He conocido a personas como la abogada Cheryl Jacobs, quien, además de su trabajo como litigante en daños y perjuicios para un gran bufete, hizo trabajo voluntario en un programa de manejo de ejecuciones hipotecarias en Filadelfia, que presta asistencia legal a los deudores que se enfrentan al embargo de sus casas. Tras haber sido despedida, Jacobs se ha hecho cargo de más casos y ha abierto un despacho propio dedicado a ayudar a la gente a conservar sus hogares. “Cobro muy poco o nada a mis clientes –dice–. No pueden pagarme. Si usted no puede pagar su hipoteca, probablemente no puede pagar un abogado”. Aunque trabaja más que antes y gana mucho menos, ella dice que nunca ha sido tan feliz. “Cuando sé que he logrado salvar la casa de alguien, siento una extraordinaria emoción. Sé cómo me sentiría si estuviera en peligro de perder mi hogar y alguien me ayudara a conservarlo”. Aun cuando un cinismo acentuado no es una respuesta irracional al fracaso de Washington para resolver los problemas que encaramos, centenares de miles de estadounidenses han optado por reaccionar de manera activa. Como resultado, está surgiendo una economía paralela creada por gente que, al no encontrar empleos, ha decidido crearlos. Por supuesto, esta próspera economía paralela no significa que el gobierno haya salido del apuro. Pero mientras millones de estadounidenses esperan a que el gobierno haga lo correcto, muchos se hacen cargo de sus propios destinos. Y a través del uso creativo de la tecnología, los medios de comunicación social y un enfoque comunitario, esta nueva ola de pequeñas empresas está dejando su huella en una verdadera convergencia entre izquierda y derecha. Tal vez nuestro gobierno no tenga una actitud resolutiva, pero cada vez más ciudadanos estadounidenses sí la tienen. Por ahora, las soluciones reales no vienen de los políticos sino de los miles de personas en miles de comunidades que toman la iniciativa de conectar, compartir y crear. Este movimiento está impulsado por la tecnología, pero en su interior hay personas de carne y hueso que interactúan con otras personas. Como ha dicho el cofundador de Twitter, Biz Stone: “Twitter no es un triunfo de la tecnología, sino de la humanidad”.

 

Mientras nos preparamos para la larga marcha hacia las elecciones de 2012, espero que este libro encienda una luz sobre esa humanidad y a la vez nos recuerde las muy reales consecuencias de no hacer nada. Estamos en una encrucijada en la historia de nuestra nación. Podemos optar por conectar en lugar de dividir, entender en lugar de temer, lograr en lugar de eludir. La rabia que sentimos todos al mirar lo que sucede hoy en Estados Unidos nos puede conducir a conectar con nuestros más bajos instintos o con los mejores ángeles de nuestra naturaleza. Nada menos que el futuro de nuestra nación depende de tal elección.  


Prefacio  

Cuando yo era muy joven, recuerdo que iba caminando a la escuela en Atenas y pasaba junto a una estatua del presidente estadounidense Harry Truman. La estatua me recordaba todos los días a esa magnífica nación responsable, entre otras cosas, del Plan Marshall. En Grecia, todo el mundo tenía un pariente o, como en mi familia, un amigo que se había marchado a buscar una vida mejor en Estados Unidos. Esa era una expresión que todos asociábamos con Norteamérica: “una vida mejor”. Se trataba de un lugar al cual se podía ir a trabajar duro, vivir una buena vida e incluso enviar dinero a casa: una vida mejor. Yo tenía dieciséis años cuando vine por vez primera a Estados Unidos en un programa llamado Experiment in International Living. Pasé el verano en York, Pensilvania, con cuatro familias distintas. Regresé a Atenas y muy pronto viajé a Cambridge y Londres, pero parte de mí se quedó en Estados Unidos. Cuando volví en 1980, sabía que esta vez sería para siempre. Treinta años después, sigo pensando que no viviría en ningún otro sitio. A lo largo de los años, una de las características que he llegado a querer más en mi país adoptivo es su optimismo. En efecto, se ha combinado perfectamente con mi temperamento griego: Zorba el griego con el espíritu norteamericano. “Estados Unidos –ha escrito el periodista italiano Luigi Barzini– es un país alarmantemente optimista, apasionado e increíblemente generoso… Hubo un viento espiritual que guió desde el comienzo y de manera irresistible a los estadounidenses hacia adelante”.  La única desventaja del espíritu optimista es que a veces nos impide ver lo que está ocurriendo hasta que es demasiado tarde. En años recientes, a medida que se acumulaban las pruebas del peligroso rumbo que hemos seguido como país (estoy segura de que resultará muy costoso si no rectificamos a tiempo), he estado muy preocupada. Quería creer que todo saldría bien, como con tanta frecuencia ha sucedido en el pasado. Pero los hechos tozudos me agobiaban mientras las advertencias eran más y más numerosas. Tuve que escoger entre hablar como Casandra o caer víctima de una sobredosis del optimismo congénito de mi país de origen y mi país de adopción, y asumir que se trataba tan sólo de otro obstáculo en el camino hacia “una unión más perfecta”. Nunca ha sido grato ser Casandra. Pero recuérdese que acabó teniendo razón. Y los troyanos que permanecieron beatíficamente ciegos a sus advertencias terminaron muy equivocados y muy muertos. Así que, sí, al mirar a nuestro país grande y pujante, es obvio que aún no somos una nación del Tercer Mundo. Pero estamos en vías de serlo. Este es el temor secreto de tantos estadounidenses desempleados y ansiosos por su futuro y el de sus hijos. El propósito de este libro es dar la alarma para que nunca lleguemos a ser los Estados Unidos del Tercer Mundo. Winston Churchill dijo: “Siempre se puede contar con que Estados Unidos haga lo correcto, tras agotar todas las demás posibilidades”. Bien, hemos agotado muchas posibilidades, y el proceso ya ha sido muy doloroso para millones de desempleados y subempleados, los que han perdido sus hogares, los que se han arruinado o no pueden pagar sus tarjetas de crédito. Es hora de hacer lo correcto. El libro termina con una nota optimista. El capítulo quinto se ocupa de todas las cosas buenas que se hacen ahora mismo por todo el país. Porque al final, a pesar de la codicia, el amiguismo y el desdén por el interés público en que incurren nuestros políticos y empresarios, me reconfortan la resistencia, la creatividad, la compasión y la empatía que veo entre los estadounidenses, pero que pasa desapercibida. Enderezar nuestro país demandará el esfuerzo concertado de los ciudadanos a lo largo y ancho de Estados Unidos, de tal manera que salgan en defensa de sí mismos, de sus familias y de sus comunidades, para exigir el cambio y asumirlo, y mantener viva la promesa del sueño americano para las generaciones futuras.  

 

 1. Los Estados Unidos del Tercer Mundo   “Los Estados Unidos del Tercer Mundo.” Se trata de una expresión chocante, profundamente contraria a la convicción nacional de que Estados Unidos es el país más grande de la Tierra, al igual que el más rico, el más poderoso, el más generoso y el más noble. Tampoco se corresponde con la experiencia diaria de quienes vivimos en el país, donde parece haber, si no un pollo en cada mesa, al menos un televisor de plasma en cada pared. Y todavía somos la única superpotencia militar del mundo, ¿no es verdad? ¿Qué significa entonces “los Estados Unidos del Tercer Mundo”? Para mí, es una advertencia, el trémulo presagio de un posible futuro. Es el lado oscuro del sueño americano, la pesadilla que nosotros mismos hemos creado. Empleo la fórmula para resumir los hechos desagradables que no queremos reconocer, para conectar los puntos incómodos que no queremos unir y para articular nuestros peores temores como pueblo: que perdemos pie como nación. Es un augurio, una voz de alarma que nos dice que si no rectificamos el rumbo, a pesar de nuestra historia y de lo que siempre ha parecido ser nuestro destino, podríamos convertirnos en una nación del Tercer Mundo, un país donde hay tan sólo dos clases sociales: los ricos y todos los demás. Piénsese en México o Brasil, donde los ricos viven en recintos amurallados, con vigilantes armados con ametralladoras para proteger a sus hijos de los secuestradores. Un lugar que no está a la altura de la historia. Un lugar que no ha sido conquistado por un enemigo extranjero sino por la avaricia de nuestra élite empresarial y la indiferencia de nuestros dirigentes políticos. Las luces de alarma en nuestro tablero nacional parpadean y son de color rojo. Nuestra base industrial desaparece y con ella los empleos que formaban la estructura de nuestra economía durante más de un siglo. Nuestro sistema educativo está en ruinas, con lo cual es cada vez más difícil que la fuerza de trabajo de mañana adquiera la formación y el entrenamiento que requieren los empleos del siglo XXI. Nuestra infraestructura, nuestras carreteras, nuestros puentes, nuestros acueductos y alcantarillados, y nuestros sistemas eléctricos, se desmoronan. Y la clase media norteamericana, el motor de buena parte de nuestra creatividad y de nuestro éxito económico, el fundamento de nuestra democracia, está desapareciendo rápidamente, y con ella desaparece un elemento clave del sueño americano: la promesa de que, con trabajo y disciplina, nuestros hijos tendrán la oportunidad de hacerlo mejor que nosotros, del mismo modo que nosotros tuvimos la oportunidad de hacerlo mejor que la generación precedente. Nada ilustra mejor la forma en que hemos empezado a deslizarnos por esta peligrosa pendiente que el lamentable estado de la clase media estadounidense. Mientras ésta sea próspera, sería imposible que Estados Unidos se convirtiera en un país del Tercer Mundo. Pero los hechos indican una trayectoria diferente. Ya no es una exageración decir que la clase media norteamericana es una especie en vías de extinción. “La clase media ha estado en primera línea de fuego durante mucho tiempo”, dijo el presidente Obama a principios de 2010 al anunciar una serie de modestas propuestas para impulsar lo que llamó “la clase que ha hecho del siglo XX el siglo de Estados Unidos”. Durante la campaña de 2008, la política principal de Barack Obama fue “no olvidar a la clase media”. En efecto, David Plouffe, director de la campaña de Obama, me dijo después de las elecciones: “Esa es nuestra estrella polar. Hemos cometido muchos errores, pero siempre recordamos que estamos en campaña, como Barack ha dicho, porque están desapareciendo los sueños por los que han luchado muchas generaciones”. Bien, hoy día se necesita un telescopio muy poderoso para ver esa estrella polar. Según Plouffe, Obama y su equipo decidieron que él se postulara a la Casa Blanca porque “el corazón de la clase dirigente se ha corrompido” y “el pueblo ha sido engañado”. Pero la magnitud del engaño al pueblo y del asalto a la clase media ha quedado en evidencia de manera muy chocante al comparar las medidas mínimas adoptadas para rescatar a las pequeñas y medianas empresas con las medidas máximas adoptadas para rescatar a las grandes entidades bancarias y financieras de Wall Street. De hecho, la devastación económica de la clase media resulta mucho más amenazante para la estabilidad del país a largo plazo que la crisis financiera que ha desviado billones de dólares de los contribuyentes, de manera directa o a través de garantías oficiales, a Wall Street.  

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